‘Common People’ fue un temazo –y un vídeo– que me cambió la vida. Otro día me apetecerá explicar porqué.
El caso es que mi afición al revisionismo y la cantidad de alegatos, no a favor de la canción –del hit– sino de su significación política, que últimamente afloraron, me han hecho repasar lo que en ella se cuenta, tratando de averiguar lo que a su vez quieren contarnos de sí mismos muchos de los que la agitan como parte de su bandera.
Pienso que el contenido de la canción, una narración empujada por la música de manera brillantísima, es costumbrista y desideologizada, por tanto fácil de asumir sin pensar mucho; en el estribillo todo sube, ya no se piensa. Es un estribillo genial y hay que corearlo y gozarlo, que la vida es muy corta.
Luego, si se piensa un poco, se ve que la cosa ahonda en la tradición del intelectual y la locuela, o sea, los señores guiando y ellas, amantísimas y desorientadas, aprendiendo.
Ni entro ahora en el plausible nihilismo de las clases populares que se buscan la vida como pueden. Así somos, entrañables, no pensantes; así nos quieren.
En medio de ellas, el narrador se siente como en casa, porque es llano y porque no es un gilipollas completo ¿no?
Pero bueno, él es capaz de pensar un poco más, destaca –es músico– pero hace un ejercicio, pensemos que sincero, de desclasamiento. Y, desde la iluminación (fluorescente) del pasillo del supermercado, da la réplica a la pija, que ha estudiado sin aprender y tampoco piensa mucho.
Volviendo a lo de costumbrismo sin ideología, creo que ‘Common People’ vale, pero que no está completa sin su epílogo, ya más cargado de política y de mala leche.
Esto llega cuando Jarvis Cocker se ve encumbrado como bardo de la gente corriente y, ese distintivo, le pone en contacto con los políticos profesionales, supuestamente progresistas, los laboristas de Tony Blair, que conservan el barniz izquierdoso en lo que pueda aprovecharles, pero que en realidad han superado ya todas las ideologías y presumen de ello; es que son poco prácticas y no hay tiempo para eso. Lo que les va es un idealismo muy pragmático consistente en acumular la mayor suma de dinero, el apunte contable más impresionante; y gastar, eso sí, algo en cultura y, quizá, dar propina en un bar –pub– de viejos, con encanto, cuando toque excursión a un barrio popular; tampoco muy popular, lo justo.
Medrar así: hace falta estar muy decidido a lograr eso, tener mucha capacidad de disempatía; o mucha fé; o mucha cocaína.
‘Cocaine Socialism’ es para mi, en muchos aspectos, la mejor canción de Pulp. Parte del análisis participante, costumbrista por tanto, que a Jarvis se le dió tan bien durante décadas. La melodía y el ritmo son de hit. Reproduce musicalmente el subidón ciego del que habla la letra.
Y trasciende lo uno y lo otro: el cantante se da cuenta de que tiene a un trilero ridículo y peligroso delante, y quiere señalarlo, desenmascararlo con gracia pero sin tanta amabilidad. Por momentos incluso parece reconocer que, él mismo, se ha dado cuenta demasiado tarde. El disco en el que iba a ir termina diciendo “adiós a la ironía”. Eso es significativo.
La canción salió en cambio medio escondida, como cara B de un single, mezclada a medias. Hasta la reedición deluxe de ‘This is Hardcore’ no vio su “proper version”.
Supongo que el mercado discográfico tiene objetivos comerciales y que estos se preveían mejor cubiertos por ‘Glory Days’, una canción épica, emocional y emocionante, costumbrista... y desideologizada. Esucharla e identificarse con ella no supone ningún reto, no plantea ninguna contradicción. Con ‘Glory Days’ hasta el socialdemócrata cocainómano del temazo hermano (o primo) podría identificarse.
De hecho, seguramente sobre todo él se identifique. Él, que a buen seguro reservó unos años de su vida inequívocamente ascendente para vivirlos en la bohemia, sentirse así un hombre del pueblo; quizá aprovechó incluso para explicar a una griega guapa y con pasta la lucha de clases y cómo él era Prometeo.