Dios…
Esta noche no vengo a pedirte riquezas, ni éxito, ni que me hagas la vida más fácil. Hoy solo vengo con el corazón completamente roto. Siento un vacío que no puedo explicar con palabras, porque me está tocando despedirme de uno de los sueños más grandes que he tenido en mi vida.
Y, aunque sé que Tú conoces mis pensamientos antes de que los pronuncie, hoy necesito hablarte. Necesito que escuches este dolor que llevo por dentro.
Si mi abuela puede verme desde el cielo, por favor dile que me perdone. Dile que nunca dejé de luchar. Que cada madrugada, cada día de trabajo, cada fin de semana, cada peso que ahorré y cada sacrificio que hice fueron por ese sueño que un día nació en mi corazón. Dile que no me rendí por falta de amor, sino porque hubo batallas demasiado grandes para enfrentarlas solo.
Abuela… cuánto daría por escuchar otra vez tu voz diciéndome que todo va a estar bien. Hoy necesito uno de tus abrazos, porque siento que una parte de mí también se está despidiendo. La finca nunca fue solamente un pedazo de tierra. Era mi refugio, mi ilusión, el lugar donde imaginaba construir mi futuro, formar una familia y demostrar que todos los sacrificios habían valido la pena.
Me duele porque ahí quedaron mis sueños, mis esperanzas, mis proyectos y una parte de mi alma. Cada árbol, cada rincón y cada camino guardan recuerdos de un joven que creyó con todas sus fuerzas que podía salir adelante. Allí aprendí a caer, a levantarme, a trabajar hasta el cansancio y a no perder la fe.
Hoy siento que le estoy diciendo adiós a mucho más que una finca. Siento que me despido de una versión de mí que soñaba sin límites. Y eso duele… duele de una manera que no sabía que podía doler.
Pero también quiero creer, Dios, que ningún esfuerzo hecho con amor se pierde. Tal vez este no era el final que imaginé. Tal vez el camino cambió y todavía no logro entender por qué. Sin embargo, ayúdame a encontrar fuerzas para seguir cuando hoy lo único que quiero es llorar.
Abuela, si desde el cielo puedes verme, cuídame como siempre lo hiciste. Abrázame en esos momentos en los que sienta que ya no puedo más. Recuérdame que los sueños no mueren cuando cambian de forma, y que la vida todavía puede sorprenderme.
Prometo que no dejaré que este dolor me convierta en alguien sin esperanza. Voy a llorar todo lo que tenga que llorar, porque perder un sueño también es vivir un duelo. Pero cuando llegue el momento, volveré a levantarme. Lo haré por ti, por todo lo que me enseñaste y por el hombre que siempre quisiste que fuera.
Y cuando vuelva a construir otro sueño, quiero pensar que estarás sonriendo desde el cielo, acompañando cada paso como lo hiciste mientras estabas conmigo.
Te extraño todos los días, abuela. Pero hoy… hoy te extraño más que nunca.













