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Yo, Edward Salazar, escribí un cuento que se llama Desalojo.
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Un sillón bañado de luz
Espero una espera que no es mía y me reduzco mientras aguardo. Deben pasar quince días para que la suerte, el azar o el sueño se aparezcan y tomen una vida más concreta, una vida de la que depende Ella, que tanto quiero, tanto daría por Ella, y que de mucho entregar en últimas no doy. Se me olvida, la omito, la idealizo y la utilizo como un pretexto para mi propia vida, a la que a veces pretendo renunciar por Ella, pero no puedo, es irrenunciable y, si lo hiciera, haría que las vidas que tanto cuido perdieran una parte de su sentido y un pedazo de ellas pasaría a la extinción. Aguardo con fe cristiana, la enseñanzas de mis padres, como si todo esto trajera un regalo de bienestar que me va a permitir la calma, sentarme en un sillón por unas horas tranquilas a tomar el sol y a oler y a sentir el café en mi boca, me refresca, pienso más, me tiene en vilo. Quiero estar ahora mismo en ese sillón, que ya pasen los quince días necesarios para que una respuesta universal se manifieste y dedicarme a la calma, a esbozar una sonrisa y a regalar un abrazo de felicidad, aplaudiendo la poca seriedad de la vida, que nos hace sufrir con sus tormentas que a veces son divinas y a veces son dolorosas, y por eso me mancillo los dedos de las manos, unos contra otros, todos contra mi pantalón como una señal de la angustia, sentado sin poder hacer nada más que escribir, ver números, probabilidades, posibilidades matemáticas y estadísticas para que todo nos juegue a favor, a Ella, a mí, a los míos, a mí otra vez, porque en toda entrega habita un egoísmo. Me aferro a una supuesta justicia del mundo. Quiero confiar, y sé que hay luces dibujadas en el cielo que me dicen tranquilo, aguarda, la sorpresa será dichosa y la espera te dará dolor de cabeza, te robará el sueño y un pedazo de la alegría, pero la espera del que sabe esperar es buena. Extiendan una mano, Ustedes, acuérdense de los incrédulos y hagan de su desidia una posibilidad. Quiero ver cómo Ella vive, con sus dolores de espalda y sus risas y sus malos humores y su tranquilidad y su angustia, porque eso es lo que tiene ahora mismo en todas las partes de su cuerpecito, angustia; también la siento yo cada vez que oprimo una de estas teclas que intentan ser una carta a no sé quién, a Ustedes, para que la lean, la lean dos veces y luego puedan hacer de mi espera algo llevadero, patéticamente feliz, mínimamente feliz, y que el sillón bañado de sol esté en su sitio a la vuelta de quince días, la taza caliente, y luego tomar un respiro e iniciar una nueva espera.
Yo.
Este soy yo una tarde de este año en la que hacía de escritor. A mi Mamá le gustaban las cartas que le escribía, que eran muchas, con perros que hablan y con historias que no pasaron. Eran cartas para agradecerle su amor. "Yo te quiero hasta el cielo", me decía mi mamá, y yo le respondía en una hoja de papel llena de dibujos y de palabras. Justo como lo intento ahora, en el presente de mi vida, como una azarosa recuperación de lo que nunca se ha perdido.
¿Qué quieres ser cuando grande?
Yo no era como ellos, yo me di cuenta muy rápido de dónde estaba y a los siete años ya sabía que me iba a ir. No sabía cuándo ni a dónde. A mí me preguntaban: ¿qué quieres ser cuando grande? Y yo decía: extranjera.
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Margarita García Robayo / Hasta que pase un huracán
Las herencias Enfermedades en mi casa Pablo Neruda Hijo mío, me duelen las herencias Esta culpa, zarza que arde y me quema, y que no me concede saber cual fue el pecado En tu inocencia se mira mi inocencia como en uno ojo de agua que me cuenta una historia que ya ha sido olvidada y otros hablan entre tus voces turbias y otros sufren de nuevo entre tus sueños y en tu silencio sufren otra vez más aquellos que están muertos y tu herida es una pena antigua que por mi sangre pasa y estalla en la entrañas en que nadaste un día.
Ese hombre
Yo soy como ese hombre que después de diez años de muerto resucitó y regresó a su casa envuelto en su mortaja. Al principio, sus familiares se asustaron y huyeron de él. Luego se hicieron los que no lo reconocían. Luego lo admitieron pero haciéndole ver que ya no tenía sitio en la mesa ni lecho donde dormir. Luego lo expulsaron al jardín, después al camino, después al otro lado de la ciudad. Pero como el hombre siempre tendía a regresar, todos se pusieron de acuerdo y lo asesinaron.
Julio Ramòn Ribeyro, Por las azoteas.
El primero de febrero de 2003, el transbordador espacial Columbia se desintegró sobre Texas. Los hombres de fe que lanzaron sus esperanzas al espacio vieron como la paloma mensajera se transformó en las estrellas que tanto anhelaban.
En soledad,
Ahora, que ya no me queda otra cosa que mirar hacia atrás, me parece que nunca hubo un principio sino un largo final que nos fue devorando de a poco. Si recuerdo es porque quiero estar con ellos un poco más. Nadie puede entender lo que siento: en soledad, sin esperar nada, sabiendo que me empecino en defender algo que ya no existe.
Fernanda Trías, La Azotea
-¿Qué es? –me dijo. -¿Qué es qué? –le pregunté. -Eso, el ruido ese. -Es el silencio. Duérmete. Descansa, aunque sea un poquito, que ya va a amanecer.
Juan Rulfo.
Mundo al contrario. Odio la vida.
Siento una distancia
Querido mío:
No te parece maravilloso saber que se acerca el invierno y que la vida será un poco menos agitada, y tú estarás en tu casa escribiendo y comiendo bien y pasaremos noches tan agradables el uno envuelto en el otro; y ahora estás en tu casa, descansando y comiendo bien porque no debes entristecerte demasiado y yo me siento mejor cuando sé que estás bien. Me siento llena de extrañas sensaciones, reviviendo y remodelando tantas cosas viejas y sintiendo el frío y la quietud, aun en medio de mis premoniciones y mis temores, que las noches claras calman y vuelven más nítidos y reales, más tangibles y más fáciles de combatir.
La imagen que me he formado de ti ahora es extraña. Siento una distancia que me separa de ti, que tú también deberías sentir y que me ofrece una imagen tuya cálida y amistosa (y amante) y a causa de la ansiedad que experimentamos, pero de las cuales no hablamos, nunca en realidad, y que son también similares.
Me voy a dormir para soñar, para despertar. Tu cara es muy hermosa y me gusta verla como la veo ahora. Perdóname las conjunciones y los dobles infinitivos y lo que me callo. No sé realmente qué quería decirte pero deseo que recibas alguna palabra mía este miércoles por la mañana.
Somos como dos animales que se refugian en sus agujeros oscuros y cálidos y viven a solas sus dolores.
Escríbeme cualquier cosa por favor. Cuídate, Tu Amiga, Y todo mi cariño. Y Oh, Y Cariños para Ti.
MARDOU
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Jack Kerouac, Los subterráneos.
¿Ha escrito usted una carta?
¿Ha escrito usted una carta? Sí, doctora, y le aseguro que es lo suficientemente efusiva como para que mi hija no se tome mi suicidio como algo personal. Pero, Castillo, ¿cuánto tiempo lleva meditando esta idea? Bueno, no podría responderle con exactitud, en realidad si uno lo piensa bien llega a la conclusión de que lleva pensándolo más o menos toda la vida. Andrés Neuman, Afuera con cantaban los pájaros.
Larry Hamilton -blue on blue
San Pancracio, obra tu milagro; dale trabajo (divinamente) al desamparado.