Todo lo malo llega de golpe, como una tormenta perfecta.
Después de aquella noche todo lo que vino fue realmente extraño. Estaba sin estar, apenas atendía a llamadas ni me dejaba ver por ninguna parte. Necesitaba mi tiempo para asimilar todo lo que estaba pasando y he de admitir que me daba miedo volver a conciliar el sueño. Mis hijos estaban conmigo, pero realmente prefería que no lo estuvieran. No soportaba que tuviesen que verme así, como perdía el control cada noche o me levantaba entre gritos y sollozos. Habían adquirido un papel en mi vida de una persona más madura de lo que realmente eran o con más obligaciones de la que corresponderían a unos niños, y eso… eso me destruía por dentro.
Queríamos salir de aquí, irnos a Puerto Rico con su padre, necesitaba verle y ellos también. Sin embargo todo parecía haberse puesto en nuestra contra para que nos mantuviéramos aquí, aislados. Nuestro único medio para irnos eran los transportes aéreos, pero sin explicaciones aparentes los vuelos se retrasaban, se aplazaban o cancelaban.
Y por otro lado, para más inri, ella… ¿quién era? No tengo ni idea. Jamás la he visto ni he escuchado su voz, pero en múltiples ocasiones, desde aquella noche, se me ha aparecido en sueños suplicándome que dijera su nombre y así estaría a salvo. ¿A salvo de qué? ¿De mí? No lo entiendo, ¿cómo voy a decir su nombre si ni tan si quiera sé cómo se llama? He intentado plasmarla en una hoja, quedarme con sus rasgos por mínimos que fuesen para poder dibujarla cuando me despertara, pero su rostro aparece y desaparece en tan pocos segundos que soy incapaz de ver algo más que el color de su cabello o de sus ojos.
Es éste lugar, lo sé… tiene algo que me desconcierta, que me atrapa, que saca lo peor de mí. Desde que estoy en Canadá todo se ha magnificado; tengo pesadillas cada noche, pierdo el conocimiento constantemente y los dolores en el pecho son insoportables. Mi humor ha decaído, estoy completamente irascible –más que de costumbre- y he notado ciertos cambios físicos; mi pelo está perdiendo intensidad, he bajado de peso, mis ojeras se han acentuado y mis tatuajes han desaparecido como si nunca hubiesen existido. Creo que ya estoy curada de espanto, y lo peor es que cuando Alexia me pregunta no sé qué responderle. ¿Qué decirle a tu hija cuando ni tú misma sabes qué te está ocurriendo? Tiene que ver con… ella, pero desconozco cómo remediarlo. Lo único que sé es que quiero salir de aquí. ¿Pero cómo?
Fui a encender mi teléfono para rebuscar por internet, aunque fuese en alguna ciudad cercana teníamos que coger el primer vuelo sí o sí. Maldito el miedo que tiene Alexia a los trenes.
Nada más encenderlo, el móvil vibra como si se hubiese vuelto loco. Mensajes de Aiden, de Dianthe, de Hugo y de Maryse. 12 llamadas perdidas, también de ésta última. ¿Pero qué le pasa? Apenas me da tiempo a entrar en uno de sus mensajes cuando aparece una llamada entrante en la pantalla de inicio, no reconozco el número, así que nada más descolgar susurro;
-Ni sí, ni hostias, ¿dónde coño tienes el móvil? Te he estado llamando.
-Yo también me alegro de oírte, Maryse. ¿Qué pasa, por qué tanta ímpetu?
-Tienes que venir a Puerto Rico, al hospital Wilma Vázquez. Dima ha tenido un accidente con Nicole, est…
En ese momento dejé de oírla completamente, el teléfono cayó al suelo y yo sólo supe aterrizar de rodillas en un completo estado de shock. Abraham vino casi al instante, abrazándome con preocupación en un intento de saber qué pasaba. En el momento que noto sus manos rodearme siento que mi barrera decae y estallo en un sollozo, vulnerable y frágil. Algo en mí se rompe, se tambalea… El miedo, la desesperación y el desconocimiento son los que más actúan en mi contra, impidiéndome pensar con claridad. Lo único que golpea mi mente es él. Su voz. Su risa.
“Tengo que ir, tenemos que salir ya.” Es lo último que logro pensar antes de empaquetar las maletas.