Real
Monterey Bay Aquarium

No title available

JBB: An Artblog!
No title available

@theartofmadeline
h
Mike Driver
taylor price
Cosmic Funnies

No title available

祝日 / Permanent Vacation
noise dept.
hello vonnie

No title available
Sade Olutola

Kiana Khansmith
Not today Justin

titsay
d e v o n
todays bird

seen from Malaysia

seen from South Korea
seen from United States

seen from Czechia

seen from Malaysia

seen from T1

seen from Chile
seen from Singapore

seen from Germany

seen from Malaysia
seen from United States
seen from United Kingdom
seen from Malaysia
seen from Germany

seen from Malaysia
seen from Saudi Arabia
seen from United States

seen from Germany

seen from Türkiye
seen from Canada
@elquefueinvierno
Real
Ig: 99.notas
chinese garden in guangzhou, guangdong province of china (photo by 🍀,Melody)
Quiero volverte loquita una y otra vez con cada embestida.
— G'
Libro: Adiós al frío.
Autora: Elvira Sastre.
Libro: Adiós al frío.
Autora: Elvira Sastre.
Escribir no es lucrativo. Pero hace bien al alma.
Libro: Todos los fuegos el fuego.
Autor: Julio Cortázar.
El golpe de la noche
Mirá, no sé si alguna vez te lo dije, pero hay noches en que la memoria me golpea suave, como si tocara la puerta y yo, por costumbre, la dejara entrar. No es que te extrañe—o quizá sí, pero de un modo extraño, sin nombre, sin urgencia. Es más bien esa sensación de que hubo algo que estuvo a punto de ser y se quedó detenido, como una palabra que no alcanza a pronunciarse.
A veces me sorprendo hablándote mentalmente, no para que vuelvas, sino para acomodar lo que quedó desordenado. Me pasa sobre todo cuando cae la tarde y las cosas toman ese color que parece inventado para la nostalgia. Yo sigo ahí un momento, mirando cómo la luz se apaga y pensando en todas las veces que no supe entenderte a tiempo, o que vos no supiste quedarte.
Vos te fuiste de una forma rara, casi imperceptible, como quien baja del tren una estación antes y no avisa. Y yo seguí viaje sin darme cuenta, hablando solo, creyendo que todavía estabas ahí, sentada a mi lado. Recién más tarde entendí que hay despedidas silenciosas que duran meses.
¿Sabés qué es lo que más me pesó? Que te fuiste sin hacer ruido, y yo tuve que inventar el sonido. Tu ausencia fue un eco que yo mismo fabriqué. Y así, entre suposiciones y recuerdos torcidos, terminé queriendo una versión tuya que solo existía en mi cabeza.
Hubo un tiempo en que no sabía soltar. Te lo confieso sin vergüenza. Guardé tus gestos como quien guarda recibos viejos: sin saber para qué, pero incapaz de tirarlos. Me quedé atrapado en la idea de nosotros, esa idea frágil que nunca llegó a tener suelo propio.
Pero algo cambió, muy despacio, como cambian las cosas importantes. Un día dejé de buscarte en mis días, otro día dejé de recordarte al despertar, y cuando quise acordarme, ya no dolías igual. No fue un triunfo, fue más bien una especie de madurez forzada, esa que llega cuando uno entiende que insistir también es una forma de lastimarse.
Y acá estoy ahora, hablándote desde otro lugar, uno más ancho, más mío, donde ya no te espero. No porque te haya olvidado, sino porque aprendí a quedarme conmigo.
Si alguna vez vuelvo a recordarte —y sé que va a pasar, porque los recuerdos hacen lo que quieren— quiero que sea así, con este tono suave, sin dramatismos, sin buscar motivos, sin reproches vencidos.
Porque al final, lo que me queda de vos ya no es tristeza, sino una especie de aprendizaje silencioso: la certeza de que puedo seguir, de que no me derrumbo, de que incluso lo que me quebró alguna vez me enseñó a caminar distinto.
Y aunque todo duela un poco todavía, te juro que ahora sé algo que antes ignoraba: no te necesitaba para salvarme. Me salvé solo. Y en ese pequeño milagro discreto, sin ruido, sin público, sin vos, descubrí que la vida sigue. Y esta vez, por fin, sigo con ella.
Autor. C.M
En las noches no descanso
Hay noches en que me quedo despierto mirando el punto exacto del techo donde solía descansar tu ausencia. No sé cuándo pasó, pero tu recuerdo empezó a apagarse con la misma delicadeza con la que se hace de madrugada sin pedirle permiso a nadie. Y aun así, duele saber que ya no sé si te extraño o si solo extraño la parte de mí que sabía esperarte.
A veces pienso que lo nuestro fue un abrazo interrumpido, un gesto que quiso ser promesa pero terminó siendo un parpadeo. Y me cuesta aceptar que te quise más en mi cabeza de lo que tú me quisiste en tu vida. Qué ironía más humana: uno cree que el amor se salva con fuerza, pero al final se hunde por silencio.
Hubo días en los que juré que tu nombre era un amuleto, y ahora lo repito y suena a llave vieja que ya no abre ninguna puerta. Intenté guardarte donde guardo las cosas importantes, pero no se puede almacenar a alguien que no quiere quedarse. Y eso, por más simple que sea, rompe.
El tiempo hizo su trabajo, como un carpintero cansado que lija una y otra vez hasta que la espina deja de doler. Y tú te fuiste quedando ahí, en un borde difuso, como una fotografía expuesta al sol, perdiendo colores, perdiendo contorno, perdiéndote.
Yo, mientras tanto, aprendí a hablar sin que la voz se me quiebre, aunque a veces, cuando cae la noche y todo se vuelve más honesto, me sorprendo buscando tu rastro en cosas que jamás te pertenecieron.
Pero lo que más pesa es aceptar que no hubo final, solo una distancia que se estiró tanto que terminó por romper el puente. Y yo del otro lado, mirando el vacío, esforzándome por entender que no siempre hay culpables, que a veces simplemente no se coincide en el mismo mundo.
Hoy me miro en el espejo y veo a alguien que perdió sin pelea, que dejó ir sin hacer ruido, que entendió, tarde quizá, que no todo lo que duele merece quedarse. Y aunque sigo juntando pedazos, y sigo respirando hondo para que no arda tanto, sé que algún día va a doler menos.
No te guardo rencor, ni esperanza, ni ese deseo torpe de que vuelvas cuando ya no seas la misma. Solo te guardo en ese lugar pequeño donde se archivan las historias que no supieron ser destino.
Porque al final, aunque duela decirlo, también se aprende a vivir con lo que nunca ocurrió. Y esa es la melancolía más honda: la de aceptar que hubo un “casi” que jamás se convirtió en “nosotros”.
Y aun así, sigo aquí, intentando no olvidar que también merezco lo que no tuve contigo.
Libro: Epifanía de medianoche
Autora: Mariona Molina
El Día en que Volví a Escribirle
Hoy cometí ese error que uno comete cuando el corazón todavía respira en pasado: le escribí. No para volver, no para pedir, solo para saber si estaba bien, como si eso fuera inocente, como si eso no me desarmara un poco.
El mensaje salió de mí con la honestidad torpe de quien aún guarda una esquina encendida. No dije nada extraordinario, solo pregunté cómo estaba, pero en el fondo —muy al fondo— esperaba que sus palabras confirmaran que la distancia no era tan definitiva como parecía.
Y no llegó nada. Ni un visto. Ni un silencio tibio. Nada. El vacío completo, esa respuesta que no escribe nadie pero igual duele.
Ahí entendí —otra vez— que a veces el corazón actúa mientras la razón mira desde lejos, sin poder detenerlo. La esperanza es así: una criatura testaruda que se atreve a vivir donde ya no la llaman.
Me arrepiento un poco, no por escribir, sino por recordarme que todavía había algo que yo creía dormido. Me dolió el eco, me dolió la nada, me dolió darme cuenta de que mis palabras ya no encuentran destino.
Pero también —y esto lo digo con calma— hay algo de alivio en reconocerlo: no se puede hablar con quien ya no está, no se puede tocar una puerta que fue cerrada sin ruido.
Hoy fallé, sí, pero fallé porque soy humano, porque todavía cargo con restos de lo que alguna vez quise tanto.
Y quizás este error sea también un paso hacia adelante: una última espina, una última caída, un recordatorio firme de que seguir escribiendo es seguir atado, y yo ya no quiero vivir atado a nadie que no esté dispuesto a quedarse.
Así que está bien. Dolió, sí. Pero doler también es crecer. Y hoy aprendí algo importante:
que mis palabras merecen un lugar donde lleguen, y mi corazón un lugar donde lo escuchen.
Lo demás —todo lo demás— que se vaya con el tiempo. Yo sigo. Aunque duela, sigo.
AUTOR: C.M
“How Laplace thought the earth was born.” The First Book of the Earth. 1936.
Lo que queda cuando uno vuelve a ser uno
Hay días en que me despierto y me pregunto cuándo fue exactamente que dejaste de dolerme. No fue un domingo ni un jueves, ni siquiera un día de ésos en que uno nota que algo se rompió para siempre. Simplemente un día amanecí sin tu sombra, y me quedé mirando el techo como quien encuentra un billete viejo en el bolsillo y no sabe si reír o sentir nostalgia.
No te voy a mentir: fuiste un incendio chiquito, de esos que no salen en los diarios pero dejan olor a humo durante meses. Yo estuve ahí, respirando ese aire, convencido de que el amor se sostenía aunque fuera sólo de un lado. Qué tontería hermosa. Qué suicidio afectivo tan impecable.
Después vino lo inevitable: la vida, con su forma brusca de enseñarte que la gente no te va a querer simplemente porque tú estés dispuesto. Y ahí entendí que no había épica, ni tragedia, ni culpa. Había diferencias, distancias, y esa indiferencia tuya que no era maldad, solo ausencia.
El recuerdo te fue soltando antes que yo. Un día dejaste de hablarme en la mente, otro día dejaste de aparecer en las canciones, y finalmente te fuiste al mar, sin ceremonia, como se van las cosas que no deben quedarse. El mar hace ese trabajo mejor que yo.
Y acá estoy ahora, con un silencio nuevo que a veces asusta pero que también se siente como un comienzo. Me descubro siendo alguien más entero, más mío, más vivo. Un tipo que cayó feo, sí, pero que aprendió a levantarse sin pedir aplausos, porque al final la vida es eso: saber seguir caminando cuando nadie te mira.
Y tal vez por eso, ahora que ya no cargo con lo que fui contigo, me siento capaz de sostener a otros, de decirles que no se acaba ahí, que uno no muere de amor, que se rompe un rato y después respira profundo y vuelve a empezar.
Soy prueba de eso. Puedo decirlo sin temblar: se vuelve. Se vuelve distinto, un poco más sabio, un poco más duro, pero se vuelve.
No te guardo nada. Ni gloria, ni rencor, ni nostalgia excesiva. Fuiste una estación, y yo ya estoy viajando otra vez.
Lo hermoso es que ahora ya no espero que nadie me salve: me salvé yo.
AUTOR: C.M
Lo Que Fui, Lo Que Soy
Un día entendí que ya no dolías. No porque te hubiera olvidado, sino porque por fin acepté que aquella parte de mi vida ya había cumplido su destino.
Te quise con todo lo que fui, con más de lo que tenía, incluso. Y aunque nunca regresó nada, aunque tu indiferencia fue respuesta suficiente, yo seguí. Seguí porque así soy: cuando amo, lo hago entero.
Pero llega un punto —uno solo— donde el corazón deja de pedir, de insistir, de inventar razones. Ese punto llegó para mí de manera silenciosa, casi suave.
No hubo un gran final. No hubo un portazo emocional, ni un grito, ni una revelación dramática. Solo una verdad simple, colocada frente a mí como un espejo que ya no podía evitar: yo merezco algo que exista en ambos lados.
Y al comprenderlo, sentí tristeza, sí, pero también un alivio inmenso. Porque uno no sana cuando olvida: sana cuando entiende. Y yo entendí.
Entendí que lo que viví contigo fue necesario para descubrir cuánta fuerza había escondida en mí. Cuánto podía soportar, cuánto podía crecer, cuánto podía renacer.
Hoy miro hacia atrás sin rencor, sin rabia, sin vergüenza. Fuiste parte de mi historia, pero no mi condena.
Soy un hombre que tocó fondo y decidió usarlo de impulso. Un hombre que se levantó cuando nadie lo vio, que se reconstruyó en silencio, que se sacudió la pena y dijo: ya está, es suficiente.
Y por eso ahora camino distinto. No buscando llenar vacíos, sino queriendo ser una esperanza real para quienes creen que no podrán salir.
Porque puedo decirlo sin temblar: se puede. Se puede cerrar una etapa con dolor y aun así agradecerla. Se puede soltar lo que fue y empezar una vida más limpia, más honesta, más propia.
Yo lo hice. Y aunque me costó, hoy lo digo con la frente alta:
fui lo que tuve que ser, viví lo que me tocó vivir, y ahora soy mejor.
No porque te perdí, sino porque me encontré.