De niños y soledades: Alondra.
7 años. Palabras mal articuladas. Voz tenue como de quien quiere decir poco, pero cuando lo hace es suficiente. Descansa en mis brazos para esconderse, abrazos del fin del mundo. Intenta destacar entre sus frases accidentadas, o sus resignaciones. Sola en la lucha del habla. Gestos adorables a causa de la ausencia de dos dientes. Atenta a las emociones de los demás para incluir inadvertidamente un “no pasa nada”. Desinterés total cuando alguien la observa bailar. Bailarina frágil, pero atinada. Gen del amigo imaginario. Mamá de mis peluches adoptados. Señorita del “pásame eso Pao”. Se sienta a ver las luces parpadeantes de las series después de decirme que le fue bien en su nueva escuela, reflexiona un rato en silencio con los reflejos cayendo en sus pestañas; dudo de la veracidad de su bienestar escolar pero prefiero no atormentarla. Admiradores y bullys en misma medida acechan su cabecita. Cuando se mira al espejo se ríe auténticamente, como cuando se está satisfecho de quien se es. Valor para reírse de sí misma. Prefiere no comenzar un juego para evitar el derrotismo. Tramposa por excelencia. En preparatoria descubre su vocación por los bolos y el volley. Chuza para las matemáticas, números negativos para el francés. Moja mi hombro después de su corazón roto, intento animarla y la llevo a la resbaladilla más cercana a sus 17 años. Fotos de su mejor amiga guardada bajo la almohada. Escribe su estribillo favorito en el baño de algún bar cuando descubre que preferiría estar en el cine. Meses más tarde se encuentra escondida dentro de un tobogán esperando que todo se acabe. Se defiende de los problemas con lágrimas incansables. Gana una beca y se muda por un tiempo a Argentina, recorre los puentes con una sonrisa torcida. Sus ojos inspiran a un lugareño y le escribe una canción con rima. Hay semanas completas que quiero pertenecer a su vida todo el día, acompañarla en su salón de clases, decirle la respuesta al oído y evitar preocupaciones sin sentido. Se mira indefensa entre la multitud burlona, termina antes que todos las sumas y las restas, se compra un dulce al final del día que cumple su función como trofeo y compañia.
Para una niña a mi lado hoy: no hay que mirarse tanto al espejo, hay que saber olvidarse.
SC













