You´ll be with me, wherever I go
Estarás conmigo donde quiera que vaya
Wherever I go – Miley Cyrus
En lo que ha pasado en mi vida, en estos dieciséis años que he caminado, no tuve muchos momentos tristes por suerte. Pero hay un momento en el que sentí que todo se acababa, que se destruía todo. Sentí abandono, bronca, rabia, dolor, y perdí un poco la fe en Dios.
El 2 de noviembre de 2007, una mañana común y corriente hasta el segundo módulo de inglés.
Antes de este, todo era “normal”. Es más, hasta feliz, porque la noche anterior mamá nos contó a mi hermano y a mí, que el abuelo ya estaba mejor y lo habían sacado de terapia. Esa noche en que me enteré de esta buena noticia, le agradecí a Dios de que aún me daba la oportunidad de tener a mi abuelo conmigo, poder decirle lo mucho que lo quiero y que me siga contando todas las anécdotas que tenía.
Al día siguiente, viernes 2 de noviembre, al entrar al aula la profesora de Inglés, Dolly, ve que estaba la lectura del día en el libro de tema, lo que la sorprendió porque hacía mucho que no nos daban la lectura para que leamos en el aula, y entonces propuso leerla entre todos. En la reflexión decía que el 2 de noviembre se conmemora el “Día de los muertos” y después hablaba de la lectura leída anteriormente.
Dolly, antes de rezar la oración propuesta, agregó que siempre en esa fecha los cementerios se llenaban de gente, ya que todos llevaban flores a sus parientes difuntos y que se veían todas las tumbas con flores y que era re lindo. Esto me llamó muchísimo la atención porque estuvo hablando casi medio módulo sobre eso.
Después del primer recreo teníamos otro módulo más de inglés, apenas había abierto el libro para comenzar a trabajar que entra Lorena, la preceptora, para decirme que me retiraban del colegio.
Yo no entendía nada, rogaba que no sea nada malo. Junté mis útiles, me despedí de la profe y de los chicos, y bajé al hall. Allí me esperaba Andrea, mi tía, con una cara larga y ojos tristes. En ese mismo momento me puse en shock, no quería escuchar lo que ella tenía para decirme. Lo suponía. Buscando las palabras para hacerlo, ella sólo pudo decir “El Abue…” que salté a sus brazos. Ella me dio un abrazo para tratar de consolarme.
No paraba de llorar. En el camino al auto lloraba de la bronca, de la tristeza, del dolor, de todo. Lloraba porque había fallecido mi abuelo, pero la noche anterior mi mamá me había dicho que estaba mejor, cómo era posible? Yo le había rezado a Dios para que no me lo llevara y me lo llevó igual. No entendía nada. Estaba enojada con Dios (aunque a mamá no le gusta que lo diga, fue así).
En el trayecto a casa, la tía Andrea trataba de calmarme diciéndome cosas pero mi llanto no cesaba. Y aún más con todas esas deducciones que hacía mi cabeza.
En estaban mis papas, mi abuela, mi hermano, y mi tío, por lo que trataba de buscarle el lado positivo a la situación… Quizás el Abue tenía que irse, porque ya no podía más. Quizás él necesitaba guiarnos desde arriba… Pero igual no entendía. Y no sé si voy a entenderla alguna vez.
Al llegar a casa y verla a la Abuita llorar así, verla desolada, destruida. A mi mamá tratando de no estar mal por nosotros y por mi abuela, pero muriéndose por dentro. Y papá, que también se lo notaba destruido, intentaba consolar Nacho que no paraba de llorar.
Fue una situación horrible. Encima, no querer llorar más por los demás, pero no poder aguantarlo, tener ese nudo en la garganta, y tener que soltarlo porque no das más.
Ver llegar amigas de mi mamá, que me abrazan y hablan de él, me ponía peor porque me hacía sentir mal por las veces que no le presté tanta atención como la que se merecía cuando me contaba cosas, cosas que ya no iba a escuchar más, como esos silbidos de todos los días, o comer esas comidas tan ricas que él nos hacía. Me hacía dudar en si lo supe valorar, era una persona increíble.
Más tarde, mamá nos dijo a Nacho y a mí, si queríamos ir a lo de mis tíos con mis primos que estaban solos. Y aceptamos, porque ambos preferíamos despejarnos un poco.
Al llegar a lo de Dadá (así le digo a mi tío), estaban los tres esperándonos. El más chiquito de 3 años casi recién cumplidos, no entendía lo que pasaba. Tratar de explicarle a Facu lo del Abue sin llorar, fue una misión casi imposible. Los tres – Nacho (10 años), Luli (8 años) y yo (12 años)- diciéndoles a Manu (6 años) y a él, que el Abue se había ido la cielo, fue como nos entendieron y la mejor forma también de explicárselos. Aunque acto seguido, Manuel preguntó: “Y va a volver, no?”… Se me estrujó el corazón. Intenté no llorar pero fue inevitable. Entre lágrimas tuve que decirle que no, y verlos a él y a Luli con los ojos llenos de lágrimas, me terminó de romper el corazón.
Para salir de esta dramática situación, siendo con Nacho los más grandes, los abrazamos y propusimos jugar en la compu y tomar la leche. Y así sacamos fuerzas de no se donde para poder estar bien, poner nuestra mejor cara y seguir adelante.
Mucho más tarde, llamó mamá para preguntarnos a mí y a mi hermano si queríamos ir al velatorio. Le pedimos un tiempo para pensarlo y que después la llamábamos. Ambos decidimos quedarnos con los chicos porque estábamos mejor ahí, y sentíamos que debíamos quedarnos con ellos. Por un lado, decidí quedarme porque quería quedarme con la imagen de mi abuelo bien, del Abue sonriendo, silbando, tarareando, sentado tomando mates en la vereda. Entonces, la llamé a mamá y le comuniqué nuestra decisión, con la que estuvo de acuerdo, y agregó que si llegábamos a cambiar de opinión, la llamemos.
Al rato, el llamado de Ara me reconfortó, saber que ella y Pau estaban conmigo en ese momento, me puso feliz y acompañada.
A partir de ese día, el Abue nos dejó con una tarea importante. Cuidar más que nunca a su compañera de vida, la Abuita. Ella estaba destruida. Se deprimía seguido y estaba muy mal.
Debido a esto, mamá le propuso venirse todas las noches a dormir a casa, teníamos una pieza para que ella disponga, para que no esté sola en la suya. Hasta el día de hoy hace eso.
Hoy que ya pasaron casi cuatro años, todos seguimos notando su ausencia, más que nada mi abuela, que a pesar de que esté mucho mejor, tiene sus decaídas de vez en cuando.
Pero el Abue nos sorprende de vez en cuando cuando llamamos a la casa de mi abuela y “nos atiende” el contestador. Antes el mensaje estaba grabado con la voz de mi abuelo, por lo que mamá tuvo que cambiarlo, pero hasta hoy, muchas veces llamamos y salta el contestador grabado por él. El por qué nadie lo sabe. Y también el nuevo jefe de mi papá tiene la voz igual a él y físicamente también es parecido.
Son esas cosas que te sorprenden en el día a día. Todos dicen que “todo pasa por algo” o no?
Me di cuenta que me cuesta muchísimo decir adiós. Me preocupo mucho por lo que no tengo y no me doy cuenta de lo que sí tengo. Es como que me enfoco en lo que va a venir y no valoro lo que me rodea en el día a día. Entonces, la vida me sorprende con situaciones en las que siento que no voy a poder a seguir, que todo se acaba. Pero tengo que darme cuenta que a todos nos pasa, que la muerte es parte de la vida también, y no queda otra que salir adelante.