Me dispuse a meter el portátil en la funda. La oficina no era muy grande así que teníamos que compartir escritorio con otra persona para poder aprovechar el espacio, nuestro jefe lo achacaba a que así trabajamos más en equipo, cuando en realidad ninguno lo hacíamos en el mismo proyecto. A mi lado se encontraba Lorena que miraba la pantalla como si estuvieran echando algo emocionante al mismo tiempo que movía los dedos sobre el teclado con una rapidez digna de admirar. Lorena era una mujer de casi metro setenta al que todos consideraban una belleza. Y no era de extrañar. Su cabello estaba recogido en un moño mal hecho que se le escapaban un par de tirabuzones dorados a la altura de las orejas, pocas veces lo mantenía suelto en la oficina y menos en verano. El color avellanado de sus ojos se asemejan a los de la propia miel acentuándose con unas pestañas espesas que parecían haber salido de las alas de una mariposa. Tenía una mirada seductora y estaba convencida de que el maquillaje que llevaba no le hacía justicia. Seguramente era de esa clase de personas que se levantaban por la mañana con la piel brillante y esa gracia que robaría más de un corazón si tuvieran la oportunidad de ver semejante escena. Tenía ese magnetismo que te hacía no dejar de mirarla.
La punta de su nariz era respingona y afilada, podría ser una de las pocas características en las que coincidiría con ella. Y sus labios no muy gruesos perfectamente perfilados con un tono rosáceo que hacía juego con el rubor de sus mejillas. Porque no había otra cosa que más caracterizaba a Lorena, y era su rubor natural. Todos los de la oficina siempre venían a nuestra mesa. Desde los que te pedían una goma de borrar hasta los que se hacían los locos con no saber dibujar en AutoCAD un detalle constructivo.
Lorena no es que fuera una experta utilizando ese programa así que si veía que se le escapaba de su propio conocimiento, me terminaba pasando a mí los marrones. Yo, en cambio, tenía que tragarme las caras de decepción de mis compañeros de trabajo salvo las de Daniel, que nos trataba a las dos de la misma manera.
– ¿Ya te vas a casa…? – Lorena me miró con pena.
– Si, ya he terminado, ¿Aún sigues con el mobiliario? – Me extrañaba que no hubiera terminado a esas horas. Normalmente siempre acababa antes que yo.
– Hoy no me han dejado tranquila. Entre unas cosas y otras he hecho el trabajo de los demás y no el mío. – chasqueó con la lengua.
– Ya te dije que tenías que aprender a decir que no.
Me colgué la bolsa donde llevaba el portátil en el hombro. Lorena parecía encogerse en la silla al mismo tiempo que exhalaba un largo suspiro. Era consciente de que tenía razón.
– No creo que me quede mucho más tiempo, además no estoy sola. Daniel aún sigue en su mesa.
Lorena y yo miramos por encima del hombro. Al otro lado de la oficina, la luz de una de las lámparas iluminaba solamente la mesa que estaba más próxima a la oficina del que era nuestro jefe. Para mí era el suertudo. Tenía el privilegio de ocupar una mesa entera para él solo ya que, no solo era el número uno en su trabajo, sino que encima era muy amigo de Víctor. Por los rumores que circulaban en la empresa resultaba que eran amigos desde pequeños, crecieron juntos en un pueblo a las afueras de Madrid y juntos se embarcaron en el mundo del interiorismo.
– No te quedes hasta muy tarde… - me incliné hacia delante, lo justo como para murmurar a la altura de su oreja. – y concéntrate.
Lorena se echó a reír. Sabía perfectamente a lo que me refería. A Lorena le gustaba Daniel, pero a Daniel no parecía interesarle lo más mínimo su presencia. Quizá por eso le volvía loca ya que, en comparación con el resto, él era la única persona que no giraba la cabeza cada vez que pasaba por su lado o la miraba con ojos llenos de intención. En alguna que otra ocasión me llegué a preguntar si realmente le gustaban las mujeres, no parecía estar casado y nunca hablaba de su vida privada. Ninguno de la empresa se atrevía a preguntarle ni a él, ni a Víctor, quién en su sano juicio le preguntaría al jefe si uno de sus empleados tenía pareja.
No me entretuve más. Salí de allí lo más rápido que pude, tan solo tenía que bajar una hilera de escaleras para llegar al hall. Una de las series que estaba viendo esa semana me estaba esperando y yo no tenía ninguna intención de entretenerme por el camino. Mi yo de hace unos años hubiera tenido la necesidad de salir, de quedar con mis amigas, tomar algo en cualquier barucho y despejarme de tantas horas de trabajo. Pero lo que mi cuerpo me pedía en este preciso momento era llegar a casa, cambiarme de ropa optando siempre a algo más cómodo, sentarme en el sofá con una taza de té y adentrarme en el mundo idílico del cual jamás iba a formar parte.
Cuando por fin visualicé la puerta metálica que me conduciría a la libertad un estruendo hizo retumbar las paredes del edificio. Del exterior, se coló un destello tan brillante que tuve que entrecerrar los ojos y pararme en el último escalón. Las luces se apagaron de un plumazo y la oscuridad se apoderó de los pasillos.
Busqué dentro del bolso el teléfono para poder alumbrar y no chocarme con nada que hubiera a mi paso. La oscuridad siempre me había generado un cosquilleo incómodo en la espina dorsal de mi espalda, como el hecho de quedarme sola en medio de un pasillo a oscuras, era una pesadilla que me perseguía cada vez que pasaba una mala noche. Ralentice mi respiración para afinar los oídos, de esta manera podía detectar cualquier ruido que se alejaba de aquello que conocía de ese edificio. Todo parecía estar en orden pero mi cuerpo permaneció tenso, como si estuviera esperando la orden de tener que salir corriendo en cualquier momento. Mi corazón bombardeaba con rapidez e intenté calmarlo acercándome aún más a la puerta.
Algo se movió detrás. Mi cuerpo que hacía unos segundos parecía reaccionar a todas mis órdenes se congeló con una mano puesta sobre el pomo de la puerta. “ Qué haces, estúpida. Sal de ahí ya.” Pensé para mí aunque ya era tarde. Lo que parecía ser un brazo visto por el rabillo del ojo fue directo a la puerta, a la altura de mi cabeza. Una mano gruesa se apoyó contra el cristal, parecía empujar en dirección contraria de cómo esta se abría, si la intención era impedir que huyera lo había conseguido.
– María, ¿Qué estás haciendo? – Una voz jovial chocó contra mi nuca, se trataba del mismísimo Daniel que minutos antes parecía estar inmerso en su mesa. Pude sentir su aliento acariciar mi cabello, estaba demasiado cerca. – ¿Vas a salir así con la que está cayendo?
– Me has asustado. – ladeé la cabeza para mirarle, mis hombros aún permanecieron tensos.
– Lo siento, no era mi intención.
Daniel se apartó un par de pasos.
– ¿Has traído paraguas?
– No, no pensé que fuera a llover tanto... – miré a través del cristal. La lluvia caía tan fuerte que podía escuchar el sonido del impacto contra el suelo o cualquier superficie que se interpusiera a su paso. Era tan densa que parecía un manto encharcando cada rincón de la ciudad, no estaba segura de si era solamente lluvia o el cielo nos estaba avisando de que la tierra estaba llegando a sus límites.
– ¿Vas a coger el metro? Me pilla de camino al coche, puedo acompañarte. – Daniel alzó el paraguas negro que había estado enganchado por el mango en uno de sus brazos.
La idea no me pareció mala pero como Lorena viera esa escena, al día siguiente la tendría haciéndome preguntas como si fuera un interrogatorio para saber qué era lo que Daniel quería de mí o cuál era el motivo por el cual estábamos compartiendo un paraguas. No puedo negar que era una actitud extraña por parte de Daniel, nunca antes se había ofrecido ayudar a los demás, siempre había mantenido las distancias aunque hablara con todo el mundo en la oficina. Era simpático a su modo, pero solo le habíamos visto bajar la guardia con Víctor, que le arrancaba más de una carcajada.
Me fijé en sus ojos que estaban puestos en mí y parecía no perderse ninguna de mis reacciones. Era la primera vez que le tenía tan cerca o intercambiábamos más de dos palabras sin ser interrumpidos por alguien de la empresa. Esta vez pude admirar la claridad de sus ojos azules que me recordaron a las aguas cristalinas de las montañas del norte. Daniel rondaría los treinta años y me sacaba fácilmente dos cabezas, di gracias a no tener que estar mirándole constantemente en el trabajo o terminaría con tortícolis todos los días de la semana. Su cabello era negro azabache, con unas cejas prominentes que le daban personalidad a sus facciones marcadas como en la mandíbula. Su nariz griega le hacía aún más fotogénico. Entre él y Lorena podrían ser perfectamente modelos de una de las revistas más reconocidas de todo Madrid. Esos talentos ocultos que no todo el mundo explotaba o sabía verlo, tan solo los demás que les rodeaban. A diferencia de él, yo era bastante menuda, a su lado me sentía una adolescente en plena pubertad aunque intentara disimularlo con conjuntos un poco más refinados.
– ¿Quién dice que me va a acompañar al metro? – Lorena apareció detrás de nosotros, el ritmo armónico de sus tacones había estado sonando desde hacía rato pero no me había dado cuenta hasta que su voz intervino en la conversación.
Él me miró, como si buscara una aprobación.
– Daniel se ha ofrecido a llevarte. – sonreí apartándome de la puerta para dar paso a Lorena que le acababan de hacer los ojos chiribitas. Daniel carraspeó con la garganta y no le quedó más remedio que asentir con la cabeza.
– ¿Qué pasa contigo?– repuso él.
– Viene una amiga a por mí, le había mandado un mensaje antes de salir de la oficina. Creo que está a punto de llegar, podéis iros sin problema.
Lorena abrió la puerta y una ráfaga de viento se adentró en el hall provocándonos un escalofrío. El verano se había ido de la noche a la mañana.
– ¡Madre mía, qué es esto! – exclamó la rubia, abrochándose el último botón de su abrigo color azul, a juego con los ojos de Daniel. – No tardes mucho en volver a casa, bonita. Nos vemos mañana entonces.
Lorena tenía la manía de llamarme “bonita”. El primer día que aparecí en la oficina me miró como si fuera una muñeca de porcelana, en ese momento no tenía muy claro si era una buena señal, aún así no podía compararme con ella. Yo era consciente de mi belleza, pero para mi gusto era una belleza más normalizada, más… del montón. El único rasgo exótico que podría encontrarme eran mis ojos ligeramente sesgados por la genética de mi padre o la redondez de la cara. Aún así ella no paraba de decirme bonita, como si estuviera hablando con su sobrina.
Me despedí de ellos lo más pronto que pude. Daniel parecía no estar tan cómodo como Lorena, que se colgó de su brazo con la excusa de prevenir que se la llevara el viento. A ambos los perdí de vista minutos después. La lluvia seguía cayendo sin cesar, no tenía paraguas y les acababa de soltar la primera mentira que se me había pasado por la cabeza, no me apetecía tener que compartir un único paraguas después de la incomodidad que había sentido minutos antes. Agarré mi bolsa con fuerza y decidí salir del edificio en dirección a mi casa. La lluvia no me mataría, estaba claro, pero me inquietaba. Me hacía recordar que el invierno estaba a punto de llegar, me hacía recordar ese invierno en el que yo también había tenido esa sensación de hormigueo en el estómago por querer ver a esa persona lo más rápido posible o caminar junto a ella bajo el mismo paraguas. Los recuerdos ya no me hacían sentir triste, ese sentimiento lo había dejado atrás hacía unos años, pero sí me hacía sentir inquieta.