Cariño. Te quiero dejar, pero no quiero que sufras.
- Sadman
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Cariño. Te quiero dejar, pero no quiero que sufras.
- Sadman
Y ahora entiendo esa frase que nadie quiere aprender:
cuando alguien falta, los porqués hacen ruido.
¿Por qué no marqué antes?
¿Por qué ahora ya no basta?
¿Por qué dije adiós con tanta facilidad?
¿Por qué no regresé a buscarla?
El duelo no solo duele, también pregunta
Y pregunta tarde.
-
Me mira. Y yo, como idiota, le sostengo la mirada.
Sonríe como si supiera algo que yo no. Y probablemente lo sabe.
Es jodidamente bella.
Y claro que lo sabe. Lo usa como quien juega con fuego en una casa llena de gasolina.
Me dan ganas de acercarme. Decirle algo ingenioso, algo que rompa el hielo y el hechizo. Pero no puedo moverme. No por miedo a ella, sino por el maldito fantasma de mi ex que me tiene encadenado a este rincón del bar, del alma, de lo que sea.
¿Hacemos tregua?
¿Puedo dejar de ser el hombre que la perdió y volver a ser uno que aún se atreve a querer?
No lo sé.
Pero esa sonrisa…
Esa sonrisa casi me convence.
- Monologos
Cuando tenía siete años, mi padre decía que la fe era la moda. Nunca supe si lo decía con esperanza o con resaca. Según él, la belleza era lo único eterno, y supongo que tenía razón: todo lo demás se pudre.
También decía que la elegancia era cuestión de eliminar lo que sobra. Que el color era una lengua, pero no todos aprendían a hablarla.
A veces creo que lo decía para convencerme, o para convencerse él.
Con los años entendí que el amor y la obsesión se separan por una línea tan fina que nadie la ve hasta que ya la cruzó. Y yo la crucé más de una vez, con los ojos vendados y una copa en la mano.
No sé si eso me hace romántico o idiota. Tal vez ambas cosas.
Mi padre estaría orgulloso… o decepcionado. Pero eso ya no importa.
Porque la fe sigue siendo moda, la belleza sigue siendo eternidad, el color sigue siendo un lenguaje que pocos saben hablar, y yo sigo escribiendo para no olvidarla. En medio de esa linea de infatuación, entre el amor y la obsesión.
- Belleza y obsesión.
Aunque lo odie, tengo que admitirlo: una parte de mí —la más necia, la más jodida— sigue esperándote.
A veces vuelvo a ese momento, a ese último día en la orilla, cuando las olas rompían como si el mar quisiera reírse de nosotros.
Yo creí que estaba tomando una decisión, pero en realidad solo estaba empujándome a una corriente que nunca dejó de arrastrarme.
Desde entonces todo ha sido una secuencia de días cayendo uno tras otro, como colillas apagadas en el suelo.
Y aun así… te espero. No porque crea que vas a volver, sino porque algo en mí se quedó contigo aquella vez.
Supongo que así es esto: uno sigue respirando, sigue andando, pero siempre hay un eco, una sombra que susurra tu nombre.
Puta madre.
- te extraño.
Qué jodido es esto de volver a escribirte.
Lo había dejado, ¿sabes? Como se deja el cigarro o el trago cuando te das cuenta de que te están matando. Y aun así, acá estoy, dándole otra calada a algo que pensé que ya había dejado atrás.
No voy a mentirme diciendo que hice un esfuerzo por olvidarte. Simplemente dejé de escribirte porque pensé que ya lo había dicho todo. Pero la vida tiene ese extraño sentido del humor: justo cuando crees que superaste algo, te llega la noticia de que te mudaste a otro continente. Europa, nada menos.
Y de repente, lo que antes era una fantasía romántica —ir a tu ciudad, tocar tu puerta, convencerte de venirte conmigo— se vuelve ciencia ficción. No sé qué me pesa más: la distancia que nos separa o el tiempo que se ha ido sin verte.
Quizá las dos cosas son formas de medir lo que duele.
Lo cierto es que ahora todo tiene otro matiz. Ya no es solo nostalgia. Es esa sensación amarga de saber que lo que fue posible alguna vez, ahora está archivado en el cajón de los imposibles.
Pero igual escribo. Porque de alguna forma, escribirte es seguir respirando un poco de lo que ya no existe.
- te extraño, joder. Pero adiós, siempre te desearé lo mejor.
Su corazón golpea,
fuerte, insistente.
Lo observa,
se detiene,
le regala un último vistazo.
Un parpadeo,
y los ojos se cierran
descubriendo la fragilidad del tiempo,
la huella de las personas,
la llama breve
de las vidas significativas.
El teléfono pesa en su mano.
Es hora de soltar
las expectativas,
de hurgar en lo interior.
No puedo ser ese hombre
que la alababa, que la cuidaba, que la protegía.
¿O sí puedo serlo?
Pero en lo más hondo,
no quiero.
Me repito: quiero estar con ella,
quiero abrazarla,
y sin embargo
lo que imagino ofrecerle
no es más que el espejismo
de mi mente delirante.
En realidad busco otra cosa,
algo que no se encuentra,
algo que ella no puede darme.
Y debo aceptarlo.
Otro vistazo al teléfono.
El impulso de borrar, de bloquear,
de hacerla desaparecer.
Pero ninguna decisión
arrancará este sentimiento,
tan mío, tan terco,
que no cede.
Permanece,
trasciende,
me levanta en medio de la noche,
como el goteo de un grifo roto,
interrumpiendo el silencio,
mordiendo el insomnio,
gota tras gota,
desesperándome.
- Monologo
credit
Jaja te extraño
Actualmente soy
La falta que le haces a mi vida, amor...
Los días pasan… y yo me hago el truco barato de no pensarte.
De no extrañarte.
De no querer marcarte a las tres de la mañana.
Pero es puro teatro. Un show para uno solo.
Porque este dolor… este dolor no se comparte. Se guarda. Se bebe. Se fuma.
No sé si sea cosa de hombre, de orgullo… o de que simplemente soy así de idiota.
La verdad es que me dueles. Todavía.
Lo rompí todo. Y no tengo manual para arreglarlo.
Y ya no me aguanto el disfraz.
¿Cuándo demonios voy a aprender a cerrar ciclos?
¿Cuándo?
- Te extraño
“Y cuando se me subía el alcohol a la cabeza, les empezaba a charlar a todos sobre vos. A mis amigos. Al taxista. A otros borrachos. A quienes me cruzaba en el baño. Imaginate lo mucho que te quería que todos ellos terminaban enamorados también, queriendo conocerte, deseándome suerte.”
— De luciéragas y otros bichos, Juego de palabras (via juego-de-palabras)