Mamá solĂa decirme que lo más importante en una mujer son las piernas, que depende con quiĂ©n las abras llegas a ser feliz o no. Luego yo miraba el rostro de mi madre y sabĂa que se habĂa equivocado siempre. Ahora estoy aquĂ tumbada, mientras Ă©l de rodillas intenta a conciencia hallar el punto donde el gemido se hace eco, sin embargo pienso en mi madre, asĂ que supongo que me acabo de equivocar de nuevo. Se llama Oscar, lo he conocido en internet, la soledad es tan puta que folla gratis. EmpezĂł la conversaciĂłn con frases interesantes, rebuscadas, incluso rozando lo inteligente. El fondo siempre es el mismo, sĂłlo cambia la manera de llegar a Ă©l. Oscar se lo curraba. Intentaba aparentar cierta sensibilidad y la mezclaba con alguna anĂ©cdota donde dejaba ciertos aires de misterio. El misterio es una puerta cerrada que te apetece abrir para ver que hay detrás. Da exactamente igual que lo intuyas, porque a cierta edad (y yo tengo la mĂa) ya sueles saber quĂ© hay detrás de las puertas pero aun asĂ, siempre giras el pomo por si acaso.
Es ligeramente guapo, agradable a la vista, los ojos de un verde intenso que te recuerdan al mes de abril justo despuĂ©s de una lluvia. Tiene una sonrisa amplia que te contagia cierta paz y su risa no desafina, apetece que la use y te invita con ella a hacer alguna que otra tonterĂa para llegar a ella. Eva dice que el primer dĂa de una cita no puede haber sexo, que el sexo es lo que buscan todos y, si se lo das a la primera de cambio, ya han encontrado lo suficiente como para no seguir buscando más allá de Ă©l. Eva tiene razĂłn casi siempre, pero no cuenta con que yo no deseo que sigan buscando. Supongo que en realidad temo que al hacerlo encuentren algo que ni yo misma sepa que existĂa.
Oscar se masturba a la misma vez que bucea. SĂłlo se detiene para coger aire. Es un pez que, si se lo sacas de ahĂ, se ahoga. Es aburrido, apenas pasa de las cosquillas. Mamá me dirĂa que cerrara las piernas, Eva me dirĂa que cerrara las piernas. Yo me recuesto un poco más por si en una de estas acierta y consigo correrme, incluso intento guiarlo cogiendo su cabeza para que el ritmo que baila su lengua sea exactamente lo que mi canciĂłn interna necesita. Pero es imposible. Y me pierdo en las manchas del techo, algunas parecen iniciales, e invento nombres con ellas. Y me acuerdo de Alex. Cuando Alex me comĂa el coño yo no pensaba en mi madre, ni en Eva, ni sabĂa que habĂa manchas en el techo. El recuerdo de Alex me embriaga y siento que la humedad terca hasta ahora, se empieza a parecer un poco a la lluvia. Creo que lanzo un gemido, que consigue que Ă©l acelere el movimiento. Pero de repente se detiene. La nube de la lluvia se aleja mientras Ă©l se levanta torpemente del suelo y me mira como un niño mira a su madre despuĂ©s de haber roto un cristal.
—Creo que me he corrido —dice.
—¿Crees? —le pregunto irónicamente.
—Bueno —balbucea un poco—, me he corrido pero si me das diez minutos —dice medio avergonzado.
—No es necesario, no ha estado mal —le digo con cierta frialdad.
—En serio, sólo diez minutos, podemos hacer otras cosas —sugiere.
—¿Jugar al parchĂs, por ejemplo? —pregunto intentando suavizar su malestar.
Él rĂe, su risa es una estafa, de esas que prefieres abusar del silencio por si algo le hace gracia y le da por usarla.
Pienso en Alex, mientras Oscar se viste. Pienso en hacer otras cosas con Alex. Distintas a las que hicimos, o las mismas donde nos equivocamos. Quiero que me folle, que se ponga encima y me diga lo puta que soy, que se coloque debajo y le demuestre que la puta es su madre. Quiero que entre y que se quede. Y que no se corra, que no se corra hasta que yo se lo diga. Y que se rĂa, que se rĂa todo el tiempo que no estamos follando, que follemos todo el tiempo que se estĂ© riendo, que ni siquiera sepamos diferenciar la risa del sexo.
Oscar se ha vestido.
—¿Nos vemos mañana?
Su pregunta más que una esperanza es un desafĂo.
Eva suele decir que su sĂşper poder favorito es hacerse invisible despuĂ©s de los orgasmos, mamá no hablaba de ello pero jurarĂa que nunca tuvo uno.
—Pues mañana —ahora la que balbucea soy yo—..., tengo un montón de cosas que hacer —le digo.
—¿Pasado? —insiste Oscar.
Cojo mi móvil de la mesita y busco a Alex en la agenda, entro en su WhatsApp, no ha cambiado la foto, pero sà su estado. Ya no pone la frase de Sabina: «No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió». Ahora tan sólo dice: «ENAMORADO», en mayúsculas, como un puto imbécil.
—SĂ, pasado mañana te llamo —le digo saliendo del paso con la misma elegancia con la que liga un portero de discoteca.
Escribo «Hola» abriendo una conversaciĂłn con Alex, pero sin darle a enviar. Y me quedo mirando la pantalla, pensando en lo bonito que serĂa coincidir en este mismo momento, en una palabra tan simple y a la vez tan necesaria.
Oscar se despide, escucho la puerta cerrarse y suspiro levemente. Luego vuelvo a la pantalla y a su nombre. Y, sin pensarlo, borro el «hola» como una cobarde. La misma. La de siempre.
Y cierro las piernas.