Los planes que como humanos diseñamos, no necesariamente se cumplen a cabalidad. Y no se cumplen, sino tenemos claro que la fe y la pasión que depositamos en cada plan, deben ser bien dirigidas, debe ser de adentro, del alma y no simplemente basadas en el deseo y el desespero momentáneo.
Ese desespero se desata cuando existen vacíos y sentimientos que no son sanos, quiere uno olvidar sin cerrar ciclos, sin darse cuenta que es un tema de decisión pero también de paciencia y convicción. Las cargas que se acumulan día a día sin darse cuenta la mayoría, otras por omisión, se convierten en veneno para el alma y para el corazón. No somos perfectos, somos humanos y por naturaleza de nuestra propia cultura, hasta no estrellarnos, no vemos nada con claridad. Es cuando el concepto de “Paciencia” empieza a tener sentido pero que no se aplica porque no se es consiente como principio básico de la vida.
“Del afán solo queda el cansancio” nos dicen nuestro padres, sin embargo, seguimos como si estuviéramos en una carrera, al que primero llegue, inclusive descartando personas, momentos, amigos, familiares sin darse un espacio para reconsiderar y analizar bien cada situación. Perdiendo lo más valioso de la vida, el tiempo.
Dios es tan inmenso e inteligente, tan soñador y buen maestro, que nos repite y repite esta frase de diferentes maneras “El tiempo de Dios es perfecto” y no la entendemos, nos cuesta confiar en Él, nos cuesta comprender que …”todo tiene su momento oportuno. Desde el tiempo para nacer, para morir, para plantar, para cosechar, para matar, para sanar, para construir, para destruir… para reír, para llorar…de principio a fin” Eclesiastés 3.
No es fácil entender todo esto, más cuando nos acostumbramos a que nuestro plan “A” ese que diseñamos con pasión y le damos hasta fechas y entregas en un diagrama de Gantt, que quedó perfecto y sin contratiempos en el papel… no funciona, en su ejecución no se da y nacen preguntas como ¿qué pasó? ¿por qué no salió? ¿qué hice mal? Llega el estrés que genera ansiedad, la ansiedad desestabiliza y nos ahogamos en un mar de pensamientos y pendejadas internamente que no nos deja mirar más allá del problema en sí y como resultado, buscamos responsables que quizás no están, no existen, porque simplemente, no era el tiempo para que sucediera.
Es ahí cuando debemos tener una verdadera fe, una verdadera confianza en que todo pasa en el momento indicado, en el lugar, de la manera y con quienes debe ser, dentro de los tiempos de Dios, en su plan para nuestras vidas, en el Plan B de Dios.