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Hoy es un día de esos en los que despierto y me doy cuenta que respiro distinto, como si en medio de la noche un ejército de duendes miniatura hubiera entrado por mis orejas y pasaran horas limpiando, abriendo las ventanas, dejando entrar un poco de aire.
Es un poco esa sensación como cuando estamos nadando y nos damos cuenta que no calculamos bien la cantidad de aire que guardamos en los pulmones y la distancia que hay entre nosotros y la superficie, entonces el aire nos abandona completamente, alcanzamos a sentir algo de angustia incluso, pero finalmente asomamos la cabeza y podemos respirar.
Hoy es uno de esos días donde creo que la oscuridad puede no ser tan oscura y que la luz puede ser más brillante de lo que recuerdo. De esos días donde pienso en la película Soul, me dan ganas de escuchar jazz, música de esas que ponen en los ascensores de edificios elegantes, me dan ganas de sacar la cabeza por la ventana, encarar al sol y cerrar los ojos. Me dan ganas de contarle al sol que en contra de todo pronóstico sigo aquí, debajo de todo lo que ya sabemos.
El medicamento, eso que me trago en la mañana y en la noche, todos los días, esperando que surta algún efecto, lo que sea, algo. Quizá espero que le dé vida a ese orificio que tengo entre el pecho y el estómago, un espacio que se ha ido convirtiendo en una cueva, esperando a que no sé qué se construya un nido. A veces fantaseo con intentar abrirlo, una espada, las uñas, da igual. Creo que sólo encontraría un espacio con paredes de metal, lleno de las plumas que nunca le salieron a mis alas.
A menudo pienso que es como si supiera otros idiomas, idiomas para los que aún no existe diccionario y ahí está la cosa jodida, no hay manera de traducirlos, quisiera poder buscar el significado de lo que expulsan las voces en mi cabeza, para poder leérselo a alguien. Contarle a alguien que todo eso sólo apareció un día y nunca se fue.
Estudié psicología porque creí que era depresión mi diagnóstico desde los 12 años y quería entender, quería entenderme, quizá entender a otros, ayudar un poco ¿por qué no?. Luego, con los años, y después de probar todos los medicamentos psiquiátricos, las drogas, después de beber y comer demasiado, rezarle a un dios, a todos los dioses, a los antidioses, a los astros, empezó a parecer extraño que nada funcionara.
Luego me dicen que mi diagnóstico no era ese, era otro, que es algo crónico y todo adquiere sentido, menos la vida en sí, menos que haya botado a la basura tantos años y dinero tratando de amar una vida que no quiero y tratando de ayudar a gente por la que quizá no haya nada qué hacer, gente como yo.
Díganme que “una psicóloga con trastorno afectivo bipolar” no es una gran manera de iniciar un mal chiste.
Debí haber estudiado mejor para ser un pisapapeles, al menos habría sido un lindo pisapapeles.
Vivo con la sensación de que ya experimenté toda la felicidad que me correspondía por esta vida. No me malinterpreten, he tenido una buena vida. He amado hasta los huesos, me he sentido infinitamente amada y he entregado todo en cada historia que dentro de esas descripciones cabe. He viajado, he tenido la fortuna de vivir momentos cumbre, donde todo se sintió en orden y con un sentido.
He tenido la mejor familia que podría tener alguien. He tenido buenas amigas. He amado a los animales, en mayor medida a la gata que lleva 11 años salvándome la vida. He sido adicta, adicta en recuperación, una adicta que recae. He sido decepcionante y también la estrella. He tenido el título, el trabajo, el reconocimiento y todas esas mamadas.
También he intentado recuperarme, he creído que lo logré, me he dado cuenta de que nunca ha sucedido realmente. He ido a retiros y he pedido de rodillas a Dios. He creído en nada, luego en todo. He tenido fe y la he perdido.
Pero luego de todo eso, por lo cual me siento agradecida, sólo puedo sentir que no hay nada más, no puedo evitar volver una y otra vez a esa grieta en mi pecho que se lo traga todo, a ese lugar en mi cabeza donde sólo hay un pensamiento y es que ya no me espera nada más, el terror que siento y que se aloja en la mitad de mi estómago, el terror a que el tiempo no pase lo suficientemente rápido.
Que la vida se demore demasiado, en medio de su infinita crueldad, en regalarme la oportunidad de que todo haga silencio para siempre.
Y el asunto es que sé no lo he hecho todo, que el mundo es demasiado grande, que podría conocer más y vivir más, pero siento que nada de eso me atrae realmente, nada me puede importar menos.
Nunca he podido entender a la gente que tiene miedo a morir, yo sólo puedo tenerle miedo a que pasen demasiados años, demasiado lento. Que pase demasiado tiempo mientras veo desaparecer todo eso que alguna vez me hizo sentir un poco más humana, eso que me hizo plantearme la idea de que tal vez la vida sí va a mejor, cuando evidentemente es todo lo contrario.
Poder caminar por ahí sin reconocernos y simplemente vivir esa vida que hubiéramos tenido sin cruzarnos.
Te alejas de alguien por quien fue al final, pero extrañas a esa persona por quien fue al principio. Aprender a aceptar que las personas a las que amamos también mueren aunque sigan respirando, y que debemos procurar dejar de llevar flores a un lugar donde no hay cadáver, es jodido.
Hay días donde despierto con el corazón tan roto que procuro respirar con cuidado, no vaya a ser que me perfore un pulmón.
Anoche soñé que tenía un mejor amigo, estábamos en un psiquiátrico de los de antes, y moría porque cometían un error relacionado con la corriente eléctrica durante la terapia de electrochoque. Soñé que estaba profundamente deprimida y sólo deseaba llorar, morir o morir mientras lloraba.
En algún momento se me acercó una persona que no conocía y me preguntó “qué haces?” A lo que le respondí: “tratando de entender si la vida espera que me siente frente a los agujeros, que no se cansa de hacerme, esperando que brote una flor o espera que entierre en ellos los cadáveres, si decido convertirme en asesina serial”.
No voy a perseguirte, y mucho menos huir de ti. Estoy aquí, en el mismo lugar, ya sabes el camino.
Quizás somos -como dijo Beckett- ese “incomprensible espíritu; a veces faro, a veces mar”, y sólo nos queda -como refiere Hermann Hesse- “recoger flores que crecen en medio del infierno”.