El Barón (parte 1)
El Barón, como solía hacerse llamar, descendió de su BMW deportivo con porte seguro. Vestía una camisa azul marino, abierta hasta el tercer botón dejando ver su pelo en pecho negro; pantalones blancos, ajustados en la cintura y de caída recta; mocasines marrones a juego con su cinturón, y unas gafas de sol Prada, que dejó en el vehículo antes de entregarle las llaves al valet e ingresar al restaurante.
Adentro lo esperaban los directores y gerentes de la farmacéutica donde trabajaba como Director Comercial. Pero antes que ellos, estaba Renato, el Presidente de la compañía, quien lo observaba con una sonrisa de oreja a oreja, haciendo que sus arrugas bronceadas se arrepollaran aún más, sin importar cuántas cirugías plásticas se hubiera hecho. Renato parecía impaciente por la llegada del Barón; apenas podía contener las ganas de abrazarlo.
¡¿Y cómo que no me tení un copete, weón?! —le dijo el Barón antes siquiera de acercarse a saludarlo—. ¡Con el negocio que te cerré, deberías haber sacado tú los hielos de la bandeja!
¡HIJO DE PUTA! —Renato abrazó la enorme espalda del Barón y le dio palmadas como si fuera un abrazo de Año Nuevo—. ¡Te crié muy bien, weón! Estoy feliz por lo que este cliente va a significar para la empresa y, al mismo tiempo, orgulloso por ti… pero más por mí, porque todo es gracias a…
¡Seeeeee! ¡Ya! Sigue, y llamo al weón de ESEBÉ (S.B.) ¡para que se metan el contrato por la raja! Ahora, ¿dónde está mi piscola?
Ambos rieron y entraron abrazados a la recepción del restaurante, que había cerrado sus puertas al público exclusivamente para el equipo ejecutivo de la farmacéutica. Los directores y gerentes, al ver al Barón, lo recibieron con una ovación enérgica. Las operaciones de aquella farmacéutica nacional estaban a punto de expandirse por todo el continente americano, todo gracias al Barón. Por ello, esa noche la comida y la bebida serían de dimensiones apoteósicas, según exclamó Renato al cerrar su discurso de agradecimiento a su Director Comercial y su equipo.
Terminada la cena, Renato y los miembros de mayor edad de la plana ejecutiva se retiraron a sus domicilios. Sin embargo, el grupo más joven, desde los 28 años de Karen —la gerente de marketing y la más joven de los invitados— hasta los 45 de Charlie, el gerente de recursos humanos y recientemente divorciado, decidió extender la celebración en una discoteca ubicada en Apoquindo.
El Barón aceptó la cordial invitación de un trago por parte de Karen, quien lo miraba con ojos eufóricos y deseosos. Observaba su metro ochenta y cinco de estatura y su contextura de jugador de rugby, fantaseando en cómo sus delicadas manos acariciarían la calva cabeza del Barón, que reposa en su cuello de musculoso trapecio, mientras su barba raspaba sus mejillas maquilladas con suave rubor que se aplicaría.
El Barón sonrió y, antes de aceptar, pidió uno también para Francisco, el gerente de informática, su infaltable compañero en celebraciones que siempre se extienden hasta altas horas de la noche. Karen, ya en un estado de intemperancia leve tras los pisco sours y el vino de la cena, accedió con una sonrisa y se dirigió a la abarrotada barra.
¿No te da pena? —le dijo Francisco con un dejo de humor—. La pobre aún no cacha que no te gustan las minas.
¡Ah, ese es problema suyo! —respondió sarcástico el Barón—. Si tiene mal radar o nunca ha tenido un amigo gay oso, no es culpa mía. Además, esto nos da tiempo para ir a… ya tú sabes.
Le lanzó una mirada de travesura que Francisco ya conocía bien.
¿Trajiste?
Para el Director que aseguró el bono del próximo año, soy capaz de ir a buscarla a Colombia y embolsarla yo mismo.
Ambos se dirigieron al baño. Francisco sacó una pequeña bolsa blanca y se la entregó al Barón, quien entró a la cabina. Con la ayuda de dos tarjetas de crédito—una para sostener el contenido y otra para darle forma—, alineó dos estrías de polvo blanco, brillante, impalpable. “De la buena”, murmuró lujuriosamente.
Tomó un trozo de bombilla[1] que había cortado en el restaurante, inclinó la cabeza, aspiró y elevó la mirada al techo, sintiendo cómo el clorhidrato se adhería a su mucosa, envolvía su alma y disparaba la euforia por todo su enorme cuerpo de oso rugbista en sus 42 años. Sonrió e imitó el sonido de un beso, señalando a Francisco que la calidad era impecable. Dejó la tarjeta sobre la tapa del inodoro junto a la bombilla y salió de la cabina, cediéndole el paso a su amigo de parranda y vicios.
La noche transcurrió entre alcohol y drogas. Un grupo de gerentes y directores millennials celebraba en una discoteca del sector oriente de Santiago como si fueran rockstars de Lollapalooza.
El Barón se mantenía siempre en el centro de la celebración, pidiendo más piscolas, llevándose a Francisco nuevamente al baño y regresando con mucha sed y aún más ganas de seguir bebiendo. Bailaron con la directora de finanzas y la gerente de logística, ambas casadas, pero no muertas, según ellas. Charlie terminó besándose con la gerente de logística, ya que con el Barón no tenía ninguna posibilidad. Finalmente, este último tuvo que decirle a Karen, que no se rindió en querer abordarlo en toda la noche, que no habría futuro entre ellos y la razón de porqué. Ella respondió con una sonrisa, intentando disimular la enorme vergüenza que sentía, y se excusó al baño. El Barón no la vio por el resto de la noche después de esa conversación.
La música en la discoteca comenzó a volverse más letárgica, señal de que el cierre era inminente. Pero el Barón no tenía intenciones de dar por terminada la celebración. Le pidió a Francisco un refuerzo para el resto de la noche, y este le entregó dos bolsas y media del polvo blanco. Como ya le había pedido a Renato que se llevara su auto, no le quedó más opción que pedir un Uber.
Durante el trayecto, le escribió a Roger por WhatsApp:
Hola, ¿estás disponible?
Buenas noches, papi. Sí, claro, a sus órdenes.
¿Está tu amigo disponible?
Sí, papi, los dos activos
¿En cuánto pueden estar en mi casa?
En 20 minutos, rey.
Súper, los espero.
Se bajó del Uber frente al edificio de arquitectura moderna y saludó a Armando, el conserje de la noche, quien ya lo había visto llegar en peores condiciones y con compañía de moral cuestionable. Entró al ascensor de espejos y notó en su ropa manchas de piscola y cenizas de cigarro. Se miró a los ojos, buscando algún indicio de su ebriedad, pero la euforia la disimulaba bien. Solo veía reflejada la imponente su figura estupenda de Director Comercial y oso rugbista.
Entró al departamento y encendió la luz del pasillo que llevaba a su dormitorio. Dejó el contenido de sus bolsillos sobre la cómoda y caminó hacia el walk-in closet, donde se quitó toda la ropa y la dejó en un canasto dentro de un pequeño armario diseñado para la ropa sucia. Luego, se dirigió al baño y entró a la ducha de puertas de vidrio. Abrió el agua fría y dejó que cayera directamente sobre su cabeza, refrescando la euforia de la noche.
Tomó una de las toallas negras del mueble junto a la puerta de la ducha y, después de secarse, se puso su bata de baño negra con bordes geométricos laberínticos característicos de Versace, junto con sus pantuflas negras adornadas en el empeine con un gran caballo dorado de Ralph Lauren. Y justo cuando recogía las dos bolsas y media de la cómoda, sonó el citófono.
“Roger y compañía”, dijo Armando con un tono de voz neutro, como si buscara evitar emitir cualquier juicio al pronunciar “y compañía”. El Barón respondió sin dudar: “Que suban”. Luego se dirigió al living-comedor, un amplio espacio sin cuadros en las paredes, amueblado con un sitial y un sofá de auténtico cuero café arena en capitoné. Frente al sofá una mesa de centro, de gruesa estructura de acero negro con una base y cubierta de vidrio igual de densos que la estructura de madera, sostenía una variada colección de enciclopedias, casi todas sobre movimientos de arte contemporáneo, junto con pequeños adornos en forma de osos hechos de cerámica, plástico, vidrio y otros materiales, obsequios de sus amigos en distintos cumpleaños.
Contra una de las paredes, un mueble con tornamesa y vinilos compartía espacio con un potente parlante Bose, capaz de hacer vibrar las ventanas de thermopanel a volumen máximo. A un lado, una estilizada lámpara de pie, que a simple vista parecía solo una varilla negra, escondía en realidad un sistema LED de alta potencia capaz de proyectar luces en varios colores.
Activó el parlante con una suave música electrónica de estilo house y fijó la luz led en un color blanco cálido y a tenue intensidad, lo gusto para apreciar a quien tienes en frente pero bajo como para crear intimidad. Justo entonces se escucharon los golpes en la puerta. El Barón abrió y ahí estaban Roger y Chris, dos mulatos venezolanos que ya formaban parte de sus contactos frecuentes. Ambos medían un metro noventa y tenían cuerpos imponentes, esculpidos en el gimnasio, sobredimensionados por esteroides y bendecidos por la genética caribeña. Si el cuerpo del Barón era el de un oso rugbista, los de Roger y Chris parecían sacados de esas competencias de los hombres más fuertes del mundo.
No eran hermanos, pero lo parecían a simple vista. Uno llevaba la barba frondosa, el otro la usaba a ras. Sus labios eran gruesos, sus cuellos anchos y sus pechos, hombros y espalda estaban inflados y con el pelo afeitado. Ambos tenían pequeñas tetillas morenas ubicadas en los vórtices opuestos de sus geométricos pectorales.
Ya conocían la rutina: apenas entraron, se quitaron la ropa hasta quedar solo en sus colaless. Mientras ellos se desvestían, el Barón servía tres vasos de whisky y preparaba seis líneas de cocaína sobre un pequeño espejo. Aspiró una completa y tomó un sorbo de su whisky.
Muchachos, hoy estoy celebrando – dijo con aire grandilocuente y una pequeña mueca en su mandíbula.
¿Qué celebra, papi? —preguntó Roger.
Algo muy bueno… y que los beneficia a ustedes también.
Roger y Chris no siempre iban juntos, ni siquiera todos los meses. La última vez había sido Chris solo, porque el Barón procuraba alternarlos para evitar celos entre ellos. Sin embargo, la última vez que fueron los dos había sido diez meses atrás, cuando él recibió el bono de desempeño del año anterior. En aquella ocasión, se fueron bien remunerados, por lo que ahora veían la situación como una buena señal.
Y como nos beneficia, rey? – preguntó Chris mientras frotaba sus tetillas
Porque voy a premiar con una transferencia de 200 lukas a quién me haga el mejor baile.
Los mulatos se miraron y sonrieron.
Como usted guste, rey —dijo Roger.
El Barón tomó asiento en su sofá, con un cigarro en una mano y un vaso de whisky en la otra. Subió el volumen del parlante y activó la lámpara LED en color rojo fuerte, tiñendo las paredes del departamento, y dejando sonar una música electrónica más pesada y rápida.
Los cuerpos de ambos morenos empezaron a quebrarse con los beats, como si fueran esculturas de chocolate. Pasaban las manos por sus pechos, apretaban sus tetillas y contraían los músculos abdominales. Roger tomó los tirantes de su colaless, se dio vuelta y metió toda la tela entre sus nalgas morenas y musculosas. Chris se dejó caer al suelo, apoyando las manos, bajando el pecho hasta tocar el piso y elevando su culo, igual de definido, moviéndolo con pequeños espasmos.
Roger soltó las tiras y flexionó sus enormes brazos, exhibiendo sus gruesos bíceps y su espalda llena de músculos. Pasó la lengua por ellos mientras se hincaba, dejando al Barón con una vista privilegiada de toda su carne morena. Chris se puso de pie frente a él. Roger deslizó sus manos por el cuerpo de su compañero, como si lo estuviera adorando.
El Barón acercó el espejo con las rayas de cocaína y aspiró una, sintiendo una felicidad plena. Dio un sorbo a su whisky y le hizo un gesto con la mano a Chris para que se giraran. Sin levantarse, Roger giró sobre su eje y quedó de lado al Barón, con la entrepierna de Chris frente a su cara.
El pene de Chris era más grande que el de Roger, y el de Roger ya estaba muy bien dotado para los estándares tradicionales. Chris estaba erecto y su verga morena sobresalía por la escasa tela del colaless. Roger la sacó y se la exhibió al Barón como un sommelier ofrece su mejor vino.
El Barón pareció complacido. Bebió otro sorbo de whisky e hizo un gesto con la mano que Chris y Roger conocían bien.
Chris se acercó y, sin decir palabra, sacó su kilo y medio de verga, dejándola a disposición de su patrón. Roger, aún en el suelo, tomó la verga de Chris, que, a pesar de su dureza, caía por su propio peso. La levantó, dejándola perpendicular al cuerpo del mulato.
El Barón tomó una de las bolsas y dejó caer una hilera de polvo blanco sobre la vergota. Luego, con una bombilla, aspiró la línea de cocaína. Sintió el olor del pH de Chris subiendo por su nariz. Pasó la lengua por toda la verga, limpiando cualquier rastro de polvo blanco.
Roger se puso de pie y sacó su propia vergota. Esta vez, Chris se arrodilló y sostuvo el pene de Roger mientras el Barón jalaba otra línea desde él.
Terminada la ceremonia, ambos se dieron vuelta, se quitaron el colaless agachándose y dejando sus culos en la cara del Barón. Luego se irguieron, se giraron de nuevo y, de frente a él, exhibieron sus vergas morenas, erectas y jugosas.
El Barón sostuvo ambas vergas con sus manos mientras permanecía sentado en su sofá de cuero, contemplando los cuerpos inflados y definidos de esos dos dioses caribeños que estaban completamente a su disposición.
Juntó ambas vergas y las olió profundamente, inhalando la mezcla de sudor humedecido y cocaína. Luego, levantó la mirada y ordenó:
Bésense.
Sin dudarlo, los venezolanos unieron sus carnosos labios, como dos caracoles danzando. Se exploraron con las manos, recorriendo sus tetillas, sus músculos, sus pectorales. Uno flexionaba los bíceps y el otro se los apretaba, todo para el placer del Barón, que los tenía bien sujetos por la verga. Ahí residía el placer para el Barón, tener el control de dos cuerpos esculpidos por los dioses a su entera disposición.
Soltó la verga de Chris y tomó la de Roger para chupársela. Se la metió entera en la boca, deslizándose suavemente por su tronco. El mulato comenzó a gemir y entonces cambiaron de posición: Roger se sentó en el sofá mientras el Barón seguía devorándole la verga.
Chris se arrodilló detrás del Barón y comenzó a penetrarlo.
El Barón ahogaba sus gritos en la verga de Roger mientras sentía cómo el kilo y medio de carne de Chris le abría el culo. Roger gemía y su verga soltaba jugo, llenándole el fondo de la garganta, mientras el Barón hacía todo lo posible por contener las arcadas.
La sensación era abrumadora, como si le estuvieran metiendo un brazo. Su culo parecía a punto de reventar. El sudor de Chris empezaba a caer sobre la espalda del Barón, que, a pesar del placer tortuoso, mantenía su postura firme y su enorme espalda arqueada.
Chris lo sujetaba por la cintura con sus manos grandes, apretándolo con fuerza. Le nalgueaba el trasero con palmadas sonoras, mientras el Barón ahogaba sus gritos con la verga en la boca. Chris se detuvo y retiró su miembro descomunal, dejándolo dilatado y lubricado con su jugo.
Roger se levantó y se arrodilló detrás del Barón, sintiendo cómo su verga entraba con facilidad gracias a la dilatación que había dejado Chris. Este, por su parte, le puso su vergota en la cara, pero el Barón la detuvo con la palma de la mano, jadeando:
No puedo, no puedo.
Una rutina conocida por los mulatos. Chris lo tomó de la nuca y, con los labios gruesos y apretados, murmuró:
Tiene que lavarla, papi.
Acto seguido, tomó uno de los vasos de whisky—el que tenía más contenido—y metió su vergota dentro. El vaso se inundó con la carne del venezolano, mezclando los líquidos con olor al interior del Barón y el Etiqueta Roja que Chris disponía especialmente para ese fin.
Sacó su verga y el Barón abrió grande la boca, mientras sentía las embestidas de Roger, que lo nalgueaba con fuerza. Se devoró la carne macerada con Johnnie Walker, sintiendo el ardor en el bigote, como suele hacerlo el whisky. Lo ahogaba, lo atragantaba, pero no se la sacaba de la boca. Las lágrimas rodaban por su rostro, algunas entraban por sus fosas nasales y reactivaban pequeños rastros de cocaína, que comenzaban a solidificarse en la parte baja de su nariz.
Chris le agarró la cabeza calva y la pegó a su pelvis, hundiendo toda la verga en las fauces del Barón, que ya sentía que el cráneo le iba a estallar. Ambos mulatos se miraron y, al mismo tiempo, retiraron sus penes de los orificios del Barón, quien quedó temblando de rodillas, como si le hubiesen arrancado el esqueleto de cuajo.
Se pusieron frente a él. El Barón volvió a afirmarse de sus vergas, pero esta vez no como señal de control, sino buscando apoyo para no caer al piso.
Bueno, rey —dijo Roger, con la respiración agitada—. ¿Quién ganó?
El Barón, eufórico, sostenía en cada mano una verga venezolana: duras, calientes, sobredimensionadas. Saboreaba la mezcla de whisky, cocaína y un ligero toque de mucosa nasal, combinada con las lágrimas que se deslizaban entre su barba. Sonreía con los ojos achinados. Los mulatos lo observaban: su piel de oso rugbista estaba teñida de rojo de la lámpara, decorada con manchones dispersos de vello en la espalda y rizos en el pecho.
¿Ustedes… quieren saber… quieeeen ganó? —La quijada del Conde se quebraba en una mueca al hablar, su cuello se sacudía en ligeros espasmos. Los mulatos ya conocían esos gestos.
Sí, papi —respondió Chris, estirando sus labios gruesos en un puchero, mientras movía la cadera hacia adente y atrás para que su verga se deslizara suavemente en la mano del Barón.
Ehm… yo les… voy a decir… quién… ganó… ¡LOS DOS GANARON! —Y se llevó ambas vergas a la boca para besarlas.
Rey, usted es tan bueno con nosotros —dijo Roger—. ¿Verdad, pana?
Sí, papi. Muy bueno. Así que vamos a ser buenos con usted.
Roger se alejó, tomó el iPhone del Barón, activó la grabación de video y lo apoyó contra la botella de whisky en posición horizontal.
Al día siguiente, el Barón, con dolor de cabeza y un millón de pesos menos en su cuenta bancaria, miraba en su celular cómo los venezolanos lo follaban a diestra y siniestra. Recordaba fragmentos de la noche con los mulatos, el amanecer asomándose y los bajos retumbándole en la cabeza mientras la verga de Chris lo llenaba como si su cuerpo fuera un guante.
Sus gemidos se volvían más estridentes, sobre todo en la parte en la que Chris hacía las contracciones de la eyaculación para preñarlo. Bajó el volumen del celular—estaba viendo el video en el balcón y podía escuchar las voces de los vecinos del piso de abajo. Bloqueó la pantalla y miró la hora: 15:45 de un sábado.
Aquel día de diciembre prometía ser caluroso, así que bajar a la piscina era mandatorio. Se dio una ducha fría, se puso la sunga Versace que había comprado en su último viaje a la Costa Amalfitana, tomó la toalla y buscó la bata de baño de la noche anterior. Pero tenía olor a cigarro y estaba manchada de alcohol, así que la dejó en el canasto de ropa sucia y tomó una bata blanca de Calvin Klein. Lentes de sol en mano y celular en el otro, bajó a la piscina, completamente desocupada, y se lanzó de piquero.
Al sumergirse, dejó atrás todo lo que lo atormentaba: las bolsas de cocaína vacías sobre el mesón de la cocina, las botellas vacías y cajetillas de cigarro, las transferencias de quinientos mil pesos a cada uno, la cara de Karen al sentirse utilizada—sobre todo después de todos los favores y mandados que había hecho por él, no sólo en la discoteque sino en el día a día en la oficina.
Avanzó por la profundidad de la piscina, sintiendo que se perdía en el azul del metro setenta de profundidad. Se impulsó con los pies hasta la superficie. La piscina seguía desocupada. El Barón seguía solo.












