Cuento de un viaje (fragmento)
Me senté en el regazo de la ladera, como si estuviera recogiendo mis pasos, vi un colibrí en el mar abierto de mis nostalgias, el peso de la historia se podía sentir con los ojos en él. Cada aroma que con la nariz identificábamos nos sacudía, con la lengua probamos la polvareda de muchos años reprimidos, con las manos tocamos cada parte del aire melancólico que nos recubría y con los oídos escuchábamos encantados los cuentos de las aves…
Allí mismo, pero al atardecer, Jacinto, Concepción, Martha y Gabriel sonreían continuamente viendo como me deleitaba con el paisaje de nuestros antepasados, en el que vivieron, el que produjeron y se reprodujeron, del paisaje que nosotros habíamos surgido. Se podía comprobar que como en la mayoría de acontecimientos vitales de las personas, las crisis son las mejores madres del desarrollo, aunque a veces ese progreso signifique dragar y extraer sin compasión la sangre de la conveniencia terrenal, que brota del deseo inmaduro e insaciable del humano.
En nuestros rostros, se podía ver que no sólo era el contraste de la luz con la oscuridad, ni de la cercanía con el horizonte, no sólo éramos nosotros viendo el amanecer en un incierto sendero. Era también la mescolanza de felicidad, nostalgia y sopor. Lo que es seguro, es que ninguno de nosotros vio el mismo sol, ni siquiera sé si todos lo vimos, pero sé que apasionados por las sensaciones que nos desbordaban, sonreíamos con la mirada perdida en los haces lumínicos que atravesaban al valle que osaba tener la ambigüedad de estar lleno de misterio y de producirnos el vacío indescriptible de ése peregrinaje matutino.
Luego, con los pies heredados de esa tierra y cultivados en otra, recorrimos el lugar, pasamos una y otra vez sobre las tragedias y comedias que alcanzaban a develar su rescoldo en el suelo, el mismo suelo que tenía visos de marchitez y de otoño inexistente, aún cuando de él pululaban los retoños de nuevas tragedias y nuevas comedias.
Con calma, mis recuerdos diáfanos y etéreos se confundían con lo que mis sentidos captaban, me perdía en absurdas pretensiones por recordar esos lamentables y surrealistas paisajes, mi memoria me ocultaba cosas que fueron reemplazadas en aquél madrigal de sensaciones, en aquél día.
Intenté creerme el no rotundo a esas desdichadas lágrimas que se escapaban con premura, al estar escuchando de Jacinto sus querellas por la desdicha de haber nacido y la fortuna de haber crecido allí: en el pie de una ladera, rocosa, imposible, en la que sólo los aguiluchos veían la luz cuando salían del cascarón; él se crió a la par con los cóndores, esos que extendían sus alas mostrando su imponencia, impotencia y disgusto ante el calor sofocante.
Los cinco estábamos aclamando la distancia con los ojos y viendo el horizonte con nuestro espíritu, estábamos en la cima de la cordillera contraria a la ladera, desde allí se podían ver los visos del camino del sol en los árboles, un camino hecho con violencia, sin tramojo. Se veían las máculas carmesís mezcladas con un ocre perpetuo, que sólo significaban el paso del fuego inclemente e inmaculado mordiendo la madera de aquél bosque.
Ahora que volvíamos a ese lugar, luego de muchos años, unos treinta, nos parecía otro lugar, uno desconocido, si se quiere. Gabriel lo enfocaba en su lente como algo indeterminado y difícil de entender, era tangible cómo discriminaba el filo de la cordillera en la que estaba sembrada aquella ladera, como si estuviera buscando la respuesta al sentimiento vehemente que brotaba por su piel, sabiendo que estaba muy cerca y muy lejos de aquello con lo que creció; aún Martha, que mostraba desinterés ante todo, estaba con la pasión a flor de piel, incontenible, casi horrorizada, veía como tres cóndores abrían y batían sus monumentales alas a escasa distancia de ella.
Jacinto en ese momento contaba con cuarenta y seis años, en ningún momento de los treinta años que permaneció ajeno a su origen, olvidó como estaba distribuida y construida aquella casa. Por su parte, Concepción nos recordó en el viaje como Jacinto le contaba sus peripecias, su sobrevivencia, sus agallas, y ella con sus cuarenta años encima no olvidaba tampoco ni una sola ramificación del camino que transitábamos, citaba nombres, mencionaba sucesos, tal como el anfitrión: Antonio, que era su padre y estaba cercano a los ochenta años, él también hacía menciones, como redibujando su memoria, alterada con tantos años de brebajes de maíz fermentados. Por su parte, la audacia de Martha nos exhortaba: -Cebollas cabezonas, eso parecemos, se debe quitar una capa para poderla cocinar y cuando la queremos transformar en comestible nos hace llorar. Partida de testarudos-.
Atendiendo a la lucidez de Martha, entendimos que entre más pisábamos el lugar más nos sentíamos como un cascarón que contiene muchos cascarones dentro, y que a medida que surgíamos y seguíamos surgiendo, nos secábamos, nacíamos. Fue como si la luz nos traspasara, la luz franca que manaba de esa ilusión tangible, aquella que envolvía aquél preciado y precioso lugar, ese mismo lugar que brillaba también por la paradoja de hacernos sentir más jóvenes aún cuando era el lugar más viejo que conocíamos.