VENTURA Alas verdes.
Me acuerdo de la última vez que jugué con Pedro, éramos unos mocosos como de ocho años, descalzos, con la ropa medio mugrienta, la cara llena de tardes al sol y las rodillas con todas las risas que quedaban limpias después de que los perros orinaban. Pedro vivía en la casita de atrás, la del techo de lata. Los gatos salían despavoridos cuando tirábamos piedras. Mi casa tenía techo de plástico amarillo, ramas de hoja de plátano y tejas de barro llenas de musgos; a mí me parecía tan bonito, era como una colcha de retazos.
Mi mamá cuidaba de mí y de mis tres hermanos menores: José, Judas y Juan. Mi papá, Zenón, armó una garrotera cuando supo de esos nombres y más con el Judas.
- Hilaria, ¡usté qué estaba pensando con esos nombres! Todas esas letras igualitas y al Judas … seguro le va a caer una maldición.
Mi papá era un hombre de campo, cultivaba varias vainas, pero lo que nos daba para comer era la siembra de papa. Cuando llegaba a la casa, traía la tierra incrustada en las uñas; él decía que era lo único que uno tenía y lo unitico que nos hacía patria.
Una tarde mientras pelábamos papas con mi mamá, nos contó que ella le había hecho la promesa a la Virgencita de Chiquinquirá de bautizar a sus hijos varones con nombres de santos, para que nunca les pasara nada. Y le dijo a mi papá que Dios había perdonado a Judas y que no jodiera tanto.
- ¿Por qué sólo a los varones?
- Ventura, porque esos son los que siempre se emprobleman, en cambio, yo siempre pensé que usté sería tranquila. Además, las mujeres paren varones para que nos defiendan y en eso, muchas veces pierden la vida. ¡Que no se le olvide eso, mijita!
¡Qué premonitorias pueden ser ciertas conversaciones! No pasó mucho tiempo para que las cosas se fueran pa’l carajo.
El 02 de febrero de 1997 habíamos decidido comer temprano, eran como las seis y media de la tarde; aún tengo el sonido de los platos de peltre rechinando en los oídos… estaban aplastados y pelados, porque también los usábamos con las cucharas de palo para espantar a los gatos que venían por la noche a comerse las gallinas. Mi pieza tenía goteras, así que esa noche me mandaron a dormir con mis hermanos.
- ¿Dónde está el hijueputa de Zenón? Muestre la cara o los agarramos a plomo. ¡Busquen en todas las piezas!
Esa voz me hizo temblar hasta el tuétano. Mis hermanos se echaron encima de mí como una coraza caída de los cielos. Los gritos de mis papás parecían aullidos de bestias heridas. Un disparo y otro. Como pude rompí el nudo de brazos y piernas que me escondían, y corrí hacia la gritería.
Me arrastré por el corredor queriendo creer que nadie me atisbaba, queriendo creer que la oscuridad me hacía invisible, queriendo creer que esas personas no existían. Saqué media cabeza desde la única columna de guadua que tenía la casa, era lo suficientemente gruesa para esconderme. Sólo veía sombras y el cuerpo de mi papá echado para adelante en la silla azul, la que habían pintado Juan y José. Se me despachurró el pecho y creo que se me oyó el aire trancado en el gaznate, porque la única mujer que estaba con esos hombres se vino derechito hacia mí, me hizo una seña para que me levantara del piso y sin remilgos lo hice.
Ella llevaba la mitad de la cara tapada; no recuerdo el color del pañuelo; una gorra camuflada, un uniforme como esos que usaban los soldados; la bandera en una manga, botas y un arma más grande que mis ocho años de edad. Tenía tanto miedo, que mientras caminaba junto a ella fui dejando marcas de orina.
- ¡Miren lo que encontré! Está perfecta.
- Tápele los ojos.
- Sí, mi comandante.
- ¿Para dónde se llevan a mi hija?
- Vea, señora, mejor quédese callada y así nos evitamos problemas. Su marido nos debe una plata y como parece que no tiene con qué pagar, pues nos llevamos esta joyita. ¿Le parece Zenón? Y mejor no abra la jeta porque no me importa lo que vaya a decir.
Me cubrieron la cabeza con una bolsa de tela oscura y lo último que recuerdo fue otro disparo que sin verlo me dolió en el alma, y con ese dolor salió el grito de mi madre con el nombre de ¡Judas!
Dicen que todos los que vivimos en el monte somos asesinos, mercenarios, guerrilleros malparidos y otras cosas más. Dicen que deberíamos estar muertos o que nunca deberíamos haber nacido. Yo nací Ventura y fui Alasverdes porque traté de volarme varias veces de ese monte que me comió las entrañas.
A veces me acordaba del grito de mi Hilaria con el nombre de mi hermano. ¡Vida berraca! No era justo ver rodar tantas cabezas de gente inocente, tanta sangre pintando las manos de los muchos que no quisimos esa vida y que fuimos la inversión de quienes se tomaron el pago por derecha. Era tan inhumano cuidar la falta de libertad de un secuestrado. Y yo estaba metida en esa vida a la que me tocaba pertenecer para seguir viva, aunque fuera sólo de cuerpo, porque perdía el alma cada vez que me quebraban la voluntad.
Muchas veces pensé en mis viejos, en Juan y José, ¿qué harían?, ¿me recordarían? Y Pedro, ¿tendría novia?, ¿aún echaría piedras para espantar los gatos? Todavía tengo pesadillas que se repiten una y otra vez…
- Alasverdes, usted se va al frente con los nuevos. Nos vamos a mover. Nos están siguiendo.
- Como usted diga, comandante Restrepo.
- Otra cosa, haga que la muchachita nueva deje de chillar, me tiene mamada.
- Cuente con eso.
Cómo le explica uno a esa niña que a mí también me violaron a los trece años, que me estrenaron tres malparidos a las doce del día mientras comía y estaba en mi hora de descanso. El comandante les dijo que me llevaran un mensaje. Nunca supe si ese fue el mensaje porque me amenazaron mientras se turnaban, me decían que si hablaba lo harían una y otra vez y traerían a otros. Uno me tapó la boca mientras el otro me lamía los pechos y el otro me montaba como si yo fuera un animal. No tuve derecho a gritar. No tuve derecho a seguir siendo. No tuve derecho a nada. Y cuando la que «era enfermera» se dio cuenta de que estaba preñada, se encargó del problema sin anestesia. Sólo estábamos ella y yo en una carpa, me acostó sobre una estera. Me dio aguardiente, me hizo bajar los pantalones y me dijo que abriera las piernas y que mejor no gritara. Durante esa hora y media, lloré en silencio como un río, hasta que se me secaron todas las lágrimas. Nunca más volví a llorar.
- Han pasado veinte años desde esa noche de febrero y aún escucho los platos de peltre a la hora de la comida y las cucharas de palo para hacer bulla y espantar los gatos. Veinte años desde que me arrancaron del vientre de mi familia sin poder regresar.
- Ventura, debe sentirse muy orgullosa por el premio que acaba de recibir. Durante todo este proceso de reinserción a la sociedad, usted tuvo la valentía de buscar su propio camino antes de que la guerrilla aceptara las condiciones de reintegración propuestas hace dos años. Eso no debió ser fácil, se puso en el ojo del huracán de la sociedad y de quienes fueron sus superiores.
- Don Juan, siempre he estado en el ojo del huracán desde que me escondí detrás de la columna de guadua. Usted me trajo a este estudio de radio para que le contara mi historia por el premio que recibí, y se lo agradezco inmensamente. Pero déjeme decirle, el premio lo tendré en mis manos esta noche o mañana cuando mis alumnas me sigan tratando con tanto respeto como hasta ahora; cuando no sientan repudio por mí al pensar que tal vez, pude ser una de esas mujeres que estuvieron presentes cuando el papá de uno de sus amigos fue secuestrado. El verdadero premio, Don Juan, lo recibiré cuando la sociedad entienda todo lo que hemos conversado esta noche, de lo contrario nada habrá valido la pena.
- Gracias, Ventura.
- Alasverdes, Don Juan.
Finalmente empecé a volar.












