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@getuptimistic
We have to start acting as one species with one destiny, we are not going to survive if we don't do that.
La paz de la pesca
Despunta el alba cuando salgo de casa acomodándome un grueso jersey de lana que suelo usar. Todavía estoy medio dormido y me quito las legañas mientras dejo escapar un bostezo que amenaza con desencajarme la mandíbula. Un viento frío pero suave me acaricia la cara y me va despertando en mi paseo matutino hacia el puerto. En la boca llevo una pipa humeante. En la mano izquierda una pequeña red. En la derecha un cubo de plástico azul con asa metálica oxidada, manchado de la imperecedera tinta de calamar. En él llevo casi todo lo que necesito para la mañana de pesca: un par de aparejos montados con anzuelo al final de la línea y sin plomo, nylon y anzuelos para las posibles roturas, una navaja, una bolsa con los desechos del pescado de la cena de ayer, algo de tabaco, mechero, llaves, una armónica y una capa impermeable. Llegando al muelle paso junto a un grupo de pescadores locales. A mi saludo suelen responder con una sonrisa, un gesto con la cabeza o con superior indiferencia. Esta vez todos me saludan. La mayoría de ellos son gente agradable y te echan una mano cuando la necesitas, cosa que en el mar es de agradecer mucho más de lo que lo es en tierra, pero a algunos parece que les toca los cojones que un veraneante pesque sus peces o navegue en su ría. Y teniendo en cuenta el perfil medio del veraneante, animal sin respeto hacia nada que se divierte perturbando la paz del lugar con sus motos de agua y sus lanchas rápidas, no hay nada que reprochar al lugareño que me ve como a otro hijo de puta usurpador más.
Me dirijo hacia el pantalán caminando sobre la pasarela, que en una pleamar fuerte como la de hoy está prácticamente horizontal. Ya hace tres días que hubo luna nueva pero las mareas siguen teniendo fuerza. En el camino hacia mi plaza de amarre voy buscando indicios de la presencia de los pequeños pececitos que me servirán de cebo. Hay un par de bancos grandes así que no tardaré demasiado en coger los que necesito.
Mi embarcación es una pequeña lancha de madera de unos cinco metros de eslora. Tiene la forma típica de las pesqueras del norte, con una proa vertical, alta y orgullosa, de formas afiladas cerca de la flotación pero que se ensancha gradualmente según sube para crear un castillo amplio que le permite capear las olas a las que nos acostumbra el cantábrico. Una bañera y una popa llenas le dan estabilidad y sus costados bajos facilitan las labores de pesca. La obra muerta está pintada en blanco y la obra viva en verde, como lo estaban casi todas las lanchas de la ría hace 30 años. Tiene un viejo motor diesel que hace un ruido infernal a la vez que proporciona una vibración que desesperaría al más paciente. Un Solei de 15 caballos colocado en el centro y metido en una caja de madera que supera la altura del costado por medio palmo, pintada de blanco al igual que todo el interior de la bañera, excepto los paneles que forman la cubierta, que están sin pintar. Pegado a la cara de popa de la caja hay un pequeño cuadro de controles con el interruptor de arranque, la clavija de la bomba de achique y dos o tres indicadores luminosos. Se gobierna desde popa con un timón de caña hecho de madera y pintado de blanco, que es aconsejable sacar del agua al amarrarla, pues en días de temporal puede llegar a soltarse por el vaivén de las olas. La marcha se controla con una palanca colocada a estribor. Por último un par de cornamusas coronan el castillo de proa, colocadas en las amuras, otra en medio del castillo y una más en popa y dos toletes para una pareja de remos pintados como la lancha.
Tras coger la bolsa con los restos de pescado, dejo el cubo sobre la caja del motor, saco del agua un bidón de plástico amarillo con agujeros que uso a modo de vivero y me acerco a uno de los bancos de “panchos”. Están bastante tranquilos. Todavía no ha empezado a bajar la marea, así que casi no tienen que nadar para mantener su posición en el banco. Impregno la red con los restos de pescado y la bajo poco a poco sobre el banco de peces. Al verla se separan de ella asegurándose de que está fuera de su alcance, pero tras unos segundos empiezan a interesarse. Algunos se acercan y mordisquean los laterales de la red. Hacen movimientos rápidos como si al tocarla notaran el peligro pero, poco a poco, se van confiando. El banco vuelve a juntarse alrededor de la red y los panchos comen los trozos de pescado que se desprenden y quedan suspendidos en el agua. Y cuando un buen número de ellos está sobre la red, la saco de un tirón. He debido coger unos veinte. Con eso me basta. Los meto en el vivero, sacudo la red para limpiarla y embarco con mi captura para colocar el timón en su sitio. Tras soltar las cuatro amarras que me unen al pantalán, pongo el cubo en la cubierta, saco las llaves y enciendo el motor. El estruendo hace que una gaviota que había posada en una barca cercana levante el vuelo hacia el espigón de piedras cubiertas de verdín y cangrejos. El agua salada sale por el tubo de escape al compás de las explosiones del motor. Me siento en popa y pongo marcha atrás para salir del pantalán. Aunque marcha atrás el timón casi no gobierna, me da el giro suficiente para salir cómodamente. Punto muerto. La hélice de bronce deja de moverse por un instante, para impulsarme cuando se lo pida rumbo a mi parte favorita de la apacible ensenada.
I
Navego a ralentí pegado al rompeolas que protege el pantalán. Es una estructura flotante, anclada al fondo por medio de cuatro gruesas cadenas en las que se balancean unas pequeñas algas verdes y marrones, y formada por varios bloques de hormigón contra los que se estrellan las olas en los días de fuerte vendaval. Pero hoy sopla un nordeste flojito que se agradecerá dentro de un rato, cuando el sol empiece a calentar. Rodeo la esquina del rompeolas mientras le echo un vistazo a las enormes hélices de un imponente remolcador que están construyendo en el astillero. Pongo el motor a media marcha y voy pasando entre las lanchas que están fuera del pantalán, amarradas en sus muertos. Ellas me saludan cabeceando a mi paso por culpa de las pequeñas olas que hace el casco de madera al abrirse camino por el agua.
Una vez que he pasado al lado de la última, una motora rápida de fibra blanca con una franja amarilla, empujo la palanca para avanzar algo más rápido, pero no mucho. No quiero romper más de lo necesario el hechizo de las quietas aguas.
No hay ni un solo barco en la ría. Todo está tranquilo. Por encima de mí pasa un cormorán que lleva mi mismo rumbo, hacia el criadero de ostras. Muchas veces me entretengo mirándolos pescar. Flotando al ritmo de las olas y metiendo la cabeza de vez en cuando en el agua, para ver si se mueve algo bajo sus patas. Y cuando encuentran algo que comer, se sumergen, a veces cerca de un minuto, persiguiendo lo que sea que comen. Cerca del criadero siempre hay vida. En marea baja las garzas caminan con sus zancos, buscando moluscos y gusanos, y algún pececillo que pueda haber quedado atrapado por la marea. Pero todavía hay mucha agua para eso. Los cangrejos y las quisquillas se mueven entre las algas y las largas barras de acero, que sujetan al fondo los sacos de malla, albergue de las ostras. Los bancos de pececillos se mueven buscando a los pequeños organismos y nutrientes que abundan en estas aguas. Pero se mantienen juntos y atentos. No son pocos los depredadores que les acechan. Y entre ellos, el más voraz es la lubina, o la robaliza como aquí la llaman.
Pongo el motor en punto muerto. Me estoy acercando al lugar en donde quiero empezar mi deriva. En un día como hoy, con el viento flojo y continuo y la marea bajando no es difícil predecir el camino por el que me va a llevar la corriente. Apago el motor y, mientras el barco va perdiendo inercia, cojo un pez del vivero. Engancho el pececillo en un anzuelo que empaté ayer y lo lanzo levemente. La corriente y su propia natación lo irán alejando. Saco unas cuantas vueltas al plegador de plástico para que tenga hilo y le doy una vuelta al banco. Así si pican y no estoy atento el plegador no saldrá volando. Empiezo a preparar con la misma maniobra otro aparejo, pero cuando me preparo para lanzarlo veo que el primero se está tensando rápido. Lo que se dice llegar y besar el Santo. Me apresuro a coger el nylon y pego un tironcito para que el anzuelo clave bien en la boca de mi captura. No me está ofreciendo demasiada pelea esta robaliza. Quizá no sea robaliza. A lo mejor una aguja, o una boga, espero que no. Casi no había largado hilo antes de que picara así que en menos de diez segundos tengo a bordo una lubinita de unos 30cm. Una preciosidad que, tras soltar el anzuelo, dejo en el agua para verla marchar veloz por debajo del casco.
Al rato vuelvo a tener los dos aparejos en el agua. Me siento en la caja del motor para tener ambos cerca y poder estar rápido si pican. Siempre les dejo un par de metros de nylon dentro del barco, sin largar, para que la robaliza pueda meterse el pez entero en la boca antes de darle el tirón. Echando un vistazo a mi alrededor me doy cuenta de que el vivero sigue a bordo, y no debería. El agua del cubo pronto se calentaría y perdería su oxígeno, lo que daría como resultado un montón de pequeños cadáveres rígidos que, por lo general, no sirven para pescar robaliza. Amarro un cabito al vivero y a un tolete y lo echo por la borda, quedando casi completamente sumergido. Ahora tengo las manos libres y puedo volver a encender mi pipa y relajarme mientras escucho el borboteo de las pequeñas olas creadas por el leve viento al subir y bajar lamiendo el casco de madera.
El sol empieza a calentar y me pide que me quite algo de lana. Asomándome sobre la borda puedo ver el fondo iluminado a través de las aguas cristalinas. Estoy sobre el criadero. El reflejo de los rayos del sol en el agua hace que parezca que mi sombra tiene una aureola. Como esa que les hacen a las figuras de los santos en las iglesias, con todo el oro y la parafernalia. Al fondo se ven las algas balanceándose mientras un banco de pequeños sargos plateados con rayas verticales negras hacen movimientos pequeños y rápidos, como si estuvieran jugando al pilla-pilla entre los filamentos planos y verdes.
II
Ya debo llevar casi una hora sin notar ninguna picada. Estoy tumbado boca arriba sobre la caja del motor, con los ojos cerrados, un brazo colgando y las yemas de mis dedos rozan la cubierta áspera al ritmo de las pequeñas olas y de mi cabeza, que se balancea cada poco tiempo. Con los ojos cerrados el resto de los sentidos se hacen protagonistas. El borboteo del agua, el vivero que toca de vez en cuando con el costado, un batir de alas, un siseo… un momento, me levando dando un respingo y veo que el nylon de uno de los aparejos está saliendo rapidísimo, tanto que me asusto. Nunca lo vi salir así de fuerte. Le saco las vueltas del banco al plegador con el tiempo justo para agarrar el hilo y dar el tirón que espero clave en buen sitio, pero de inmediato tengo que dejar resbalar el hilo por mi mano. Ésta es buena. Tira como si le estuviera echando una carrera al viento y lo único que puedo hacer es mantener la tensión mientras veo saltar con violencia el plegador, que rebota de un lado para otro sobre los paneles al salir hilo y más hilo. Me deben quedar menos de diez metros. Empiezo a pensar en lo que va a pasar si sigue tirando así, debería preparar algo por si se me acaba, no quiero perderla, pero mientras pienso van saliendo los últimos metros. Con la mano que tengo libre cojo un rollo de hilo gordo y lo empalmo lo mejor que puedo con un nudo simple pero seguro. Corto con los dientes la línea que va al plegador. Creo que lo he conseguido por menos de un metro. Ahora ya te puedes ir hasta Irlanda si quieres pez, que tengo hilo de sobra.
Está nadando hacia el canal. Va por abajo, como suele hacer la robaliza. Recuerdo la primera vez que pesqué. Tendría seis o siete años, o quizá cinco, pero todavía retengo las imágenes en la cabeza. Pescábamos embarcados junto a unas rocas entre el puente y la paya de Arnao, con un xorrón, el hermano gordo de la miñoca, que tenía ese olor que sólo puede emanar del xorrón podrido. No recuerdo si lo puse yo en el anzuelo o me lo puso mi padre o alguno de mis tíos. Lo que sí recuerdo es que tenía sujeto el hilo, miraba al mar, y de repente algo empezó a tirar desde el otro lado, desde dentro del agua, desde ese universo desconocido que lo es tanto para el niño como para el hombre. Intenté tirar pero era más fuerte que yo. Desesperado porque no sabía qué hacer me puse a gritar a mi tío, que estaba a mi lado, ¡que tiraba mucho y no podía con ello!
Le pasé el hilo a mi tío, que lo cogió firme, empezó a subirlo y dijo: -Tira para abajo. Esto es lubina.- y sacó una lubina de tres cuartos de kilo que a mi me pareció descomunal. No cabía en mí de emoción.
Una emoción parecida siento en estos momentos. Es la emoción de saber que estoy luchando con una robaliza imponente, mezclada con la angustia de que, en cualquier momento, puede soltarse. Puede fallar el empate del anzuelo, un nudo de unión, el empalme que he hecho deprisa y corriendo, puede romperse una parte rozada del hilo. Incluso el anzuelo puede ir enganchado en una zona débil que falle, pero todo eso ya está fuera de mi control y lo mejor que puedo hacer es intentar sujetarla tan hábilmente como me lo permitan mis manos y mis reflejos.
III
La pelea ha durado ya un buen rato. Rápidas carreras que hacen resbalar el hilo entre mis doloridos dedos dan paso a cambios de dirección que me obligan a recoger nylon tan rápido como puedo. En sus intentos de escapar de la trampa a la que se ha visto unida, la robaliza suele variar bruscamente el ritmo y la dirección de sus envites. Ya son varias las vueltas que ha dado alrededor de la embarcación y he perdido totalmente la noción del tiempo. Aún así estoy empezando a ganar la batalla. Cada vez la tengo más cerca y cada vez noto en sus tirones más cansancio. Está aceptando que no puede competir, que lo que tira al otro lado no va a parar. Sus escapadas son cada vez más cortas y débiles. Esta confianza que empiezo a tener hace que, en un nuevo y fortísimo arranque de rabia de mi acuático adversario, esté a punto de perderlo. Me ha cogido desprevenido y he estado a punto de no soltar hilo todo lo rápido que debía. Pero no es la primera vez que me pasa. Mi subconsciente ya está preparado para estas sorpresas y ha perdido el reflejo de no dejar ir.
La he visto. Ha sido un reflejo fugaz a unos quince metros de la lancha pero la he visto. Su cabeza ha pasado muy cerca de la superficie moviendo el agua. Tiene el lomo de un color negro brillante. Ahora su aleta ha salido del agua por un momento, salpicando hacia el cielo. Está cansada, ya casi la tengo. Al ver la lancha flotando en el agua intenta alejarse de ella pero no le quedan casi fuerzas. Este momento es muy delicado. Tirando del hilo saco su cabeza un poco del agua y rápidamente meto índice y corazón entre sus agallas. Un coletazo ahora puede hacer que se suelte. Con el pulgar cierro el círculo metiéndolo por la boca. Me aprieta los dedos con sus diminutos dientes, que no son punzantes al tacto, más bien forman una superficie áspera. Ahora sí, ya no puede escapar. La levanto en el aire mientras el agua chorrea por su cuerpo perfectamente brillante, mojando el costado y los paneles de la cubierta con pequeñas gotas. Tiene la panza de un color blanco puro que se va plateando hasta el negro de su lomo. La dejo reposar sobre la cubierta, cuidadosamente, como un mercader que ofrece una muestra de su mejor seda. Todavía tiene fuerza para dar algunos coletazos que hacen temblar el panel sobre el que descansa. Es preciosa.
IV
Sí, es preciosa. Y no es lo que esperaba. Ha luchado como un demonio. Me ha hecho pelear una eternidad. Esperaba tener entre mis manos un pez como nunca había visto otro. Pero no es tan grande como esperaba. No es tan perfecto como esperaba. Ahora la veo y siento rabia. Durante el largo rato que he pasado tratando de capturarla he tenido una imagen en la cabeza. Una enorme boca en una enorme cabeza en un enorme pez perfecto, de grandes ojos y aletas redondeadas. Incluso viéndola en el agua a punto de sacarla, esa ha sido la imagen que ha proyectado en mi cerebro. Pero el agua engaña tanto como lo hacen la ambición y el deseo.
Me encuentro escudriñando el agua tranquila, pensado que la gran robaliza debe andar por ahí. Al volver la mirada la decepción se convierte en gratitud. Ahí sigue, descansando sobre el panel. Mueve las agallas levemente y tensa la aleta dorsal amenazadora enseñando sus afiladas puntas. He sacado del agua una robaliza imponente que me ha dado la mejor pelea que he tenido en mis largas horas de pesca. La mejor pelea que he tenido. Lástima. No quiero verla morir. No quiero destriparla. No quiero saborear su delicada carne. Se ha ganado mi respeto y desafiando a lo que me dice mi cabeza, la voy a dejar ir. Vuelvo a agarrarla por la boca y suelto el anzuelo de su interior, no sin esfuerzo. Estaba bien clavado. La sumerjo totalmente y la muevo atrás y adelante para que el agua entre en sus agallas y vuelva a ella la vida. Tarda en reaccionar pero tras un par de minutos empiezo a notar algo de fuerza en su cola. Ya está preparada. Relajo la presión de mis manos y tan pronto como se nota libre hace serpentear su cuerpo deslizándose entre mis manos, no con un movimiento brusco sino con suavidad, como si en la caricia agradeciese el gesto. Su cola bordea los dedos de mi mano derecha y se va. Se aleja lentamente mientras se sumerge más y más en la ría.
V
En un esfuerzo saco mi mente del agua y la devuelvo a la tarea de preparar el aparejo. La sonrisa se va relajando en mi cara, pero la sensación de satisfacción sigue cosquilleando bajo la piel. Una vez dejo listos los aparejos, vuelvo a tumbarme sobre la caja del motor y respiro profundamente. Con mi cabeza colgando del revés al balanceo de las olas, al abrir los ojos veo el mar en el cielo y el cielo en el mar, y en mi mente voy repasando los momentos, las sensaciones, el regusto que deja la adrenalina en el cuerpo. Si lo cuento no me van a creer. Y si alguien lo creyera me llamaría tonto por haber devuelto semejante pieza. Pero esto es algo que quiero que pertenezca a mi memoria íntima. No va a ser la historia del pez que se hace más grande cuantas más veces se cuenta. Esta historia queda entre ella, yo y las aguas tranquilas.
Un estudio sobre la relatividad del punto hecho por Álvaro Carmona
There is a fifth dimension, beyond that which is known to man. It is a dimension as vast as space and as timeless as infinity. It is the middle ground between light and shadow, between science and superstition, and it lies between the pit of man's fears and the summit of his knowledge. This is the dimension of imagination. It is an area which we call the Twilight Zone. —Rod Serling
Ciencia ficción destilada y servida fría en dosis individuales de 20 minutos. Esta serie fue emitida a finales de los 50 y principios de los 60. Altamente recomendable.
La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone)
Discurso de Hemingway al recibir el Nobel:
"Having no facility for speech-making and no command of oratory nor any domination of rhetoric, I wish to thank the administrators of the generosity of Alfred Nobel for this Prize.
No writer who knows the great writers who did not receive the Prize can accept it other than with humility. There is no need to list these writers. Everyone here may make his own list according to his knowledge and his conscience.
It would be impossible for me to ask the Ambassador of my country to read a speech in which a writer said all of the things which are in his heart. Things may not be immediately discernible in what a man writes, and in this sometimes he is fortunate; but eventually they are quite clear and by these and the degree of alchemy that he possesses he will endure or be forgotten.
Writing, at its best, is a lonely life. Organizations for writers palliate the writer’s loneliness but I doubt if they improve his writing. He grows in public stature as he sheds his loneliness and often his work deteriorates. For he does his work alone and if he is a good enough writer he must face eternity, or the lack of it, each day.
For a true writer each book should be a new beginning where he tries again for something that is beyond attainment. He should always try for something that has never been done or that others have tried and failed. Then sometimes, with great luck, he will succeed.
How simple the writing of literature would be if it were only necessary to write in another way what has been well written. It is because we have had such great writers in the past that a writer is driven far out past where he can go, out to where no one can help him.
I have spoken too long for a writer. A writer should write what he has to say and not speak it. Again I thank you."
Sigue gris y lluvioso
y echo de menos agradecer el viento,
nadar desnudo y las curvas al sol,
echo de menos los tojos
rascándome los tobillos,
las rías y los festivales,
las cervezas en bañador
a las 11 pero aún de día,
el sexo en la playa,
las lagartijas,
te echo de menos verano.
OLD OLD SCHOOL Dan Levin / 2013 26”h x 22”w x 5.5”d misc. objects http://danlevinsobjects.tumblr.com
Improv!
Animación stop motion de 1990
¿Qué es el vértigo? ¿El miedo a la caída? ¿Pero por qué también nos da vértigo en un mirador provisto de una valla segura? El vértigo es algo diferente del miedo a la caída. El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados.
Milan Kundera
via creatingmonstersformyfriends
Voces de mi libreta
Yacht Racing Images Of The Year
“People who deny the existence of dragons are often eaten by dragons. From within.”
-Ursula K. LeGuin
Via Incidental Comics
En 8 bits
BASIC module:
Three witches watch three Swatch watches. Which witch watches which Swatch watch?
.
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ADVANCED module:
Three switched witches watch three Swatch watches switches. Which switched witch watches which Swatch watch switches?
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MASTERS module:
Three Swedish switched witches watch three Swiss Swatch watches switches. Which Swedish switched witch watches which Swiss Swatch watch switches?
1, 2, 3 and ska!