EL RUGIR DE LOS TAMBORES SILENCIOSOS. CAP. 7
Transitaron tantas veces esa calle, que comenzó a perder su magia, las nubes, los viñedos, incluso la montaña en algún momento se volvieron planas, descartables, como un decorado, casi de utilería, prácticamente imperceptible.
Recorrieron lentamente la extraña calle, sin pisar por un instante la vereda, acorde al ritual de este lugar, las mismas sólo podían ser utilizadas para ingresar a un hogar, como si los dioses o los demonios tomaran el cuerpo para introducirlo en el lugar.
Llegaron a ese punto extraño donde la acequia se vuelve más altas que la superficie, desafiando a la física y la gravedad.
Doblaron a la izquierda, frenaron, retrocedieron, eran dos, pero en realidad eran tres, y probablemente, muchos más; se sentaron sobre el cordón de piedras, escucharon muy bajo los tambores, deberían ser Huarpes, pero parecían Qom, los ignoraron, no emitieron ninguna palabra, como piedras en un río, en un río seco, cerca, inmóviles, sin poder alejarse de ahí.
El Udu comenzó a sonar, los asustó, el ritmo era constante, agudo, hiriente, ya no podían disimular, sintieron los dedos de las sombras por sus hombros, entendieron todo al mirarse, no era necesario hablar.
Se pararon y sentaron varias veces, dudaron todo el tiempo en caminar.
Los demonios de las veredas salieron en su búsqueda, taparon los viñedos y la montaña, sabían que estaban a punto de descubrir el secreto, de huir, debían ser succionados al interior otra vez.
Ellos sintieron que debían permanecer ahí, estaban de acuerdo en eso.
- ¿Desde cuándo sentís que no deberíamos marcharnos?
- ¿Creo que me acompaña desde que nací?.
Se hacía tarde, se sintieron menos solos, recordaron los cumpleaños de poca gente, las juntadas suspendidas, los viajes eternos en colectivos, el frío de las mañanas, el sol de las tardes, el interminable maldito puente de hierro que siempre dividió todo, sintieron rabia.
Fueron parte de se lugar, solo un pequeña parte, volando o atados, ahora el lugar formaba una pequeña (y no tan pequeña ) parte de ellos.
- Debo entrar a mi casa
- Yo también.
Cruzaron la vereda de punta a punta, sin temor, nadie tomó sus piernas esta vez.
Cerraron la puerta, sin candado, era tarde ya para seguir andando.
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