Padre de cristal
Se ha vuelto muy recurrente en estos días hablar de la “generación de cristal”. Quien así lo hace pretende burlarse de los cuestionamientos que algunas personas (no una generación) hacen sobre lo que consideran merece ser repensado. ¿Es divertido insultar a un portero en el estadio? ¿Qué pensar de un zorrillo de caricatura que acosa? ¿Por qué cuestionar las letras de unas canciones que siempre han gustado?
Me gustan estos cuestionamientos y quisiera ser capaz de que mis hijos los hagan, que sean “de cristal”. Pienso que a mi padre no le hubiera gustado esto, aunque también en esto, como en casi todo, tengo mis dudas. Conmigo, mi padre era un buen representante de esa “generación” burlona que algunos, por oposición o simplemente por molestar, llaman de “cemento”. Encerrado en sí mismo, distante emocionalmente, ajeno a la solidaridad y el afecto, parco, insondable. Seguía las reglas del juego, ese juego que ahora muchxs cuestionamos y que muchxs más se rehúsan a abandonar. En sus últimos años, sin embargo, parecía abatido. Como si ese juego, como a tantas y tantas personas, lo hubiese aplastado. Un juego que encomia a los individuos exitosos (que deben serlo a costa de lo que sea) pero es implacable con quienes no están a la altura de ese mandato. Pocos días antes de morir, mi padre me pidió disculpas. Parecía que algo se quebraba en él, que su coraza se agrietaba. Tristemente, ya no hubo tiempo de averiguarlo.
Hace un par de días, escuché algo que me hizo feliz. L, que junto a la familia coeduca a mis hijxs, nos comentó que Thiago es en la escuela un niño muy hablador y muy dispuesto a explicar y ventilar lo que siente. En pocas palabras, es ya, a su corta edad, lo que mi padre y yo no pudimos ser la mayor parte de nuestras vidas. Pronto Padme empezará a hablar y esperamos que todo el trabajo que hacemos todxs los que estamos a su alrededor le permita ir por ese mismo camino.
Parte importante de ser hombre en una sociedad machista es tratar a toda costa de evitar mostrar nuestras vulnerabilidades, de desconectarnos de nosotros mismos y de nuestra gente. La celebración del hombre que busca ganar todo, prevalecer, conseguir lo que quiere y cualquier otra variante nos arroja a una competencia descarnada en donde pisotear a los demás está plenamente justificado. Digo esto porque al mismo tiempo que Thiago airea sus emociones, trae ahora ese discurso ganador, se molesta por no vencer hasta para bajar las escaleras. Bien dicen que la felicidad es pasajera y nunca completa. Aún hay mucho trabajo por delante.
Al final, ser padre y la manera en que decidimos ser hombres van de la mano. Ser “de cristal” tiene la desventaja de que las certezas que ser “de cemento” da, no existen. Existe incertidumbre, y no es fácil lidiar con ella. Existe también la convicción de que hay muchas cosas que cuestionar y cambiar, pero poca seguridad en cómo hacerlo. El paso firme, estoico y rígido de los padres de cemento da lugar al andar trastabillado y errático de los padres de cristal, que si bien estamos a punto de quebrarnos continuamente, resistimos, nos adaptamos e insistimos en resquebrajar un modelo previo que enterró tantas cosas bajo la hegemonía del concreto.
Ahora que escribo esto, recordé (de forma un poco sorprendente dada mi pésima memoria) las primeras líneas de un poema de Octavio Paz:
Un sauce de cristal, un chopo de agua, un alto surtidor que el viento arquea, un árbol bien plantado mas danzante, un caminar de río que se curva, avanza, retrocede, da un rodeo y llega siempre: un caminar tranquilo de estrella o primavera sin premura
Quizá no podía esperarse que mi padre hubiese sido diferente. ¿De dónde o cómo podría haber aprendido a apartarse del modo en que los hombres eran hombres? Pero su nieto empieza a ser distinto. Yo también espero serlo ya. Por nuestro propio bienestar, para generarnos entornos menos hostiles y más amorosos, necesitamos menos cemento y más cristal. Los hombres, los padres, tenemos que aprender a cuidar, a sentir. Ser árboles bien plantados, mas danzantes. Sauces de cristal. No que sea fácil: avanzaremos, retrocederemos y después de mil rodeos tenemos que llegar a otro lado. Nuestrxs hijxs y el planeta mismo lo necesitan.











