En La Perspectiva de los Peces, López reconstruye un territorio personal y configura una poética de la memoria que podemos habitar juntos. Los objetos, los cuerpos y los espacios se develan a tientas o fugazmente. Por eso, podríamos pensar la poesía de Flor como una física de lo sensible: somos capaces de ver “de alguna forma el mundo” o de otra(s), dependiendo del punto de vista que adoptemos. Desde el agua, la perspectiva de los peces nos mira, pero no siempre deja verse. Esa mirada es enigmática, bajo la superficie, entre la corriente líquida de la voz poética, pareciera atenuarse hasta desaparecer. Nos vemos tentados de emplear la canoa como metáfora para una multitud de figuras; sin embargo, es interesante detenernos en una de ellas: al igual que una lengua, la canoa funciona como medio de transporte y, sobre todo, como una forma de comunicación entre lo singular y lo común. Para lograr ese pasaje, quizás sea preciso dibujar la embarcación o mirar fijo el horizonte, “al costado del río”. Si insistimos, si nos obstinamos en seguir la marcha y mantener a flote la barca, tal vez encontremos necesaria esa mirada enigmática, porque nos impulsa. “El cuerpo tiene la longitud / del salto sensacional / que un día di”, escribe Flor. Y, a veces, como el cuerpo, leer es también una manera de estar en movimiento.