El día que me fuí, para volver.
Un día, sin drama, sin tormenta, entendí que tenía que irme. No a otro lugar, sino hacia dentro. Me aleje del ruido, de los nombres que me dieron, de los caminos que no elegí. Y ese día entendí a Hermann Hesse: El versadero viaje no es hací afuera, sino hacia el interior.
La vida, tal como la vivía, era demasiado eterna. Demasiado hecha de deberes, de gestos automaticos, de mascaras repetidas. Pero había algo dentro de mí - una voz suave, casi olvidada - que pedía espacio, silencio ... soledad.
Hesse sabía que el alma no se encuentra de golpe. Qué uno debe perderse, dividirse, quebrarse. Porque somos mucho en uno: el sabio y el niño, el monje y el amante, el hombre y el lobo. Y todos deben ser escuchados ... no para elegir uno, sino para reconciliarlos.
El mundo te dice que seas alguien, pero el alma te pide que seas tú, aunque no sepas que significa eso todavía. Y ese descubrimiento, no se da entre multitudes. Se da en el río, en el árbol, en el silencio que empieza a hablar cuando ya no le temes.
Me fuí, no por desprecio, sino por amor. Para dejar de traicionarme. Para dejar de repetir lo que no sentía. Para poder volver sin peso. Hesse escribió de Siddhartha, de Demian, de aquel que deja todo para encontrar lo unico que importa: el sí mismo. Y en cada pagina me ví. Me ví buscandome. Me ví huyendo de lo que no encajo.
El día que me fuí para volver, no supe sí encontraría algo. Pero entendí que la busqueda ya era respuesta. Que el viaje no es garantía, pero si promesa.
Y desde entonces, aunque la voz del mundo me llame, sigo. Porque aprendí que solo quien se ha ido puede realmente volver.















