Un tinto al anochecer
No estábamos muy seguros de la ubicación pero el “viene, viene” nos indico que al fondo estaba Fermín. Nos encontramos con un lugar casi vacío con muy buena pinta: música, mesas con sillas de madera, pinturas en los muros y por supuesto Fermín, como eje principal del lugar.
Se dirigió a mí como “Señora”, no sé si por su acento español pero me gusto como sonaba y estuve contenta de escuchar el título toda la noche. Desde nuestra llegada le encontramos muy feliz, canturreando, tarareando, sugiriendo, alentándonos a ordenar, mientras probábamos de dos tipos de pan... “el último de mejor calidad que el primero”, según lo que él mismo nos platicó.
Al poco tiempo la mesa estaba servida: champiñones de entrada, 2 sangrías y una paella valenciana, la noche era perfecta... dijo mi marido y dijo bien: “una excelente cena, en un excelente lugar, con una excelente compañía”, mientras sus manos se mueven para reafirman que todo lo que dice es cierto y que sólo basta con mirar para saberlo.
Muy cerca, en la mesa frente a nosotros, transcurría una velada totalmente distinta, un grupo de señores de entre los 60 y 65 años fueron llegando de uno a uno con buena plática y fiesta, nos entretuvimos escuchándoles y viendo a Fermín recibirles tan bien como a nosotros. ¿Un pulpito? ¿Una tortilla? Decía Fermín, mientras ellos sin mucho esfuerzo organizaron el menú de su velada.
Muy pronto nos encontramos ambos deseando una mesa similar en 30 años, con una comida y plática parecida, disfrutando de la vida y de los amigos, con un tinto al anochecer...














