Una palabra sale de mi boca y cae al piso. No tiene forma. La tomo con la punta de los dedos, y la miro. No tiene forma, pero tiembla. Quizá de frío. Le hablo —¿me comprenderá?—, y no responde. La acaricio. Se siente tibia y húmeda y tiembla. La levanto y la abrazo. Mis brazos no la pueden contener (no tiene forma) y la palabra rompe su tensión superficial y se convierte en un montón de fonemas tibios y húmedos y trémulos que caen al piso. Y la flor que nos mira desde la banqueta se ríe. Ay, palabrita. Junto los fonemas como si fueran piezas de un lego y esa roja amapola ríe. Y la palabra está ahí, de nuevo, como un verbo porque es acción. Y la miro a la palabra. Le hablo. Le acaricio el lomo como se acaricia el terciopelo de un tulipán: con la ternura del cielo. Ay, palabrita, no tengas miedo. No tengas miedo, que todo va a estar bien. Que tú eres el laurel de la poesía. Que tú eres la belleza de la luz. Y eres presencia, eres la imagen acústica de la beldad. Y la palabra tiembla tibia y húmeda en mis brazos. Palabra, bonita. Yo te protegeré, palabra. Gotita de sonido, estrella de mis labios, corazón del caracol: te voy a cuidar, palabrita.
Y la palabra tiembla tibia y húmeda en mis brazos.