Muros del Pretorio de Tarragona
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Septimanii Seniores (Legio Prima Germanica)-Tarraco Viva 2012
© Juan Manuel Saenz de Santa María, 2012.
Merobaudes y Aecio
Hay ocasiones en las que sólo se llega al verdadero fondo de las cosas leyendo entre líneas. La propia existencia y una parte de la obra de Flavio Merobaudes nos fueron reveladas por algo más que un atento examen del Codex Sangalliensis 908; un oscuro manuscrito hallado en el monasterio de Saint Gall, en Suiza. Fechado aproximadamente en el año 800 DC, este opúsculo contiene una larga lista de vocablos latinos destinados al aprendizaje clásico de los monjes carolingios que profesaban en el monasterio. La casualidad o la escasez de buena vitela llevaron al esforzado caligrafista a continuar su árida recopilación terminológica en ocho folios procedentes de un antiguo manuscrito del siglo V o VI y a convertir al Codex en la clave de la pervivencia de algo incomparablemente más valioso que su vocabulario. El estudio sistemático que se hizo de la obra monástica en 1823, permitió descubrir que en ocho de sus folios el amanuense carolingio había hecho un chapucero trabajo de raspado de su contenido original, que no había podido borrar por completo cuatro breves poemas latinos y los fragmentos de dos extensos panegíricos que contaban, uno cien versos y, el otro, doscientos. Los escritos recuperados se identificaban indubitadamente como pertenecientes al cálamo de Merobaudes, si bien se hallaban irremediablemente cercenados, al haber sido guillotinadas las páginas para encajarlas adecuadamente en el Codex. Con todo, como en otros muchos casos en los que el pergamino reutilizado ha permitido conocer joyas de la antigüedad clásica, debemos de estar agradecidos por la poca pericia mostrada en el raspado de pergamino por nuestro monje de Saint Gall, ya que, de otro modo, no habría llegado hasta nosotros ni uno solo de los versos verdaderamente atribuíbles a Merobaudes (ya que hasta ese momento únicamente constaba la existencia de un poema de temática religiosa cuya autoría le es dudosamente imputable).
Palacio de Diocleciano. Bóvedas interiores (circa 305 DC)
Vista de las Termas de Diocleciano - (1756) - Giovanni Batista Piranesi (1720 - 1778)
Treveris y la Porta Nigra
Fundada por los veteranos de Augusto en 18 AC como Augusta Treverorum (literalmente, Noble -ciudad- de los Treveros), Treveris se hallaba ubicada en un antiguo vado estratégico del río Mosela, en el corazón de los dominios de los hostiles tréveros, que Roma con su clásico sentido de la utilidad escogió como asentamiento de uno de los campamentos militares apostados en las inmediaciones de la frontera del Rin. En un momento todavía no concretado -probablemente, a mediados del siglo I-, se convirtió en la capital de la provincia fronteriza de la Gallia Belgica, sustituyendo en ello a Durocortōrum (Reims). Ello propició un desarrollo que la llevó a albergar a más de 70.000 habitantes desde las postrimerías del siglo III, y a ser escogida como una de las cuatro capitales del imperio por Diocleciano, que residió en ella desde 293, y la favoreció por encima de otras grandes ciudades del orbe romano e incluso sobre la propia Roma, cuyo senado se mostró apesadumbrado por su perdida influencia en repetidas ocasiones.
En Treveris instalarían también su corte varios emperadores de Occidente lo que la significó como centro ceremonial y funcional del dominio imperial en la región. Pero, sobre todo, alcanzó el cénit de su gloria entre 306 y 312, bajo el gobierno de Constantino el Grande, quien decidió la construcción de un lujoso complejo palaciego en el que estableció su residencia, una basílica para la administración imperial -Palastaula-, y unas enormes termas privadas - el Kaiserthermen-. Su aspecto en esa edad de oro y en las décadas posteriores debió ser imponente. No puede decirse otra cosa de una populosa urbe con una superficie de más de 285 hectáreas que, tras la profunda destrucción que la marcó a fuego en el ataque perpetrado por los alamanes en 275, renació embellecida en los primeros años del siglo IV y no hizo más que crecer en magnificencia desde entonces, merced a los trabajos patrocinados por los emperadores constantinos y otros posteriores, como Juliano, que edificaron un nuevo anfiteatro, un circo, una catedral en la que glorificar el cristianismo como la nueva religión del estado o reurbanizaron amplias zonas de la ciudad. Todos esos nuevos edificios imperiales adornaron una ciudad que ya era bastión de la romanitas mucho tiempo atrás. Y su aspecto lo proclamaba. En el sector oriental de la ciudad, se hallaba el otro complejo balneario con el que contaba la ciudad: el hoy llamado "Barbarthtermen" construido como servicio público a mediados del siglo II y que contaba con un enorme patio porticado, termas de agua fría, templada y caliente, así como con un magnífico gimnasio. En sus inmediaciones, el foro, los tribunales de justicia y el edificio en el que se reunía el Consejo de la ciudad y en el lado este, enfrente de las termas, el anfiteatro construido en el siglo I, aprovechando la suave falda de una de las colinas entre las que se asentaba la ciudad, y que fue reformado igualmente en la época de Constantino para superar en tamaño a sus homónimos de Arlés o Nimes.
Recostrucción del aspecto que presentaba la Basilica Imperial o Palastaula en la época de Constantino.