lubastraviski:
Pudo sentir el calor subir hacia sus mejillas, lo cual significaba que estaban tornándose rosadas. Bajó la mirada, sintiéndose, nuevamente, como una pequeña niña—. He escuchado al respeto —comenzó, elevando su mirada y embozando una sonrisa que proyectaban falsa seguridad—. Pero no llevo mi móvil conmigo, lo que dificulta un poco su uso —explicó, haciendo un gran esfuerzo por mantener esa fachada de quien no quiere irse corriendo por la vergüenza—. Entonces… —soltó, rezando por recibir una respuesta que no le hiciese sentir incluso más pequeña de lo que ya se sentía.
La ve encogiéndose, encontrando a la chica como una frágil muñequita de porcelana por un momento, como si fuese capaz de romperse con un simple empujón. “Ah, pero no es mi culpa que no hayas traído el móvil” continúa haciéndose el tonto, sonrisa acentuándose en su rostro junto con un enorme esfuerzo en reprimir la carcajada que la vergüenza ajena le provocaba. “En este momento eres una vergüenza para los millennials, ¿cómo te atreves a salir de tu casa sin móvil? Si usaras la cabeza, ahora no tendrías este problema” y tampoco tendrías a esas viejas riéndose de ti, mas se guarda ese pensamiento para sí mismo.












