Brevísima historia de mi vida sexual
Es lo que te dicen cuando vas a comer ostiones crudos por primera vez. También cuando por primera vez se posa ante ti una montaña rusa, o cuando te vas a hacer un tratamiento dermatológico que vas a terminar de pagar hasta el año que viene. También es lo que te dicen sobre las mujeres cuando eres un hombre, y lo que te dicen sobre ser pasivo cuando eres gay. Para ser honestos, es lo que me repito para convencerme cada que voy a tener sexo.
“Vas a ver, te va a gustar”.
Estos meses de confinamiento me han ayudado para entablar una conversación con mi cuerpo. Si pudiera describirlo, sería como esas veces que estás tan borracho que casi llegas a los golpes con tu mejor amigo porque te hizo comer como 16 cartas jugando UNO y terminas diciéndole que todo este tiempo has estado resentido con él porque no estuvo cuando más lo necesitabas. Después llega la cruda, física y moral, tratas de negarte que sucedió y ambos siguen con sus vidas porque “estábamos pedos”.
Algo queda en el aire. Hay una conversación por tener, y sabes que las cosas ya no son iguales, y te cuesta trabajo verlo como antes. Sin embargo, decides ignorar esa comezón porque “para qué nos desgastamos, estábamos pedos”. Mi vida sexual podría compararse con esa peda: no muy larga, muy arrebatada y con severos momentos de “blackout”. Ojalá hubiera reguetón del viejito, Chromatica y Agüita, pero no. Decidí jugar UNO con mi cuerpo y me las cobró todas.
La cruda es terrible porque te recuerda lo solo que estás. Y no me refiero a que no tengas familia o amigos, sino a que el malestar estomacal y el dolor de cabeza no lo carga nadie más que tú. Se acabó el reventar de las bocinas en tus oídos, esos lamentables shots de jagger que parecían una buena idea (a tus casi 30 años) y los cuerpos sudorosos chocando uno contra otro. Estás ahí, ensabanado, sudando frío, sin el poder de darle instrucciones a tus piernas para que te pongan de pie. Es entonces que recuerdas.
Mi primera vez (con un hombre) fue lamentable. Tenía 19 años y estaba vestido de Bryan Amadeus, porque era Halloween y porque soy de esos gays que se disfrazan para verse perrísimas, no para espantar. Estaba hasta el culo, y hasta la fecha mi máximo encuentro físico había sido un faje. Nada de sexo oral, nada de dedos, nada de penetración. Él ya tenía experiencia. ¿Qué podría salir mal? Por supuesto que todo. Fue en un baño, me caí en una tina, me levantó, no se me paraba, a él sí (y mucho). Sólo puedo decirles que en mi vida había sentido un dolor así. Fue rápido, fue agresivo y fue sin lubricante.
Del dolor, no pude cagar dos días.
Entonces, piensas: ¿qué primera vez es buena? La mayoría de nosotres tenemos experiencias que quisiéramos olvidar. Pasó mucho tiempo para que volviera a tener un encuentro sexual, y no es que me sintiera trastornado pero quería experimentar hacerlo con alguien de manera completamente consciente. Cuando llegó, estábamos “enamorados”. Vivimos una experiencia de película fuera de la ciudad, con atardeceres hermosos y mucho mezcal; Call Me By Your Name se queda pendejo.
El sexo fue bueno. Aunque no siempre había penetración, si habían muchos sentimientos. En ese entonces no entendía que habían muchas más formas de “coger” sin enfocarse tanto en el pene. Me parecía que había fallado y que mi introducción al mundo gay había sido un fracaso. Como buen adulto contemporáneo, creo que si hubiera tenido toda la información que tengo ahora no hubiera sido tan duro conmigo mismo. No es que sexo sea lo mismo que amor (los cuáles posterior y erradamente confundí), pero si es una parte importante. Tal vez me hubiera permitido más cosas, y tal vez, sólo tal vez, esa relación habría durado un poco más. O no.
“¿Cómo no te va a gustar? A todos les gusta.”
Te acercas a la mitad de tus veintes, y la peda se va intensificando. Vas viendo gente nueva, de todo. Entre ellos, el amigo que saca la coca. Llamémosle Grindr. Para un niño bien de toda la vida como yo, alguien como Grindr puede resultar muy intimidante; supongo que para cualquiera. La cocaína es muy divertida, pero muy peligrosa. En un inicio tomas tu distancia y ves como los demás, más vividos, le entran sin chistar. La pasan bomba, y tú estás en el rincón haciendo como que sonríes cuando en realidad estás cagándote de miedo y de curiosidad.
Grindr no es como Tinder. Aquí no vienes a buscar amor (aunque puedes encontrarlo). Es como un mercado de carnes donde todos andamos buscando el corte más jugoso. Hay algunos que tienen la fortuna de no tener que entrar a buscar porque tienen un rancho de cinco estrellas con ganado de sobra y hasta máquinas para ordeñar con tecnología de punta. Los demás vamos viendo. Puedes tener mucha suerte y encontrarte un ribeye de primera, pero la realidad es que la mayoría de las veces hay puro retazo.
No me refiero al físico. En esas apps puedes encontrar cuerpos esculturales, esculpidos por los mismos dioses. Sólo que en mi caso, no me bastaba con el frío del mármol. Estaba buscando calor, y aquí fue donde comencé a buscar en los lugares equivocados. Después de mi última “relación”, no volví a tener sexo probablemente hasta tres años después. Principalmente porque me enamoré de un heterosexual y estuve así durante casi dos años, pero no voy a negar que mi poca experiencia no me permitía más que sentir miedo.
Renuncié a mi primer trabajo y tenía tiempo de sobra. ¿Qué hacen los gays con su tiempo de sobra? Luchar por los derechos de la comunidad trans. Nocierto. Hice lo que nunca en mi vida: hacer ejercicio. Afortunadamente podía entrar al gimnasio de mi escuela con mi credencial de exalumno, usar sus instalaciones y ser ignorado por los coaches por no ser mujer o no estar mamado. Estaba frustrado, decepcionado de la vida adulta y con el autoestima hasta el piso. Mi cuerpo decía lo contrario.
Jamás había estado tan en forma. Mi espalda tenía músculos, mis pectorales crecieron, y mis piernas parecían de semental –incluyendo las nalgas–. Aún así me sobraba tiempo, e hice lo que todo hombre gay a mediados de sus veintes haría: escribí un análisis sobre las conductas misóginas que abundan dentro de la comunidad, o sea me avoqué a coger. Llegó el momento de la peda en el que me uní al círculo y me dí una línea.
La atención que recibía en ese entonces me hacía sentir toda la validación que no me podía dar ni yo mismo. “Que rico estás”, “te ves hot”, “que culo”, *foto no solicitada de una verga desde un ángulo bastante dudoso y con una iluminación nada halagadora*. Por primera vez sentía que estaba viviendo mi sexualidad como se supone que un hombre gay cis de mi edad debía estarla viviendo.
“Te estoy diciendo que te va a gustar.”
No recuerdo ninguno de sus nombres, ni siquiera si se los pregunté. También conocí el Six Flags de los gays: Disney. Claro que no, Sodome (que extrañamente tiene muchos símiles con la tierra mágica de Orlando, Florida). Pasé de haber tenido sexo con sólo dos personas a los largo de cinco años a casi treinta en menos de tres meses. Estoy seguro de que para algunos es nada, pero para mí era una avalancha. Iba tipo trás tipo, nada más porque me decían que era “cogible”, esperando a pasármela bien.
Ésa es la verdad: no lo disfrutaba. No realmente. La única vez que he tenido “buen sexo” fue en mi intercambio. No tiene nada que ver con el malinchismo que todos traemos. Igual fue en un cuarto oscuro, y ni siquiera recuerdo su cara. Lo que pasó es que antes de penetrarme, se preocupó porque todo estuviera bien allá abajo. Vamos, hizo su chamba. Estuvimos dándole dos horas sin parar, hasta que me cansé y me fui. Eso fue antes de esta época, justo antes, y desde entonces nada.
Estoy seguro que tiene que ver con mi autoestima, con mi necesidad de atención y cariño. También estoy seguro que tiene que ver con que la mayoría fueron güeyes que sólo me veían como un pedazo de carne para masturbarse. Parecía justo, ellos me daban la atención que quería (no la que necesitaba) y yo les daba sexo. Me aburrí muy rápido, en parte porque quería enamorarme y en parte porque eran de hueva. También encontré trabajo.
Los horarios comenzaron a complicarse, y dejé el ejercicio. ¿Cuál era mi moneda de cambio ahora? ¿Mi inteligencia? Justo lo que los gays buscan. ¿Mi carisma? ¿Acaso soy Lambda García? ¿Mis ganas de amar? ¡Premio mayor!. Por supuesto, sólo que yo no lo veía –y hasta la fecha me cuesta verlo–. Mi ábaco de hombres dejó de juntar cuentas por un rato y yo me dediqué a ser un miembro económicamente activo de esta sociedad, porque para ser gay también se necesita dinero.
En una noche de cervezas compradas con mi recién obtenida quincena, un amigo y yo aplicamos el “entre broma y broma” y terminamos en Disney. No en Orlando, sino en el sauna a una cuadra del Camino Real de Polanco. Era como la tercera vez que estaba ahí, dispuesto una vez más a descubrir si esta era la noche en la que por fin podría disfrutar de una buena cogida. Beso por aquí, agarrón por acá, todo iba de acuerdo a la agenda. La única diferencia es que nunca me avisaron que había un cambio en la programación.
Estaba besándome con güey cuyo nombre no importa porque ni siquiera yo lo sé. Estábamos en el cuarto oscuro. Todo iba bien. Era corpulento, nada de qué quejarme.
Nos recostamos sobre una de las camas, en medio de todos los demás que estaban pasándola bomba. No traía condón, así que no habría penetración.
Me cansé, y ya quería irme. No hay error más grande entre “caballeros” que no dejar que el activo acabe. Le dije. Él no quiso. Le insistí.
¿Saben qué me dijo? “Te va a gustar”, y me echó todo su peso encima. Mido 1.70 y en ese entonces pesaba aproximadamente 65 kilos. Él medía aproximadamente 1.90 y definitivamente pesaba más que yo. No supe qué hacer. No me lo pude quitar de encima, no pude gritar. “Afortunadamente” no me penetró. Sólo le pude decir que se viniera y que me dejara ir. En cuanto se me quitó de encima, salí disparado a las regaderas.
No entendía lo que acababa de pasar. Dudaba que hubiera sido abuso. A los saunas se viene a tocar, a coger, a venirse. Él hizo eso. En mi cabeza hacía sentido, pero me sentía raro. Por supuesto que no dije nada a la gente del lugar porque estaba bajo la convención de que a algo así había ido. Me bañé y esperé a mi amigo. Definitivamente no tenía ningún malestar físico ni me sentía sucio como había visto en series y películas. Sólo me fui de ahí y seguí con mi vida.
Hasta la fecha no siento que esto me haya afectado en un nivel sumamente profundo, pero tardé en darme cuenta que fue violencia sexual. Me parecía extraño porque jamás había escuchado de este tipo de agresiones entre hombres gays. Me quedaba claro que las mujeres están expuestas a estos comportamientos por parte de los hombres todo el tiempo, pero no me lo esperaba de alguien de mi comunidad. No deja de ser raro en mi cabeza.
A Disney sólo volví una vez más, pero sin ningún contacto físico. Dejé de buscar atención, y empecé a buscar amor en el sexo. Más bien a creer que eran lo mismo. Me enamoré otra vez, y pensé que por coger ya estábamos entablando un vínculo más profundo. Y no. Salí con otros vatos, me abstuve de tener sexo en un principio porque “lo que importa es lo de adentro”. Se esperaron, cogimos y se aburrieron. Mínimo no salieron de Grindr.
Al mismo tiempo, pasé por una temporada dura de enfiestar. Amanecer todos los fines de semana, desvelarme entre semana y tomar como si el calentamiento global evaporara el alcohol y no el agua (que técnicamente se evapora más rápido que el H2O). Varios hombres pasaron por mi cama, de algunos tampoco me acuerdo. No fueron tantos como en la época de mi cuerpo escultural, pero mínimo uno al mes sí. Cogí con amigos y desconocidos, unas veces por compromiso y otras por borracho. Seguía sin pasármela bien.
La gran contradicción de mi brevísima vida sexual es que la estoy recuperando estando solo. Me enfrenté a mi cuerpo, fuera de forma, y a la necesidad de sexo. No me quedó más que empezar a enamorarme de mí, a descubrirme y a disfrutarme. Primero fue la fotografía. Mi celular se convirtió en mi mejor amigo (y mi peor enemigo) y me ayudó a explorar cada rincón de mi cuerpo. Es muy diferente a verse en el espejo porque se vuelve algo más subjetivo (también más controlable).
Hace poco hablaba con mi mejor amigo y llegamos a una conclusión muy honesta: encuerarse en redes ayuda. Más allá de los likes y las dickpics no solicitadas, hay algo bastante poderoso en decirle al mundo que ése es tu cuerpo y no de nadie más. Me sirvió para reclamar lo que le entregué a otros durante varios años, y poder vulnerarme para mí. Me reconocí como una persona sexual.
Cuando me tomo una foto y la subo, no lo hago para que me digas que me siente en tu cara. Invierto el tiempo en tomarme una “nude” precisamente para poder verla, sentirme reflejado, y decir “me gustas”. Es inevitable recibir ese tipo de reacciones, porque como hombres estamos acostumbrados a sentirnos con el derecho de pertenencia de todo lo que nos rodea; vivimos bajo el manifiesto de los siete anillos: “I see it. I like it. I want it. I got it.” Procuro ignorarlos y en el mejor de los casos confrontarlos, pero la realidad es que cada día me gusto más.
Ahora sí aproveché mi tiempo libre, y comencé a investigar de verdad. Sobre el cuerpo, sobre el consenso, sobre el amor propio. No en la forma en la que Bárbara del Regil o Poncho de Nigris se aman, sino a verme cómo soy. Me di cuenta que el sexo va más allá de ensartar la pija en cualquier hoyo, y que el pene no es el centro del universo. Que se puede sentir con cada centímetro de tu cuerpo, incluso con cada recoveco de la mente. Obviamente tengo días en los que me detesto, me veo al espejo y no me gusto, pero entendí que es pasajero.
Mis amigos vieron este cambio, y me dieron el obsequio del shibari*. ¿Quién iba a decir que los nudos de una cuerda me harían sentir el mejor orgasmo que he tenido en la vida? Esta práctica milenaria me ayudó a descubrir un lado de mi sexualidad que ni siquiera pensé que existía; un lado espiritual, diría yo. El poder del autosometimiento no sólo se trata de dominación, va de otro tipo de vulnerabilidad, uno que comienzo a descubrir y a querer.
El sexo todavía no me gusta. Hablo en el sentido figurativo de la frase y para el propósito de este recuento. Estoy en camino. Aún tengo que enfrentarme al otro. O tal vez la palabra no sea ésa, tal vez sea “encontrarme”. Esperaré con ansias la tan preciada vacuna y me daré mi tiempo para hacerlo, bajo mis términos, sobrio y consciente de que no estoy con un pedazo de carne. Espero con ansias el día en el que pueda decir “me gustó”.
*Si quieren saber más de esta práctica, vayan al instagram de @shibaritxsmx. Gracias a Brisa, Andrea y a Monte por regalarme el curso y gracias a Mike por darlo.