Una noche en tiempos remotos, el hombre despertó y se contempló a sí mismo. Vio que estaba desnudo bajo el cosmos, sin hogar en su propio cuerpo. Todas las cosas se disolvían ante su escrutador pensamiento, y maravilla tras maravilla, horror tras horror se desplegaban en su mente. Entonces la mujer también despertó y dijo que era hora de partir y salir de caza. Él buscó su arco y su flecha, lazo nupcial entre el espíritu y la mano, y salió fuera bajo las estrellas. Pero a medida que las bestias acudían desde sus hontanares, donde él tenía por costumbre esperarlas, ya no sintió en su sangre el voraz instinto de asediarlas, sino un gran salmo sobre la hermandad del sufrimiento de todo lo vivo. Aquel día no volvió con presas, y cuando lo encontraron a la luna siguiente, yacía muerto en el hontanar.
Peter Zappfe.














