Uruguay 2030
Hace algunos días se cumplieron 500 años de la llegada de Juan Díaz de Solís al Río de la Plata. Pocos días después de bautizar la actual Punta del Este como “Puerto de Nuestra Señora de la Candelaria”, fue aniquilado por los nativos que poblaban el territorio que hoy conocemos como Uruguay. A pesar de que Díaz de Solís no llegaría a ver con vida el otoño de aquel 1516, no hubiera vivido con particular asombro la fundación de Montevideo 210 años después. En aquella época 200 años no era nada.
Me refiero a que si pudiéramos haber evitado su homicidio y hacerlo viajar en el tiempo a 1726, su mayor sorpresa habría sido –posiblemente– el atuendo en boga a principios del Siglo XVIII. Su adaptación a al nuevo mundo luego de dos siglos le habría sido sencilla y, el modo de vida, familiar.
Si el viaje en el tiempo hubiese sido de tres siglos, para llevarlo a la Declaratoria de la Independencia de los “argentinos orientales”, o unos años más adelante para presenciar la Jura de la Constitución de 1830, el impacto quizás habría sido mayor. Pero convengamos que con cierta facilidad interpretaría los acontecimientos de los 314 años que pasaron desde su desembarco. La Iglesia Matriz de 1804, por ejemplo, o el moderno Cabildo de 1812 le habrían llamado un poco la atención pero no lo habrían deslumbrado particularmente. Después de todo es muy probable que Díaz de Solís conociera la Giralda de Sevilla (lugar de su presunto nacimiento), completada tres siglos antes de su expedición al Nuevo Mundo. En definitiva, por aquel entonces 300 años no era mucho tampoco.
Desde la recién nacida República Oriental, un viaje a su Europa natal en 1830 también le hubiese resultado familiar: todavía se navegaba a vela y con una duración de unos 60 días para llegar a España (más de 300 años antes, su travesía de 66 días le permitió alcanzar Río de Janeiro desde el puerto de Sanlúcar de Barrameda en Andalucía). Como navegante y explorador seguramente le hubiese apasionado conocer el sextante (inventado a mediados del SXVIII), y de haber podido ver alguno de los primeros barcos a vapor seguramente no habría podido predecir –todavía– el fin de la era de la vela (el primer barco híbrido –impulsado por vapor y velas– en cruzar el Atlántico lo hizo en 1818).
Lo que intento exponer con este viaje imaginario en el tiempo es lo familiar que le resultaría “el futuro” a un europeo del Siglo XVI parado en 1830 (en definitiva lo “poco” que cambió el mundo en esos trescientos años). Ahora bien, si pegáramos un último salto hasta 1930 para ver la final del primer Mundial de Fútbol en el flamante Estadio Centenario el impacto sería difícil de digerir y casi imposible de comprender. Para ese entonces resulta que 100 años ya es mucho tiempo.
Nuestro viajero ahora ahora encontraría un mundo irreconocible. La sociedad moderna de 1930 no solo puede grabar y reproducir imágenes y sonidos (incluso registrando movimiento), ¡si no que además puede volar! El hombre del Siglo XX es, además, capaz de comunicarse a distancia instantáneamente por medio de la radio y el teléfono, y para trasladarse utiliza automóviles, tranvías y trenes. Es claro que 1930 resultaría irreconocible y abrumador para un hombre del Siglo XVI como Díaz de Solís, pero el impacto sería de igual magnitud para alguien 300 años más joven de 1830. Hay una naturaleza exponencial en desarrollo tecnológico. ¿Cuánto años hacia adelante deberíamos viajar ahora para tener un impacto similar?
Pensemos ahora en uno de los jugadores de aquella Final del Mundo de 1930 para ayudarnos a responder esta pregunta. Un joven en esos años se habría maravillado con la noticia del primer cruce transatlántico en avión por Charles Lindbergh en 1927, pero jamás habría imaginado que 39 años después el hombre habría de caminar en la Luna. ¿Acaso 40 años son suficientes para impactarnos?
Para 1980 los viajes transatlánticos en modernos jets ya son noticia del pasado (el icónico Boeing 747 fue introducido en 1970, y el supersónico Concord hizo su primer viaje comercial en 1976); y los mundiales de fútbol ahora son transmitidos vía satélite en directo a todo el mundo ¡a color! Medio siglo y el mundo ha cambiado radicalmente. Podemos no percibirlo intuitivamente, pero la ciencia y la tecnología se desarrolla exponencialmente. El cambio es permanente y sucede cada vez más rápido. Ray Kurzweil describió esta realidad en 2001 como la Ley de rendimientos acelerados.
Kurzweil argumenta de manera convicente sobre la necesidad de pensar exponencialmente para anticipar el futuro. Creo que Uruguay carece completamente de esa capacidad y ese es el principal motivo que nos aleja perpetuamente del desarrollo. Hoy seguimos diciendo que 20 años no es nada, a pesar de que el iPhone aún no ha cumplido una década. Tenemos que aceptar –porque nada podemos hacer para evitarlo– que el año 2030 será tan diferente a 2015 como lo que hoy vivimos es diferente de 1960, ¡o tal vez más!
Es preocupante creer que podemos alcanzar el desarrollo apostando a la explotación minera o gracias al descubrimiento de petróleo (las figuritas codiciadas del siglo XIX y comienzo del siglo XX); o que podemos permanecer enfrascados en la defensa y protección de las minúsculas chacritas de la economía local sin abrirnos al mundo y especialmente sin importar y generar conocimiento.
La gran mayoría de nuestros líderes y formadores de opinión se muestran incapaces de interpretar el presente (la era del conocimiento). Resulta imposible, entonces, pedirles que puedan pensar exponencialmente. Por eso deberíamos dejar que el Uruguay de 2030 lo sueñe y lo construya una nueva generación, para la que el paso de un año que se va ya es bastante.
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Inspirado en: The AI Revolution: The Road to Superintelligence










