La electricidad
Tinder ya existía cuando yo tenía nueve o diez años. Me acuerdo de mi prima Virginia tirada en la cama con el celular todo el día. Tenía unos años más, la veía en vacaciones. Lo que hacía con el dedo sobre la pantalla parecía genial, sobre todo por lo que venía después: elegía el cuerpo donde se frotaría hasta conseguir la electricidad. Incluso podía hacerlo con el jean puesto, me dijo.
Los primeros años fue un boom, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente prefería buscar a alguien que le quedara cerca. En pueblos como Biena, esa tecnología no había sido nunca necesaria: 1500 habitantes siempre terminaban encontrándose en algún lugar, aunque no quisieran. Las hormonas hacían todo el trabajo.
Lo que vino después ya lo sabés. Biena siguió siendo chico, pero ya no importaba. Cuando cumplí los 18 años, tenía tres amantes en mi haber y todavía no había sentido la electricidad. A los 22 fue el shock. ¿Hace falta seguir?
Los días eran diferentes desde tiempo antes. Yo digo que la seca fue lo que cambió todo. Además de que el pueblo era una pobreza –todos los sembrados estaban muertos, no había inyección para la tierra y se quemaba el horizonte cada tarde hasta que cambiaba el viento–, fue con la seca que empezó la descarga.
Vieras las moscas revoloteando los caballos. Ni bien movían la cola y se las espantaban, las moscas caían fulminadas. Ahí nos dimos cuenta de que pasaba algo raro. Los animales chillaban como si el pasto fuera un boyero. Y así terminó también entre las personas: cualquier roce era una descarga eléctrica espantosa, cada vez más intensa.
No tenía nada que ver con la suela de goma. El Servicio Meteorológico Internacional dijo que era la atmósfera. Hasta que nos acostumbramos a dejar de tocarnos.
Cuando algo te patea, no hay cosquilla, no hay piel. El imán expulsa las superficies, no hay manera de adherirse. Yo quería frotarme sobre otro cuerpo, como mi prima Virginia. Quería pasar por el mismo lugar y pasar por el mismo lugar y pasar por el mismo lugar. Hasta llegar ahí. Ella decía que era inconfundible.
Mi primer noviecito fue a los 13. Nos acostábamos a charlar porque era más cómodo mirar el techo que mirarnos a los ojos. Él me acariciaba el borde del ombligo con el dedo índice, despacito. A mí me daba vergüenza, porque el ombligo guarda pelusa. Pero lo dejaba seguir. Y era como hacer remolino en la pileta: llega un momento en que la corriente te lleva sola.
Pasaba la adolescencia y nada. Nunca llegaba al lugar del que hablaba Virginia: "Es como si te poseyeras, una electricidad del pelo hasta los pies. Vos te vas a dar cuenta". Pero resulta que entonces empezó la electricidad continua.
Los pronósticos indicaban que cuando terminara la seca, la atmósfera volvería a sus condiciones normales. Las estrategias de emergencia se desarrollaron sin chistar. Mientras en las ciudades la gente chateaba con las cámaras prendidas, se excitaban y llegaban al clímax; en Biena también. Pero siempre se nos acababan los datos del teléfono. No había fibra óptica en el pueblo, entonces la intimidad se volvía más profunda. Nos encontrábamos para estar a la distancia: con una mano hacíamos la mímica de tocar al otro y con la otra mano, masturbábamos nuestro propio cuerpo cansado. Las palabras eran torpes. Había días de corriente tensa y el gesto de extender la mano en el aire, acariciar a la distancia, nos hacía llorar.
Para ese momento, yo tenía 18 y andaba con el Nica. No éramos novios exactamente, pero teníamos una conexión especial. Empezábamos chateando y en eso no era nada bueno. Pero cuando prendíamos la cámara, o antes, cuando me mandaba un audio y yo podía escucharle la voz, no importaba lo que dijera: sentía un camino de hormigas desde las clavículas hasta la punta del pezón. Y eso me hacía pensar que pronto llegaría la electricidad. La electricidad total.
Entonces nos encontrábamos, por fin, aunque ya no pudiéramos tocarnos. Y a más de dos metros de distancia empezábamos un baile oriental. Al principio era gracioso, después era lo único que teníamos. El Nica se ponía nervioso, yo me frustraba. Estábamos cada vez más solos, pero nos teníamos.
El día del shock fue muy impresionante. Se escuchó una distorsión, como un ruido desafinado y agudo que no había manera de identificar. Me dolieron los dientes hasta la raíz. Paró a los 15 segundos. A los 30 empezó de nuevo y así, nueve veces, en todo Biena y en todos los pueblos de por acá. Y, seguramente, en todo el mundo. Qué se yo. Desde ese momento, no anduvo más ni una sola cosa que funcionara enchufada. Nos quedaron los tímpanos hechos bolsa.
Yo no usé Tinder nunca, pero supe cómo era. Y cómo era el sexo virtual y cómo era el sexo distante. La seca mejoró después del shock, fijate vos. Y ahora veremos qué es lo que pasa. Si el agua trae de nuevo la corriente.












