La sonrisa de mi hija esta hecha de perlas de rocío, de alegre primavera, de brillante luz solar, de canarios cantarinos, de fe, de amor, de ella y de mi

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@eleutheria79
La sonrisa de mi hija esta hecha de perlas de rocío, de alegre primavera, de brillante luz solar, de canarios cantarinos, de fe, de amor, de ella y de mi
El culto al colega es una forma de pasión moderna, un afecto difuso pero intenso por quienes están cerca sin llegar nunca del todo. No se trata del amigo íntimo ni del amor comprometido, sino del colega: esa figura intermedia que brilla por su levedad, su humor, con toda solemnidad. El colega es un vínculo que flota, que no exige definiciones, y en eso radica su encanto. Es alguien con quien se comparte algo especial pero nunca del todo formulado, alguien que se mantiene, por elección o azar, en el umbral de lo posible.
Este culto expresa una fascinación por lo que no se posee, por lo que no termina de revelarse. El colega es, en esencia, un extraño familiar: alguien que conocemos en partes, que nos permite desear sin que el deseo se agote. Es la pasión por los márgenes, por lo inacabado, por lo que se escapa de las categorías tradicionales de la intimidad.
La predilección por los extraños, entonces, no se contrapone al culto al colega, sino que lo define. En ambos casos, el vínculo es una danza: una cercanía que se cultiva sin tocar fondo, un afecto que se cuida para no volverse costumbre. El colega, como el extraño, es una figura que invita a imaginar más que a poseer, a sostener una narrativa sin final. Esta forma de vínculo habla de un modo de relacionarse donde lo importante no es llegar a destino, sino mantener viva la posibilidad.
Mientras no poseía más que mi catre y mis libros, fui feliz. Ahora poseo nueve gallinas y un gallo, y mi alma está perturbada. La propiedad me ha hecho cruel.
Siempre que compraba una gallina la ataba dos días a un árbol, para imponerle mi domicilio, destruyendo en su memoria frágil el amor a su antigua residencia. Remendé el cerco de mi patio, con el fin de evitar la evasión de mis aves, y la invasión de zorros de cuatro y dos pies. Me aislé, fortifiqué la frontera, tracé una línea diabólica entre mi prójimo y yo. Dividí la humanidad en dos categorías; yo, dueño de mis gallinas, y los demás que podían quitármelas. Definí el delito. El mundo se llenó para mí de presuntos ladrones, y por primera vez lancé del otro lado del cerco una mirada hostil.
Mi gallo era demasiado joven. El gallo del vecino saltó el cerco y se puso a hacer la corte a mis gallinas y a amargar la existencia de mi gallo. Despedí a pedradas al intruso, pero saltaban el cerco y aovaron en la casa del vecino. Reclamé los huevos y mi vecino me aborreció. Desde entonces vi su cara sobre el cerco, su mirada inquisidora y hostil, idéntica a la mía. Sus pollos pasaban el cerco, y devoraban el maíz mojado que consagraba a los míos. Los pollos ajenos me parecieron criminales. Los perseguí, y cegado por la rabia maté a uno. El vecino atribuyó una importancia enorme al atentado. No quiso aceptar una indemnización pecuniaria. Retiró gravemente el cadáver de su pollo, y en lugar de comérselo, se lo mostró a sus amigos, con lo cual empezó a circular por el pueblo la leyenda de mi brutalidad imperialista. Tuve que reforzar el cerco, aumentar la vigilancia, elevar, en una palabra, mi presupuesto de guerra. El vecino dispone de un perro decidido a todo; yo pienso adquirir un revólver.
¿Dónde está mi vieja tranquilidad? Estoy envenenado por la desconfianza y por el odio. El espíritu del mal se ha apoderado de mí.
Antes era un hombre. Ahora soy un propietario.
"Gallinas", de Rafael Barrett, 1910
Un río donde poder ser ninfa. Disfrutar del gorgoteo del agua, viéndola pasar y empujar todo hacia su dirección final, inexorable. El olor a humedad verde, la luz del atardecer a través de las ramas, de las hojas, de las copas inquietas. Brilla el agua con los rayos de sol, deja ciego a Polifemo; lo más importante del río y condición necesaria para la ninfa es el silencio. Todo se percibe multiplicado, nada queda silenciado: los pájaros, los peces saltarines, el revolotear de los mosquitos, el agua saltando. Es un silencio ensordecedor, y si consigues que te envuelva desde dentro, la mutación a ninfa está asegurada. Y qué bien.
Conozco una isla donde se funden mis recuerdos con la música futura, con la promesa de una isla del Mediterráneo donde habitar. Siempre has sido tú desde que vi el caribe desde una chumbera y un mirto. Volver a ti pronto, lo antes que se pueda. Mientras, recuerdo el horizonte desde una cala pequeña, minúscula e inmensa.
Relatos de sobriedad
Vivir la vida sin anestesia alguna, solo con la calma embaucadora del humo del cigarrillo, sin nada que embriague, que coloque, que me lleve de viaje.
La evasión es un mecanismo de todos pero evadirse más que vivir la propia vida, me parece la artimaña de un impostor. ¿Soy cruel valorando el hiper consumo y el consumo de sustancias sistemático? Por supuesto, cada uno elige en su vida lo que quiere; yo he tenido consumo ocasional, y no puedo escribir el relato de la abstinencia. Pero el culto a la sobriedad, a la claridad del pensar y del razonar, siempre fue una ambición propia.
La sobriedad depende de muchas cosas, pero siempre, en última esencia, es una cuestión personal, una decisión del individuo, un estilo de vida, una forma de proyectarse.
Somos el Pigmalión de nosotros mismos. Hacemos de nosotros lo que podemos con lo que tenemos. Pero relatar la sobriedad es una apuesta por un yo entero, sin fragmentar; por un yo sin muletilla y libre. Que las mayores esclavitudes nacen de uno mismo. Y fin. Es solo un relato.
Mis gafas mejoran mi prisma. Clarifican, me ayudan a focalizar mejor. Son una especie de bastón en el que apoyo mi mirada. Yo soy muy de culto al objeto, y en este caso es veneración. Nunca me entendí con las lentillas, la gafa define hasta mi semblante. Ya no es algo extraño y ajeno, se integra tan bien en la fisionomía de mi cara (o al menos así me lo parece) que lo veo como unidad, fusionadas a mi rostro.
Si me quito las gafas, veo de cerca. Muy de cerca. Y es en esas distancias cortas que prescindo de ellas sin objetar nada. Más lejos de un palmo, todo se nubla, borroso, y se esfuma así con el foco de mi mirada, mi seguridad. No ver bien lo asocio inmensamente a la torpeza que me lleva a dudar de mis movimientos. Ver, para empezar a entender. Pero al igual que leer no sirve de nada si no infieres lo que está tras las palabras y lo haces tuyo, para ver no se necesitan solo los ojos. La imagen de algo suele referirse solo a las apariencias, información que nunca suele englobar la esencia, mucho más amplia y compleja. ¿De qué sirven los ojos? Por supuesto, captan información importante, pero para metabolizarla bien hay que poner en movimiento el prisma, la perspectiva. Mis gafas son mi bastón, veo y miro mejor; para ver hondo, no hay bastón que valga, más bien una firme intención.
Dos. Que parece la combinación numérica más sencilla pero que, de hecho, es la más compleja. Desglosar todo en componentes sencillas, para que solo sea 1+1, despojar a los números de todo el bagaje, aunque sea privarlos de todo lo que les acompaña, cubre o completa. Esencialismo sentimental, ingenio emotivo y originalidad. Pulsión creativa hasta las últimas consecuencias, que nada obliga a repetir y todo apunta a que la innovación y la improvisación son garantía de algo nuevo. Y qué bien.
Ya dejará de doler en algún momento
Huelo a letras recién escritas
Donde más te duele, es donde voy a quererte más...la inmadurez sentimental de quien tiene que perder para valorar, nunca pensé que sería ese mi problema. Los miedos y las inseguridades son tan feos que abruman. Y se contraponen a la paz segura de la conciencia de unos besos, de unas manos, de la sensación inmensa de reconocerte en cada cosa que dices.
Sentir lo que se ha dicho y hecho, querer borrar acontecimientos que no identificas para nada contigo. Se muere un poco cada vez que se mete la pata, y aunque se pidan disculpas queda un halo sombrío alrededor de lo dicho y lo hecho. Prefiero mil veces que se equivoquen conmigo a equivocarme yo, porque luego la culpa aniquila la paz, y sin paz no soy nada. O soy algo distinto a lo que me gusta ser. Es verdad que soy todos esos estados, pero puestos a elegir...
Este sentimiento de sentirlo todo tanto llevaba tiempo sin acompañarme. Vibra cada minúsculo músculo, siento la sangre fluir en los dedos mientras cierro el puño, como si quisiera contener todas las emociones desencadenadas por ahí adentro.
Siento mucho, empatizo contigo y me duele, me duelo yo. Este verano solo he podido constatar que en cuestión de estropear cosas bonitas, soy un puto crack. Siento arenas movedizas bajo los pies al tomar conciencia. Siento mucho y siento más. Siento.
La normalidad es una enfermedad contagiosa, de esas que se transmiten por la forma mediocre de vivir.
Cuando yo era pequeña, ser distinto era un epíteto positivo; se admiraba a la gente que se distinguía claramente del montón. Y luego he visto un proceso de homogeneización de las personas, y cada vez es más común que la gente se defina "normal" sin ruborizarse.
Es tan reconfortante ser como la masa, no salirse del patrón por ningún lado. Es una premisa para relacionarse, "yo es que soy muy normal", dejando entender que es el no va más.
Yo nunca he podido ser normal, así es que no tengo ese cojincito mullido de seguridad; y siempre me ha producido salpullido en el hipotálamo pensar que soy una fotocopia infinita del humano medio.
Que todo depende de las connotaciones que cada uno le da al término, por supuesto. Pero me resistiré siempre a ser normal. Porque si miramos el mundo que resulta de los seres humanos normales, nos damos cuenta de la trampa.
Que he pensado que si tengo tantos lunares, es para que alguien los cuente despacito. Una galaxia de lunares y pecas requiere mucha paciencia, paciencia que yo he tenido siempre para algunas cosas y, para otras, no. Y que el tiempo es eso que discurre entre cada una de tus sonrisas, moreno. El tiempo traidor, que nos quita mientras nos da. Y siempre le dedicaré tiempo a la paradoja de dos que se hacen uno sin dejar de ser dos, que resolverla ya no es ni siquiera lo importante. Y como nunca he necesitado subtítulos para mis ojos, me quedaré con mi versión original. Que si cae un meteorito en Plutón, es buen motivo para fumarse un cigarillo y contemplar cómo le cuentan a una los lunares.
QUÉDATE EN EL MOLDE me dijeron. Y yo obedecí.
Porque era más seguro, porque ya estaba armado, porque era lo correcto, porque era lo esperado.
Y allí, en el molde, encajé, pertenecí, me amoldé, cortado a tijera por las normas de otros, por las leyes ajenas, por las expectativas de alguien.
Me hice preguntas, me cuestioné. Y de repente, el molde, tan acogedor y seguro, se asemejaba a una cárcel. Tal vez con comodidades, pero cárcel al fin.
Cada vez, me sentía más oprimido por aquel molde, parecía más gris, menos cálido. Antes, me sedaba consumiendo televisión, compras, buscaba satisfacción rápida, aquella satisfacción que me dejaba adormecido y contento sólo de manera efímera.
Empecé a comprender el molde, y comprendí que ya era hora de salir. Pero también, entendí que no sería fácil dejar de "encajar", porque en la caja había más personas, había afectos, familia, vecinos, había otros que estarían mirando, juzgando, opinando.
Entendí que el precio de mi libertad y el salir de ese molde sería ser diferente y podría haber dolor. Pero el corazón ya no se satisfacía con compras, entretenimientos, distracciones.
Autor desconocido.
El selfie desde arriba, aunque a veces sales con cara de mosaico dadaísta de todas maneras. Ante la duda de cómo hacer la mejor auto foto, un sabio, una vez, no dijo nada...
No lo soy, pero hazme sentir que sí...
Quédate a hablarme de ti, de astrología, de tus lunares, de lo que no dices en público. Háblame de tus sueños...
Yo estoy aquí sentada, pensándote a gritos, pensando en cómo te he soñado esta noche, con el puto dolor que supone vivir lo que no está, y luego despertar.
Es triste tener que actuar con el mismo desinterés que te dan, cuando quieres dar amor. Para forzar una reciprocidad en negativo, una especie de equilibrio burdo. Cuando te nace un mundo de cosas que acercan, que florecen, que abundan, pero en el otro lado escatiman, despliegan la avaricia de tiempo y energía, y te brindan cosas chulas con cuenta gotas. Entender que ahí no es, que el amor debe poder fluir libre, sin medir lo que el otro da porque fluye en dos direcciones sin ningún pacto, sino naturalmente.
No sé si será solo la teoría, pero sé que es y será siempre la fórmula más duradera en amor