La calma que me acompañaba ya no es brisa ahora.
Ya no la siento en mis pómulos ni me hace entrecerrar los ojos, ya no hormiguea mi piel ni sacude un poco las hojas.
Antes su aliento era tibio, rozaba mi cuello al anochecer, pero ahora es un eco mudo, una sombra que no alcanza mi piel.
Tal vez se perdió en la espesura, tal vez la borró un susurro ajeno. Ahora solo queda el aire quieto, la ausencia hecha viento seco.













