Una razón más #2014

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Una razón más #2014
II
Cuando volví a ver aquella foto me sentí ajena, como si esa porción de tiempo ya no me perteneciera. Era una sensación peculiar, similar a la de aquel que posee un reloj capaz de parar el tiempo y acaba de pulsar el play. Y ahora, años después de aquella preciosa foto empezaba a reflexionar y a preguntarme si no sería yo la que estuviese en ese marco, a la orilla de aquella playa, mirando más que al objetivo de la cámara al motivo del pause de mi vida, que con su mirada allí estaba, frente a mí, sonriendo y jugando conmigo para sacarme preciosa aquella tarde de verano, y yo, posando para el hombre de mi vida le regalaba mi mejor momento. Después recuerdo como se acercó a mí y me abrazó, preguntándome si tenía frío, yo le dije que no pero él me abrazo con aun más fuerza mientras me mordía la cara. Parece ayer, pero mis recuerdos me delatan y no dan lugar a dudar de mi existencia aquí y ahora, pensando en la foto y en el pasado y mi recorrido hasta aquí, perderle.
Volver a casa esa noche me hizo mal, me vi desbordada y el teléfono no paraba de sonar, lo miraba, me enfadaba, y volvía a la calma, así hasta 10 veces antes de que la hora llegara a una zona imprudente para realizar llamadas. Mis hijas andaban en la segunda planta con sus maridos, durmiendo o a punto de dormir y mis ojos como platos seguían fijos en mi yo de hacía 40 años. El día había sido muy duro para todos y todos nos merecíamos un rato de soledad. Mis pequeños adultos debían afrontar la pérdida de un padre y yo solo esperaba haberlos preparado suficientemente bien. Yo por mi parte, debía ahora quitar el polvo a ese viejo reloj y dejarle funcionar de nuevo, cuanto antes diera el paso, menos duro sería para todos.
I
Se quedó de pié, estática, como si una nube gris la hubiera poseído. No lloró. No miró. Tenía la vista anclada a las profundidades de la madre Tierra, allá donde sabía que él pasaría el resto de la existencia. La gente, confusa, la tocaba fríamente queriendo dar calor, dando pena. Y ella, presa de la petrificación y sosteniendo su último regalo entre las manos, resopló en señal de que aun seguía viva, respiró profundo dejando entrar la esencia de aquellos cipreses en su ser, y soltó el ramo sobre el techo de su casa. Sonrío, y tras sentirse culpable borró inmediatamente expresión alguna de su cara. En ese momento, empezó a salir el sol.
Lo más duro de todo es encontrarnos de frente con nuestros errores, saludarles, e incluso agradecerles que te dieran la maravillosa oportunidad de rectificar. Lo menos astuto es evitarlos o no creerles, convencerte de que no están ahí.
Es un error creer que no hay errores, es un error creer que siempre todo saldrá bien, que existe la posibilidad de ser siempre felices... Es un error maldecirte por tener un mal día, por suspender un examen, por olvidar decirle a esa persona cuanto la quieres, por irte a la cama sin una sonrisa, por sentirte presa, agobiada, triste, melancólica, agobiada, estresada, defraudada... porque no hay motivo. Es tan natural sentirte mal como estraordinario sentirte bien, porque para sentirte bien, realizada, triunfadora, antes has tenido que luchar. No tiene sentido el bien sin el mal, la belleza sin la fealdad, el arte sin la ordinariez, la felicidad sin la tristeza... Agradezco a mis errores de ayer los aciertos de hoy y a mi lágrima de anoche la sonrisa de esta mañana. y no me dan miedo las difisitudes, os reto a venir a mí, porque sé que es una buena manera de aprender a valorar y por ende, aprender a ser feliz.
Lo llaman el síndrome de Peter Pan, el miedo a crecer, a cambiar, a que pase el tiempo. Incluso nosotros, que carecemos de este tiempo para pensar lo sufrimos. Nos paralizamos, nos atemoriza lo que viene. La maldita pregunta de “¿y si no puedo?” nos asalta cada vez que nos permitimos bajar la...
Y del mismo modo que entendemos la infinidad del tiempo, apresuramos la vida para no perderlo.
Lo llaman el síndrome de Peter Pan, el miedo a crecer, a cambiar, a que pase el tiempo. Incluso nosotros, que carecemos de este tiempo para pensar lo sufrimos. Nos paralizamos, nos atemoriza lo que viene. La maldita pregunta de “¿y si no puedo?” nos asalta cada vez que nos permitimos bajar la...
Como echo de menos aquellas tierras, como desearía volver... #Chicago2011