Apuntes breves del acto de mirar.
Abro los ojos y lo primero que veo es una pantalla. No es una metáfora, es un hecho. Antes de tocar el suelo con los pies, ya he mirado imágenes que alguien, en algún lugar del mundo, diseñó para ser consumidas en el tiempo exacto en que tardo en parpadear. Me desplazo entre ellas con el pulgar, a veces rápido, a veces lento, pero siempre con la certeza de que nunca se detendrán. Me pregunto si alguna vez volveré a mirar sin esperar que algo me devuelva la mirada.
El arte me enseñó a ver. A detenerme en la superficie de las cosas. A entender que la imagen no es solo lo que está ahí, sino lo que se esconde detrás. Pero ahora todo se ha vuelto una sucesión ininterrumpida de pixeles, una corriente infinita que me arrastra. Como historiadora del arte, esto me inquieta profundamente. ¿Cómo se mira cuando ya no hay imágenes, sino solo un flujo de información en constante degradación?
Aún me cuestiono si estoy respondiendo a algo con esto. Pero no puedo pensar en más que de qué manera debo acomodarme ante la cuestión de ¿cómo es que las imágenes administran mi vida? ¿Es la pregunta correcta o me pasé de largo que la que debe administrar las imágenes en su vida soy yo?
Hito Steyerl lo llama la "imagen pobre", yo añadiría la disolución de la mirada, pues si lo pienso un poco más diría que esa imagen que ha sido comprimida, reenviada, fragmentada hasta volverse un residuo digital, “algo sin aura” en palabras de John Berger, sin presencia, sin tiempo, se sostiene tan bien en lo tangible de los días. Recuerdo la primera vez que sostuve en mis manos una fotografía en papel. La textura, el peso, la forma en la que la luz se reflejaba sobre su superficie. Ahora miro mi galería del teléfono y todo parece una copia de una copia de una copia. Nada tiene un lugar fijo. ¿Esto que sostengo existe?
Quizás por eso siento que ya no contemplo, sino que escaneo. No veo cuadros, veo pantallas. No veo imágenes, veo pixeles. ¿Cómo puedo hablar de la importancia del acto de mirar cuando yo misma me he convertido en una consumidora compulsiva de lo visual? Acelero, me detengo, acelero de nuevo. A veces trato de recordar qué imagen vi hace un minuto y me doy cuenta de que ya se ha disuelto en el fondo de mi mente y de los algoritmos.
El mismo Berger decía que el contexto define la manera en que miramos. Antes, las imágenes tenían un espacio. La pintura en la galería, la fotografía en el álbum, el cine en la pantalla de proyección. Ahora las imágenes aparecen y desaparecen sin dejar huella. Se superponen, se interrumpen, se diluyen en anuncios, en memes, en notificaciones. Son ubicuas, pero inasibles. Y no hay nostalgia, pero sí necesidad de lo tangible.
La cultura visual contemporánea, como a todos, me ha entrenado para otra cosa: para deslizar, para consumir sin recordar, para olvidar mientras veo. Me pregunto qué pasaría si un día decidiera no pasar a la siguiente imagen. Si la sostuviera en la pantalla indefinidamente. Batería acabada. Sólo eso. Susan Sontag advertía sobre los peligros de ver demasiado. Nos decía que la acumulación de imágenes de sufrimiento nos insensibiliza, nos deja en un estado de anestesia visual. Pero lo que ella no pudo prever fue la saturación absoluta de la imagen. Ya no es solo el “ante el dolor de los demás”, es el exceso de todo. Un video de una guerra seguido de un perro bailando, seguido de un anuncio de ropa, seguido de una foto de alguien que conozco sonriendo en un lugar donde nunca he estado, o sí. Todo tiene la misma textura, el mismo peso. Nada se asienta.
Me preocupa que el filtro de la pantalla no solo distorsione lo que veo, sino que me haga incapaz de sentir otra cosa que no sea lo efímero. La imagen como espectáculo. La imagen como ruido. La imagen como vacío.
A veces me obligo a mirar de otra manera. Cierro la pantalla y busco una imagen fija, algo que no se mueva, que no me pida deslizar, que no se desvanezca con un parpadeo. Descubro que es difícil. Mi mente se ha acostumbrado a la velocidad, a la inmediatez, al cambio constante. Pero insisto.
Creo que la resistencia más radical hoy es detenerse. Es volver a mirar con el cuerpo, con el tiempo, con la paciencia de quien sabe que la imagen no está ahí solo para ser consumida, sino para ser habitada. Quizá ahí, en ese espacio de pausa está el acto de mirar, sea lo que sea que eso signifique hoy.












