No eras quién debía quedarse, no por ser malo, no por no ser gracioso o tierno, porque lo eras, o al menos, alguna vez, lo fuiste, no fue por falta de ganas, te juro que nunca antes pedí con tanta fuerza al destino, al mundo, a Dios y a la vida que me permitiera que vinieras a mi lado; así que no, definitivamente no fue ese deseo desesperado de quererte en mi vida el que me dijo que tú no debías quedarte en ella, conmigo. No fueron los besos de aquellas noches donde no debíamos vernos porque no sabíamos parar, no fueron las llamadas dónde me decías que querías estar, que querías ser, que queríamos presentarnos a nuestros amigos como algo más de lo que nunca habíamos podido ser, no fueron tus promesas de buscar inalcanzablemente la manera de estar junto a mí las que me dijeron que debía alejarme. La verdad es que al final del día, lo que me decía que no debía de estar contigo fueron los golpes de realidad que me caían como agua fría mientras intentaba negarme a la interminable idea de que no íbamos a lograrlo. Tú eras invierno y yo primavera, tan cercanos y tan diferentes. No debías quedarte porque no sabías hacerlo, y en el fondo tal vez porque tampoco querías. Porque si hubieras querido, lo hubieras hecho, lo tenías todo, la oportunidad, el nuevo trabajo, la ciudad, mis ganas, las promesas, solo tenías que atreverte a decirme vamos a intentarlo hasta que salga bien, y te rendiste justo antes de comenzar aquello. Lo que me indicó que entonces, tú no debías quedarte, y aunque me dolió como a nadie y cómo nunca tuve que mirar al pasado y notar que en realidad nunca te habías esforzado, porque siempre me tenías, no te costaba nada, pero yo lo pagaba siempre con lágrimas. Mis lágrimas eran tu mejor regalo, aún sin saber que las recibías. Siempre pensé que terminaríamos juntos, y tan solo terminamos. Una lástima, si me preguntas, pero también un logro, porque ni yo dándote el mundo entero te hubiera hecho feliz, y tú nunca me lo hubieras dado, porque no te importaba hacerme feliz, solo querías que te salvara, tonto y estúpido deseo de querer que te salvara tirándome a la deriva junto a ti, y luego dejándome ir.