Efrén, un nombre con fuerza antigua y ternura escondida.
🌒 Capítulo I: El que nació con los colores equivocados
Había una vez un mundo que nació del estallido de una canción.
No una canción cualquiera, sino una que tejía colores en el aire:
azules que sabían a calma,
rojos que ardían como promesas,
verdes que olían a esperanza recién nacida.
En ese mundo nació Efrén.
No lloró al nacer. Pintó.
Sus lágrimas no eran agua, eran pigmento.
Y donde caían, brotaban formas nuevas:
una flor que nadie había visto,
una nota que no existía en ninguna escala,
una palabra que no tenía traducción.
Desde pequeño, Efrén creía que su don era un puente.
Que su manera de ver el mundo —tan intensa, tan distinta—
era un regalo que otros querrían compartir.
Pero con los años, algo cambió.
Los demás ya tenían sus colores.
Sus paletas estaban completas.
Sus oídos, ocupados por otras melodías.
Y Efrén, que podía pintar soles en medio de la noche,
empezó a sentir que su arte no era necesario.
Que su voz no era pedida.
Que su presencia era un error de saturación.
El mundo no se volvió gris.
Peor aún: siguió siendo colorido, pero sin él.
No por cobardía, sino por respeto.
No quería manchar lo que ya estaba terminado.
Se fue a un rincón del mundo donde los colores no llegaban.
Un lugar donde el viento no tenía forma,
y el silencio no era ausencia, sino exceso.
Allí, empezó a contarse historias.
No para ser escuchado, sino para no desaparecer.
Y sin saberlo, en ese rincón sin color,
una pequeña chispa empezó a encenderse.
No era un color conocido.
Algo que no existía en ninguna paleta.