Amo el amor.
Amo el romance en todas sus formas: las miradas que dicen más que las palabras, los silencios cómodos, los detalles pequeños que parecen insignificantes pero lo dicen todo, las caricias que hacen que la piel sea otro lenguaje. Amo la idea de dos personas que se eligen cada día, sin promesas vacías, solo con presencia real. Me enamoro de las historias de otros, de los gestos, de las películas cursis, de las canciones que hablan de ese “para siempre” que yo nunca he vivido.
Y sin embargo, hay una tristeza constante detrás de todo eso. Porque por mucho que ame el amor, por mucho que lo desee, nunca lo he tenido como lo sueño. Nunca he sentido que alguien me mire con el mismo brillo con el que yo miro. Nunca he sentido que alguien se quede de verdad, sin condiciones.
A veces siento que amar el amor es una especie de castigo. Como si estuviera condenada a entenderlo profundamente, a escribir sobre él, a sentirlo en carne viva… pero sin poder tocarlo, sin poder vivirlo como quiero. Y me pregunto si es que estoy pidiendo demasiado, o si simplemente no es para mí.
Amo el amor, pero me duele no tenerlo. Me duele quererlo tanto y no encontrarlo. Y aunque no dejo de soñarlo, cada día se siente un poco más lejano.













