Todavía te miro y te encuentro perfecta, o quizá imperfecta… ―¿acaso la perfección no implica su negación? ¿o sólo lo perfecto es enteramente positivo, de suerte que no lleva encima el germen de su contradicción?― Te miro y te veo gustosa, abierta al mundo y decidida; quisiera ser como tú: aunque insegura, irremisiblemente decidida. Esa ufanía tuya que tanto urges en distinguir, ¿qué se supone que inaugura?; ¿el tedio de una vida disoluta?, ¿la catástrofe del sinsentido?, ¿la oscura depresión que engendra la muerte? Toda tú eres un chiste, un solo retrato de colores pintos y todos imposibles: eres el vil hallazgo de un sofisma, el individuo que carece de todo y todo lo pretende. Allende tus ropajes y tus animosos ademanes, no eres más que cualquier cortesana abyecta de un lupanar cualquiera; sólo tú sabes lo que haces y sólo tú sabes porqué te lo permites.
Ahora que no estás soy más feliz que antes, aunque todavía te extraño… como lo haría una infeliz a quien el amor imbricó en semejante garullada.*
* A Jacinta Velarde, Rosalba Orozco (14 de abril de 1923). Esta pequeña epístola la encontré en un baúl en el closet de la vieja alcoba de mi abuela; ella fue una mujer distinta a las otras ―hermosa y consciente de sí misma―. Realmente no la conocí, salvo por los innumerables recuerdos que mi madre me obsequió al hablarme de ella.
Éste es un pequeño fragmento de una carta fechada el sábado catorce de abril del veintitrés, está dirigida a la difunta Jacinta Velarde, una mujer de costumbres licenciosas con la que mi abuela compartió muchas tardes (Dios sabe cuántas noches).