8:17, Abbesses – Porte de la Chapelle
París, noviembre de 1985
La niebla era densa. La oscuridad se asentó alrededor. Dio unos pasos, confundida. Oyó a lo lejos un murmullo.
Debo encontrarlo.
Era una voz que no lograba distinguir del todo.
Debo encontrarlo — repitió más fuerte, tanto que lo sintió en la piel. Un eco, una marea suave que de repente la sobrepasa, una urgencia angustiante, desesperada, terrorífica a punto de explotar en una palabra que debía pronunciar hasta que un estruendo cortante la atravesó por dentro.
Despertó de golpe, con el corazón desbocado y el aliento entrecortado. El violín había rodado de su regazo al suelo. Otra vez. Otra mañana como tantas otras. Y otra vez ese sueño sin forma. La tenue luz del amanecer se filtraba por entre las persianas rotas del bar. Se había quedado dormida en un rincón, cubierta con su viejo saco, abrazada a su instrumento y sobre unas sillas que le habían saludado con un perfecto dolor lumbar matutino. Se incorporó despacio. Estiró los brazos y el cuello, sacudiéndose el entumecimiento de los huesos. Fue al baño y el espejo reveló unas ojeras violáceas, un rostro ligeramente pálido, y rizos dorados que se alborotaban como un enjambre rebelde. Sin mucha ceremonia abrió el grifo y se lavó la cara, devolviéndole algo de humanidad. Alisó el cabello con las manos y se acomodó el suéter bajo el pantalón, lo que enfatizó su delgada figura. Tomó el abrigo —demasiado delgado para ese noviembre frío—, el violín al hombro y salió despidiéndose con un gesto breve de los pocos empleados que quedaban.
A pesar de todo, había sido una buena noche. Como cada miércoles, tocaba el violín junto a bandas y artistas que pasaban por ese local del bajo Montmartre, un sótano entre lo bohemio y lo decadente. Algunos aún dudaban de que un instrumento como ese encajara con la estética underground del lugar, pero bastaban los primeros acordes para desmentirlos. Françoise no solo tocaba: hacía vibrar cada nota con una fiereza elegante.
Después, como casi siempre, se quedaba atendiendo como camarera. Esa noche le habían pagado bien. Lo suficiente como para pensar en comer algo más que pan y café. Sin embargo, no se atrevió a volver sola por esas calles oscuras. Así que improvisó su ya habitual “cama” en el camerino, que no era más que un cuartito con un espejo resquebrajado y un sillón vencido que esa noche terminó por rendirse. Ya la conocían. Nadie dijo nada.
Había perdido la bufanda otra vez. Maldijo en voz baja mientras subía el cuello del abrigo y hundió las manos en los bolsillos. El frío cortaba, pero no dolía tanto como otras cosas.
Con los ojos aún somnolientos, llegó a la entrada del metro de Abbesses y eligió el ascensor: no tenía fuerzas para enfrentar las eternas escaleras. El ascensor se llenó rápido: oficinistas, estudiantes, rostros grises. Ella, parte de esa multitud, su cabello rubio destacando a pesar de la mañana nublada y oscura. Un grupo de turistas japoneses la rozó al pasar.
El andén olía a cigarrillos húmedos y perfume barato. El altavoz anunció la próxima llegada.
"Prochain train, direction Porte de la Chapelle."
Françoise cerró los ojos un momento. Quería llegar a su cuarto. Tomar una infusión caliente, quizás, y dormir un par de horas. Sentía los huesos huecos. Y ahora todo empeoraba con esos sueños, de hecho, lo que más la agotaba era esa sensación persistente de desasosiego, la ansiedad sin forma, la voz que siempre decía lo mismo: debo encontrarlo. ¿A quién?
Suspiró. Quizá era todo producto del agotamiento. Las clases, las noches en el bar, las cuentas. Y luego su familia, de quien se había apartado sin escándalo, y quienes aceptaron la distancia sin violencia, solo con la eficacia del silencio. Por no obedecer a su padre, por no ceder por la conveniencia familiar, por no “hacer lo correcto”. Por elegir otro camino.
Abrió los ojos. La gente comenzaba a llenar el andén. Nadie miraba a nadie. Todos encerrados en sus pensamientos. Se sintió un poco sola.
Miró alrededor, luego al andén opuesto. Su mirada chocó con la de un hombre. Observó sin observar: un hombre de traje, una mujer con un carrito de mercado, una adolescente con walkman. Todos ensimismados. Y de nuevo la insistente mirada de aquel hombre. Al principio pensó que lo imaginaba, pero volvió los ojos al mismo lugar y ahí seguía. La miraba fijamente.
No era mayor. Veintipico, quizá su misma edad. Cabello oscuro, ojos verdes. No recordaba haberlo visto antes. No parecía un acosador, pero tampoco un turista.Y aun así fijó la vista hacia ella descaradamente. Como si la conociera.
Él comenzó a avanzar, abriéndose paso entre la multitud, sin apartar los ojos..
El rugido del tren llenó el túnel. La gente comenzó a subir. Ella entró al vagón sin pensarlo demasiado, sosteniéndose de una barandilla cerca de la puerta. Un sonido metálico advirtió que las puertas se habían cerrado
Entonces lo vio aparecer frente a ella, al otro lado del cristal. Había corrido. Sin duda había intentado alcanzarla. Françoise no se inmutó. Lo fulminó con la mirada, más por reflejo que por defensa. Pero él no retrocedió. Tampoco ella apartó la vista.
Solo cuando el andén desapareció, se dio cuenta de que había estado conteniendo el aliento.
No sabía por qué. No sentía miedo. Solo un estremecimiento inexplicable. Como si algo —algo importante— estuviera por revelarse, si él la hubiese alcanzado.
Suspiró, 8:17 decía en el reloj, solo cuatro paradas hasta Marx Dormoy. Luego quizá compre algo en ese pequeño tramo antes de llegar a su habitación, comería y se acurrucaba en su cama hasta tarde, olvidándolo todo. Aunque curiosamente, ya no se sentía sola.
_____________________
Pequeña contraparte de la escena anterior y posible introducción para un fanfiction que se va armando por inercia. Espero que sea de interés del lector y que tengan paciencia con alguien que está incursionando en una escritura tan compleja. Como siempre, vale aclarar que la imagen está hecha por IA (increíble lo que puede hacer la IA estos días! ) y con el compromiso de seguir con los fanarts a pesar de todo.













