Aquí comienza el imperio de la Czarigüeya
por Aurelio Meza
Toda obra es una máquina que funciona bajo sus propios parámetros. Algunos de estos artefactos (de estos “artes hechos”) pueden desdoblarse en múltiples variantes, como un prisma o fractal. También pueden constituir un sistema perfectamente cerrado. Sin embargo, mientras que en obras previas de Sergio Ernesto Ríos esta “máquina poética” se pone en marcha con un gesto de bravuconería (De cetrería, Muerte del dandysmo a quemarropa), en La czarigüeya escribe, en colaboración con Diana Garza Islas, la parodia y la burla tienen un flujo, ¿un enemigo en común? La czarigüeya es eso y mucho más. Es la típica relación autodestructiva que algunos no podemos abandonar. El czari-gen está bien metido en nuestro ADN. Es tan real y tan ficticio como el gluten. Es un placebo de la fama, del placer y de la muerte. Es el milagroso licor de pueblo que te pone el ojo verde.
En este libro el aparato creativo se activa a través de una pregunta que los poemas no responden abiertamente: ¿quién es la czarigüeya? Podemos aventurar una respuesta ambigua: es un ejercicio de intertextualidad, como la obra de Ríos en general, a la vez que una alegoría del poder (el czar), del cacicazgo literario, o simplemente de la literatura en general. #TodosSomosCzarigüeya. Esta alegoría intertextual es paródica, en la que se reescribe buena parte de la poesía occidental, sobre todo la escrita en español, así como algunos momentos clave en la historia de la música, el cine, etcétera. Gran parte del efecto producido por esta parodia se debe al nombre extravagante y llamativo del “protagonista”. ¿Quién se puede tomar en serio a la czarigüeya, y cómo es posible que nadie haya notado su presencia en prácticamente toda la cultura occidental?
Hacer un repaso por las referencias intertextuales que plagan el libro sería como cuando Homero Simpson cuenta el final de La guerra de las galaxias: el imperio contraataca. El disfrute de buena parte del libro se encuentra en proporción directa a la cantidad de alusiones comprendidas. En otras palabras: búsquelas usted mismo. Sin embargo, el argumento central de La czarigüeya escribe está en gran medida focalizado por los poemas que abren y cierran la serie. Son los que dan dirección al palimpsesto-czarigüeya. ¿Importa quién escribió cuál, si Garza Islas o Ríos? Importa tanto como el dilema del huevo y la gallina. Qué más da si In principium erat czarigüeyam o si Cogito ergo czarigüeyum cuando el orden no altera el resultado.
Tal parece que, a partir de la segunda sección, Garza Islas y Ríos buscan reescribir la poesía hispana desde la perspectiva de la czarigüeya. Sí, resulta tan chistoso como suena. Desde el primer vestigio poético en lengua española, la jarcha mozárabe, vemos con nuevos ojos que la czarigüeya siempre estuvo ahí. Ella cuidó al dinosaurio de Monterroso cuando era bebé. Sin embargo, poco a poco la serie comienza a despegar hacia nociones más amplias en las cuales el poder, la violencia, incluso la guerra enmarcan un juego aparentemente lúdico. Sin ser un libro de tema o corte político, La czarigüeya escribe es una denuncia velada, tanto a lo que la czarigüeya puede significar en el marco de los juegos de palabras y las referencias intertextuales del libro como a todos sus otros posibles significados, particularmente el de la figura del cacique. (Como ejemplar figura patriarcal omnipresente, la czarigüeya es constantemente asociada con Octavio Paz. Dígase lo anterior con un tono de documental de National Geographic.) Un personaje al que se parece mucho la czarigüeya es Pedro Páramo. Otro es el ojo de Sauron, no la versión burda y flagrantemente literal que sacan en las películas, sino esa metáfora sutil que significaba que su poder se extendía a todos lados. Como un régimen discursivo. Como la frágil idea de una nación. ¿Cómo sabemos que los bajacalifornianos, los chiapanecos y los chilangos somos todos mexicanos? Porque Czarigüeytzin así lo dispuso en el inicio de los tiempos. Y a su lado estaba Tlacaelel, el master of puppets de los tlatoanis.
Al ser la czarigüeya tan omnisciente se le pueden achacar todos los engaños de las palabras con que el hombre se ilusiona, la czari-cueva de Platón: a los niños podemos decirles que una czarigüeya los trajo al nacer, y a los viejos que al final del túnel los espera una czarigüeya que los guiará por el Mictlán y les servirá comida durante su largo trayecto.
Como he dicho, tiene poco sentido desgajar cada una de las referencias intertextuales en el libro, donde se reelaboran fragmentos clásicos de autores como Quevedo, García Lorca, González Martínez, Paz, Pizarnik, Blanca Varela, César Vallejo, T.S. Eliot, Kafka, Celan, Allen Ginsberg, entre muchos otros, e incluso una canción del grupo de música norteña Bronco (esa me hizo reír un buen rato). En la sección XIV, la czarigüeya “contagia” películas, series de televisión y caricaturas, mientras que la XXVIII hace lo mismo con un puñado de canciones pop. La sección XVIII se antoja un estudio sobre la locura, la XX es como agarrar al toro de la poesía mexicana por los cuernos. Pero tanto peca el que mata a la czarigüeya como el que le agarra la pata. La crítica no debe ser una disección de la czarigüeya. La crítica no quiere tener nada que ver con la czarigüeya. Un grupo de czarigüeyas entró al bar donde la crítica tomaba unas cervezas, la secuestraron y desde entonces se vive una armónica anarquía en el lucrativo negocio de la escritura de reseñas poéticas.
Antes publicado en Colectiva La Piedra, Noviembre, 2014.







