De penales y penosos
Dicen que cuando juega Boca de local, los dioses del Socio Adherente tiran una moneda al aire para ver si uno podrá conseguir o no su derecho a la popular. En una doble racha positiva, pude volver a la Bombonera y el xeneize consiguió un triunfo. O algo parecido a eso.
Primero lo primero. Ingresé, por primera vez, al complejo entramado de los trapitos y estacionamientos en días de partido. Un poco fastidiado por la caminata, la espera y el tiempo perdido en volver a casa las últimas veces, decidí ir en bicicleta. No tengo auto, pero aun así me corrió el impuesto al cómodo. Pensé mucho dónde dejarla, evalué la posibilidad de atarla en lugares de visibilidad y tránsito, pero no confío ni en los supuestos proveedores de seguridad pública. Así que busqué estacionamientos, y terminé estacionando en un garaje a pocas cuadras del Parque Lezama. Por disposición del gobierno municipal, todo estacionamiento debe tener lugar para albergar bicicletas, y el precio para la estadía nunca puede ser superior al costo de dos viajes mínimos de colectivo, que equivale hoy en día a una suma cercana a los $40 en total. Ni bien consulté en dicho estacionamiento, vino la contra pregunta “¿vas a la cancha?”, código implícito para saber si correspondía cobrarse el sobreprecio, tal vez. Ingenuo y honesto, este cronista dijo la verdad. El valor, pagado por anticipado, y luego de una intensa y amable negociación, fue acordado en unos módicos 100 pesitos. Poco, al lado de los $300 que cobraban por coche, aunque algo elevado considerando el precio que correspondía a atar una bicicleta a un tubo de PVC en un rincón sucio de un estacionamiento. Si lo consideramos en función de la diferencia de tiempo invertido en volver, valió cada centavo.
Cuartos de final de Copa de la Superliga, sólo público local. Esta vez les adherentes teníamos que ir a nuestro rincón, en la tercera bandeja sur. En mis 30 años y los 22 que pasaron desde la primera vez, fui a platea baja, platea preferencial, al lado de la doce, arriba de la doce, platea alta, pero nunca había ido a una tercera bandeja. Llegué sobre la hora así que quedaban pocos espacios –esta vez la cancha parecía repleta-, y me ubiqué en un hueco inesperado delante de un paraavalancha. La inclinación de la tercera bandeja me sorprendió en su verticalidad, aunque la visión del campo era mucho mejor que la popular baja de en frente, donde había visto los últimos dos partidos.
Algunos datos de la composición de ese hábitat del adherente. No hay banderas de ningún tipo (ese privilegio que tiene la barra, las agrupaciones, y otros actores minoritarios del club), y tampoco emisarios de La Doce que regulen el nivel de aliento que despliega la parcialidad allí ubicada. La composición social parece más inclinada hacia una clase media porteña, y con una notable mayoría (notable aún en la ya notable normalidad del fútbol masculino) de varones. Apenas tenía una o dos mujeres en mi campo visual, más otras dos o tres que pasaron cerca en su momento. Desde el otro lado de la cancha, el mando de la barrabrava xeneize también imponía su línea sobre la tercera bandeja poblada de adherentes.
En cuanto al trámite futbolístico, podría decirse que hubo más pasiones que fútbol en juego. Con la presión y el contexto de una llave eliminatoria, partido de vuelta luego de un empate en cero en Liniers, Boca contaba con la localía como valor, aunque con el fantasma del gol de visitante. Con el doble cero en el partido de ida, un gol en la propia valla podría tornarse irremontable, sobre todo para la escasa generación de juego del equipo de Alfaro.
Sin embargo, el episodio que tomó protagonismo en la previa, en el partido mismo y en todos los análisis posteriores, tuvo que ver con la actuación de Mauro Zárate. Y cuando digo actuación, no me refiero a su desempeño futbolístico -bastante olvidable, por cierto-, sino a sus gestos hacia la hinchada, su performance tribunera. Para algún desprevenido: Boca – Vélez, cuartos de final, vuelta: penales. En el tren de las primeras veces, esta fue mi primera definición por penales vivida desde dentro de la cancha.
La actitud de Zárate podría haber sido la del silencio: típica escena en la que un jugador le convierte un tanto a su ex equipo y lo celebra en silencio, o hasta pide perdón. Algo aburrido y desangelado, por cierto. El player n°19 eligió el extremo opuesto: un agite tribunero en contra del equipo rival, en una supuesta revancha por los malos tratos de la parcialidad fortinera para con él, luego de firmar para el club de la ribera. Un gesto de chiquitaje que se encolumna directamente con las expresiones, gestos y actitudes encarnadas por jugadores como Tévez o Benedetto y con la impunidad del presidente Daniel Angelici. Gestos que no hacen al fútbol que uno quiere. El corolario: la celebración del pase del “equipo grande”, como reivindicación coyuntural de un simple contratado de la desigual distribución económica que históricamente ha caracterizado a la vida de los clubes de la Argentina.
No mucho más para comentar: la jornada pasó al olvido prácticamente en instantes en función de otras preocupaciones importantes. Podría discurrir largamente sobre los grupos de socios en Facebook (llegué ahí buscando información de los ingresos al estadio), donde la mínima expresión de disenso es caracterizada como “anti Boca”, con una demostración de talibanismo termil (si se me permite el neologismo) difícil de imitar. Pero eso exigiría algo más parecido a un trabajo antropológico…










