“¿Will estas bien?” Dije a mi hermano mayor mientras lo veía entrar. Algo en él se veía diferente, primero decidido quedarse hasta tarde en la oficina en lugar de regresar juntos como solemos hacer, y ahora llega muy tarde y podría ver algo fuera de lugar en él. Se notaba en su mirada, misma en la que normalmente sus ojos verdes destellan un brillo alegre, pero ahora se veían diferente con algo que parecía ser un hambre en ellos. Era algo muy raro en él.
“¡Oh! Dani, no esperaba que aun estuvieras despierto.” Dijo con mucho nerviosismo mientras llevaba su mochila hacia el frente, cubriendo su entrepierna. Definitivamente su comportamiento era muy extraño.
“¿Seguro que te encuentras bien? Sabes que puedes decirme lo que sea.” Le pregunte mientras me acercaba y le quitaba la mochila del cuerpo. Y entonces lo vi, tenia una muy notable erección en sus pantalones. Desde que éramos niños no había visto su pene, pues solíamos bañarnos juntos, y ahora lo tenía aquí frente a mi “el fruto prohibido”. Bueno en realidad no era tan prohibido, pero seguía estando fuera de los límites.
La realidad era que no somos hermanos, pero desde pequeños nos habían criado así. Ambos crecimos juntos en un orfanato donde inculcan el tratarnos como familia entre todos. El único problema es que William realmente se creyó la historia. Tal vez el hecho de que ambos llegamos prácticamente juntos al orfanato ayudo a que él siguiera creyendo esa mentira todos estos años. Una diferencia de unas horas, y solo por eso el es el hermano mayor.
Y durante años también había creído en nuestra hermandad, pero con los años comencé a dudar de ello. Finalmente, los encargados nos dijeron la verdad, por mi parte me pareció algo real, pero Will fue una historia diferente. Sin importar las pruebas que nos presentaron, se negó a creer que no éramos hermanos.
Durante años me parecía ridículo que por unas horas y, a pesar de las evidencias, él se autoproclamara mi hermano mayor. Pero el se tomo ese papel muy en serio y se la pasaba actuando protector conmigo, a pesar de que tenemos la misma edad. No fue hasta la adolescencia que aprendí a valorar sus cuidados, cuando salí del closet y el evito que otros chicos se metieran conmigo. Me dijo que yo era su única familia y que siempre me cuidaría sin importar quien fuera yo. En ese momento decidí que, aunque no fuéramos hermanos reales, él se había convertido en mi familia.
Pero el hecho de que supiera que no estábamos relacionados realmente, hizo muy difícil resistirme a su florecimiento un tiempo después. El prácticamente se había ganado la lotería genética. Su cabello largo y ondulado como el de un surfista, pero de un color castaño cobrizo, y un tono de piel blanco con un leve tono rosáceo. Un rostro prácticamente perfecto sin ninguna marca. Además de ser mas alto que yo, midiendo 1.82 m. y con una facilidad para formar músculo impresionante, había tenido que estar solo unos pocos meses en el gimnasio para tener una complexión y volúmenes que muchos envidiaban en él. Y siendo mi hermano heterosexual él era la típica fantasía del “fruto prohibido”.
Eso sin contar que, de no ser “hermanos”, no tendría sentido que alguien como yo estuviera con alguien como él. Soy alguien mucho menos impresionante estando a su lado, 1.70 m. de alto, cabello lacio y castaño oscuro, de hecho, suelo mantenerlo corto y lo peino arriba con puntas para darle algo de volumen, ojos cafés y piel unos cuantos tonos mas morena que la suya. Si a eso le sumas que no tengo su facilidad para construir musculo, tengo más una complexión delgada y definida, era obvio que ambos estábamos en ligas muy distintas. Pero a él nada de eso le importaba, el solo necesitaba su familia con él.
Así que siempre evito las adopciones en las que pudieran separarnos y terminamos saliendo del orfanato por cumplir la mayoría de edad y con solo estudios básicos, sin el apoyo no había manera de ir a la universidad. Terminamos consiguiendo trabajos de oficina, yo termine con asistente administrativo del área contable y el cómo consultor de Marketing, lo cual no me sorprendió con su magnética personalidad y sus ideas innovadoras. Juntos logramos mantenernos y rentamos un departamento modesto pero cómodo en un edificio cerca de la oficina. Y nuestra vida era normal, siempre juntos. Y justo hoy las cosas se volvieron un poco extrañas.
“¡Wow! Creo que tienes un “asunto” que requiere atención ahí. No sabia que tenias ese tipo de necesidades tan descuidadas.” Dije en un tono un poco burlón, mientras el claramente no podía ver lo gracioso en todo esto. Después de indagar un poco me dijo que desde la tarde había tenido esta “situación” y que sin importar el tiempo que esperara, no perdía vigor.
También me comento que esta situación ocurrió después de que uno de sus compañeros le mando un video y le pidió verlo. Pensé en lo extraño y supuse que era algún tipo de porno que termino dejándolo muy excitado. Le pedí verlo y cuando lo vimos solo vi una pantalla blanca sin mucho chiste, por lo que perdió mi atención. Pero al poco tiempo pude notar que el estaba muy concentrado en el video.
“¿Will? ¿Puedes oírme?” dije mientras intentaba captar su atención moviendo mi mano frente a su cara. El me contesto con una voz muy vacía que sí y entonces lo entendí. Ese compañero había hipnotizado a mi hermano. Después de una breve investigación en mi teléfono, descubrí que en este estado podía averiguar cosas que conscientemente Will no sabría.
Le pedí que me explicara que había ocurrido después de ver el video. Aparentemente su compañero, Miguel, le había mostrado el video para ponerlo en trance. Lo había condicionado a que siempre que reprodujera el video se concentrara en él, de manera que pudiera volver a este estado de trance más rápidamente. Después había jugado con él con las típicas bromas de hipnotistas (convertirlo en gallina, en un perro, hacerle incapaz de recordar su nombre o levantar un objeto cotidiano como una pluma). Finalmente había decidido subir de tono la broma y hacer que su pene se pusiera duro y entre mas tiempo pasara mas excitado se sentiría, y que solamente saldría de este estado hasta que se masturbara y tuviera un orgasmo.
Al parecer quería disfrutar de su vergüenza en la oficina, pero no contaba con la paciencia de Will. El espero pacientemente escondiendo su situación en la oficina hasta que todos se fueran para que nadie notara su erección. Y por la sorpresa que tenia cuando me vio despierto, supongo que esperaba que estuviera dormido y poder ceder al deseo que tenia de tocarse a si mismo.
Después de otro poco de investigación, encontré material suficiente para formar un plan para ayudar a mi hermano, y obtener un poco de acción yo mismo.
“Will, escucha con atención. Cuando truene los dedos olvidaras que me viste cuando llegaste. Vas a ignorar mi presencia sin importar que físicamente puedas verme o sentirme, pensaras que estoy profundamente dormido y que sin importar el ruido que hagas no me despertaras. Y sabes que deberás aprovechar este momento para ceder al placer erótico de masturbarte. Solo importara en este momento el satisfacer esa necesidad. Cuando finalmente te vengas, volverás a entrar en este estado de trance en espera de nuevas instrucciones.” Lo hice repetir las ordenes que le había dado un par de veces y finalmente troné los dedos.
“Perfecto, Dani está dormido.” Dijo aliviadamente mientras comenzaba a tocar su entrepierna a través de la ropa. “¡Diablos! No me había sentido así de cachondo en mucho tiempo. Creo que debería de aceptar la cita de Erica de RH, con esas piernas seguro que podría divertirme un buen rato.”
Escucharlo hablar así era algo completamente nuevo para mí. Sabía que, con el físico de mi hermano, tener compañía femenina nunca había sido un problema para él, pero por alguna razón nunca le había conocido una novia formal. Supongo que siempre se había empeñado tanto en ser tan buen hermano y un ejemplo para mi que nunca se había dado una oportunidad con nadie. Pero obviamente sabia que mi hermano hace mucho tiempo había dejado la castidad, sin importar lo mucho que se esforzara por ocultar esa faceta.
Comenzó a desabrocharse la camisa y pude ver esos grandes pectorales seguidos por ese lavadero de en sueño, todo sin un vello a la vista. Sabía que Will se depilaba para que se vieran mejor sus músculos. Y ahora a la luz tenue de la habitación se veían sumamente invitantes. Me acerque y tome su pectoral izquierdo, podía sentir su latido cada vez más acelerado conforme seguía tocándose sobre el pantalón con una mano y la otra intentaba soltar ese infame botón en su pantalón.
Me puse detrás de él, mientras mi propia erección se colocaba justo en su delicioso trasero, y comencé a tocar ambos pectorales y jugar con sus pezones. Sentí como por un minuto pareció dudar ante la extraña estimulación de sus pezones, pero pareció no importarle y dejarse llevar por el momento. Finalmente, el botón cedió y sus pantalones cayeron al piso. Tomo su erecto pene, era la primera vez que lo veía en muchos años y definitivamente la primera vez que lo veía erecto. Fácilmente su pene podía medir entre 15 y 16 cm y tenia un grosor sorprendente. Era todo lo que había soñado y más. Tenía que tenerlo en mi boca o ano. Necesitaba que me destrozara con él, pero en este momento eso no sería posible.
Yo seguí jugando con sus pezones mientras dejaba que mi pene erecto se mantuviera entre sus nalgas. Después de su pecho, palpe su abdomen, sus brazos y su cuello. De hecho, este último y sus orejas recibieron una particular atención de mi boca que no paraba de besar y lamer su cuello o mordisquear sus orejas. Era una fantasía hecha realidad. El por su parte gemía de placer ante tanta excitación, continuaba diciendo lo sexy que era Erica y todas las cosas que le haría si estuviera aquí.
Finalmente, y como si hubiéramos estado sincronizados, ambos nos corrimos juntos. Yo termine con una gran mancha en mis pantalones, y su semen termino regado por el piso de la sala. Justo después de eso ambos jadeábamos, pero al poco tiempo el termino calmado y nuevamente en estado de trance. Yo por mi parte necesitaba un poco de tiempo, así que me dedique a limpiar su semen del piso y vestirlo antes de continuar con la siguiente fase.
“Will de ahora en adelante, a menos que sea yo quien te muestre el video, evitaras ver este video. Si por alguna razón alguien consigue volver a ponerte en este estado de trance, tu permitirás hacerle creer que tiene total control sobre ti, siempre que no te obligue a hacer algo que tu no quieras hacer o intente cambiar algo sobre ti. La única manera en que tu permitirás eso, es si te dicen tu frase de seguridad que es ‘mi querido hermano mayor’. Solo si escuchas esta frase entraras en un verdadero estado de trance donde le darás el control a la persona que diga la frase.” Le dije después de terminar de ordenar las cosas en el departamento.
Había encontrado que la mejor manera de evitar problemas con la hipnosis era con frases de seguridad para evitar perder el control. Ahora nadie se metería con la mente de mi hermano, era mi turno de protegerlo. Finalmente le ordene olvidar todo lo que había pasado e ir a dormir a su cuarto. Después de cambiarme yo hice lo mismo, definitivamente esta fue una noche que será difícil de olvidar, al menos para mí.
De esta historia de hipnosis e incesto siempre me pareció muy ingenioso el uso abstracto del concepto de libro para la creación de nuevas identidades dentro de la psique. Muy recomendable obra.
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Era una tarde tranquila en Palo y Astilla, la tienda de bricolaje de Aitor. A penas había entrado un par de cliente en todo el día. Llevaba siendo así desde hacía ya tiempo. Si primero tuvieron la competencia de las grandes superficies, ahora se le sumaban las compras por internet. Por mucho que le apasionase la carpintería, el trabajo duro, y las herramientas pesadas, su sueño de tener su propia tienda se iba a ir al garete si todo continuaba así.
¡CLING!
Aitor levantó la cabeza en dirección a la puerta, asombrado de oír la campana que anunciaba la entrada de un nuevo cliente.
Con una sonrisa de oreja a oreja, no perdió ni un momento en darle un saludo cordial.
“¡Buenas tardes! Bienvenido a Palo y Astilla, ¿puedo ayudarte en algo?”
El extraño le devolvió el saludo y le respondió secamente que por ahora solo quería mirar, y que si le necesitaba ya le avisaría.
Aitor respetó su decisión y volvió al mostrador a hacer ver que estaba ocupado. En realidad no tenía mucho que hacer: lo pasillos estaban limpios, los estantes ordenados, y los producto inventariados.
Se dedicó, pues, a observar a su posible cliente.
El chico parecía joven, no debía de tener más de 25 años. Era enjuto, un poco desgarbado y, aunque sabía mal decirlo, daba la impresión que su cabello oscuro no había tocado el jabón en mucho tiempo. Desde luego, no se trataba del típico cliente de una tienda de bricolaje, pero a Aitor le daba igual mientras que su dinero mantuviera la tienda a flote.
Se le veía una poco perdido, mirando aquí y allá sin un objetivo fijo, así que Aitor se decidió finalmente a acercarse y echarle una mano.
“¿Disculpa, pero necesitas que te ayude en algo? Si me explicas un poco cuál es tu proyecto quizás te puedo orientar”.
El chico lo miró confundido. Por un momento, repasó de arriba a bajo al vendedor como si evaluase su capacidad para ayudarle. Aitor pensó en lo rara que podía ser la gente, y en tener paciencia pues lo último que necesitaba era espantar a uno de los pocos que se había atrevido a entrar.
“Sí, puede que me puedas ayudar”.
“¡Perfecto! Dime, cuál es tu proyecto”.
“Pues, verás, en realidad no es mi proyecto, es de mi padre.”
“Ya entiendo”
“Le gusta mucho el bricolaje y estoy buscando un regalo para él”
“Pues estás en el sitio correcto. ¿Y tienes idea de qué herramientas necesita? También le podrías comprar algo de material, que siempre va bien”.
“A ver…” El chico de pelo grasiento miró alrededor de la tienda de nuevo hasta posar sus ojos en una etantería cercana. “¿Qué eso?”
“¿Esto de aquí arriba?”
“Sí, eso. Parece interesante.”
“Sí que lo es. Es una amoladora eléctrica. Sirve para lijar, pulir y cortar materiales como la piedra, la cerámica, el metal, o la madera”.
“Suena bien. Podría gustarle. ¿Podrías bajármelo para que le pueda echar un vistazo más de cerca?”
“¡Claro, ahora mismo!”
Aitor caminó hasta el mostrador y regresó con un taburete de tres peldaños que colocó delante de la estantería. Si conseguía esa venta, se embolsaría nada más y nada menos que unos 200$.
Subió los tres peldaños, alzó los brazo para agarrar la caja, cuando de repente
¡ZAP!
Notó un chispazo por su espalda.
“¡Au! ¿Qué ha sido eso?”
El vendedor se giró bruscamente, pero su cliente ni si quiera estaba cerca. A unos tres metros de distancia consultaba su móvil, tecleando en la pantalla, seguramente chateando con alguien, distraídamente.
Aitor pensó que debía de haber sido un tirón.Su cuerpo no era el mismo desde que se empezó a acercar peligrosamente a la cuarentena. Agarró por fin la caja y bajó del taburete para acercarse al mostrador.
“Aquí la tenemos, una Hitachi de 230mm. Perfecta para cualquier iniciado en el bricolaje”
“Vaya, se ve muy bien. Pero no acabo de estar convencido.” El chico a penas le había echado un vistazo. Seguía concentrado en la pantalla de su dispositivo móvil, pulsando la pantalla a la velocidad de la luz. “Quizás… Quizás me acabaría de convencer con una demostración.” Acabó de golpear la pantalla y por fin levantó la cabeza “¡Sí! Una demostración podría funcionar. De hecho, a título personal, creo que una demostración sería lo mejor ahora mismo”
No era muy normal, hacer demostraciones, pero Aitor tampoco tenía mucho que hacer, la tienda estaba vacía y parecía que iba a seguir así durante un rato. Pensó un momento en cómo lo podría hacer.
“De acuerdo, ¡ningún problema! En el almacén tengo alguna maderas que nos podrían ir bien. Acompáñame”
El chico solo asintió y los dos caminaron hacia la pequeña sala contigua, que normalmente se usaba para guardar materiales y cajas de stock.
“A ver, una amoladora puede lijar, pulir, y cortar madera, piedra… Te enseño cómo funciona un poco y así podrás explicárselo después a tu padre y quedar como un experto” dijo el vendedor, con un pequeño guiño de complicidad. El chico seguía con el móvil, lo cual comenzaba a mosquear a Aitor.
Dada la falta de respuesta, decidió entonces ponerse manos a la obra. Recogió un par de tablones de madera y los colocó en una mesa de trabajo. Sacó una amoladora que tenía guardada. No era el mismo modelo pero seguramente bastaría.
“Perdona” dijo el muchacho levantando de nuevo la cabeza de la pantalla “¿te importa si grabo la demostración?”
“¿Para?” Por la expresión de su cara, era claro que la idea no le entusiasmaba ni una pizca.
“Creo que, a título personal, me sería muy útil para decidirme”
“¡Claro! Cómo no. Graba todo lo que quieras.” dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
El muchacho alzó su móvil en dirección al vendedor, el objetivo de la cámara apuntando amenazador. No le gustaba ser grabado, y no entendía cómo podía ayudarle a decidirse, pero si era por la venta, tendría que ceder. Y tan solo era una cámara. Qué daño podía hacerle.
“Primero conectamos la amoladora a la corriente. Las hay sin cables, pero su autonomía suele ser bastante corta, y para el uso que se le da, no es necesario tampoco.” El muchacho no perdía detalle, siguiendo todos los movimientos del locutor con el objetivo.
“Entonces, una vez conectada, debemos acercarla al material que queramos lijar, en este caso un tablón de madera”
“Perdona, una pregunta” dijo el chico “esa ropa que llevas, no es algo peligrosa para lijar?”
“¿Cómo?” Aitor no acababa de entender la pregunta. ¿Qué tenía que ver su ropa con nada? Y aunque tuviera algún riesgo llevar según que ropa, la que llevaba puesta era precisamente de trabajo.
“Vamos, no sé mucho de bricolaje, pero a título personal, diría que lo polos y las camisetas tienen un gran riesgo de prender fuego cuando se usa maquinaria eléctrica, ¿no te parece?”
Aitor dudó un segundo. Miró de nuevo su polo amarillo y negro, ceñido a su cuerpo, de algodón, preparado para el trabajo de a diario. ¿Cómo se le podía haber pasado por alto algo tan evidente? Suspiró aliviado de que le hubiesen parado antes de comenzar.
“¡Gracias chico! De no ser por ti, esta demostración hubiese podido acabar muy mal.”
El chico se limitó a asentir sin dejar de grabar en ningún momento.
Aitor dejó la máquina en el suelo, agarró los costados inferiores de su polo con los brazos cruzados, y de un tirón rápido sacó la pieza de ropa por encima de su cabeza.
Haciendo una pequeña pelota y lanzándola hacia una esquina del almacén exclamó “¡Mucho mejor! Ahora, sigamos con la demostración”
Su cuerpo era fuerte y robusto como el de un leñador. Centenares de miles de constelaciones de pecas se repartían sobre su piel pálida. Sobre sus fuertes pectorales, un ligero manto de cabellos del mismo color cobrizo que el cabello de su cabeza y los pelos de su barba.
“Por dónde iba…” dijo recogiendo la máquina de nuevo, flexionando incosncientemente los músculos de su brazo y de su pecho. La cámara del muchacho no perdía detalle. Cada movimiento resaltaba una parte nueva de su cuerpo. Su cintura. Sus hombros. Su espalda. Su cuello. Todo su tronco se flexionaba y se destensaba con cada vaivén de la máquina pulidora.
“Y así es como se lija con una amoladora. ¿Lo tienes, chico?”
El muchacho apartó su mirada de la pantalla por un instante, pensativo.
“Creo que sí. Pero... Perdona pero hay algo que no me acaba de encajar en el plano. Algo no funciona bien… ¿Qué puede ser?”
“¿En el plano?” pensó Aitor, ¿qué se pensaba que estaba haciendo este chaval, una peli?
“¡Ya sé!” exclamó de repente “esos pantalones están totalmente fuera de lugar. No pegan para nada con la demostración, ¿verdad? Sí, es eso. Esos pantalones sobran”
Aitor se quedó mudo un momento, asombrado por lo absurdo del razonamiento.
“Chico, me estás tomando el pelo, ¿verdad? Si piensas que voy a quedarme sin pantalones mientras me grabas con el móvil…”
“A título personal, creo que es esencial que te quites tus molestos pantalones, tus zapatillas y tus calcetines… Y que te exhibas para mi cámara. Es más, a título personal, creo que hacerlo te hará sentir muy cómodo y relajado”
La cara del vendedor cambió gradualmente de indignación a estupefacción, y de ahí a pura paz y calma a medida que sus manos se fueron deshaciendo de sus pantalones.
Agachado, desabrochó sus zapatillas de trabajo y se las quitó de cada pie mostrando unos calcetines que en algún momento debieron de ser blancos. Éstos se fueron con las zapatillas en cuestión de un par de minutos. Con un poco de equilibrio y algún que otro salto, sus piernas acabaron liberándose de su jaula de tela negra, mostrándose al mundo, fuertes y anchas, cubiertas de una capa semi-uniforme de vello cobrizo. Aitor puso las manos en jarras, vestido solo con uno briefs negros de una famosa marca.
“¿Qué tal queda así el plano?” dijo con un tono totalmente relajado, girando su cuerpo para que el muchacho pudiera capturarlo.
“Perfecto. Podemos continuar. ¿Hay algo más que haga esa… esa máquina?”.
“La amoladora. Sí, también pueden pulir. Deja que te enseñe cómo. ¿Quieres grabarme mientras recojo los materiales? Es piedra, así que será un poco pesado y tendré que usar mis músculos.” y a las últimas palabras añadió un par de flexiones de sus bíceps y sus pectorales. Con solo ropa interior, recordaba un poco a un culturista.
“Sí, sí, adelante”.
Apartó la tabla de madera con las dos manos como si nada. Dobló su cuerpo de manera innecesaria a la hora de dejarla en el suelo, consiguiendo así una oportunidad para exhibir su perfecto culo a cámara. Luego caminó hacia donde almacenaban las piezas de mármol, paró un momento para girarse y lanzarle un guiño seductor y masculino a la cámara, y justo después usó sus dos fuertes brazos para hacerse con la pieza. Todo su cuerpo se tensó para soportar el peso. La cámara no perdió detalle del crecimiento de su pecho, la tensión de sus abdominales, el abultamiento de sus brazos, los valles y montañas de su espalda… Un perfecto macho haciendo el trabajo de un macho.
Finalmente, colocó la pieza de mármol en la mesa y devolvió la mirada a cámara.
“Para pulir con una amoladora…”
“Espera, espera, espera. ¿Vas a pulir así vestido?”
“¿Así… Vestido?” dijo mirando la única pieza de ropa que podía hacer que alguien pudiese seguir considerando que estaba vestido.
“¡Sí! ¿De verdad que eres profesional del bricolaje? Empiezo a tener mis dudas”
A Aitor no le sentó nada bien ese comentario. ¿Quién se creía ese chaval para dudar de sus capacidades?
”¡Pulir mancha muchísimo! No querrás manchar esos calzoncillos de marca, ¿verdad? Seguro que te habrán costado una pequeña fortuna”
Los calzoncillos eran caros. Sí. Y quizás unos se podía manchar un poco puliendo. Sí. ¿Pero qué pretendía? ¿Que se quedase desnudo?
”A título personal…”
“No, espera…”
“… Creo que deberías de quitarte esos calzoncillos y hacer la demostración sin ellos”
“Te digo que…” la expresión de su cara volvió a dar un vuelco en cuanto su mente acabó de procesar la nueva información. “¡...te digo que tienes toda la razón! Mi esposa no me lo hubiera perdonado nunca si hubiese manchado estos calzoncillos tan caros.”
Y sin perder un momento, deslizó sus manos a lado y lado de la cinta elástica de sus briefs, y de un empujón dejó en libertad sus partes íntimas.
La cámara no perdió detalle del largo miembro que colgaba entre las piernas de Aitor. Aun flácido debía de medir unos 13 centímetros, aunque lo que llamaba la atención era el grosor, mucho más gordo que un salami.
“¿Me los guardas mientras hacemos el vídeo, por favor?” dijo, extendiendo los briefs. “No querría que se estropeasen”. El chaval asintió, sin perder el foco en el cuerpo desnudo del vendedor, y se los colocó en uno de los bolsillos.
El experto en bricolaje volvió a su sitio y, después de manipular sus testículos y su pene para que estuvieran en óptimas condiciones para la grabación, recogió de nuevo la amoladora.
“Ahora, otra función de la amoladora” dijo a cámara, flexionando discretamente sus músculos de manera innecesaria. Se estaba tomando en serio el exhibirse delante de la lente.
“Espera, espera, espera.”
“Pero bueno, ¿Y ahora qué?” dijo Aitor, enfadado por todas las interrupciones. ¿Acabarían ese vídeo de una vez?
“A título personal creo que este vídeo te está poniendo muy caliente”
“¿Cómo?”
“No solo caliente sino cachondo. Tu pene va a ir poniéndose más duro y más firme cuanto más te filme. De hecho, a título personal te excita de sobremanera que un desconocido te esté grabando desnudo. Te irás excitando tanto, y tanto, que al final no podrás aguantarlo más y tendrás que ponerle remedio.”
La cara de Aitor se quedó pálida por un momento. Mucha información a procesar en un solo instante. Muchas barreras que romper en su cerebro. Pero la vía ya había sido iniciada, y el vendedor de maquinaria ya había perdido la batalla en el momento que ese muchacho entró por la puerta.
“Sigamos.” y con una sonrisa seductora, Aitor continuó su demostración.
“Para pulir correctamente una pieza de mármol…” su pene comenzando a elevarse lentamente.
“…se debe comenzar por uno de los extremos…” sus testículos empezando a endurecerse.
“…y continuar deslizando…” cada vez más grande, cada vez más largo.
“…de esta manera, podemos asegurarnos que…” sus pezones, del tamaño de una moneda, poniéndose duros.
“…cubrimos toda la superficie…”. Cerró los ojos y dio un suspiro.
“¿Estás bien?”
Aitor se tomó unos segundos para responder. Su pene peligrosamente erecto, su respiración intensa, y su mano acercándose sigilosamente a la zona de su entrepierna.
Abrió los ojos lentamente y respondió mirando a cámara.
“Sí… Me cuesta… Un poco concentrarme… Perdona”
Sus mejillas sonrojadas hacían juego con el palpitante glande entre sus piernas. Era cuestión de minutos.
“Si uno… Ah… Si uno quisiera montar una polla, digo, un poyete …”
Su mano agarró por fin su gran herramienta de hombre.
“…la posición correcta de…”
Y empezó a masajearla.
“…cuando está…”
Deslizando arriba y a bajo la piel de su escroto.
“¡Oh, joder, qué demonios! ¡No aguanto más!”
Aitor lanzó la pesada máquina a un lado sin importarle que se dañara y agarró violentamente sus testículos, emitiendo un gemido adusto.
El chico continuó grabando con la cámara de su móvil, capturando la tensión en los músculos del vendedor de productos de bricolaje, la expresión de placer en su cara, y el temblor en su cuerpo mientras sus manos sacudían su pene.
“¡Ah! ¡Sí! ¡Ah!”
Gritaba Aitor, totalmente perdido en su lujuria.
“A título personal creo que sentirás cinco veces más placer si te pellizcas los pezones mientras te la machacas para la cámara.”
Ni un segundo tardó la mano izquierda del vendedor en alcanzar su pezón derecho.
“¡AAAhhh! ¡Jodeeeer!“ Gritó Aitor mientras sus dedos hacían pinza en sus tersos pezones rojizos.
“Además, a título personal, creo que no conseguirás correrte a no ser que estampes tu polla y tus pelotas sobre la superficie del mármol que acabas de pulir”
Fue un pequeño instante, pero la cara de deseo del pelirrojo se vio interrumpida por un ápice de extrañeza. Luego vino la aceptación conveniente. ¡Se quería correr! ¡Quería acabar! ¡Se sentía tan bien mahacándosela delante de la cámara de un cliente! ¡No podía aguantar más! ¡Tenía que poner su polla encima del mármol, frotarla sobre la superficie suave y lisa del mármol!
Se colocó ágilmente en uno de los extremos de la tabla, agarró cada lado con cada mano, y colocó largo pene encima de la piedra pulida. Apretó, apretó, y apretó, deslizando adelante y atrás su pene, sintiendo el contraste frío de la roca contra su carne.
“¡Oh! ¡Sí! ¡Oh Síiii! ¡Ya viene! ¡¡Ya viene!!”
El cámara improvisado se puso en el extremo opuesto de la tabla de mármol. Con el foco acercó el encuadre a la cara de Aitor. Su frente sudada, sus ojos cerrados y concentrados, sus labios prietos resoplando aire a toda velocidad.
Luego descendió el encuadre a los grandes y peludos pectorales del experto en bricolaje. La respiración profunda y desesperada los hacía crecer y decrecer a un ritmo acelerado. Sus pezones tiesos de la excitación, especialmente el que había sido martirizado a base de pellizcos.
Descendió más y más, pasando por el vientre plano, ahora encorvado hacia a dentro, llegando a la entrepierna. Un arbusto de cabello rojizo indomable coronaba una boa sonrosada que se deslizaba adelante y atrás tan rápido que a penas se podía distinguir el movimiento. No entraba en el plano, pero las pelotas del vendedor golpeaban con fuerza contra el borde de la tabla.
“¡¡Me voy a…!!”
No acabó la frase. Chorro tras chorro de semen voló por los aires, lloviendo encima de la roca pulida no hace tanto por una amoladora de 200$.
La cámara no perdió detalle.
El vendedor de maquinaria, el experto en bricolaje, se encontraba en su almacén de stock, completamente desnudo delante de uno de sus clientes. Su cuerpo se agitaba sudoroso, palpitando al ritmo de sus pulsaciones, su pene erecto goteando semen directamente encima del mármol. Su cara encendida como la candela, sus largas pestañas cobrizas cerrando sus ojos, y su boca entreabierta intentando hacerse con el máximo posible de aire. Estaba exhausto y confundido, y todo le parecía un sueño extraño.
“Perfecto. Muy buen trabajo.”
“¡Ah…! Gracias…” Dijo el hombre entre jadeos. Cuesta recuperarse de un esfuerzo tan grande, especialmente cuando todas tus hormonas te están diciendo que te eches una cabezadita antes de seguir. ·Así… Así pues…” intentó seguir “¿Estarías… Ah… Estarías interesado en… Comprarla…?”
El normalmente indiferente cámara, que también era potencialmente cliente, sonrió. Su sonrisa parecía lo más sincero que se le había podido ver desde que había cruzado la puerta de la tienda.
“A título personal, creo que te has ganado a pulso que te compre esa máquina.” Dijo, y Aitor se unió a la sonrisa, la suya claramente teñida de agotamiento físico.
El muchacho dejó de filmar. El vendedor ya no tenía motivos para exhibirse.
El hombre soltó por fin la tabla y salió a coger una amoladora nueva del modelo que habían hablado, las manchas de semen fresco resbalando por su cuerpo y comenzándose a secar.
Caminó hasta el mostrador como Dios lo trajo al mundo, sin importarle que pudiera entrar un cliente o verle alguien desde la calle.
“Serán 200$”
“Perfecto” dijo el muchacho, sacando un fajo de dinero de uno de sus bolsillos. “A título personal” añadió “creo que en cuanto haya salido por la puerta, volverás a la sala, recuperarás tu ropa, te vestirás, y olvidarás por completo todo lo que ha pasado desde que me viste por primera vez. Eso sí, tendrás la vaga sensación de haber hecho una gran venta esta tarde y eso te hará muy feliz”
Aitor simplemente asintió mientras contaba los billetes y los colocaba en la caja registradora.
“Perfecto. ¿Querrías algo más?”
“Eso es todo. Muchas gracias.”
“Gracias a ti”
El muchacho cogió la caja y caminó por el pasillo principal hasta llegar a la puerta. Antes de salir, se giró para echar un último vistazo. Aitor iba a tener mucho éxito entre los clientes de la página porno de su padre. ¡Su padre! Qué contento se iba a poner, tanto con la máquina nueva como con el dinero que iba a ganar con los vídeos que había gravado. ¡El mejor cumpleaños en mucho!
Y en cuanto salió por la puerta, Aitor fue automáticamente a la sala. Buscó, encontró y se colocó su ropa, aun con los restos de semen encima. Finalmente volvió a la caja registradora, feliz sin saber muy bien por qué, pero deseando poder cerrar.
No fue hasta que días después viniera un señor mayor a comprarle tablas de mármol que no descubrió unas manchas muy sospechosas en una de sus de ellas.
- Yoel, estás listo. Volvamos al camino.
- Sí Monseñor.
Los tres nos dirigimos hacia el porche del edificio. Se trataba de una finca medio medio abandonada. El dueño era un antiguo cliente mío así que pude conseguir precio y discreción en el mismo paquete. Saqué las llaves y abrí la puerta. Yoel podría haber sentido que era extraño que el edificio no se pareciera en absoluto a una iglesia, y que fuera yo y no el clérigo el que estuviera en posesión de las llaves, ¿pero acaso sería capaz de cuestionar una alta autoridad eclesiástica? No lo creo. Su fe en estos momentos era tal que incluso de haberle llevado a un burdel nos habría creído si le hubiésemos explicado que se trataba de un convento de monjas.
En el interior, una mesa de mármol blanco, unas velas por encender, y un discreto crucifijo. Con una cerilla encendí el candelabro, y con éste el resto de velas. Cuando acabé, la iluminación confería a la sala un aire entre misterioso y lúgubre.
- Monseñor, les dejo que prosigan con la ceremonia en plena intimidad.
- Muchas gracias, Delta. Estamos en contacto. Yoel, acércate hijo mío...
Sí, les iba a dejar solos. No, no iba a respetar su intimidad. Llamadle seguridad llamadle voyeurismo, pero tengo la grata costumbre de camuflar cámaras en las salas de mis clientes. Quién sabe lo que podía pasar. Tengo que garantizar la integridad física tanto de mis clientes como de mis empleados. Además, las cintas me proporcionan entretenimiento y un apoyo en el caso que algún cliente me quisiera delatar o hacer chantaje. Estoy seguro que lo entendéis.
Me dirigí, pues, hacia otra de las salas. Desde mi celular podía ver y oír todo lo que sucedía dentro.
- Hijo mío, antes has confesado un terrible pecado de lujuria y soberbia. Por suerte, mi mano sagrada ha podido liberarte de la simiente maligna que imperaba en ti.
- Gracias, Monseñor. Siento un gran alivio en mi interior y es todo gracias a usted.
- Pero este solo es un paso en el camino hacia la comunión con Nuestro Señor. Para poder llegar a ser uno con Dios, tendrás que pasar aún otra prueba.
- Sí, Mondeñor.
El muchacho escuchaba las palabras del sacerdote con el rictus serio y atento, con una mirada solemne, y como si su vida dependiera de ello. Cuando hubo explicado la ceremonia, el clérigo se dispuso a recoger los elementos necesarios. Mientras, y siguiendo las instrucciones, Yoel se arrodilló delante del altar, juntó las manos y comenzó a rezar ante el altar y el crucifijo. No podía oír bien lo que decía, pues sonaba más a murmullo que a palabra, pero por la expresión de su cara estoy convencido que imploraba a Dios. Poco tardó el sacerdote en volver con unos rosarios y un frasco con líquido. Algo me olía que no debía de ser agua bendita precisamente. Cogió uno de los rosarios y unió y rodeó las dos muñecas del muchacho como si de una cuerda se tratase. Luego hizo lo mismo en los tobillos de tal manera que el chico quedó inmovilizado.
- Yoel, hijo mío, estos rosarios te protegerán de todo mal mientras sigamos adelante con la ceremonia.
Y quién iba a proteger al muchacho de la que se le venía encima era lo que me preguntaba yo. Monseñor acarició el cabello engominado del chico. Su cabeza llegaba sospechosamente justo al nivel de la entrepierna de Monseñor. Yoel seguía rezando, extático, como imbuido en el tipo de trance que solo las personas que alcanzan una esfera mental superior son capaces de lograr. El hecho de que estuviera bajo la influencia de uno de mis casetes acompañado de las sugestiones y la atmósfera creada habían conseguido que la mente de Yoel abandonase este plano astral y se entregase completamente a la situación que le rodeaba. El sacerdote acercó la cabeza del chico poco a poco hacia su cuerpo. El cuerpo del cura impedía por completo la visión del altar o del crucifijo, de tal manera que en cierto sentido daba la impresión de que el muchacho rezaba realmente al miembro que se escondía bajo la sotana más que a Dios mismo. Algo se empezó a mover bajo la tela santa. Claramente Monseñor se había deshecho de su ropa interior cuando fue a por los rosarios porque algo rígido despuntaba de manera totalmente obscena. Sin destapar lo que era claramente una erección, el religioso acercó aun más la cara de Yoel a su miembro, esbozó una sonrisa perversa, y golpeó la mejilla derecha del chico como si de una porra se tratase.
El chico ni se inmutó.
El cura hizo lo mismo dándole en la otra mejilla.
Yoel seguía rezando.
- Pase lo que pase debes permanecer imperturbable, hijo mío. Solo así demostrarás tu fe y tu entrega a Dios.
El cura continuó con su juego. Ahora le daba un golpe con el pene en la cara, ahora se sacaba el pene de debajo de la sotana, ahora recorría y acariciaba la cara del joven con el glande. Como si se tratase de un pincel, dibujó el contorno de los labios del muchacho, las palabras que rezaba el devoto alpinista haciendo cosquillas en las zonas más sensibles del sacerdote.
- Impresionante. Tu fe es inquebrantable. Te puedes considerar un buen hijo de Dios, Yoel.
Yoel no respondió. Se limitó a seguir rezando, demostrando su devoción a Dios.
- La próxima será tu última oración. Cuando la hayas terminado, te sentirás listo para la siguiente fase de la ceremonia. Verás, solo hay una parte más sagrada aún que la mano de un alto representante de la Iglesia, y ese es el nido de su simiente. Sí, hijo mío, hablo de los testículos del clérigo, allí es donde nace el líquido sagrado capaz de purificar la más oscura de las almas y de bendecir con la gracia de Dios a los fieles.
Monseñor había descubierto su pene y testículos desde hacía rato, pero no fue hasta que acabó su última oración que Yoel pareció darse cuenta de su presencia. Los miró fascinado por el gran poder que éstos contenían. ¿Cómo no lo había sabido nunca? Desde luego este debía de ser uno de los secretos mejor guardados de la Iglesia.
- Pero para liberar esa simiente milagrosa tendrás que ayudar a este pobre sacerdote. Verás, el onanismo es un gran pecado para aquellos que hemos hecho voto de castidad. Nos mantiene puros y así podemos seguir siendo sagrados. Y ahí es donde entras tú, hijo mío. ¿Estás dispuesto a ayudar a este humilde representante de Dios?
- Haré lo que sea necesario, Monseñor.
- Muy bien hijo. Veo plena disposición en tu mirada. Abre la boca, por favor. Así, muy bien. Intenta que tus labios cubran tus dientes en la medida de lo posible. Así, así. Y ahora, acepta poco a poco este trozo de mi cuerpo que compartiré contigo en señal de unión con Dios Nuestro Señor.
Desde mi cámara vi cómo el pene gordo del clérigo fue desapareciendo lentamente en el interior de la boca de Yoel. El chico pareció atragantarse un momento cuando el trozo de carne desapareció por completo, pero gracias a las indicaciones del cura y al estado de concentración absoluta al que había sido inducido Monseñor fue capaz de comenzar su rítmico mete y saca en la boca del muchacho.
- Así, Yoel. Ahora, chupa como si quisieras sorber mi simiente directamente hacia tu garganta. Así así. ¡Ah! Lo estás haciendo muy bien. ¡Dios estará muy contento! ¡Unnn! Sí, cuidado con los dientes, no queremos dañar la herramienta de Dios. Así, así, perfecto.
La cara de Yoel era de completa devoción. Adoraba y admiraba al hombre y al pene que estaba chupando. En su mente, los gemidos de placer del clérigo no eran más que plegarias a Dios. Una especie de penitencia por la que debía de pasar el cura para que él pudiera comulgar. Aquel Monseñor era un ser del todo caritativo por estar dispuesto a pasar por este calvario con tal de compartir su sagrada simiente.
Yoel chupó con más ganas. El pene entraba y salía y se deslizaba con total libertad, independientemente del ritmo. Eran las caderas del cura y no la cabeza del chico lo que se movía, siendo la mano del cura la que agarraba al chico de la nuca para que la cabeza se mantuviera quieta. Así,en cierto modo, más que una mamada, parecía que el hombre se estaba follando la cara de Yoel. La intensidad del jadeo del cura fue incrementando de volumen. Suerte que realmente no estábamos en una iglesia de verdad, la gente del exterior podría haber oído ruidos sospechosos y entrado a ver qué ocurría, para encontrarse con tal ofensiva escena para el feligrés de a pie.
Justo cuando creí que el sacerdote llegaba a su clímax, éste paró en seco. Retiró su pene, no sin cierta resistencia del pobre Yoel, que no entendía por qué le era retirado algo tan sagrado de su boca. Puso una cara de severo enfado a la que el pobre chico no pudo sino temblar de miedo.
- ¿Le he ofendido en algo Monseñor? ¿Mi boca no ha estado a la altura de sus necesidades? Si es así ¡lo siento mucho Monseñor! Puedo hacerlo mejor! ¡Sé que puedo hacerlo mejor!
Nadie hubiese podido reconocer el montañista curtido, rudo y salvaje en este hombre atado de pies y manos con rosarios, su pelo totalmente engominado y suplicando mamar verga. El Yoel de hacía menos de doce horas hubiera partido la cara a cualquiera que hubiera osado insinuar que acabaría haciendo algo así. Y sin embargo, sus ojos despertaban ternura y sumisión mientras que su boca goteaba con su propia saliva y algo de presemen. Era totalmente otro.
- Sí, hijo. ¡Has cometido un gran error! Un error imperdonable! Has puesto en peligro casi toda la ceremonia
- ¿Qué he hecho, Monseñor? ¡Perdonadme por favor!
- Has tenido pensamientos impuros mientras estimulabas mi simiente. Has dejado de pensar en mi sagrado pene como un instrumento de Dios para pensar en el placer carnal que te estaba produciendo.
Estoy convencido de que las cosas no habían ido así en la mente del muchacho, pero en este estado de alta sugestión en el que se encontraba, estas afirmaciones caían en su conciencia con total veracidad. Así, si bien hacía unos instantes el chico solo estaba sintiendo devoción, ahora mismo, y muy a su pesar, un apetito carnal se había apoderado de algunas partes de su mente. Estoy convencido que Monseñor estaba jugando su baza, y debo admitir que no lo estaba haciendo nada mal.
- ¡Tenéis razón Monseñor! ¡No puedo sino admitirlo! Soy un pecador sin perdón alguno. ¡Os pido clemencia!
- ¿Exiges clemencia después de los sucios y pervertidos pensamientos que han cruzado tu mente mientras estimulabas mi sagrado cuerpo? ¡Dime! ¡No me mientas! ¡En qué pensabas! Palabras exactas, hijo mío, o si no Dios sabrá que mientes.
No habían habido tales pensamientos, luego no existían tales palabras. Pero nuestro subconsciente es tan increíble que es capaz de crear realidades en cuestión de milésimas de segundo.
- Lo siento, padre. En mi cabeza pensaba “¡la polla de este cura sabe increíble! Quiero que se corra en mi, cara, en mi cuerpo. Quiero sentir el líquido caliente de su semen bajando por mi garganta”.
Chocaba ver a un marinerito de casi dos metros soltando semejantes palabras soeces ante un representante de la iglesia. Su tono era de súplica, pero no podía esconder el deseo sexual que le había sido implantado. El monstruo que se escondía entre sus piernas no tardó en despuntar hasta abrir el velcro que lo aprisionaba. Atado de pies y manos por los rosarios, no podía ni intentar esconderlo. Su cara era un retrato de la vergüenza. Su piel pálida se había tornado roja, y era del todo incapaz de levantar la mirada.
- No me queda más remedio, hijo mío. No quería llegar a este extremo pero veo que no va a poder ser de esta manera. Es la única salvación que queda si queremos unirte con Dios. Pero quiero que entiendas el gran sacrificio que voy a tener que hacer, hijo mío.
- Lo siento mucho padre. Haré lo que me digáis. No soy digno de su sacrificio.
El sacerdote deshizo los nudos de los rosarios, liberando al chico.
- Sube al altar y siéntate al filo, delante de la presencia de Dios.
- Sí, Monseñor.
- Muy bien. Ahora túmbate en altar y agárrate las piernas con las manos.
- Sí, Monseñor.
La posición dejaba totalmente al descubierto una de las solapas que había preparadas en el vestido especial de marinerito, justo la que tapaba el ano del muchacho. Ya me olía por dónde iban a ir los tiros. ¿Lo sabría Yoel? No tardó en verlo, pues el clérigo no perdió tiempo en desenganchar el velcro y poner al descubierto el agujero del chico. Éste pulsionaba inconscientemente ante el repentino cambio de temperatura. Yoel se estaba muriendo de la vergüenza, expuesto no solo ante un representante de Dios sino a Dios mismo en uno de sus lugares sagrados. Pero si esto era lo que Monseñor creía conveniente, quién era él para cuestionarlo.
El sacerdote sacó el frasco de agua bendita que había guardado en la sotana. Por supuesto, no se trataba de agua en sí, sino de lubricante. Aplicó un poco a sus dedos. Pude ver como la sustancia pegajosa se deslizaba de un dedo a otro.
- Estate quieto y tranquilo, hijo mío. Esto puede que te duela un poco, pero si tienes fe resistirás cualquier pena.
- S-Sí, Monseñor.
Acercó los dos dedos al ano del muchacho. Un halo de vello lo protegía, pero era del todo visible, de un color rosado que contrastaba con el blanco de su piel. los dedos acariciaron el anillo del chico, y éste se contrajo por acto reflejo.
- Acepta estos dedos en ti, hijo mío, pues forman parte de la mano sagrada de un representante de Dios.
- Sí, Monseñor.
Estas palabras hicieron efecto inmediato. Los dedos no solo pudieron deslizarse fácilmente dentro de la cavidad sino que Yoel inclinó su trasero para que pudieran entrar cuanto más adentro posible.
- Así, hijo mío. Las paredes de tu recto son firmes. Me demuestran que nunca has practicado el prohibido acto de la sodomía.
- Jamás, señor. Esos son actos de desviados, hijos del innombrable, personas débiles que sucumben ante la tentación.
Irónicas palabras viniendo de alguien al que le estaban penetrando analmente con dos dedos mientras su pene rebota en su estómago ensuciándolo de presemen.
- Exactamente hijo mío. La sodomía es un alto pecado. Pero existe una única e irrefutable excepción en la que puede ser llevada a cabo.
La cara de Yoel dibujó gran duda. No sabía que un pecado pudiera tener excepciones. Pero si era la palabra de un sacerdote, ¿quién era él para cuestionarla?
- Hijo mío, antes has tenido pensamientos impuros de lujuria al estimular mi miembro sagrado. Mi miembro no puede estar cerca de la cabeza pensante de tales fabulaciones. Es muy arriesgado. Podrías dejar mácula en mi simiente. Es por eso que debo introducir mi líquido bendito por otro conducto. Así es, hijo mío, esta es la única excepción que admite El Sagrado Libro. Espero que entiendas el gran sacrificio que estoy dispuesto a hacer por ti, hijo mío.
Sí, el chico estaba agradeciendo ser desvirgado. Cada día me sorprendo más de hasta dónde pueden llegar las perversiones de mis clientes.
- Muy bien hijo mío, es el momento que recibas mi bendición.
Por aquel momento Yoel ya había sido capaz de aceptar tres dedos dentro de sí. El sacerdote sacó éstos, se levantó la sotana, y allí apareció su gordo instrumento de nuevo. Un pene no muy grande pero bastante ancho que seguramente dejaría algún rastro de dolor a su paso, especialmente para el ano virgen de cierto feligrés. Aplicó abundante “agua bendita” en su pene, y luego lo guió hacia la entrada del muchacho. En cuestión de segundos el pene desapareció en la cavidad del chico, el cual no pudo evitar esgrimir una cara de esfuerzo por no gritar de dolor. La cara del sacerdote, sin embargo, era de total satisfacción. Ahí estaba él, con sus cincuenta-y-muchos años, con su cuerpo imperfecto de décadas de buena vida, su barriga redonda, su poco pelo en la cabeza y su clara falta de atractivo, desvirgando a un chico atractivo, atlético, joven, al que muchas querrían para él. Se sentía orgulloso.
Agarró las dos piernas del chico para levantarlas aún más, mientras metía y sacaba su pene del ano del chico. A cada empujón el hombre soltaba un sonoro jadeo. Yoel había encontrado quizás el punto intermedio entre dolor y placer, pero intentaba no demostrarlo a riesgo de volver a ofender a Dios con un acto de lujuria.
- No te contengas, Yoel, estás en manos de un representante de Dios. El placer que sientes no es lujuria. Es tu alma haciéndose una con Dios, abrazando su grandeza. abraza mi pene sagrado con tu recto como si abrazaras la grandeza de Dios. ¡Sí! ¡Así es, hijo mío! No dejes de aceptar mi pene dentro de ti. Carne con carne.
Los jadeos de uno y de otro se fueron alternando. Gotas de sudor caían de la frente del obeso sacerdote. El muchacho, más curtido en ejercicios de diferentes índoles, aguantaba estoico la incómoda posición, e incluso era capaz de hacer fuerza para que su ano acogiese la mayor cantidad posible del gordo pene del clérigo.
- Prepárate, hijo mío, vas a recibir la simiente sagrada en bien poco. ¡En cuanto la sientas dentro de ti, sabrás que has sido uno con él!
La voz sonaba totalmente entrecortada por los jadeos del esfuerzo los gemidos de placer. Pronto su cabeza miró al cielo, ojos cerrados, y dio unos empujones más fuertes. En ese mismo instante, el monstruo que aun rebotaba entre las piernas de Yoel explotó en el que era su segundo orgasmo de la noche. Un torrencial géiser esparció el semen del chico por todo el traje, golpeando en su cara. Así mismo, los últimos empujones del clérigo, ahora más lentos, dejaban ver parte de la “simiente sagrada” que salía del orificio. Se acababa de producir un orgasmo sincronizado. Una circunstancia muy rara en un contexto normal, pero más frecuente en estados inducidos, pues el nivel de sugestión permite una mayor empatía.
El clérigo sacó su pene del muchacho, cogió un poco del semen y formando una cruz en el aire dijo unas palabras.
- En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo, yo te bendigo. Acepta esta simiente como señal de aceptación de Dios Nuestro Señor.
Acercó los dedos a la boca del chico, el cual no dudó en lamerlos con viveza.
- Enhorabuena, hijo mío. Has sido bendecido con la gracia de Dios. Puedes ir en paz.
La cara del chico brillaba de éxtasis y alegría. Le habían dado el premio más grande que jamás hubiera podido imaginar. Una siniestra sonrisa de satisfacción adornaba la cara del cura, el cual había conquistado con su sabiduría a una persona con la mitad de años y el doble de fuerza que él.
Una música sacra empezó a sonar por los altavoces. Yoel no tardó en quedarse dormido, inducido por los cantos gregorianos. Dormía con una sonrisa de paz en su cara. Parecía un ángel. Nada que ver con el descarado monitor de montaña que había venido a comprar un casete de grunge en mi tienda hacía tan poco.
Monseñor tardó un poco más en darse cuenta que esa música sacra no era parte del atrezzo sino parte de la clausura. Veréis, no me gusta dejar cabos sueltos, así que intento cerrar siempre los eventos por los que me contratan con algún tipo de salvaguarda. En cuestión de minutos, el sacerdote se encontraba durmiendo en el suelo de la sala, y yo entraba en la sala para acabar mi tarea personalmente.
--------- Epílogo --------
Días después, me encontré de nuevo con Yoel, en la tienda. Volvía a ser el chico atrevido que me vino a ver antes de su experiencia religiosa. Ya me había encargado yo de que no quedase recuerdo de aquella noche. Hay que cuidar a nuestros trabajadores, es nuestro deber como jefes. Así, lejos quedaba ya el uniforme de marinerito. Ahora lucía su típica ropa cómoda de montañista. Me pareció ver algo raro en su muñeca. ¿Un rosario? Posiblemente una moda pasajera entre adolescentes.
En la mesa de la tienda, un diario relataba una vez más las controvertidas palabras homófobas de Monseñor Colmenar cargando contra el colectivo LGBT.
La doble cara de la moneda. Él recordaría la gran noche que había pasado, que por algo me había pagado después de todo, pero tenía estrictas sugestiones de no acercarse jamás a Yoel en lo que le quedaba de vida. Experiencias anteriores me habían enseñado a que es arriesgado de cualquier otra manera.
Así, todo volvía a la normalidad. O así sería hasta que me llegase el siguiente encargo.
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“No tiene por qué ser así”
Adrián no se acababa de creer lo que le acababa de decir su hermano. No tenía sentido y además estaba harto de esa actitud. Últimamente se estaba pasando de pedante.
“No, no tiene por qué ser así, pero puede ser así si uno lo hace correctamente”
“Mira, por mucho que insistas, es difícil de creer que alguien hará lo que sea, cualquier cosa que se le pida, con solo mover un péndulo, o mover una ridícula espiral. La gente no es tan tonta, ¿Entiendes?”
“¿Seguro?”
Ya estaba otra vez. Esa medio sonrisa tan irritante en la cara de Nando. ¿Por qué tenía que ser así? ¿Que no entendía que por mucho que él hubiese sido el único en estudiar una carrera eso no le hacía más inteligente que todos nosotros?
“Mira, me cansa este tema ya...¿Quieres escucharme en lugar de mirar el móvil? ¿Qué, qué quieres que mire? Oh, muy divertido, una espiral”
“Vale, sí... El efecto está muy logrado, y todo lo que quieras, pero no... Ahm... ¿Quieres apartarla de delante mío?”
“¿Por?”
“¿Por? ¿Por...? Porque me está mareando la cabeza... Dios... Creo que...”
“¿Por qué no te sientas un momento? Quizás se te pase si te sientas.”
“Sí... Creo que mejor... Me siento....”
“Eso es, siéntate y mira la espiral. No tiene nada malo. Estás cosas no funcionan, ¿verdad?”
“Eso... Es verdad, estas cosas no... Estas cosas no funcionan...”
Era un estupidez. Todo esto de las espirales era una completa estupidez. ¿Cómo podía creer su hermano pequeño que algo tan estúpido podía funcionar?
“Menuda.... Ton... Tontería....”
“Tienes razón, es una tontería, ¿verdad, hermano?”
“Sí....”
“¿Por qué no sostienes tu la pantalla?”
Sin pensarlo, cogió el móvil de su hermano y lo puso entre las piernas, su cabeza agachada, sus ojos enganchados en la pantalla.
“Mucho mejor. ¿Verdad que es mejor?”
“...”
“Pero por más que quieras, por más que lo intentes, ¿verdad que no puedes apartar tu mirada del móvil? ¿verdad que no?”
A juzgar por la expresión en su cara, la pregunta pareció ofender a Adrián.
“¿Qué...? ¡Pues claro que puedo...! Yo...”
Los músculos de la cara y del cuello de Adrián se contrajeron de manera microscópica intentando mirar hacia otro lado, intentando girar la cabeza de aquella estúpida espiral. Pero para su asombro, no podía. Era incapaz de moverse.
“¿Qué coño...? ¿Por qué no puedo... Dejar de... Mirar? ¿Por qué no puedo... Moverme...?”
Su respiración se aceleró. Se intuía pánico en su voz. Le envolvía una sensación terrible, como si estuviera perdiendo el control de su propio cuerpo, como si hubiese perdido la capacidad de mandar sobre su propio cuello.
Con una sonrisa pilla en la boca, su hermano Nando se sentó a su lado y colocó sus dos manos sobre sus hombros, apretando con cariño, intentando darle cierta sensación de confort.
“No te preocupes, hermano. No pasa nada. Solo mira la pantalla. ¿Verdad que te sientes mejor si miras la pantalla? Mira al centro de la pantalla. Mira cómo el centro de la espiral desaparece en el infinito. Siempre. Cada vez que intentas ver dónde acaba esa espiral, te pierdes cada vez más adentro. Cada vez más adentro. ¿Notas cómo tu respiración se ralentiza? Cada vez más adentro ¿Notas cómo tus músculos se relajan? Más y más profundo. Así, lentamente, tú solo relájate y mira la espiral. Mira como el centro aparece y desaparece. No hay nada de lo que tener miedo. Solo somos tú, yo, y la espiral. Relájate y observa la espiral. ¿Verdad que estás mejor ahora? Cada vez más profundo ¿verdad que no hay nada de lo que asustarse?”
A medida que pasaban los minutos, a medida que la suave voz de su hermano penetraba en su mente, la respiración de Adrián se fue tornando más lenta, más pausada. Nando masajeaba ahora los hombros, lentamente, notando cómo la tensión se iba fundiendo.
“¡Ahn...!” Suspiró inconscientemente el hermano mayor “Creo que... Necesito... dormir un poco...”
“¿Estás cansado? ¿Te pesan los párpados?”
Adrián pestañeó pesadamente y asintió con la cabeza sin apartar la mirada de la pantalla. Su hermano pasó sus manos por sus brazos, arriba y abajo, sintiendo cómo la sudadera de algodón amortiguaba el contacto contra la dureza de los músculos que se escondían debajo.
Habiendo dejado los estudios tan pronto como pudo, su hermano se había dedicado a lo que realmente le apasionaba: reparar coches. Su habitación estaba llena de miniaturas, modelos, revistas y pósters de coches. Nando no podía entender qué podía ver nadie en esos trozos de metal con ruedas. Para él el único encanto era poder ir a donde quisiera cuando quisiera. El trabajo implicaba bastante fuerza física, aunque él no sabía muy bien con qué porque nunca se había fijado mucho las veces que había ido al taller a verle. Pero estaba claro que algún trabajo físico debía de haber porque mientras que el cuerpo de Nando era fino y delicado, el de su hermano era fuerte y robusto.
“Relájate, Adrián. No hay nada malo en relajarse un poco. No dejes de mirar a la pantalla y relájate. Eso es. Siente cómo tus brazos te pesan. Pesan cada vez más. Un poquito más. Tiran de tu cuerpo hacia adelante. Poco a poco. Cada vez más pesados. Siente cómo tu espalda no puede aguantar el peso y te vas hundiendo hacia adelante. Sí. Cada vez más pesados”
El cuerpo del chico fue inclinándose cada vez más hacia adelante con cada frase de su hermano pequeño. No sentía el peso, sus brazos directamente se habían vuelto como dos pedazos de hormigón que arrastraban a todo su cuerpo adelante. En otras circunstancia se hubiese asustado, hubiese intentado quejarse, pero se sentía en un estado de relajación tan grande que nada importaba. Solo relajarse, sentirse bien, y mirar la espiral en la pantalla.
Nando sonrió. Estaba funcionando.
“Ahora tocaré tus brazos. Cada vez que los toque será como si los hubiese inflado con helio. Como los globos. Será como si tus brazos se hubieses convertido en globos de helio y flotasen. Cada vez que toque tus brazos. Nota como suben. Cada vez que los toco se vuelven más ligeros. Cada vez que lo toco pesan menos, ascienden, suben. Arriba, arriba arriba, eso es, como globos. Más arriba”
La pantalla ascendía, agarrada a los brazos que ahora resultaban flotar como si realmente hubieran sido hinchados con una sustancia que los hubiese hecho extremadamente ligeros. Adrián no apartó su mirada de la pantalla, absorto en la espiral que no dejaba de girar, y girar y girar.
“Perfecto. Eres muy buen chico, Adri”
El párpado derecho del hermano mayor tembló con un pequeño tic. No soportaba que le llamasen chico. Podía parecer una tontería, pero siempre había odiado esa palabra. Era un hombre, no un chico. Sus manos lo probaban, su cuerpo lo probaba, su trabajo lo probaba.
“Respira. Concéntrate en la espiral. Siente cómo te relaja. Siente como nada importa. Nada más que la espiral. Eres un buen chico. No pasa nada por ser un buen chico. Todas las personas que miran la espiral como lo haces tú son buenos chicos.
“...”
Las palabras se introducían sin filtrar dentro de la psique de Adrián, el cual seguía con los brazos levantados.
“Mira la espiral y relájate. Déjate llevar. Mira cómo el centro de la espiral aparece y desaparece. Cada vez más profundo. Cada vez más adentro. Eres un buen chico. ¿Verdad que eres un buen chico? Los buenos chicos disfrutan de la espiral. Los buenos chicos se relajan y disfrutan de la espiral. ¿Verdad que disfrutas de la espiral? ¿Verdad que te relaja mirar la espiral? Eres un buen chico, Adri. Eres un buen chico. Repite conmigo. Eres un buen chico”
“Soy un... Buen chico... Soy.... Un buen... chico.”
Nando sonrió. Lo tenía. Su hermano estaba en el saco.
“Adri, escúchame con atención. Escucha la voz de tu hermano Nando como si no existiese ninguna otra voz, ni siquiera la tuya propia”
“...”
“Adri, asiente si mi voz es la única que escuchas”
La cabeza del hermano mayor asintió con pesadez sin dejar de mirar la pantalla.
“Adri, como mi voz es la única que existe, no existe ni tan solo la tuya, mi voz es la que toma las decisiones. Mi voz es la que tiene el control. Cualquier cosa que diga, sabrás al cien por cien que es verdad, que es cierto, y que tiene que ser así. Si mi voz dice que el cielo es verde, lo verás verde. Si mi voz dice que tienes que saltar, saltarás. ¿Entiendes? Asiente si es así”
La cabeza de Adrián asintió una vez más. Ni un ápice de sentimiento en su cara.
“Adri, como hermano pequeño que soy, querrás que esté lo mejor posible. Querrás que me sienta cómodo, que tenga todo lo que necesite, que tenga todas las necesidades satisfechas. Sean las que sean. No puedes permitir que tu hermano le falte de nada porque eres un buen hermano mayor. Asiente si lo has entendido”
Nando continuó después de que la cabeza de Adrián volvió a su sitio.
“Ahora te encanta que te diga que eres un buen chico. Te encanta. Te gusta tanto que cada vez que lo diga, Adri, sentirás una felicidad enorme. Y no solo eso. Cada vez que lo diga, no podrás evitar sentirte caliente, sentirte un poco más caliente cuantas más veces lo oigas. Más impulsivo, más visceral, más primitivo. Cada vez más caliente cuantas más veces me oigas decir que eres un buen chico. Tu vello se erizará de placer, tu respiración se acelerará cada vez más, tu pene se pondrá cada vez más duro... Hasta que llegue un momento en que perderás control. Siente como mis palabras, las únicas que existen, son ciertas. Repítelas en tu mente, repítelas tantas veces como haga falta hasta que sean totalmente ciertas para ti. Asiente cuando se hayan hecho realidad.”
“...”
“...”
“...”
Pasaron unos segundos. Los labios de Adrián temblaban levemente, como intentando pronunciar las palabras que resonaban en su mente. Al cabo de un par de minutos, Adrián volvió a asentir con la cabeza.
“Perfecto, buen chico, Adri.”
Los ojos de Adrián se encogieron tiernamente mientras de su boca salió un pequeño suspiro. Sus labios se arquearon en una pequeña sonrisa. Una sonrisa tierna, para nada comparable a la sonrisa pilla y perversa que ensombrencia la cara de Nando.
“Adri, ahora que me escuchas, quiero que te centres en este estado de paz, en este estado de apertura, en cómo mi voz es la única voz, en cómo la espiral te tranquiliza, en cómo no puedes dejar de escuchar mi voz o mirar la espiral. Quiero que te centres y registres este estado. Quiero que cada vez que me oigas decir la palabra Hipnoespiral vuelvas a este estado de paz, calma y apertura mental. Será como si volvieras a mirar la espiral. Como si tu mirada volviera a perderse buscando el centro de la espiral. Siente como mis palabras se hacen realidad en el momento que las escuchas. Es muy importante que entiendas y sigas lo que te acabo de decir. Repite mis palabras mentalmente y siente cómo se hacen realidad. Adri, asiente cuando sientas que se han hecho realidad. Repítelas mentalmente y una vez sean una realidad sólida, asiente con la cabeza.”
Tan abierta como estaba su mente, no fue difícil asimilar una orden tan simple. Encontrándose más tranquilo y relajado que nunca, su cerebro quería inconscientemente continuar en este estado, por lo que la orden fue muy fácil de aceptar. Rápidamente, la cabeza de Adrián asintió una vez más.
“Buen chico, Adri”
El cuerpo del hermano mayor tembló ligeramente y su sonrisa se hizo más amplia. Parecía algo idiota, embobado mirando la pantalla del móvil, con una sonrisa bobalicona en la cara. Nando pensó que era adorable, y la primera vez en mucho tiempo que lo veía tan tranquilo, contento y vulnerable.
“Por último, Adri, contaré hasta tres, y cuando llegue a tres, saldrás de este trance. Encontrarás que eres capaz de volver a pensar por tu cuenta, podrás dejar de mirar la espiral, podrás hablar y escuchar con normalidad, y no recordarás en absoluto de manera consciente haber estado en trance. De hecho, creerás firmemente que mi intento de tener la razón ha fracasado y te sentirás orgulloso de tener la razón. Asiente si lo has entendido”
Por supuesto, Adrián asintió.
“Bien. Encontrarás que aunque volverás a la normalidad, todo lo que has registrado en tu subconsciente, todas las órdenes que te he dado, siguen ahí y seguirás reaccionando a ellas. Asiente si lo has entendido.”
Una vez más, la cabeza de Adrián asintió.
<<Todo listo>> pensó Nando. <<Solo me queda la cuenta atrás>>
“UNO, siente como tu mente se va despejando”
“DOS, vas volviendo a la realidad”
“y.... ¡¡TRES!!”
El cuerpo de Adrián estalló levemente como si le hubiesen tirado una jarra de agua fría por encima. Su expresión perdió ese toque cristalizado volviendo a fluir con naturalidad. Rápidamente bajó las manos y comenzó a reír. Su risa resonaba por toda la habitación.
Por un momento Nando temió que todo hubiese sido una broma pesada de su hermano. Aunque... Si realmente había estado fingiendo todo este rato eso quería decir... ¿Que era hombre muerto? <<Oh, Dios...>> pensó suplicante Nando. Se levantó de la cama y dio un paso hacia atrás.
Adrián lo señaló acusativo con el dedo. Con su otra mano se aguantaba el pecho que parecía que se iba a salir de su sitio con tanta risa. Finalmente consiguió hablar.
“No... ¡No me puedo creer que pudieras pensar que esto funcionaría! ¡¡Pero si es solo una espiral en un móvil!! ¿¿Cómo iba a funcionar??”
¿Era una reacción natural porque no había funcionado o era parte de lo que le había pedido? No se había esperado una reacción tan exagerada. ¿Tantas ganas tenía su hermano de tener la razón que no podía evitar reírse de él de esa manera?
“Lo siento mucho, Nando, ¡pero tendrías que ver tu cara! Por una vez, admite que tengo razón. ¡Esto de la hipnosis es una tontería! Una idiotez”
Tenía que comprobarlo. Tenía que saberlo. Porque si todo había sido en balde, ¿qué iba a hacer su hermano con él? Le había pedido algo que jamás aceptaría. Aunque... Quizás podría decir que era una broma, eso, una mala pasada que le quería hacer... Tenía que comprobarlo. Tenía que saberlo. ¿Era verdad que no había funcionado?
“¿Te has quedado mudo, eh? Por primera vez en mucho tiempo hermano. Ya iba siendo hora de que-”
"¡HIPNOESPIRAL!” dijo Nando con contundencia, en parte impaciente, en parte harto de ser el hazmerreír de su hermano.
La reacción fue lenta, pero estable. La mano acusativa de Adrián cayó por su propio peso, sus carcajadas perdieron fuerza hasta ser nada más que silencio en unos labios sin vida, y los ojos del chico perdieron todo su brillo, mirando inmóviles hacia la nada.
Nando suspiró aliviado. ¡Había funcionado!
“Adri, ¿me oyes?”
“Sí...”
“Muy bien. Buen chico”
Adrián arqueó la boca en una sonrisa tenue y de su boca salió un pequeño gruñido.
“Como te has reído tanto de tu hermano, y eso no está nada bien, quiero que a partir de ahora, cada vez que chasquee mis dedos te quites una pieza de ropa. No te darás cuenta de que te la estás quitando, ni de que te falta, ni del cambio de temperatura. Seguirás haciendo aquello que estuvieras haciendo, solo que sin esa prenda. ¿Entendido?”
“Sí...”
“Muy bien, contaré hasta 3 y cuando llegue a tres volverás a tu estado normal sin darle importancia a los cambios que hayan pasado entre el momento en que entraste en el trance y el que te despertaste.
Nando volvió a contar hasta tres, y en acabado su hermano mayor volvió en sí.
“-que vieras que no tienes siempre la razón!” acabó de terminar la frase que había empezado antes del trance.
“No pasa nada. Sé reconocer cuando no tengo la razón. Esto de la hipnosis es una tontería.”
“Te lo dije y no me quisiste hacer caso”
“Tienes razón. Otro día te haré más caso.”
*¡Chas!*
“Tienes que aprender-” dijo mientras colocaba sus manos bajo la sudadera de algodón “-que a veces no es malo ceder y que-“ continuó estirando la tela hacia arriba “-tu hermano mayor también-” su cabeza desapareció en la tela mientras de debajo aparecieron sus fuertes pectorales “-puede decir cosas con sentido” finalizó, dejando la sudadera a un lado de la cama, y mirando con una sonrisa triunfante a su hermano pequeño.
Nando se quedó perplejo. No parecía en absoluto que Adrián fuera consciente de que se acababa de quedar descamisado en frente suyo. Siempre había sido un tanto pudoroso, especialmente después de que Nando saliera del armario uno años atrás, así que eso era toda una novedad.
“¿Qué?” preguntó extrañado por la mirada fija.
“¿Eh? Ah, nada... Tienes una mancha en la sudadera”
“¿Ah?” Adrián miró a bajo. Buscó a un lado y a otro, flexionando sin querer sus músculos. En su mente estaba mirando a su sudadera, para cualquier otra persona estaba inspeccionándose el cuerpo. “No la veo”
“Aquí” Señaló Nando en un arrebato de seguridad, apretando directamente uno de los pezones de su hermano con el dedo índice. Notó instantáneamente la protuberancia y el calor que emanaba de ella. Lástima que tuvo que retirar el dedo rápidamente. Aun sin saber que no llevaba nada puesto, hubiera sido sospechoso mantener el dedo mucho más.
“¿Aquí?” se rascó la zona, sin darse cuenta que estaba rascando su propio pezón. Al poco de frotar, éste se erizó, quedando tieso.
“Sí, buen chico”
Adrián cerró los ojos, agachó la cabeza y soltó un pequeño gruñido.
“Hhn...”
Cuando los volvió a abrir, una sonrisa de complacencia había invadido su cara. El vello de sus brazos se había puesto de punta.
“Bueno, es hora de que haga algo útil. Voy a fregar los platos, que hoy me toca a mí.”
Se levantó, y caminó hacia la puerta sin esperar a su hermano. Nando tuvo la oportunidad perfecta para repasar el culo firme que se escondía tras los pantalones de algodón. Redondo, terso, se marcaba una nalga y luego otra a cada paso oscilante.
No pudo contener la tentación.
*Chas!*
Avanzando por el pasillo, Adrián deshizo el lazo de los pantalones, colocó sus dos pulgares a ambos lados de la cinta elástica, y empujó fuertemente hacia abajo hasta que los pantalones cortos cayeron hasta los tobillos, dificultando su paso. Llegado a la cocina, se apoyó en el marco de la puerta y sacó los pies de la tela. Continuó caminando como si nada, ahora solo con un par de calzoncillos blancos tipo slip, prietos, con una cinta negra en la parte de arriba con el nombre de una conocida marca. Falsos seguramente. Nadie en la casa tenía tanto dinero.
“Qué, ¿me vas a ayudar?”
Dijo girándose. Un bulto bastante exagerado se marcaba debajo de la única pieza de ropa que le quedaba a parte de las zapatillas de estar por casa.
“Me siento generoso. ¿Qué puedo hacer?”
“Esto sí que es extraño. Veo que no tener la razón en la chorrada de la hipnosis te ha dado un baño de humildad”
“Se puede decir así”
Nando estuvo tentado de volver a chasquear los dedos en protesta por la prepotencia de su hermano, pero prefirió contenerse y disfrutar de las delicias poco a poco. Su hermano tenía un cuerpo increíble, uno de los mejores que había visto nunca. Quería saborear cada momento.
“Vale, ¿por qué no enjuago y tu secas?”
“Buen chico, dándome algo que hacer.”
Adrián tuvo que apoyarse en la encimera. Su cuerpo se estremeció aún más fuerte que la anterior vez y su pecho dio un par de sacudidas rápidas mientras algo se hacía aún más visible bajo la tela blanca.
“¡Uff!” dijo finalmente “¿comenzamos?” una sonrisa pletórica en su cara.
“¡Sí!”
Nando se acercó y se colocó al lado de su hermano. El espacio era pequeño, así que estaban brazo con brazo prácticamente. Nando llevaba una camiseta de manga corta, y cada dos por tres su piel rozaba con la de su hermano. Para ser alguien que trabajaba en algo tan duro y físico, su hermano tenía una piel suave.
Agua salpicaba de vez en cuando el cuerpo de Adrián, el cual no le hacía caso pues para él llevaba una capa de ropa que le protegía. Su abdomen comenzó a brillar y alguna gota que otra descendía vientre abajo hasta colarse dentro de sus calzoncillos.
<<Quién fuera gota>> pensó Nando.
Alguna vez las manos de uno y otro se rozaban al pasarse un plato o un vaso. Toda la situación estaba poniendo a mil a Nando, el cual buscaba la manera de seguir sacándole provecho.
“Adri, ¿quieres decir que lo estás enjuagando bien? Sé un buen chico y sácale todo el jabón, anda”
La excusa era muy mala, pero surtió el efecto deseado. Adrián dio un gemido y dejó caer el vaso encima del desagüe mientras empujaba su entrepierna contra la encimera, estimulando su pene que ahora había crecido considerablemente.
“Ah....”
“Qué, ¿vas a ser un buen chico o no?” Adrián gimió fuertemente de nuevo y Nando lo agarró de la mano con fuerza “porque si no vas a ser un buen chico mejor que paremos” Adrián gimió aún más fuerte, hundiendo la cabeza entre sus hombros, poniéndose de puntillas, su culo apretando las nalgas para ejercer fuerza contra la encimera.
Finalmente, miró hacia su hermano pequeño con una sonrisa bobalicona. Su respiración era fuerte. Sus pezones se encontraban erizados, así como el vello de su piel.
“Quizás...” dijo acercándose, su cuerpo casi rozando el de su hermano.
“¿Quizás qué?” dijo Nando, expectante por ver qué se disponía a hacer.
“Ahn... Nada. Perdona. No sé en qué estaba pensando. ¿Acabamos de limpiar esto? Creo que necesito una ducha... fría... Ahora mismo”
“Buen chico, Adri, siempre anteponiendo su responsabilidad.”
“Hnn...” gimió fuertemente Adrián, cerrando sus ojos.
“¡De veras que sí que eres un buen chico!”
“¡Ahn....!”
El gemido se hizo insistente y su respiración más rápida. Nando sonrió al comprobar cómo el bulto en los calzoncillos se iba inflando.
“Es increíble lo buen chico que eres”
“¡Ahh.. Ahh...!”
Las piernas de Adrián temblaban de placer. El fuerte chico necesitó agarrarse a la encimera para no desfallecer. El monstruo que se escondía bajo la tela blanca de su ropa interior amenazaba con asomar la cabeza.
“Ojalá pudieran decir de mí lo mismo, que soy un buen chico”
“¡¡Uaaaaah!!”
Los gruñidos casi se volvieron aullidos. La mano de Adrián descendió deseosa hacia su entrepierna y comenzó a frotar allá donde su pene se había vuelto más duro y grande.
“Pero eso es algo que solo se te puede aplicar a ti, que realmente eres... Un buen chico...”
“AAHgh..... Mmmmm... Ahh.....”
Casi se corrió encima. La sucesiva repetición de esas dos potentes palabras acabó por volver loco Adrían, el cual, después de unas cuantas sacudidas y uno fuertes gemidos, casi aullidos, se giró con fuerza hacia su hermano pequeño y lo agarró de la cintura con sus fuertes manos.
“¿Quieres saber lo que quiere hacer este buen chico?” jadeó Adrián.
Su cuerpo casi desnudo a escasos centímetros del de su hermano. Su cara a poco más de un palmo. Nando podía respirar el aliento de Adrián. Olía a fiera. Su presencia era intimidante. Más alto, más fuerte, con una mirada de deseo sexual que jamás le había visto. Podía arrancarle la ropa con sus manos y ponerle a cuatro patas con la cabeza incrustada contra las baldosas del suelo de la cocina si quisiera. La sola idea hubiese puesto a Nando a mil, pero imaginar y vivir son cosas diferentes. Lo había querido durante mucho tiempo, pero, ahora que le había visto los dientes al lobo se preguntaba: ¿Era eso lo que realmente quería?
“Adri....Yo...”
“Qué... Sé que lo estás deseando. ¿Qué te crees, que no me doy cuenta de cómo me miras? ¿De cómo me repasas el cuerpo de arriba a bajo?”
Nando se puso rojo. No sabía que había sido tan obvio todo ese tiempo. La excitación había eliminado los filtros y los tapujos de Adrián, el cual estaba soltando todas las verdades que había estado conteniendo.
“Por eso me tapo, por eso no quiero que me veas. Porque lo que haces no está bien. Soy tu hermano. ¿No tienes ningún respeto por mí? ¿Ni por ti mismo? Es patético y asqueroso”
La expresión de su cara se asemejaba a la de los luchadores de boxeo antes de empezar. Serio, agresivo, intenso. Nando tenía escalofríos. Escalofríos de terror pero también de anticipación sexual. Aun y con lo delicado de la situación no podía evitar pensar en lo atractivo que era su hermano mayor. Estaba realmente enfermo.
Adrián se acercó aún más. La expresión de su cara se tiñó algo más tranquila, casi anhelante. Su voz era casi un susurro. Susurro que acercó hacia el oído de su hermano pequeño.
“Dilo otra vez... Nando...”
“Adri yo...”
“Di lo que soy....”
Insistió, sus manos agarrándole por las nalgas con fuerza, sosteniendo parte del peso.
“Eres...”
La cara de Adrián casi rozaba las mejillas de Nando. Ambos respiraban con fuerza. A Nando le ardía la misma sangre. Su cuerpo palpitaba a mil pulsaciones por minuto.
Se lo planteó seriamente. ¿Realmente quería seguir adelante? Miró un instante al frente, a los intensos ojos marrones de su hermano Adrián. Se perdió en ellos, y sin pensarlo, acabó lo que habían empezado.
“Eres... Un buen chico... Adri”
“¡¡HHHNNN!!”
Adrián gimió con gran fuerza contra el oído de su hermano pequeño. Su barbilla cayó por falta de fuerza encima del hombro de Nando, y su cuerpo rozó por primera vez la tela de la camiseta de éste.
En sus calzoncillos blancos una mancha oscura marcaba la punta donde acababa su pene. Esa punta trazó su camino hacia el cuerpo de Nando.
Adri abrió finalmente los ojos, su mirada entre feliz, seductora y extasiada.
“Adri... ¿Estás bien? Te parece bien lo que estamos haciendo porque si no estás b-”
“No te preocupes” le cortó en seco “Eres mi hermano pequeño y quiero que estés lo mejor posible. Quiero que estés cómodo y que tengas todo lo que necesitas. Quiero que tengas todas las necesidades satisfechas. Sean las que sean. No puedo permitir que a mi hermano pequeño le falte de nada. ¿Qué clase de hermano mayor sería si no?”
Nando se quedó ojiplático. Lo había olvidado casi completamente. Era palabra por palabra el primer mensaje que había introducido en la mente de su hermano. No lo podía creer. Cuando lo dijo no imaginó lo útil que llegaría a ser.
“Así... Creo que sé lo que necesitas... Hermano” Susurró de nuevo, acabando la última palabra con un suave beso debajo de la oreja, justo en la parte tierna del cuello.
“Ahn...” gimió Nando ante la invasión. Del beso siguieron otros pocos, bajando camino hacia la clavícula.
“¿Te gusta, hermano?” Aprovechó para introducir su mano bajo la camiseta de Nando, explorando su delicado cuerpo. Con poco ya cubría una gran superficie, pues las manos eran grandes y el cuerpo muy delgado.
“Ahn... Adri... Yo.... Hnnn... No pares...”
“No te preocupes, hermano, no voy a parar hasta que estés satisfecho”
Le echó una mirada juguetonamente pero dominante y le obligó a levantar los brazos para quitarle la camiseta. Sonrió con fuerza.
“Qué blanco estás, a ver si sales de vez en cuando a que te dé el sol un poco ”
“¡Calla...!” Nando se puso rojo, pero no tuvo tiempo de indignarse, pues la boca de su hermano continuó su camino hasta llegar a sus pezones.
“Aahn....”
“Veo que además de pequeños también son sensibles...”
“Calla...” Nando miró a un lado. Nunca nadie le había tocado así. Sentía vergüenza y placer a la vez. Con las dos manos agarró los costados de la cabeza de su hermano mayor y le forzó a mirar hacia arriba. Los ojos marrones de ambos se encontraron.
“Adri... A ti... ¿Te parece bien? ¿No te importa?”
“No seas tonto, Nando. Soy tu hermano mayor. Tengo que procurar que no te falte de nada. Sabes que no soy marica como tú, que a mí me ponen un buen par de tetas... Pero estoy MUY cachondo. No he estado tan cachondo en mi vida... Y tú quieres esto, así que, matamos dos pájaros de un tiro, ¿no te parece?”
En lugar de hablar encorvado, Adrián había adoptado una pose más cómoda, incorporándose y rodeando a su hermano por la cintura, mirándole desde los 10 centímetros de altura con los que le superaba. Nando, atrapado, aprovechó para apoyar sus manos en el pecho velludo de Adrián. Le sorprendía que el tacto fuese entre rugoso, suave, y duro a la vez.
“Así que si esto es lo que necesitas” Dijo en un susurro, acercando tentativamente su boca a la de su hermano.
“Buen... chico...”
Adrián no contuvo un intenso gruñido y acto seguido apretó fuertemente su cuerpo contra el de Nando, agarrándole la espalda con una mano, y con la otra la nuca, obligando un beso apasionado.
La barba perfectamente recortada de Adrián hizo cosquillas contra la piel de Nando. Era su primer beso. No esperaba que fuera a ser tan apasionado. los labios de su hermano mayor se sentían carnosos contra los suyos.
Adrián bajó la mano de la espalda a la cintura, y de ahí sus dedos jugaron con la cinta elástica. Mientras una lengua ávida se hizo camino en la boca de Nando. Su hermano mayor sabía a chicle de menta y a saliva.
“Adri...” Pudo decir en un momento de tregua.
“¿Todo bien hermano?”
“No pares...”
Adrián sonrió de manera sensual y descendió de nuevo con su boca a los sensibles pezones de su hermano, usando lengua y saliva, dándole pequeños mordiscos, chupando como si tratasen de los pechos de una mujer.
Perdido en la lujuria la que su hermano mayor le estaba sometiendo, Nando agarró a Adrián por la nuca y acarició su pelo.
“¡Ah... Buen Chico Adrián...!”
“¡¡Ahn.....!!”
Gimió fuertemente, aun con el pezón de su hermano en la boca.
Con las dos manos, agarró con fuerza los pantalones de Nando y los empujó hacia el suelo, llevándose a la vez los calzoncillos tipo bóxer de su hermano pequeño.
Nando, no se esperaba que él sería el primero de los dos en quedarse en pelotas.
“No me equivocaba. Estás muy contento de ver a tu hermano” Dijo sonriente con una voz sensual que derritió a Nando por dentro. Su pene se presentaba erguido entre su cuerpo y el de Adrián, brillando por la fina capa de pre semen que había ido acumulando. Nando miró a bajo, algo avergonzado por el estado de desnudez. Aunque estaba muy caliente y su hermano era el hombre más sexy en la tierra, la situación era totalmente nueva para él también y, a diferencia de Adrián, él no había tenido la ayuda de una espiral para sobrellevarla.
Pero Adrián no se detuvo. Estaba tan cachondo por haber oído tantas veces las palabras 'buen chico' que no tenía espacio en su mente para la compasión. Aun con la base de satisfacer a su hermano pequeño, agarró el miembro de Nando sin miramientos y empezó a frotar con fuerza, la capa de presemen ayudando con el vaivén.
Adrián cerró los ojos y gruñó con fuerza. Su pene apretaba contra sus calzoncillos y sus pantalones. Se moría de ganas arrancárselos, sacársela allí mismo, y masturbarse hasta correrse. Pero no podía. Tenía que satisfacer las necesidades de su hermano. Por mucho que se estuviese dejando llevar por sus instintos más primitivos, eso era lo principal.
Así que en medio de la lujuria, Adrián apretó su cuerpo contra el de Nando. Más concretamente, apretó su entrepierna contra el muslo de éste, como si se tratase de un perro tirándose un cojín. Siempre sin dejar de sacudir el pene de Nando.
Nando, sorprendido, entendió la situación rápidamente.No queriendo romper el ritmo de la mano que le daba placer, optó por la vía rápida.
*¡Chas!* *¡Chas!* *¡Chas!*
Chasqueó los dedos tres veces. Tres prendas se tenían que ir.
Con una patada precedida de otra, chutó sus zapatillas lejos de donde estaban, quedándose totalmente descalzo.
El efecto del segundo chasquido se cobró su prenda y su hábil mano izquierda se las ingenió para bajar la tela sintética, luchando contra la erección que se resistía a dejar de hacer de gancho, mientras la derecha no dejaba de pajear el miembro de su hermano pequeño.
Entre gemido y gemido, a Nando se le escapaba una pequeña risa ante lo divertido del espectáculo. Su hermano, grande y fuerte como era, usando una mano para hacer una paja, y la otra para torpemente quedarse desnudo. Era esperpéntico, tierno y sensual a partes iguales.
Cuando finalmente la mano ganó la batalla, a bajo fueron los calzoncillos, y un pene grueso y hermoso rebotó contra un vientre plano y ligeramente peludo.
“¡Buen chico!” dijo Nando con alevosía, admirando el cuerpo 10 de su hermano mayor.
Adrián gimió de nuevo y arqueó todo su cuerpo, flexionando cada músculo de su torso.
Después de ver por fin lo que se escondía bajo aquel bulto que desde hacía tanto tiempo deseaba y adoraba, Nando supo inmediatamente lo que quería en ese mismo instante. No sabía si lo conseguiría, pero lo intentaría al menos.
Se giró. Suavemente. Despacio. Asegurándose de que la mano derecha de Adrián seguía trabajando en su puesto. Su hermano no le soltó en ningún momento, pero tampoco tenía espacio para girar con Nando, así que Nando se quedó finalmente de espaldas mientras Adrián le hacía una paja desde atrás.
Asegurada la posición, tocaba la segunda parte. Puso su culo em pompa y lo empujó hacia atrás, con cuidado y puntería, intentando dar en la diana: el rabo grueso de Adrián. El tanteo con las nalgas se le hizo extremadamente excitante. Hasta que al final dio con el premio. El pene encajó en el valle de su redondo culo y una sensación de tener una barra de algo duro y caliente le hizo estallar de calentura.
“Así.... Buen chico...”
Las palabras hicieron el efecto esperado. Como una bestia en celo, Adrián agarró con su mano libre la cintura de su hermano pequeño y asestó un fuerte empujón contra su culo.
“¡Aaagh!” gimieron los dos hermanos casi al unísono, la voz grave de Adrián por encima de la de Nando.
El hermano mayor dio otro empujón. Y otro. Y otro más. Estaba enloquecido. Sus asestadas eran viscerales, animales. El placer le llevaba al éxtasis. Podía ser el culo de su hermano como el de cualquiera. Solo sentía placer y una furia sexual que controlaba todos y cada uno de sus impulsos.
Pronto el ritmo fue más rápido. Gotas de oportuno presemen lubricaron el espacio entre las dos nalgas de Nando, haciendo que Adrián pudiera ir más y más rápido.
Ante tanta estimulación, el ano del hermano pequeño se relajó y se hizo más accesible. Cada asestada era más placentera que la anterior. Nando se agarró con la dos manos a la encimera mientras por detrás Adrián empotraba su pene contra la raja de su culo, sin dejar de pajear el miembro de su hermano.
Solo se oían fuertes jadeos, sonidos guturales, y el sonido líquido de los cuerpos chocando.
Sin querer, en una de los empujones, el pene de Adrián acertó a penetrar a su hermano. Éste pegó un fuerte suspiro, mezcla de dolor y placer.
“¿Eso... Agh.... Te ha.... Gustado...?
“Hn..... Ssií....¿ A... ti....?”
“Ah.... Sí......”
“Vuelve... a hacerlo... ¡No pares! ¡Ah! ¡Ah! Aaaaah!”
Nando se apartó una de sus nalgas de manera invitante. Adrián localizó fácilmente su objetivo y con la mano derecha agarró su pene para colocarlo encima del punto deseado. El tanteo del orificio con la punta tierna de aquella cabeza rosácea llenaba de anticipación a Nando, el cual no podía esperar a descubrir cómo se sentiría ese trozo de carne dentro suyo.
Apretó, despacio. Aunque algo suelto, el agujero no daba de sí aun.
Adrián paró en secó. Paró de sacudir el pene de su hermano, paró de pensar, paró de hablar. Solo se mantenía erguido en su puesto, respirando profundamente, su mirada perdida en ninguna parte, su pene erecto temblando aún por una excitación latente aun sin resolver.
“Adri, ¿me oyes?”
“Sí...”
“¿Estás caliente?”
“Mucho...” dijo con una sonrisa, moviéndose sensualmente.
“Buen chico”
Una ola de placer se extendió por todo su cuerpo haciéndole gemir y retorcerse a la vez.
“¿Quieres correrte, Adri?”
“¡¡Sí...!!”
“Ya lo pensaba” una sonrisa juguetona en su cara. Cómo le ponía el ver a su hermano, completamente desnudo, con una erección descomunal, totalmente bajo su control.
“Adri, escucha bien. Todo lo que te digo es cierto, y real, y en cuanto lo oigas sabrás que es así sin lugar a dudas. Asiente si comprendes y aceptas lo que te digo”
Cuando su hermano hubo asentido, Nando continuó.
“Te correrás y será el orgasmo más intenso y gratificante que habrás tenido nunca ¿Entiendes? El mejor que hayas podido tener nunca. ¡Pero! Antes de que te corras, necesitarás cumplir dos simples condiciones. No te correrás bajo ningún concepto a no ser que se cumplan esas dos condiciones. Soy así de generoso.
"..."
"Primero: Solo te correrás dentro de mí. No podrás correrte si tu pene no está dentro de mí. Eso puede ser mi culo o mi boca, según nos dé. ¿Entendido?
“...Entendido...”
“Segundo: Solo te podrás correr si me corro yo. Ya procuras satisfacer mis necesidades, incluso por encima de las tuyas, ya he visto. Pero esto te dará aún más motivación para darme placer.”
“...”
“Quiero que trabajes duro para conseguir cumplir esas dos condiciones. Al fin y al cabo, te quieres correr, ¿verdad?”
“Sí..”
“Yo te ayudaré. Soy un buen hermano, pero tendrás que confiar en mí y hacerme caso”
“...”
“¿Seguirás lo que te diga con tal de correrte?”
“Sí...”
“¿Harás cualquier cosa?”
“Sí...”
“De acuerdo. Contaré hasta tres, y cuando llegue a tres volverás a tu estado normal, obviando que hemos parado, pero manteniendo todas las órdenes y condiciones que te he dado mientras estabas en trance. ¿Entendido?”
“Sí...”
“Muy bien. Despertando en 1... 2.... y.... ¡3!”
Los ojos de Adrián recobraron su viveza y pasión. Un fuego ardía fuerte dentro de él. Su pene gritando por ser liberado.
Nando sonrió y frenó los fuertes brazos de su hermano antes de que pudieran agarrarle para intentar empotrarlo de nuevo.
“No, no, no... Vamos a probar otra cosa”
Adrián le devolvió una mirada de confusión.
“Si quieres meter tu pene dentro de mí...” continuó, apoyando sus manos en los fuertes hombros de su hermano “Tendrás que-” apretó para bajar su cuerpo lentamente hasta que el chico quedó en cuclillas “-preparar tu camino”
Nando se giró, se echó ligeramente hacia adelante y separó sus nalgas, dejando cara a cara a Adrián con su ano rosado.
“¿Qué...?”
“¿Aún no lo has entendido? Claro, esto es nuevo para ti. A ver, cómo te lo cuento. ¿Alguna vez le has comido la vagina a alguna chica?
“¿Sí...?”
“Pues esto es lo mismo”
“Pero... No querrás que... Hermano, que por ahí...”
“No lo pienses, ¡sé un buen chico, y haz tu trabajo!”
“Aahg....” dijo, una ola de placer golpeándole de nuevo, nublando su mente una vez más, dificultando su pensar “Pero...”
La resistencia era clara. No quedaba más remedio.
“Hipnoespiral...” dijo Nando con voz cansada
Adri quedó en cuclillas, su cara a escasos centímetros del culo de su hermano pequeño.
“A ver, Adri, mi culo es perfecto. Mi ano es perfecto. Olvida lo que normalmente pasa por ahí. Para ti, tanto mi culo como mi ano son áreas de placer. Considera mi ano como una flor apetitosa que lamer, que chupar, que saborear. Mira en ella y ve tan solo lo deliciosa que es esa flor rosada que tiene tu hermano entre sus nalgas. ¿Lo puedes ver? ¿Puedes sentir cómo te llama a besarla? ¿A lamerla? ¿A penetrarla?”
Adrián miró detenidamente el ano rosado de su hermano pequeño. Allí donde antes había un orificio podía claramente ver algo fantástico y apetitoso, que mágicamente le llamaba a saborearlo.
Se relamió.
“¡Listo! Contaré a tres y a la de tres volverás al momento en el que nos quedamos, obviando que hemos parado, pero recordando las órdenes que te he dado ahora. ¡1! ¡2! y... ¡3!”
Los ojos de Adrián volvieron a la vida y su respiración se hizo más intensa.
“¿Y bien? ¿Me vas a-”
No hizo falta acabar la frase. Adrián se lanzó de cabeza al ano de su hermano pequeño, devorándose a besos, lamiéndolo y violándolo con la lengua. Se oían sonidos de placer por parte del chico que solo podían ser rivalizados por los gemidos agudos de Nando.
El ano de Nando fue dilatándose a medida que la rápida y juguetona lengua de su hermano mayor se hizo camino en sus adentros. Jamás había sentido nada igual. Nadie le besaría ni lamería con la misma pasión que Adrián. No le cabía duda.
“Ah... Creo que... Ah.... Adri... Creo que ya estoy listo... Prueba.... De usar tu pene...”
Adrián aún tardó unos minutos en dejar de saborear el culo de Nando. Con cierta derrota, finalmente se levantó y agarró su pene.
“Lo has hecho muy bien, Adri. Ahora, si te quieres correr, mete tu pene dentro de mí” Nando se sonrojó un poco al escucharse a sí mismo. ¡Qué cursi! Pero tampoco había nadie más por ahí, y a su hermano no pareció importarle, absorto como estaba en acertar con introducir su hombría en él.
Los intentos no eran tan agradables como la lengua de Adrián, pero aun así, era erótico tener al hombre más sexy que conocía intentando metérsela por el culo.
Cuando finalmente la punta se deslizó ano adentro, y Adrián apretó introduciendo unos 6 centímetros de barra de rabo, Nando gimió de gusto.
“¡Aaah....!”
Apoyado una vez más en la encimera, arqueó su cuerpo para poner su culo más en pompa, facilitando el acceso.
Adrián sacó y metió de nuevo. 8 centímetros. Sacó y metió de nuevo. 11 centímetros. Metió y sacó de nuevo. ¡17 centímetros! Su vientre chocó contra las suaves nalgas. Había llegado al tope. Había introducido todo su pene dentro de su hermano. Ahora solo quedaba repetir.
“Ah... Qué grande... Qué bien se siente...”
El hermano mayor continuó con el vaivén. Rápido. Más rápido. Mucho más rápido. Golpeando con fuerza. Sacudiendo todo el cuerpo. Agitando y gruñiendo de manera animal. Sintiendo el placer que le daba el prieto orificio de su hermano pequeño.
“¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!”
“¡¡¡Sí.....!!!”
Las sacudidas de su hermano mayor eran tan rápidas y potentes que si no se hubiese agarrado con las dos manos al mármol de la cocina se hubiera caído al suelo. A cambio, el placer era inmenso. Su próstata estaba siendo estimulada como nunca. Poco importaba que su pene, rebotando contra el aire con cada empujón, no lo estuviera tocando nadie. Lo que pasaba detrás compensaba inmensamente lo que sucedía delante.
Adrián parecía no perder fuelle. Siguió empujando con intensidad, variando el ritmo, gruñiendo salvajemente, cogiendo con fuerza las caderas de su hermano pequeño. Muchas veces sentía llegar a la cumbre del orgasmo, pero por más que lo intentaba, por fuerte que sacudiera, no conseguía nunca correrse.
“¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! Me... Voy.... Me voy a....”
Las palabras entre jadeos de Nando le llenaron de una energía superior.
“Me... Aaaaah......”
Hilos blancos salieron con potencia del pene de Nando, salpicando contra las puertas del armario de cocina, la encimera, y el suelo. Casi perdió las fuerzas cuando sintió detrás de él como una sustancia gruesa y viscosa llenaba su culo.
“¡¡¡AAAAh.!!!”
Probablemente el orgasmo más intenso de su vida, Adrián enloqueció, gruñiendo, casi gritando de placer, mientras chorro tras chorro llenaba el recto de su hermano pequeño. Empujando cada vez con menor intensidad, pero dando golpes secos y definitivos.
“Ah.....Ah...”
Ninguno de los dos podía mediar palabra. Estaban exhaustos y llenos de placer. Un placer que no se podía comparar con nada que hubiesen vivido antes.
El pene de Adrián se deslizó recto abajo, saliendo al aire libre. Era una sensación extraña. Para los dos. Un vació en el culo de Nando, y una falta de presión alrededor del pene de Adrián.
Nando se giró, jadeando, buscando un sitio donde sostenerse. Sus ojos se encontraron con los de su hermano mayor. Los dos parecían agotados. Los dos parecían extasiados. Se sonrieron. Nando rodeó a Adrián con sus brazo por encima de los hombros. Adrián rodeó a Nando con sus brazos por encima de la cintura. Apretó con fuerza. Cuerpo contra cuerpo. El calor de un hermano alimentando el del otro. Se querían. Era amor fraternal. Del que hacía tiempo que no habían podido compartir.
“Te he echado de menos, hermano”
“Yo también, Adri”
Adrián apretó más fuerte y sus ojos casi llegaron a humedecerse de alegría de no haber sido por el susurro de una palabra en su oreja.
“Hipnoespiral...”
Con eso, perdió la noción del tiempo, del espacio, del contexto y desapareció en la inmensidad.
***
“¡Ey Nando!”
Adrián atrapó con un fuerte abrazo por la espalda a su hermano pequeño.
“¡Adri...! Tengo prisa...”
“¡Pero que picajoso! Solo quería despedirme. Me alegro de que te hayan dado ese trabajo”
Nando podía notar un bulto que reflejaba esa ‘alegría’ de manera especial en la entrepierna de su hermano mayor.
“Así que te alegras, ¿eh?” apretó su culo contra el bulto de manera juguetona “¡Vamos que si te alegras, pervertido...!” Ambos se rieron ante lo innegable.
“Volveré pronto. No te preocupes.”
“¡Más te vale! ¡Voy a explotar si no!”
Para entonces, la boca de Adrián acariciaba el cuello de Nando, erizando el vello del muchacho con cada caricia.
“¿Es que nunca tienes suficiente?”
“¿De ti? Nunca.”
Lo giró sobre sí mismo sin esfuerzo y cuando lo tuvo cara a cara le plantó cariñosamente un beso en los labios.
“Hmmmm...mmee... tennnnngo....” intentó decir Nando, esforzándose por resistir los labios de su hermano mayor.
En un acto de energética voluntad, Nando consiguió finalmente apartarse.
“¡Me tengo que ir...!”
Adrián lo miró como un perrito que se queda atrás mientra su amo se marcha por la puerta. Nando sabía el por qué de esa mirada.
“No me pongas esa cara, luego seguimos. Te lo prometo”
“No tiene por qué ser así”
La frase resonó en la cabeza de Nando, como algo que ya había vivido antes, como algún tipo de déjà vu. Sonrió con sorna sin perder de vista a su hermano:
Sus labios, arqueados de manera seductora; Sus manos, agarrándole firmemente por la cintura; Su mirada, cruce entre deseo y ternura. Estaba claro cuáles eran sus intenciones. ¿Cómo iba Nando a resistirse? Encandilado, el hermano pequeño asintió.
Fue señal suficiente para Adrián, el cual no perdió ni un segundo, levantó a Nando por debajo de la cintura resistiendo el peso con sus fuertes brazos. Nando rodeó el cuerpo de Adrián con sus piernas. El mayor de los dos caminó por el pasillo, y ambos compartieron risas y carantoñas hasta desaparecer en la habitación donde podrían vivir y revivir su pasión sin tapujos. Tal como habían hecho antes, y tal como lo seguirían haciendo durante las décadas siguieron al día en que Nando demostró a Adrián que no tenía por qué ser de otra manera.
Segunda parte de esta historia corta y autoconclusiva que intenta escaparse un poco de los convencionalismos.
¿Qué será de nuestro montañista? ¿Logrará escaparse de su embrujo musical? ¿O sucumbirá a las órdenes de su cliente? Descúbrelo pinchando en Seguir leyendo.
- Yoel, te presento a Monseñor Colmenar. Alto representante de la iglesia en tu región, seguro que has oído hablar de él.
Los ojos de Yoel se iluminaron de ilusión ante la presencia de un representante de la Iglesia. Para él ese sacerdote, o cualquier otro que hubiera visto, era lo más cercano a Dios.
- Es un placer monseñor - Sus mejillas visiblemente sonrojadas de la ilusión. Adorable. Se postró ante el clérigo y agarró su mano para besarle el anillo en señal de total devoción. Monseñor Colmenar acarició el cabello del chico y le instó a levantarse. Pese a que estaba oscuro, estoy convencido de que vi algo moverse bajo su sotana.
- Cómo te llamas hijo mío.
- Me llamo Yoel, Monseñor.
- Estás listo para recibir el cuerpo de Dios en sagrado sacramento?
- Sí, Monseñor.
- Muy bien. Buen chico - acarició su mejilla con más afecto de lo que sería habitual, y luego giró su mirada hacia mí - Delta, creo que podemos proceder a la ceremonia. Dirijámonos a la parroquia.
Asentí. La parroquia no era en sí tal cosa. Por muy siniestras que pudieran ser las intenciones del Monseñor, seguía siendo muy religioso y no hubiese sido capaz de mancillar el nombre de Dios en su propia casa. Así, preparé una habitación en una finca privada cercana al bosque a la cual se podía acceder desde el sendero. Caminamos los tres juntos a la luz de la Luna, mientras Monseñor confesaba a Yoel, por lo visto un requisito imprescindible para poder hacer la primera comunión.
- ¿Has tenido pensamientos impuros hijo mío?
- S-Sí, Monseñor. - Las palabras de Yoel temblaban al reconocer algo así delante de un representante de Dios.
- No te preocupes hijo mío, el Señor acoge a todo tipo de pecadores, es normal para un chico joven y rudo y fuerte, y atractivo- A cada palabra la respiración del clérigo se hacía más pesada. La caricia reconfortante que ejercía sobre los brazos del muchacho se extendió por el resto del cuerpo a medida que continuaba con el sermón: masajeando su cuello, acariciando su cadera, enfilándose por su ancha espalda... Podía entrever una leve expresión de confusión en Yoel ante lo íntimo del contacto, pero había sido programado para aceptar la palabra de los representantes de Dios, así que si aquel predicador opinaba que él era sexy, atractivo, y viril, no tenía la menor duda que eso debía de ser así. Monseñor paró el contacto y se puso serio.
- Pero para poderte entregar a Dios tendrás que deshacerte de tus pecados. Me tendrás que explicar en detalle esos pensamientos impíos para que pueda purificarlos. No puedes entrar a la Casa de Dios con el alma mancillada.
- Es usted tan bondadoso Monseñor. Yo solo soy un pecador. Necesito redención. Son muchos los pensamientos que me asedian.
- Céntrate en aquel que más te atormenta. El que te excita más cuando ninguna otra cosa puede hacerlo. No tengas vergüenza, hijo mío, no agaches la cabeza. Estás ante un representante de Dios. Todo es puro en presencia de un clérigo.
- Sí, Monseñor. Verá, a menudo, cuando estoy solo en casa y sé que nadie me ve, cierro todas las cortinas de mi habitación, enciendo las luces, me planto ante el espejo, y me excito mirando mi cuerpo. Me desnudo poco a poco para no perderme detalle, y cuanta más ropa me quito más me excito. Luego me acaricio el cuerpo. Recorro con mis manos mis pectorales, mi vientre plano, mis piernas, mi pelo, para llegar al final a mi miembro. Monseñor, no soy homosexual ni ninguna perversión por el estilo, ¡lo juro! Nadie lo sabe, lo he ocultado hasta hoy, pero me pongo muy cachondo masturbándome ante el espejo, machancando el monstruo de 21cm que Dios me dio. Mirando fijamente cómo este crece y se agita a cada mano que le doy, y viendo mi rostro sucumbir al placer de semejante bastón de carne.
Por primera vez vi a Monseñor desconcertado. Estoy seguro que él, tanto como yo, se esperaba alguna fantasía relacionada con chicas. Alguna marranada con tetas o algo así. También supongo que el descubrimiento del tamaño de Yoel debió de ser igualmente impactante. 21cm no se oye cada día. No puedo decir lo que pasaba por la mente del sacerdote, pero estoy convencido de que en ese momento le debía de comer una curiosidad imperiosa.
- ¿Es cierto lo que me dices, hijo mío?
- Sí, Monseñor.
- ¿Es cierto que Dios te ha dado una potente herrramienta de fecundación, y que tú has decidido utilizarla en vano, recreándote ante tu propio reflejo en el espejo?
- Sí, Monseñor. - El tono autoritario que había ido adquiriendo el sacerdote hizo mella en el chico, el cual se notaba más sumiso y arrepentido a cada palabra.
- Sabes que mentir a un representante de Dios es también pecado, ¿verdad? Demuéstrame que es verdad que Dios te ha bendecido con semejante portento entre tus piernas. No te preocupes, estás ante un representante de la Iglesia, no hay nada más sagrado y menos impuro. Cavilar implica que no crees en la palabra de Dios. No dudes o la ira de Dios será aun mayor.
-Sí, Monseñor.
Yoel, sonrojado por tener que enseñar sus intimidades a un sacerdote, destapó una de las aperturas de velcro de su pantalón, descubriendo así solo sus genitales mientras el resto de la ropa se mantenía en su sitio. Su pene, semierecto por la excitación reciente de haber tenido que explicar su fantasía secreta más íntima, pulsionaba rítmicamente. La reacción de Monseñor no distó mucho de la mía cuando vi tal milagro de la creación.
- ¡Dios bendito! Hijo mío, ¡es una buena herramienta la que Dios te ha dado! - acercó su mano medio temeroso, no tanto por miedo a una respuesta negativa por parte del obediente chico, sino más bien por lo imponente del miembro.
Yoel cerró los ojos y gimió levemente ante el contacto con la piel caliente de la mano de Monseñor. Éste no perdió el tiempo y para cuando el chico se pudo dar cuenta los dedos y la palma de la mano del cura exploraban el tamaño de su barra de carne. El masaje provocó cierta incomodidad a Yoel, pero nada comparado con la que hubiese tenido de no haber sido por la programación a la que había sido sometido. El Yoel montañista le hubiese partido los huesos a este pervertido en sotana, por muy cura que se hiciese llamar. El Yoel de ahora, vestido en un ridículamente sexualizado traje de primera comunión, se debatía entre el placer que se le estaba administrando y el sentimiento de culpa de estar sintiendo ese placer en manos de un alto representante de la Iglesia. Ni siquiera se dio cuenta de que Monseñor Colmenar había empezado a tocarse a si mismo bajo su sotana.
Hacía poco que habíamos dejado de caminar hacia la falsa parroquia. Estábamos parados a escasos metros del edificio al que nos dirigíamos. Toda esta escena estaba fuera del guión acordado, pero no importaba. Mis clientes pagan por horas y las actividades son solo requisitos opcionales. No negaré que la misma escena me estaba excitando a mí también. Un chico joven de unos 180cm, fuerte, de figura imponente, sucumbía ante el placer de un señor de mediana edad, calvo, bastante más bajo y de aspecto más curviforme. Todo un espectáculo al que decidí unirme en la distancia, encargándome de mi propia "herramienta de Dios" como le llamaría el Monseñor.
- Hijo mío, no debes sentir vergüenza ante el contacto de mi mano. Mi mano ha sido bendecida con el poder de Dios, es una mano sagrada. Mi mano te curará de tus pensamientos impuros. Mi mano te llevará al éxtasis que solo el contacto con Dios puede otorgar. - Monseñor aceleró el ritmo. El movimiento de su brazo era más extenso de lo habitual dado el tamaño del pene. Parecía que estuviese tocando una larga zambomba de Navidad. Yoel cedía ante las palabras manipuladoras de su ídolo religioso y cambió la culpa por una entrega incondicional - Solo tienes que querer ser perdonado, ser bendecido, entregarte a la palabra de Dios. Hijo mío, dime qué quieres ser perdonado.
- Oh, Dios Mío! Sí, por favor! Redímeme de mis pecados Monseñor! Quiero ser perdonado!
El sacerdote continuó danzando sus mano sobre el pene del chico. utilizando el pulgar masajeaba la zona justo debajo del glande, mientras que con con cada sacudida abarcaba la largarie que conformaban sus 21cm. El cuerpo del chico se agitaba con cada nuevo contacto. Estaba paralizado por el placer, pero el cuerpo es sabio y sus caderas empezaron a follar la mano del cura, cada vez con más fuerza y más rabia, perdiendo el control. Los gemidos incrementaron su frecuencia y volumen. El sudor recorría la frente de Yoel. Su cara puro poema de placer.
- Muy bien, chico! Estás a punto de llegar a la cúspide de tu perdón. Cuánto más cerca estás de correrte, más cerca estarás del perdón de Dios. Invoca el perdón de Dios!
- P-P-Perdóname Dios!! - Yoel ya casi no podía responder más a las palabras del clérigo, ocupado como estaba en gritar de placer por el contacto divino y sanador.
- Más fuerte!
- Perdóname Dios!!!
- Una más y todos tus pecados se irán con la expulsión de tu simiente.
- PERDÓNAME DIOS!! PERDÓNAME DIOS!! PERDONAME...!- Y con este último grito de clemencia Yoel arqueó todo su cuerpo, sus múculos tensándose en una postura que clamaba al cielo, chorros de líquido blanco que birllaba a la luz de la Luna cubriendo el suelo, la mano del cura y parte de su sotana.
El éxtasis había sido tal que su cuerpo no pudo aguantar más y se desplomó encima del cura. Éste lo recibió en sus brazos con cara de satisfacción. Ni él ni yo habíamos podido finalizar nuestro acto de onanismo, pero ver sucumbir a semejante pedazo de hombre ante personas tan mundanas como nosotros era ya todo un logro. Además, aun quedaba mucha noche por delante.
La inesperada inspección por parte del misterioso hombre trajeado continúa. ¿Superará Luis Gavarre la segunda parte? ¿O se dará cuenta de los abusos a los que está siendo sometido su cuerpo? Descúbrelo apretando sobre Seguir leyendo
Alguien que llevaba menos de media hora en mi vivienda y a quien no había visto en mi vida se encontraba a punto de inspeccionar mi cuerpo. Podía sentir su aliento en mi cara de tan cerca que se encontraba, y aun y así no sentía que hubiese nada malo en ello.
Con las dos manos inspeccionó detenidamente el contorno de mi cara. Tenía las manos delicadas y seguramente mi barba de tres días, perfectamente recortada, debía de provocar cierta fricción contra su piel. Comprobó la textura de mis cejas, repasó el perímetro de mi mandíbula, examinó la densidad de mi barba, y prosiguió analizando el contorno de mis labios, introduciendo ligeramente el dedo índice en el interior de mi boca, seguramente para asegurarse de su capacidad. Por supuesto, no opuse resistencia, incluso cuando introdujo un segundo dedo y empezó a moverlos dentro y fuera sobre mi lengua. Al fin y al cabo, todo formaba parte del proceso de inspección. Cuando hubo terminado con esa zona, dirigió ambas manos a chequear mi cuerpo. En ese momento yo llevaba un jersey de cachemira y una camisa de algodón de alta calidad que al tacto debían de ser muy agradables. Aun y con eso, debo añadir que con el fuerte ejercicio físico y la dieta estricta me había quedado bastante delgado, lo que hoy en día llama la gente "fibrado", y posiblemente la sensación debía de ser un poco como tocar tela sobre piedra. Afortunadamente, dada su profesionalidad, el Sr. Inspector no murmuró queja alguna. De hecho, su mano encontró su camino por mis pectorales hasta encontrarse con mis pezones. Es una zona un tanto sensible para mí. Siempre les pido a mis parejas que me acaricien los pezones cuando lo estamos haciendo. Sabía que en esta ocasión el contacto era totalmente burocrático y que no tenía que sentirme más excitado que si mirase una película en blanco y negro, pero, incluso a riesgo de interrumpir la inspección, no pude evitar soltar un ligero gemido. Los oídos expertos del Sr. Inspector se percataron en seguida.
- Disculpe, Sr. Inspector, no era mi intención desconcentrarle.
- No se preocupe - dijo con una sonrisa - Entiendo que en estas pruebas el contacto físico provoque a veces el impulso irrefrenable de suspirar, gemir, o emitir algún que otro pequeño chillido de placer - a cada palabra sentí cómo el Sr. Inspector pellizcaba o retorcía suavemente mis pezones. Pese a que me moría de vergüenza por la situación, no podía reprimir la necesidad de suspirar y gemir cada vez que el Sr. funcionario comprobaba la resistencia de mis pezones. Noté incluso como mis gemidos eran cada vez más altos. Suerte que mi hijo Paul no se encontraba en casa. ¡Menudo espectáculo! Quizás yo entendía que dichos pellizcos y ligeros retorcimientos eran parte del proceso habitual y que el Sr. Inspector operaba con total profesionalidad, pero no sé hasta qué punto mi hijo está versado en derecho y normativa inmobiliaria. Al fin y al cabo, es estudiante de ingeniería, no de humanidades.
- Sus mejillas se están tornando coloradas. ¿Es que a caso hay algo que le preocupa? - Dijo el Sr. Inspector cuando hubo finalizado de comprobar la fiabilidad de mis pezones. Sus manos descendían ahora por los laterales de mi cuerpo - Ya sabe que cuanto más honesta sea su respuesta mejor será la calidad de mi informe.
- Verá, simplemente estaba pensando en que no me gustaría que mi hijo entrase por la puerta y se llevase la impresión incorrecta, ¿sabe? No creo que tarde mucho en volver, y él no sabe mucho de leyes. Siempre le he enseñado que el contacto físico entre dos hombres es algo nauseabundo. En esta casa tenemos una política de tolerancia cero hacia los homos, ¿entiende?
- Claro que lo entiendo. Pero ni usted ni yo somos homos, ¿verdad? Y no sé hasta qué punto se podría considerar este proceso burocrático como “contacto físico entre dos hombres”, honestamente - respondió sabiamente el Sr. Inspector mientras introducía sus manos por debajo del jersey de cachemira y de la camisa de algodón para inspeccionar la piel de mi abdomen y de mi espalda. Mi cuerpo se estremeció involuntariamente con el contacto.
- Está usted en lo cierto, Sr, Inspector. Esto no puede ser considerado contacto físico entre dos hombres. Para mí y para usted es algo incuestionable, pero me preocupa mi hijo. Él no entiende de leyes como nosotros, es tan solo un crío.
- De verdad, Sr. Gavarre, creo que le está dando demasiadas vueltas a algo que realmente no es importante. - dijo mientras su mano izquierda acariciaba los pelos de mis pectorales y su mano derecha bajaba a explorar la apertura que se formaba en la parte superior de mis pantalones de pinza. No pude evitar soltar otra retahíla de suspiros y gemidos cuando sus dedos se reencontraron con mis pezones. - Su hijo es una persona inteligente y seguro que sabrá entender que su padre está actuando como el respetable ciudadano que es. ¿se podría quitar el cinturón, por favor? Sus pantalones me impiden comprobar la profundidad del valle entre sus nalgas.
- Oh, disculpe. Por supuesto, perdone.
Me quité el cinturón, y facilité la tarea del Sr. Inspector desabrochándome y dejando caer mis pantalones.
- Estoy seguro que si me cuenta más cosas de su hijo se dará cuenta que se trata de un muchacho inteligente y capaz de entender una situación como esta.
- Eso tiene mucho sentido.
- Claro que sí.
- ¿Qué le podría contar que le fuera útil, Sr. Inspector?
- Por ejemplo, podría empezar describiéndome a grandes rasgos cómo es su hijo. Piense que cuanto más detallada sea su descripción más fácil me será hacerme una idea de si su hijo llegaría a comprender la situación - Dijo mientras su mano izquierda finalizaba el sondeo de mis pectorales y abdomen, y descendía para inspeccionar mis muslos.
- Bien, como ya le he dicho antes, mi hijo tiene 22 años y practica natación, escalada y bicicleta de montaña, además de seguir una tabla de ejercicios aquí en casa. Tiene el pelo negro, como yo, y los ojos color miel, como su madre. Tiene una sonrisa preciosa ¿sabe? Todo el mundo me lo comenta. Es un chico fuerte y atlético. Mide alrededor de un metro noventa y debe de pesar unos ochenta kilos.
- ¿Un metro noventa? Debe de ser muy alto.
- Sí, es un poco más alto que su padre - dije con cierto orgullo.
El Sr. Inspector sonrió conmigo, aunque su sonrisa me dio un pequeño escalofrío. Eso, o sus manos comprobando la textura de la parte interior de mis piernas. Esa zona siempre me ha dado cosquillas. Se encontraba ahora de cuclillas, su cabeza justo delante de mis boxers Colvin Kloin. Miraba al frente con detenimiento, escrutando cada parte de los boxers, mientras sus manos se deslizaban arriba y abajo de mis piernas, en búsqueda de alguna anomalía, supongo.
- Sr. Inspector, necesita acaso que me quite los calzoncillos también? - Dije intentándome adelantar a sus necesidades. El Sr. Inspector me lanzó una mirada mezcla de sorpresa y complacencia.
- Le agradezco su oferta, Sr. Gavarre. No querría saltarme el orden establecido. Antes que esa zona, debo inspeccionar sus pies. Si es tan amable de sentarse en la butaca y quitarse los calcetines para que pueda examinarlos a fondo?
- Con mucho gusto.
Me senté en la butaca más cercana. Mi butaca. La butaca en la que me siento siempre que mi hijo y yo vemos algún partido o alguna buena película (de acción la mayoría de las veces). Me quité mis calcetines de ejecutivo. Una lástima no haber recibido el aviso de mi casero antes. ¡Juro que me hubiese lavado los pies de haberlo sabido! Seguro que todo el sudor de haber pasado el día trabajando con mis calcetines de ejecutivo no pasaba desapercibido. En cierto modo sentí algo de vergüenza al pensarlo.
Aún y así, al Sr. Inspector no parecía importarle. Era todo un profesional. El Sr. Inspector se había sentado en el reposapiés más cercano y se había colocado mi pie derecho sobre su falda. Con ambas manos empezó a comprobar la consistencia de mi pie. A nivel subjetivo diré que el contacto de sus manos me recordaba a un masaje que me dieron en un viaje de negocios a Tailandia, pero dado el contexto no hay duda que este no era en absoluto el caso.
- Cuénteme más sobre su hijo. Verá como cuánto más me cuenta, más natural le parece esta situación, y más fácil le será entender que su hijo no verá problema en ella.
- Por descontado ¿qué más le podría explicar?
- Por lo pronto, cuénteme qué pie calza él. ¿Lleva zapatos o deportivas? ¿Qué tipo de calcetines lleva?
No sabía cómo podía ayudar esa información a entender mejor a mi hijo, pero supuse que si el Sr. Inspector lo preguntaba sería realmente porque era información relevante. Sonreí al recibir unas pequeñas cosquillas cuando sus dedos comenzaron a inspeccionar la planta de mis pies.
- Creo que ahora calza un 44. Ha llegado al punto en que mi calzado le viene pequeño. Está hecho todo un hombre ya. Suele llevar deportivas de marca. Solo quiero lo mejor para mi hijo, así que nada de marcas raras. Noke, Vons, Adodas… Lo último en zapatillas. Siempre las lleva con calcetines blancos deportivos. Creo que ya es costumbre, con tanto deporte.
Con tanto hablar no me había percatado de que ahora los dedos del Sr. Inspector comprobaban la densidad de las valles que se formaban naturalmente entre dedo y dedo. Algunas veces incluso se ponía el dedo en la nariz para olerlo. ¿Detección de sustancias supongo? No envidiaba su trabajo en absoluto.
- ¿Y le ha visto los pies? ¿Los tiene tan grandes como su padre?
- No me he fijado mucho. A veces va con sandalias sin calcetines. Supongo que sí, que los tiene grandes.
- ¿Podría entrar un poco más en detalle, por favor? Creo que si se concentra en imaginar sus pies le será fácil describirlos.
- Sí, disculpe Sr. Inspector. Es solo que nunca me he fijado mucho, pero estoy convencido de que si me concentro me vendrán más detalles a la mente.
Pensé durante un instante. El Sr. Inspector había dejado de frotar su dedo entre mis dedos. Lo que ocupaba ahora esa zona y parte de la planta de mi pie era su nariz. Tomaba mi pie con sus dos manos y luego acercaba su rostro a la planta para respirar profundamente. Podía sentir la humedad de boca en mi pie, y un ligero frescor cada vez que cogía aire. No parecía algo cómodo de hacer, pero no vi atisbo de malestar en el Sr. Inspector. Debía concentrarme más. Cerré los ojos.
- Alcanzo a ver sus pies. Le veo descalzo. El último recuerdo que tengo es de cuando fuimos de escalada el fin de semana pasado. Se tuvo que descalzar cuando cambió sus deportivas por los pies de gato. Fue un breve momento y tampoco me fijé mucho.
- Perfecto. Siga concentrándose. ¿Qué ve? ¿Cómo son sus pies?
- Son bastante anchos. Tienen magulladuras por todas partes. Parecen fuertes, grandes. Un poco de pelo en el empeine. Nada de pelo en los dedos. Los dedos son un poco largos, creo, especialmente el dedo corazón. El pulgar es enorme. Muy ancho pero chato.
- ¿Y la planta del pie? ¿Pudo ver la planta?
- No demasiado bien. Pero recuerdo que estaba ligeramente amarilla, y con algún que otro callo. Sr. Inspector, veo que ha terminado con mi pie derecho. Le acerco el izquierdo?
- Gracias, es usted muy amable, pero por ahora no será necesario - Se levantó y apartó el reposapiés en el que se encontraba sentado - Necesitaría, eso sí, que separase un poco sus dos piernas. Así. Un poco más. Eso es. Gracias.
El Sr. Inspector se arrodilló ante mí. Me sentí algo extraño, pues no pasa cada día que una persona tan importante como lo es un trabajador del estado se arrodille delante de uno, pero rebajé mi emoción dado que al fin y al cabo se trataba tan solo de una inspección rutinaria.
- Con el fin de conocer mejor a su hijo y poder evaluar mejor su situación, hábleme ahora de su físico. Viviendo juntos, seguro que lo habrá visto alguna vez sin ropa, ¿me equivoco? Ni que sea sin camiseta.
- Sí, sí, claro, por supuesto. No tenemos mucho pudor. Somos hombre hechos y derechos sin nada que esconder. Eso sí, siempre respetando la buena conducta y la etiqueta. Estar por casa no es excusa para ir como un cualquiera. Ir sin camiseta es casi impensable, pero alguna vez coincidimos por el pasillo cuando sale de la ducha.
- ¿Y cómo es su hijo? Cierre los ojos y pruebe de recrear la escena. Deme la descripción más detallada que le sea posible.
- Cerré los ojos como me pidió el inspector. Era más fácil concentrarme. Así no le veía hablarme desde mi entrepierna. Me concentré en mis recuerdos hasta que conseguí formar una imagen de cómo se ve mi hijo sin camiseta. Justo en ese momento, el Sr. Inspector empezó a revisar el tejido de mis boxer. Primero con un dedo. Luego con una mano. Revisaba también el posicionamiento y resistencia de mi pene y de mis testículos porque podía notar claramente cómo éstos se movían al compás de sus maniobras. Sentía un ligero cosquilleo agradable que intenté suprimir pues me tenía que concentrar en describir el físico de mi hijo.
- Veo a mi hijo. Veo su cuerpo. Sale del cuarto de baño. Se acaba de duchar. Sale algo de vapor de la puerta. Lleva solo una toalla blanca y unas sandalias de estar por casa. Con una mano sujeta la toalla que le cubre desde la cadera a la parte superior de sus rodillas. Camina a paso normal y no se fija en mí.
Era algo difícil concentrarme. Entendía que el Sr. Inspector solo hacía su trabajo, pero sus manos, ahora debajo de la tela de mis boxers, hacían mella en mi fuerza de voluntad. Podía sentir claramente cómo sus manos manejaban mis partes íntimas arriba y abajo, una vez más, supongo que para comprobar el aguante de mis órganos. No lo tenía claro, pero debía de ser importante para que un hombre de su importancia se rebajase a estos niveles.
- No se detenga. Está en la mejor parte.
- Disculpe Sr. Inspector. Me cuesta un poco concentrarme, pero sé que se está esforzando mucho en hacer una inspección de calidad así que yo también pondré de mi parte.
- Prosiga. Recuerde que toda información que me sea proveída será vital para mejorar la calidad del informe.
- Entiendo.
- Concéntrese en esa imagen de su hijo saliendo del cuarto de baño. Obvíe lo agradable que pueda ser mi trabajo en su entre pierna. Al fin y al cabo, somos dos hombres. Sería repulsivo que usted pudiera sentir nada con esto. Concéntrese y dígame ¿Qué más recuerda?
Tenía razón. Me sentía muy mal conmigo mismo por siquiera haber sentido el más mínimo placer durante esta exploración rutinaria. Por mucho que mi pene y mis testículos agradeciesen la atención, debía de hacer todo lo posible por no sentir placer. No debía ponerme en evidencia.
- Como le comentaba, no me he fijado nunca mucho, pero recuerdo los pectorales prominentes de mi hijo. Su piel siempre está bronceada por los deportes que practica, y supongo que eso hace que se marquen más las curvas.
- Propio de alguien tan atlético. Y dígame, ¿cómo son sus pezones?
- ¿Sus pezones? Bueno, supongo que son del tamaño normal - junté el dedo índice con el pulgar para emular el tamaño que creía que se correspondía a los pezones de mi hijo. - Aproximadamente así. Ligeramente ovalados, por la curva de los pectorales. Son de color marrón, pero sin ser muy oscuros. como los míos.
- Entiendo. ¿Podría enseñarme los suyos para que me haga una mejor idea de a lo que se refiere? Piense que cuanta más información tenga, mejor será el informe que pueda entregar al finalizar la inspección.
No es algo que hubiese hecho normalmente, pero pensé que al final se trataba de una inspección inmobiliaria rutinaria y que debía de colaborar en todo lo que me fuese posible. Tampoco me costaba mucho trabajo, así que acepté.
Sentado como estaba, no fue tan cómodo como si hubiese estado de pie. El Sr. Inspector tuvo la deferencia de parar un momento la examinación de mi entrepierna, algo que agradecí pues con tanta atención estaba empezando a serme muy difícil evitar un poco de excitación. Agarré mi jersey con las dos manos, y lo saqué por encima de mi cabeza. Lo aparté, y me peiné de nuevo. Raya a un lado y flequillo ascendente: el mismo peinado clásico que me había dado tanto éxito entre las mujeres durante todos estos años. Desabroché mi camisa de algodón. No hacía falta quitármela porque solo iba a enseñar mis pezones al Sr. Inspector, así que con cada mano agarré las dos partes de la camisa para que el Sr. Inspector pudiese ver claramente mi pecho.
- ¿Ve? Más o menos así son los pezones de mi hijo. Los suyos son un poco más tersos y ovalados que los míos, en algo se tiene que notar la edad, pero se puede hacer una idea.
El Sr. Inspector se acercó y comenzó a mirarlos detenidamente. Notaba su aliento en mi pecho. Recordé cómo las manos del Sr. Inspector habían trasteado con mis pezones hacía tan solo unos minutos, y no pude evitar un pequeño escalofrío. Deseé que no volviera a tener que hacerlo, o resultaría un tanto humillante.
- Y dígame, ¿su hijo tiene también tanto pelo en el pecho como usted?
- No, no, en absoluto. Solo un poco entre los pectorales, pero nada como mi pelo.
- ¡Aún no es tan hombre aun como su padre!
- ¡Todavía no! - reí - ¡Pero todo llegará!
Alejó su cabeza de mi pecho y entendí que aquello había sido suficiente. Podría haberme abrochado la camisa y puesto el jersey de nuevo, pero el Sr. Inspector me instó a no hacerlo “para agilizar la inspección en caso de que más adelante fuese necesaria más información sobre el área”.
- Gracias a su información creo que puedo hacer una idea aproximada de cómo son los pectorales y los pezones de su hijo, pero todavía no me queda claro cómo es el resto de su cuerpo. ¿Sería tan amable de extender su información? ¿Qué recuerda?
Volví a visualizar el cuerpo de mi hijo a través del recuerdo que conservo de la última vez que lo vi salir del cuarto de la ducha. Caminaba a paso normal, pero aun y así no me dio tiempo a fijarme tanto. Debía usar información de otras ocasiones parecidas.
- Recuerdo… Recuerdo su cintura. Es estrecha comparada con lo amplio que es su pecho. Tiene esas curvas que descienden de su cintura hasta su entre pierna. ¿Cómo lo llama la gente ahora? Cintura… Cinturón...
- ¿Cinturón de Adonis?
- Eso mismo. Tiene esas marcas que él llama cinturón de Adonis. Tiene obsesión por ellas. Me consta que en su tabla de ejercicio le dedica un buen rato a esa zona. Desde luego, todo el esfuerzo le sale a cuenta. No tiene ni un gramo de grasa, cuida muy bien su dieta, y no para de hacer ejercicio. Estoy convencido de que trae loquitas a las chicas.
- Eso es lo que sienten las muchachas. Dígame, ¿qué siente usted al pensar el cuerpo de su hijo?
- ¿Que Qué siento yo? Pues, orgullo, claro. Es un hijo modelo, la envidia de muchos de los que me rodean. Todos mis amigos querrían tener un hijo como el mío.
- Orgullo y nada más? Está seguro?
- Claro que sí. ¿Es que acaso intenta insinuar algo?
- No es que insinúe nada, Sr. Gavarre, es que desde que empezó a describirme a su hijo que mi labor analizando la respuesta en el sector púbico me es más complicada, no sé si me entiende.
- No del todo
- En palabras llanas: Su pene no ha parado de crecer y crecer dentro de su boxer desde que ha empezado a explicarme cosas sobre su hijo, especialmente desde que ha empezado a hablarme de lo orgulloso que está.
Miré desconcertado hacia abajo. No me lo podía creer. Era cierto. El glande de mi pene despuntaba desafiando la cinta elástica de mis boxers. Ésta se movía ligeramente con cada bombeo de sangre. Estaba a mástil erguido y ni me había dado cuenta. Tal y como decía el Sr. Inspector, mis boxer probaban de esconder, sin éxito, una erección enorme. El tener un pene tan grande es muy útil para sorprender a las mujeres, pero no tanto cuando uno se encuentra en una situación tan embarazosa.
- ¡Madre mía! ¡Qué vergüenza! No no, no es lo que insinúa. ¡En absoluto!
Tapé como pude mi erección. Intenté pensar en cosas neutras como sillas o mesas, pero no había manera.
- Pero todo coincide Señor Gavarre.
- Me niego. Es pura coincidencia. ¿No puede ser un efecto secundario de la inspección?
- Cabría la posibilidad. Pero aun y así…
- Le pido que por favor deje de apuntar en esa dirección. Amo a mi hijo, por supuesto, pero nunca de esa manera. Me pidió que fuese lo más honesto posible para dotar de la mayor calidad al informe final y eso estoy haciendo. Lo prometo.
Sentía la desesperación de probar mi inocencia ante este hombre del estado. No cabía en mí de la vergüenza de que alguien tan importante como él pudiera pensar que yo era semejante pervertido de excitarme con la visualización de mi hijo desnudo. El solo pensamiento me daba náuseas. Estoy seguro de que en aquel instante mi cara era un poema carmesí. Quería demostrar mi inocencia como fuese posible.
- No se ponga nervioso Sr. Gavarre. Veo que su cara está roja. No querría que sufriese usted por culpa de una inferencia desafortunada. Por desagradable que me sea ver el pene erecto de un hombre, entiendo que es algo que puede formar parte de mi trabajo. Puede estar tranquilo. No hace falta que se tape. De hecho, mejor no lo haga, así podré continuar con la inspección. No insistiré más en el asunto. Le doy mi palabra.
- De veras que lo siento mucho. ¡Disculpe! Qué impresión debo de haber dado. Usted esforzándose por hacer su trabajo lo mejor posible y yo se lo pago de esta manera. Con una erección, y hablando de lo orgulloso que estoy de mi hijo, ¡ni más ni menos!
No sabía dónde meterme. Me moría de la vergüenza. Nunca me había pasado nada parecido. Jamás en mis más de treinta años de vida me había metido en líos por una erección, y mucho menos delante de otro hombre.
- Le digo que no hace falta que se disculpe. Con que me deje continuar con mi trabajo me será suficiente.
Por un momento me sentí aliviado de que la conversación se hubiese desviado de mi desliz. No tener que defender mi relación con mi hijo se sentía como una descarga de peso importante sobre mis hombros.
Pero la descarga de mis hombros no duró mucho.
- Aunque, pensándolo bien, quizás he hablado demasiado rápido. No, claro… Visto lo visto....
- ¿Visto lo visto?
- Bueno, verá, siendo francos, en el estado en el que está su pene no creo que pueda continuar en condiciones, ahora que lo pienso.
- ¿No?
- No, en absoluto. La prueba de resistencia debe de hacerse con el miembro masculino en reposo. La dureza e inclinación de su pene apuntan a que aún tardará un rato en volver a su estado original. No nos podemos permitir perder ese tiempo, y tampoco podemos permitirnos saltarnos una parte tan esencial de la inspección.
- ¿En serio? De veras que lo siento mucho. Y no hay nada que se pueda hacer?
- Bueno, no sé, supongo que sí. Pero no es algo que me guste demasiado. No creo que nos guste a ninguno de los dos, de hecho. Desafortunadamente no se me ocurre ninguna otra manera. ¿Está seguro de que aún y así querría continuar?
- Por supuesto! - Mi cara se iluminó. Fuese lo que fuese, esto era culpa mía y era mi responsabilidad como ciudadano hacer lo posible para solucionarlo. - Dígame lo que debo hacer y lo haré lo mejor que pueda - El Sr. Inspector sonrió ante mi respuesta.
- Es usted un muy buen ciudadano. Ojalá hubiese más gente como usted. - Que un hombre de la categoría del Sr. Inspector me felicitase me hizo sentirme extrañamente orgulloso e incluso algo feliz. Casi me olvidé de que el tema en cuestión era la deflación de mi pene, el cual seguía erecto e intentando escapar de mis boxer.
- El manual que se nos reparte a todos los inspectores incluye un subapartado donde se explicita qué hacer en caso de erecciones accidentales. En estos casos, lo que se debe hacer - hizo una pequeña mueca con la cara, como si le costase decirlo - es un ejercicio de masturbación por parte del inspector que esté llevando a cabo la inspección para aliviar los síntomas y devolver el miembro a su estado original.
Mi cara palideció inmediatamente. Por un lado, me alegraba de que realmente existiese una solución, pero como bien me había advertido el Sr. Inspector, se trataba de una solución que no gustaría a ninguno de los dos. Jamás, repito, JAMÁS un hombre había tocado mi pene antes. Ni siquiera los médicos. Cualquiera que lo hubiese intentado hubiese acabado con la cara llena de moratones, irreconocible. Así de reticente soy, y así de reticente seré siempre. Creo que esta línea de razonamiento se hizo patente en mi cara.
- Entiendo su desagrado hacia esta medida. Le reitero que no disfrutaré ni lo más mínimo deslizando mi mano en su grande y duro miembro viril. Pero siendo las circunstancias que son, no queda más remedio. Si no lo hacemos así, no solo no podremos continuar sino que además estaremos incumpliendo el reglamento oficial.
- Pero… Pero tiene que haber otra forma, ¿verdad?
- ¿Quiere usted que yo incumpla el reglamento? ¿Es eso lo que me está pidiendo?
- No, no, en absoluto Sr. Inspector. Por supuesto que no.
- Pues entonces no queda otro remedio.
Un tanto brusco, o al menos más brusco de lo que yo esperaba, el Sr. Inspector usó sus dos manos para estirar de mis boxers. Siendo de calidad, se deslizaron fácilmente. Mi pene rebotó en mi abdomen por la estirada. Al fin libre, sentí la diferencia de temperatura en mis testículos y en mi miembro. Cerré los ojos. No era tanto el estar desnudo delante de otro hombre lo que me martilleaba la cabeza, era un hombre del Estado y podía confiar plenamente en su profesionalidad, era más bien lo que iba a venir a continuación. Por mucho que quisiera colaborar eso no quitaba el hecho de que un hombre iba tocar mi pene, ¡a masturbarlo! Esa zona siempre la había reservado para mis amantes, todas mujeres, y para mí. Nadie más. No podía mirar.
- Recuerde: esto es tan solo parte de una inspección mobiliaria rutinaria. Yo soy un trabajador del estado, un profesional, y trataré su miembro con total distancia, sin placer alguno. Si aún y así se siente preocupado, le recomiendo que piense en algo neutro, en algo que pueda distraerle completamente. Piense en su hijo, por ejemplo. ¿No defendía hace un momento que no le excita en absoluto de esa manera? ¿Que solo siente orgullo y cariño de padre? ¿Estaba siendo honesto?
- Sí, sí, totalmente honesto.
- Entonces no tendrá nada de qué preocuparse. Su hijo es el pensamiento más puro al que puede abrazarse.
Tenía razón. Nunca se me hubiese ocurrido, pero tenía razón. Mi hijo era lo más puro en mi vida. Si debía pensar en algo que me pudiese distraer de todo esto, ese era mi hijo. No había sentido nada extraño antes, no iba a empezar ahora.
Recuperé pensamientos de mi hijo. Mi hijo mirando la televisión. Mi hijo y yo preparándonos para escalar. Mi hijo y yo cenando juntos… El Sr. Inspector acercó suavemente su mano derecha a mi pene. Deslizó su mano de una manera más suave que la que había usado para quitarme la ropa interior. No estoy circuncidado. Eso facilitaría las cosas. Su mano apretó mi pene con fuerza. Me estremecí. Rompió mi cadena de pensamiento. Es difícil de explicar, pero sentí poder transmitiendo a través de su mano, como si mi pene hubiese sido agarrado por alguien muy poderoso. Podía notar cierta excitación de nuevo. Debía evitarla si quería ayudar al Sr. Inspector.
- ¿En qué piensa Sr. Gavarre?
- En que debo de intentar no excitarme.
- Oh, pero al contrario, Sr. Gavarre. Entiendo que no quiera disfrutar de esto, pero realmente, si no se excita no llegará nunca al clímax, y si no llega al clímax su pene no podrá volver a su estado original, ¿me sigue?
- Le sigo.
- Hágame caso. ¿Por qué no se relaja y se deja llevar? Piense en su hijo como le he pedido, piense en su relación con él. Seguro que eso hará que se olvide de mí y de lo que está pasando por aquí abajo.
- … De acuerdo.
- Mire, como no le acabo de ver convencido, hagamos una cosa. Siempre llevo un lista de música relajante en mi tableta digital. Me ayuda a sobrellevar grandes cargas de estrés. ¿Por qué no prueba a escucharla?
Y antes de que pudiera responder, liberó mi pene del agarre de su mano para girarse y coger la tableta que había dejado en la mesita delante nuestro. Hizo un par de sonoros clicks y del aparato empezó a sonar música. Música muy rara, eso sí, con sonidos que no sabría describir muy bien, pero el efecto relajante fue casi inmediato.
- Apoyaré la pantalla aquí, con estos libros, para que pueda ver algunas imágenes que he tomado antes durante la inspección. Son una recopilación de las fotografías que tiene usted de su hijo en casa, y algún que otro elemento de relajación. Ya verá que todo es más fácil de esta manera.
Creo que solo oí parte del principio de lo que me había dicho el Sr. Inspector, porque acto seguido de comenzar a aparecer las primeras imágenes perdí todo poder de atención para nada que no fuese esa pantalla. De hecho, sin darme cuenta, la tableta y la música pasaron a ser lo único que existía para mí en ese momento. Creo que ni con las finales de fútbol me he concentrado tanto en una pantalla.
Mientras, creo que el Sr. Inspector siguió con su trabajo. Aun y con mi nivel de concentración era imposible evitar sentir su mano manejando mi pene. Subía y bajaba la distancia de mi miembro, haciendo pequeñas pausas cuando tapaba mi glande con mi prepucio. Me sentía muy relajado. No estaba disfrutando de ello, pero tampoco me sentía mal del todo. Gracias a la música y a las imágenes, claro. En otras circunstancias habría salido corriendo.
- Reláteme lo que ve, y dígame lo que se siente.
- Veo una fotografía de mi hijo en unas vacaciones en el sur de Italia. Le rodea un mar de color turquesa que brilla bajo un sol cegador. Su sonrisa lo llena todo. Siento como la palma de su mano, Sr. Inspector, recoge mis testículos y los masajea.
- Qué más.
- Veo una fotografía de mi hijo con un par de amigos suyos. Van vestidos elegantemente. Es una fiesta en la universidad. Sus ojos color miel resaltan. Se le ve muy contento.
- ¿Y qué siente?
- Siento cómo sus manos me acarician la punta opuesta del glande. Mientras sigue masajeando mi escroto.
- No pare.
- Ahora veo una imagen de mi hijo y yo preparándonos para subir una montaña. Se nos ve muy concentrados en ponernos bien el equipamiento. Llevamos peinados muy similares. Se nota que somos familia.
- Está descendiendo la intensidad de su erección, Sr. Gavarre. Pruebe de estimularse de alguna manera. No sé, pruebe de pellizcarse los pezones. Aproveche que tiene la camisa abierta y las manos libres.
Admito que en otras circunstancias la propuesta me hubiese parecido surrealista, ¿tocarme los pezones mientras un trabajador del estado masturbaba mi pene a la vez que repasaba las fotografías familiares? Pero en ese momento estaba tan relajado que ni siquiera me pasó por la cabeza lo absurdo de todo lo que sucedía a mí alrededor.
Así, sin dudarlo, acerqué mis manos a mis pectorales y agarré cada uno de mis pezones con los dedos. Blandos primero, empezaron a ponerse cada vez más tersos a medida que la pinza de mi índice con mi pulgar estimulaba las terminaciones nerviosas. Creo que ya lo he comentado, pero los pezones son mi punto débil.
- Vaya, Sr. Gavarre, veo que sabe lo que se hace. Su pene vuelve a estar duro como una piedra. Por favor, no cierre los ojos, continúe relatándome qué ve y qué siente.
Era difícil no cerrar los ojos. El placer que sentía en ese instante con la masturbación por un lado y los pellizcos y caricias hacia mis pezones me estaban haciendo perder la batalla. Pero si había algo que podía rivalizar mi recién encontrado deseo sexual eso era aquella pantalla.
- Ah… Veo una fotografía de cuando mi hijo ganó la medalla.... de oro en el torneo... Interuniversitario… de natación. - Claramente me costaba articular frases enteras. Entre palabra y palabra no podía evitar dejar escapar gemidos de placer. El Sr. Inspector, hábil, había acelerado el ritmo. Instintivamente yo hice lo mismo con mis dedos.
- ¿Qué lleva puesto?
- No… No lleva nada… Nada más que su bañador de natación… Sus gafas de natación y… Y la medalla…
- ¿Qué siente Sr. Gavarre?
- ¡Ah! - En ese momento la música se hizo más intensa. Sentí como una especie de descarga eléctrica.
- ¿Qué siente al ver a su hijo así?
- Uh… - La pantalla empezó a parpadear ligeramente. Empecé a sentir como un deseo animal de follarme la mano que me estaba masturbando. Ya no me importaba que fuese un hombre, una mujer o un centauro. Solo quería que ese placer durase para siempre. - Siento placer. Mucho placer. Veo a mi hijo y a la vez siento placer.
- No, Sr. Gavarre. Ve a su hijo Y siente placer. Siente placer porque ve a su hijo. Repítalo.
No podía pensar con claridad. Mi mente se encontraba nublada ante tantos focos de placer. Las palabras del Sr. Inspector se introducían en mi mente como si se tratasen de mi propio pensamiento. No es que no pudiese poner freno, es que ni tan solo me lo planteaba.
- Siento… Siento placer…
- “Siento placer porque veo a mi hijo”
- Siento… Siento placer porque veo a mi hijo.
- Eso es, Sr. Gavarre. Siga repitiendo, y sienta que cuanto más lo repite más cierto es. Céntrese en el placer que siente ahora mismo, en el placer que le provoca ver a su hijo. Su hijo le provoca placer.
- Mi hijo… Me provoca… Placer… - En ese momento mis caderas empezaron a sacudirse. El Sr inspector no necesitaba agitar su mano para masturbarme, mi cuerpo ya hacía todo lo posible para conseguir ese trayecto.
- Mi hijo me… Me provoca placer… Siento placer porque veo a mi hijo…
- Exacto. Sr. Gavarre. Sepa que lo que dice es verdad, porque lo está viendo y sintiendo ahora mismo. Fíjese en los detalles de su cuerpo, en la belleza que tanto orgullo le ha dado siempre, en ese parecido a usted mismo que le hace sentir el amor por la sangre de su sangre.
En el estado de éxtasis en el que me encontraba, no me era precisamente fácil concentrarme. Aún y así, ya había hecho este recorrido minutos antes. Reconocí los elementos que le había descrito anteriormente al Sr. Inspector: La piel morena, la sonrisa infalible, su grandes pies tocando el suelo de la piscina, los fuertes y masculinos pectorales, sus pezones marrones ovalados por la musculatura, erguidos por el contacto con el aire, el tímido parche de vello que crece en el valle entre sus pectorales, los seis cuadrados que forman su abdomen, el cinturón de Adonis escondiéndose bañador adentro… Sin remordimiento, seguí repitiendo mi mantra, mi hijo me provocaba placer, sentía cada vez más fuerte ese pensamiento en mi mente, sintiéndolo cada vez más real, más auténtico. El placer inmenso que estaba sintiendo en ese momento no venía de otro lado que de la contemplación de la belleza de mi hijo. Cada vez lo tenía más claro.
- Mi hijo.... Me provoca… Placer…. Siento placer porque… Porque veo a mi hijo…
- Su cuerpo, sus piernas, sus brazos, su bañador húmedo. Céntrese en esa esa sombra que se entrevé en su bañador. Dibuja una la sombra de algo que yace escondido. Es la silueta de lo que hace a un hombre hombre.
- Lo que le hace... Le hace un hombre...
- Quiere ver lo que se esconde ahí, ¿Verdad? Quiere sentir más placer y la única manera de sentir ese placer es viendo el pene de su hijo.
- Ver… El pene… de mi hijo…
- Sabe que lo que digo es cierto, porque lo que digo es lo que está sintiendo. Soy la voz de su mente, y sé lo que quiere en cada momento. No existe lugar a duda. Quiere el pene de su hijo.
- Su voz… mi mente… quiero… Quiero el pene de mi hijo… - Me costaba expresarme, claro, tanto placer y tanto gemido hacían difíciles las frases enteras, pero en mi mente el pensamiento fluía con total intensidad y las palabras del Sr. Inspector reescribía lo que fuese que había antes.
- Muchos habrán deseado el pene de su hijo, pero nadie tiene tanto derecho como usted. Usted creó a su hijo. Sin usted ese pene no existiría. Exija su derecho sobre ese pene, sobre ese cuerpo que ahora mismo le está dando tanto placer.
- Quiero ese pene… Merezco ese pene… Placer...
- Pronto llegará usted al clímax, Sr. Gavarre. Pero no podrá eyacular hasta que no se comprometa a servir al dueño de la mano tan poderosa que ahora le está tocando el pene y le ha hecho ver su realidad, y a hacer todo lo humanamente posible para seguir sintiendo el placer que ahora siente.
- Mano poderosa… Servir…
- Debe servir al Sr. Inspector y hacer todo lo que le diga, sea lo que fuere.
- Debo servir… Servir al Sr. Inspector…
El placer inundaba todo mi ser. No había lugar para la conciencia. En algún lugar de mi mente algo golpeaba para avisarme de que algo no iba bien, de que había algo extraño en esta parte de la inspección. Pero esa sensación era minúscula, microscópica comparada con el intenso e irrefrenable deseo que sentía en ese momento de correrme, de llegar al clímax más absoluto y liberador.
- Debo… Servir al Sr. Inspector… Sea lo que fuere… - Gemido tras gemido, palabra tras palabra, aún y con el movimiento de todo mi cuerpo, repetí esa frase hasta que la hice parte de mi persona.
- Debo Servir al Sr. Inspector…Mi hijo me provoca placer… Su pene tiene que ser mío…Su pene tiene que ser…
Pero antes de que pudiese acabar la frase, mi cuerpo se tensó, mis piernas propinaron una doble patada hacia adelante y mis dedos dejaron de pellizcar mis pezones. El mundo se paró por un instante. Cerré los ojos con intensidad. Emití un largo y gutural sonido.
Me corrí.
Me corrí como nunca me había corrido antes. La intensidad de esta corrida no era comparable con ninguna que hubiese podido tener en mis 42 años de vida. Saltos y saltos de semen volaron por todas partes, golpeando mi pecho, cayendo en mi abdomen, aterrizando en el sofá, goteando en la mano del Sr. Inspector, esa mano que me había llevado hasta aquí, hasta este punto.
Durante unos minutos dejé de existir. ¿Esas cosas que dicen esos hippies maricones de que se encuentran flotando en otro espacio astral o no sé qué mierdas? Pues así me sentía yo, fuera de mí.
Cuando retomé la conciencia, la música había parado de sonar, la pantalla se había fundido en negro, y yo volvía a llevar mi ropa. No sé si me la había puesto yo o si me la había puesto el Sr. Inspector, pero tanto mis pantalones, como mi camisa como mi jersey se encontraban todos en su sitio. A mi izquierda, tableta en mano, se encontraba el Sr. Inspector. Solo de verlo se me iluminó la cara. Era el que me había traído todo ese placer a mi vida. Jamás habría sentido un placer así en mi vida de no ser por él. Mi mente hervía de ganas de compensar al hombre que se encontraba a mi lado. No pude evitar bajar un poco la vista. Mirarle directamente a los ojos me resultaba difícil.
- Aquí finaliza la inspección, Sr. Gavarre. Espero disculpe cualquier molestia que le haya podido ocasionar.
Mi cara pasó del entusiasmo a la decepción en milésimas de segundo.
- Oh, no se preocupe, Sr. Gavarre. Nos volveremos a ver pronto. Es necesario comprobar que se llevan a cabo los cambios pertinentes en la distribución del núcleo familiar para poder asegurar que se ha aplicado lo detectado en esta inspección. Recibirá una visita nuestra pronto. Mientras, le aconsejo que revise el material de aplicación de la normativa que le he dejado en su habitación. Asegúrese de revisar detenidamente las instrucciones de uso.
- Así lo haré Sr. Inspector.
- Perfecto.
Sonreí como un cachorro al que le acaban de acariciar la oreja. El Sr. Inspector se levantó y se dirigió hacia la puerta.
- Casi me descuido. Una última cosa. ¿A quién sirve usted a partir de ahora, Sr. Gavarre?
- A usted, Sr. Inspector. - Contesté automáticamente como si de una tabla de multiplicar se tratase.
- Y qué le provoca placer?
- Ver a mi hijo. Ver el bello cuerpo de mi hijo. Ver ese cuerpo que ayudé a crear…
- Muy bien, muy bien. Y, finalmente, que intentará conseguir a toda costa?
- El pene de mi hijo.
- Exacto. El pene de su hijo es lo que más desea ahora mismo. Es suyo. Tiene derecho a él como padre que es.
- Tengo derecho a él, como padre que soy.
- Eso sí, le diré, y sabe que todo lo que le digo es como si lo pensase usted mismo, que debe de evitar a toda costa que su hijo sospeche. Debe de evitar que sospeche que ahora sigue la voluntad de éste inspector aquí presente, debe de evitar que sospeche que usted siente placer a través de su hijo, y debe evitar que sospeche de que usted desea su pene. ¿Entendido? No importa el como. Debe cumplir las condiciones como vea factible.
- Comprendo, Sr Inspector.
- Perfecto. Dicho esto, nos vemos pronto Sr. Gavarre. Ha sido un placer poder trabajar con alguien tan colaborador.
- El placer ha sido mío, Sr. Inspector.
Y con un fuerte apretón de manos, el hombre del traje, desconocido hacía tan solo un par de horas, el centro de mi existencia ahora que se marchaba, daba por finalizada la inspección. En mí se hizo un pequeño vacío en cuanto se acabó de cerrar la puerta. Solo me consolaban dos cosas: la próxima visita del Sr. Inspector, y la llegada en pocos minutos de mi hijo. Volví a la cocina más contento que antes, dispuesto a acabar aquellas hamburguesas que había empezado a preparar. Más valía que le preparase una buena cena. Debía de cuidar ese cuerpo si quería seguir sintiendo placer.
Segunda parte de esta historia de control mental con David Belyavskiy como inspiración para el personaje de Vitalis, el compañero de piso sexy pero no muy dado a la limpieza.
En el anterior capítulo, Guille se topa con una misteriosa perfumería en la cual le garantizan que podrá deshacerse de sus problemas con los malos olores con tan solo usar uno de sus productos personalizados. ¡¡Y encima es gratis!! ¿Conseguirá Guille que su piso no huela tan mal? ¿Cuál será el precio real a pagar? Descúbrelo pinchando en Seguir leyendo.
¡Qué entrenamiento! ¡Estaba molido! ¡cada músculo de mi cuerpo ardía como trozos de carbón! Estaba reventado pero lleno de energía. Nuestro entrenador se pasa muchísimo con las rutinas, pero es necesario si queremos seguir siendo los ganadores este año.
Guille me había pedido que limpiase la casa, y quería hacerlo. Bueno, no quería hacerlo, pero me sabía mal por el chico. Eso, y que el piso era suyo y me podía echar en cualquier momento. Y bien, admito que no soy el más limpio y que quizás mi ropa huele un poco mal. Muy mal, la verdad. Con todo lo que nos hacía sudar el capitán, qué menos! Entendía que Guille estuviese cabreado, así que había salido pitando hacia el entreno dejando solo una nota. Solo esperaba que al volver me diese tiempo de poner un poco de orden. Al menos que se note que tengo intención.
Me llevé una buena sorpresa cuando llegué. Bueno, no del todo, comiendo a Guille no era tan sorprendente quizás. Delante mío, un paisaje inmaculado, limpio, brillante. Ni rastro de mis cosas ni de mi suciedad. Guille “la aspiradora” Sánchez lo había vuelto a hacer. Se me había adelantado y eso seguramente solo podía significar que me caería otra buena bronca. Quizás iba siendo hora de que hiciese las maletas.
Y en eso que caminaba por el pasillo, pensando en mis cosas, cuando de repente tuve que parar en seco: ¿Qué era ese maravilloso olor? Sí. Me sonaba mucho ese olor. Avancé hacia el comedor y se hizo más intenso. Yo había olido eso antes. Era una flor. Era una flor lila... ¿Era a caso el olor a perovskias? ¡Sí! ¡Eso era! ¡Perovskias! ¿Pero cómo podía ser? Solo florecen en verano, y estamos lejos de mi tierra. Pero no podía ser otra cosa. Olía exactamente igual que los campos de perovskias que se extendían alrededor de mi casa, allá en la madre patria. Moví la nariz arriba y abajo intentando captar el origen de ese aroma. En seguida noté algo más. ¡No podía ser! Era eso... ¿Pero cómo? Hacía muchos años que no me venía ese olor tan rico ¡Era kulitsch! y no cualquier kulitsch, podía reconocer esa fragancia entre mil otras porque ¡Era el dulce aroma de los kulitsch que horneaba mi abuela para pascua! Cómo echaba de menos ese olor tan bueno. Podía saborearlos con solo cerrar los ojos. De pequeño nunca tenía suficientes. Podía pasarme el día devorando esas delicias. ¿Y ese otro olor? ¿Cómo podía oler a algo más? Era... ¿Era? ¡Sí! ¡Era kvass! El mismo que nos pedíamos los del equipo después de los entrenamientos. ¡Cómo refresaba!
Imágenes de los mejores momentos de mi infancia y adolescencia se fueron formando en mi mente. Pronto, mi cuerpo se desplomó en el sofá, alienándose de la fatiga y el cansancio del duro esfuerzo físico al que había estado sometido durante todo el día. Solo podía sentir una paz y tranquilidad inmensas, como si nada malo me pudiese pasar. Estaba tan relajado que a penas podía pensar en nada que no fuesen esos deliciosos aromas.
Increíblemente, debí de pasar horas en ese estado, porque no fue hasta que regresó Guille de estudiar que no me di cuenta que la manecilla del reloj del comedor había avanzado unos dos o tres números. ¡Wow! ¡Y para mí era como si solo hubiesen pasado unos pocos minutos!
- Vitalis, ¡ya estoy en casa! ¿Qué tal el entreno?
Segundos después de oír la pregunta, conseguí soltar una respuesta. Me costaba una barbaridad pensar, absorto como estaba en este estado de paz y tranquilidad.
- biennnn....
¿Era esa mi voz? Sonaba más idiota de lo normal.
- ¿Has visto que limpio todo? Espero que lo mantengas así por bastante tiempo, que mi trabajo me ha costado.
El olor se hizo cien veces más intenso y más agradable en cuanto Guille entró por la puerta. Era como si hubiese una rueda de intensidad y Guille la hubiese girado al máximo. Cerré los ojos y emití un gruñido de placer. No podía verme pero seguro que tenía las mejillas coloradas.
- Ssi....
-...
Abrí los ojos, y Guille me observaba en silencio desde una distancia prudencial.
- Oye, ¿estás bien?
- Ssi...
- ¿Seguro? Porque parece que te hayas fumado algo. ¿O quizás te ha sentado mal el batido de proteínas? Sí, tiene que haber sido uno de esos bat-....
Estaba tan absorto en el olor que emanaba del cuerpo de Guille su voz me sonaba como el ruido de fondo. Era imposible concentrarme en lo que decía. Solo tenía sentidos para ese olor intenso que me transportaba a un mundo de paz y tranquilidad.
- ¿Me escuchas?
- ....
- Si vas a seguir de esta manera, da igual, me voy a mi habitación que estoy destrozado.
No sabía qué acababa de decir Guille, solo sabía que la fuente de toda esa paz se alejaba de mí. No podía dejar escapar todo ese bienestar. Me levanté y en una fracción de segundo alcancé a Guille y le agarré del brazo.
- ¿Pero qué haces? ¡Me haces daño!
No debí calcular bien la fuerza con la que apretaba mi mano. Estaba haciéndole daño. Destensé mis músculos sin soltarle.
- De verdad, ¿qué te pasa?
- No... No lo sé.... Desde que he llegado... El olor... no puedo... Huele tan bien... Agh... Me cuesta pensar... No quiero pensar... Puedes... Hueles tan bien... No te vayas...
Con una frase así, lo normal es que la otra persona fuera incapaz de entenderme. Pero Guille era un chico listo. Mucho.
- Estás de broma, ¿verdad? Aunque... Pareces muy serio. No es propio de ti hacer este tipo de bromas.
Guille me miró con intensidad, seguramente buscando alguna señal que desmontase la fachada de cualquier broma. Yo no estaba bromeando. Realmente quería seguir disfrutando de ese intenso aroma a felicidad. Pasó la mano por delante de mi cara, con la linterna del móvil me miró las pupilas, me tomó el pulso poniéndome la mano en la muñeca... Yo le dejé hacer. Estaba muy relajado disfrutando de ese intenso aroma que desprendía. Ni que hubiese querido, no hubiese sabido qué hacer. Mi mente estaba prácticamente en blanco.
- ¿Y dices que el olor no te deja pensar? ¿Es eso lo que me estás diciendo? Qué extraño. ¿Puede que sea...? Ven, vamos a sentarnos en el sofá.
Guille caminó hasta el sofá y yo fui detrás de él. Una vez sentados, continuó hablando.
- No sé si me estás tomando el pelo o qué, pero no pierdo nada por seguirte el rollo. Vitalis, como no conseguía librarme de la peste que hacen tus cosas, compré un ambientador nuevo. La verdad es que la tienda donde lo compré es de lo más extraña. Me dijeron que harían una combinación exclusiva para mí, basada en mis necesidades. Pensé que era mera publicidad así que no le di más vueltas. A mi me huele neutro: ni bien ni mal, ¿pero a qué te huele a ti?
Abrí los agujeros de la nariz tanto como pude e inhalé una considerable cantidad de aire. Con los ojos cerrados, emití un pequeño gemido, disfrutando del dulce perfume.
- Huele... A pastel de Kulitsch... a Kvass... a flores de Perovskia...a Felicidad... Huele tan bien...
Y con eso, abrí los ojos y volví a emitir un gruñido de placer. Guille se había puesto colorado como un pomidor. Su mirada fija hacia abajo. Miré donde me señalaban sus ojos y me di cuenta de que mi pene había crecido hasta el punto de apretar obscenamente contra la tela de mis pantalones.
En otras circunstancias estoy seguro de que me hubiese cubierto el bulto con las manos rojo de vergüenza, o hubiese gritado a mi compañero que no mirase o le partía la cara, pero en ese momento estaba TAN relajado, TAN feliz, que me importaba poco cómo de grande y visible era el bulto que se había formado bajo la tela de mi pantalón.
- Ok... Creo que por ahora voy a ignorar que tienes una erección descomunal en tus pantalones y voy a seguir hablando como si nada. No por nada, pero valoro mi integridad física...
- ...
Nada que objetar, mientras pudiera seguir respirando ese maravilloso olor.
- Como iba a decir, un amigo de la facultad me contó hace un tiempo cómo un laboratorio estadounidense había logrado aislar componentes de origen vegetal que, al ser asimiladas por los receptores sensoriales emplazados en los conductos nasales, hacían sentir una enorme sensación de paz y placer a los sujetos, casi comparable con el de un estado pre-hipnótico. Además, todos ellos reportaban problemas en la inhibición así como una alta sugestibilidad.
-...
- ¡Ah! ¡Pero eso no es lo más sorprendente! Aunque parezca increíble, y pese que en todos los ensayos se emplease el mismo tipo y cantidad de partículas, ¡el olor descrito por los sujetos nunca era el mismo! ¡Jamás! Todos describían cosas deliciosas, especialmente cosas que les traían buenos recuerdos, pero nunca coincidían.
- ...
- La investigación fue cancelada por el Comité de Bioética Humana y solo quedaron un par de papers en publicaciones de poco impacto. Lo había olvidado casi completamente, y hubiese seguido siendo un recuerdo lejano de no ser por esto.
Guille señaló mi cara de felicidad y la erección golpeando mi pantalón.
- Existe una posibilidad remota, pero podría ser que uno de los ingredientes de este ambientador sea el mismo que el de aquella investigación, y que, al adaptarlo a mí, a mí no me afecte.
Me importaba poco lo que dijese. Mi cuerpo se balanceaba como si lo meciera una mano invisible. Todo yo era paz y tranquilidad.
- Es posible incluso que lleve otros ingredientes que ni si quiera apareciesen en esos papers! ¿No es increíble?
- Increíble...
Guille sonrió.
- Y si todo lo que he dicho es cierto, por muy remotamente improbable que sea, ahora mismo tendrías que estar abierto a cualquier tipo de sugestión o planteamiento... Lo que significa... Vitalis, ¿No te parece que hace calor? ¿Un calor muy intenso?
- Calor...
Abaniqué mi cara con las manos. Guille tenia razón. No me había dado cuenta hasta que no lo había dicho, pero hacía mucho calor en la casa. Una gota de sudor cayó por mi frente.
- Eso es, ¡hace mucho calor, Vitalis! Estás sudando de calor, ¿no lo notas? Y encima llevas toda esa ropa gruesa y pesada que te aprieta y te oprime el cuerpo. ¿No te molesta esa ropa, Vitalis?
- Ssí....
El sudor iba apareciendo por mi cuerpo, y pronto empecé a empapar mi camisa. Además, la ropa me estaba asfixiando. Agarré mi camisa por la parte de abajo y empecé a agitarla para que me entrase aire. Pero no era suficiente. Seguía muriéndome de calor.
- No sé, quizás deberías deshacerte de alguna capa de ropa, ¿no? Total, solo estamos tú y yo aquí. Sé que normalmente no lo haces, pero de verdad que a mí no me importa, y estoy seguro que a ti tampoco. ¿Verdad que a ti no te importa quitarte ni que sea la camisa? Seguro que te sentirás mucho mejor, mucho más fresco.
- Quizás... Quizás me quito un poco de ropa... Más.. Fresco...
No aguantaba más ese calor. Es verdad que normalmente no me quitaría ropa delante suyo. Siempre había ido con cuidado. No solo porque yo fuese algo tímido, sino también porque sabía que Guille era gay. No me interpretéis mal, Guille era un buen chico, siempre lo había creído así, pero donde yo crecí, la homosexualidad estaba muy mal vista, y nunca pude evitar sentir cierta amenaza por su parte. Así que, “cuanta menos piel le enseñase al lobo, mejor”, creía. Pero ahora era distinto. Me encontraba totalmente en paz, relajado, embriagado por ese delicioso aroma. Quizás Guille tenía razón. Quizás no había problema en quitarme la camisa. Seguro que con solo eso ya me sentía más fresco.
- Calor... - dije suspirando...mejor... mejor me quito la camisa...
Puse mis dedos en los botones del cuello de la camisa. Sentí la tela de la franela acariciando la yemas de mis dedos. Por el rabillo del ojo vi cómo mi compañero de piso me miraba expectante. Tuve una mala corazonada, pero fue rápidamente contrarrestada por una agradable ráfaga de aquel aroma. Cerré los ojos, y comencé el ritual de desabrochar y descender de manera hábil, como había hecho tantas veces, solo que esta vez delante de Guille. Cuando me deshice del último botón, eché la tela hacia atrás, quedándose atrapados por un bree instante mis brazos dentro de las mangas. Zarandeé mi cuerpo y fácilmente me deshice de mi prisión.
- Mmmm.... Mucho mejor... - Dije verdaderamente aliviado. Un aire fresco acarició la piel de mi torso, notándose especialmente en aquellas zonas empapadas de sudor. Instintivamente, me rasqué el pecho con la mano derecha, y luego volví a como estaba.
Guille no decía nada. Yo tampoco. Él estaba rojo y no paraba de mirarme. Su miraba recorría cada rincón de mi cuerpo: mi cuello, mi clavícula, mi pecho, mi abdomen. Unos segundos después, me volvió a mirar a los ojos..
- Tienes un cuerpo Increíble, Vitalis. Tantas horas de trabajo, entrenándote para ser medallista, realmente tienes un cuerpo impresionante. No te molesta que te diga que tienes un cuerpo impresionante, ¿verdad, Vitalis? Si trabajas tanto, ¿qué menos que dejar que los demás aprecien tu esfuerzo, no es así?
Normalmente me hubiese incomodado su comentario, soy algo tímido y no me gusta mucho sentirme observado. Además, no quería que se llevase ideas equivocadas. Por estar sin camisa no quiere decir que quiera algo con él. Pero me sentía relajado y tranquilo, y Guille parecía tener razón: este cuerpo era fruto de años de duro trabajo en el gimnasio. Era normal que las demás personas se quedasen asombradas al ver los resultados.
- Sí, es así. De hecho, te gusta que te digan lo grande y fuerte que eres, ¿no es verdad? Te hace sentir más varonil, te hace sentir un hombre de verdad. Especialmente si te lo dice otro hombre, porque eso quiere decir que eres el macho dominante, ¿verdad que sí, Vitalis?
No lo había pensado nunca, pero era cierto que podía sentir algo excitante dentro de mí cada vez que alguien se fijaba en mi cuerpo o cuando decían cosas buenas de éste. Y con lo competitivos que somos los chicos en el gimnasio, cuando uno me decía lo fuerte y grande que era, me sentía secretamente poderoso y por encima de todos.
- Vitalis, mi adoración hacia tu cuerpo es adictiva. Cuanto más te digo los grande, fuerte y masculino que eres, más sientes ganas de conseguir mi atención, de que te siga diciendo lo increíblemente grande, fuerte y masculino que eres. No importa que yo sea otro hombre, y no importa que sea gay. Deseas que adore tu cuerpo, que te haga cumplidos, que no deje de mirarte, porque eso te pone en tu sitio como macho alfa que eres, como joven heterosexual que eres.
- Sí... Quiero que adores mi cuerpo...
- Eso es, Vitalis, pero no voy a poderlo hacer así como estás ahora, ¿no crees? No me malinterpretes, tienes un cuerpo increíble, eres mucho mucho más fuerte que yo, con esos bíceps fuertes, bien definidos, y esos brazos gigantes, que son el doble de grandes que los míos... -
A cada comentario sobre mi cuerpo podía sentir como mi ego se expandía cada vez más. Era como una droga. Quería más. Iba a hacer lo que fuera con tal de que Guille siguiese adorando mi fuerte y masculino cuerpo
- Sí, tienes un cuerpo increíble, Vitalis, pero creo que adoraría mucho más tu fuerte y musculoso cuerpo si, no sé, ¿flexionases un poco para mí? Sí, eso es, sabes que si flexionas tus músculos para mí, y solo para mí, recibirás toda mi atención, ¿verdad, Vitalis? ¿Verdad que quieres flexionar tu cuerpo para mí?
- Ssi....
No tardé mucho. Si quería seguir sintiéndome así, debía hacer lo posible para mantener la atención de Guille. Pensaba que siendo gay y teniendo yo el cuerpo que tengo eso sería suficiente para que continuase, pero me daba cuenta de que no, de que tenía que hacer algo más. No solía flexionar mi cuerpo, me parecía algo degradante. Mi cuerpo era una herramienta, no un objeto, pero quería toda la atención y adoración posible. No quedaba más remedio.
Levanté el brazo derecho y flexioné mi bíceps, tensando mis músculos, haciendo crecer una prominente bola perfecta. El efecto en mi compañero de piso fue inmediato.
- ¡Qué brazo más grande y más fuerte tienes!
Sonreí como un niño al que le aplauden por haber hecho bien la tarea, e inmediatamente hice lo mismo con el otro brazo esperando el mismo premio.
- ¡Madre mía, Vitalis! ¡Qué músculos! ¡Es increíble! ¿Puedo tocar? Estoy seguro de que podría apreciar mucho más lo fuerte y grande que es tu brazo si pudiera tocarlo. ¿Verdad que prefieres que te toque para comprobar lo fuerte y musculoso que eres?
- Supongo... Que sí...
Debía de asegurarme de que Guille apreciase mi fuerte y musculoso cuerpo, y veía que la única manera iba a ser que lo tocase por si mismo, que sintiese la masculinidad y la fuerza que hay bajo estos músculos de acero. Sonreí y le ofrecí un brazo. Mi compañero se acercó y comenzó a acariciar y a apretar la bola que aparecía y desaparecía cada vez que flexionaba el bíceps. Se relamía, y yo sabía que era de pura admiración. Quería que me admirase aun más, así que le ofrecí el otro brazo. Sin dejar el izquierdo, comenzó a frotar con las yemas de sus dedos a lo largo y ancho de mis extremidades superiores. Su tacto era cálido y sus movimientos suaves, aunque algo temblorosos.
- Eres increíble, Vitalis, ¡eres tan fuerte! ¡Mira estos brazos! ¡Por mucho que apriete siguen duros como rocas! ¡Me haces Querer ver más! Sé que me puedes enseñar más. Quieres enseñarme más, ¿verdad que sí, Vitalis?
- Si...
Estaba de acuerdo, podía y quería enseñarle más. Bajé los brazos y los arqueé, apretando con fuerza mis pectorales, los cuales se juntaron y endurecieron. Me aseguré de sentir tensión en todos los músculos que estaba usando. Guille suspiró, seguramente de admiración.
- No me puedo creer que vaya a tocarte el pecho. Hasta hace unos días solo soñaba con cómo debían de ser esos fuertes pectorales que apretaban contra tus camisas, y ahora los tengo aquí delante, en plena flexión.
Acercó sus manos. No cambié mi pose. Suspiró sonoramente al entrar en contacto con mi pecho.
- Oh, sí...
Ante esa respuesta, me vine arriba y alterné flexión y reposo para hacer bailar mis pectorales.
Guille se volvió loco de alegría y comenzó a apretar sus manos. Yo dejé de flexionar para que él pudiese apretar con mayor facilidad, y sentir lo grandes que eran mis pechos. Por una décima de segundo, me recordó a aquellas películas porno en las que el hombre amasa las tetas de la mujer de turno. Pero pensar era algo pesado, así que me centré en el orgullo y placer que me daba que alguien como Guille admirase de esta manera mi cuerpo.
De la emoción y la fricción, mis pezones se erizaron. Mi compañero tuvo que sentirlo en la palma de sus manos, pero no le importó. De hecho, frotó con aun más vigor, rozando con más intensidad mis pezones. Cuesta de admitirlo, pero tanta atención me estaba calentando.
- Tus pectorales son impresionantes. Duros como una piedra cuando flexionas, blandos y maleables cuando los dejas en reposo. Podría pasarme horas achuchando a estos dos. Eso te gustaría, ¿verdad, Vitalis? Te gustaría que achuchase tus pechos tanto tiempo como quisiera, ¿a que sí?
- Sí... Apretar mi pecho...
- Pero si achuchase solo tu fuerte y vigoroso pecho no podría entonces admirar el resto de tu cuerpo. Has trabajado mucho para tener este cuerpo. Has entrenado incontables horas para llegar a ser el mejor gimnasta. Quieres que admire el resto de tu esfuerzo, quieres que admire tu cuerpo.
- Admirar mi cuerpo...
- Quieres Enseñarme el resto de tu cuerpo, Vitalis. Quieres enseñarme los músculos que jamás me has enseñado. Tú abdomen, tus piernas, tus glúteos.. Quieres quitarte los pantalones para enseñármelo todo. No puedes esperar a ver mi reacción cuando te quites esa ropa y descubras ese cuerpo hercúleo que tanto trabajo te ha costado. Quítate la ropa, Vitalis. Quítatela ahora mismo.
Era casi como si Guille pudiese leer mi mente. Ardía en deseos de poder enseñarle el resto de mi cuerpo. Ya podía ver mis pectorales, mis brazos y mi abdomen, ¡pero tenía tantas ganas de ver su cara cuando le enseñase mis piernas y mis glúteos!
Sin pensármelo dos veces, me levanté, me quité las deportivas, y los calcetines y los tiré a cualquier sitio de la sala. Luego, bajé mis pantalones agarrándolos por la cintura y lanzándolos al sofá, quedando totalmente expuesto con solo mis briefs, luciendo el cuerpo que tanto esfuerzo y trabajo me había costado.
Guille estaba rojo. Su respiración se había hecho algo más fuerte.
- Veo que ese bulto en tus pantalones no era tu celular! ¡Madre mía!
Me sentía tan a gusto con él, tan cómodo en ese ambiente, que me había olvidado de que tenía una erección. Lo cierto era que no me importaba. Por mucho que apretasen los calzoncillos sobre mi pene, estaba más interesado en que Guille admirase la fuerza de mis músculos de gimnasta. Sin pensarlo dos veces, levanté una pierna y la reposé encima del sofá. Agarré mis manos por detrás de mi espalda y apreté todos los músculos de mi cuerpo. Mi piel brillaba suavemente con la fina capa de sudor que se había ido acumulando. Mi compañero se puso las manos en la boca de lo sorprendido que estaba de verme en todo mi esplendor.
- ¡In-cre-í-ble...! No tengo palabras, Vitalis.
Sonreí de oreja a oreja. ¡Estaba tan contento de que Guille pudiera admirar mi cuerpo! Le ofrecí otra pose, esta vez con los dos pies en el suelo, y los dos brazos flexionados hacia arriba, apretando bien mis bíceps para resaltar la potencia de mi parte superior. Tuve que ajustar mi pene en los calzoncillos porque amenazaba con salirse. Guille no perdió detalle
- Creo que me voy a desmayar como sigas así. ¡Tu cuerpo es tan increíble, Vitalis! No me atrevo a tocarte. ¿Puedo tocarte?
- Tócame...
¡Claro que podía tocarme! ¿Qué mejor manera de admirar mi cuerpo que tocándolo? Mi compañero se acercó y posó sus manos en los costados de mi tronco, comenzando por la parte inferior de mis axilas, y bajando lentamente hasta llegar a las caderas. Sus dedos jugueteaban con cada bulto que se encontraban en su camino.
Al llegar a ese punto, exploró mi musculatura de la manera más inusitada: colocó su cabeza encima de mi pechó y la movió de lado a lado, colocándola justo en la línea donde se separaban mis dos pectorales, y agitándola de un lado a otro, haciendo vibrar todo mi cuerpo. Bajó su cabeza, apretándola fuertemente contra mi abdomen, el cual respondió contrayéndose de manera refleja. Se paró justo en la punta de mi calzoncillos. Sus vistas sobre mi cuerpo musculado debían de ser inigualables. Desde allá abajo y sin dejar de mirar hacia arriba, podía observar cada curva, hendidura y montaña de mi cuerpo. No dejé de sonreír pensando en lo mucho que Guille admiraba este cuerpo ganador de medallas.
De rodillas ante mi y sin dejar de mirarme, mi compañero colocó sus manos en mis glúteos. Apretó y estrujó igual que lo había hecho con mis pectorales. Jugué con él flexionando y relajando mis músculos. En uno de esos movimiento empujé accidentalmente mis caderas hacia adelante, dándole pequeños golpes a Guille con mi bulto. No pareció importarle y, de hecho, apretó su mejilla derecha contra la tela de mis calzoncillos. Podía sentir la presión de su cara contra mi pene. En otra ocasión me hubiese preocupado, pero en este contexto, estaba tan relajado que me pareció algo más bien fortuito.
- Quieres que pueda admirar mejor tus glúteos, esos glúteos para los que has trabajado tanto, los glúteos que te permiten hacer esos saltos increíbles en el plinto, y piruetas en el potro. Solo tienes que darte la vuelta, Vitalis, date la vuelta y podré admirar tus fuertes y trabajados glúteos. Expón tu trasero para que pueda admirarlos en su plenitud.
Guille me dejó de agarrar y me di la vuelta. Para más comodidad, apoyé mis manos en la pared y separé mis piernas como si se tratase de un cacheo. Suspiré imaginando la cara de admiración que debía de tener mi compañero en ese momento.
Una vez más, masajeó mis glúteos con sus manos. La tela de mis calzoncillos estaba un poco empapada en sudor, así que sus manos resbalaban ligeramente. A veces sus dedos rozaban accidentalmente la entrada a mi ano. En esos momentos, no podía más que reaccionar con un pequeño salto por la impresión. Nunca me había tocado nadie ahí, así que la sensación era extraña. Guille alternaba el uso de sus manos con el uso de su cabeza, apretando mis nalgas contra su cara, colocando su cara en el valle de mis nalgas, apretando su nariz con fuerza. Era raro tener su respiración justo en mi culo, pero entendí que era una manera como cualquier otra de admirar mi cuerpo.
- Tus glúteos son increíbles. Sabes que podría admirar mucho mejor tus glúteos si no fuese por esta tela, ¿verdad? Hay confianza, Vitalis, creo que puedes estar en la misma habitación que tu compañero de piso sin necesidad de llevar calzoncillos, ¿verdad que sí, Vitalis? ¿Verdad que no solo no los necesitas sino que además te molestan?
- No los necesito... Molestan...
El sudor, el calor de su respiración contra mi culo, la excitation por el contexto, me sentía sudoroso y la tela me apretaba contra el cuerpo. No tenía sentido seguir llevando esos briefs, al fin y al cabo tampoco es que dejasen mucho a la imaginación. Sin girarme, agarré mi ropa interior por la cinta elástica. Al bajar, se quedó algo encallada por culpa de mi erección. Paré, agarré mi pene con mi mano derecha, lo recoloqué de manera que no interfiriese, y continué bajando hasta que pude sacar el pie derecho por el agujero derecho y el pie izquierdo por el agujero izquierdo.
Dejé mi cuerpo totalmente desnudo y expuesto para que mi compañero, Guille, pudiese admirarlo en toda su totalidad. Seguía de espaldas a él, así que no podría describir su reacción, pero sí que oí un fuerte suspiro.
- Así que este es el culo de un gimnasta! Vitalis, no deberías de esconder tu cuerpo nunca más! Es tan impresionante que todo el mundo tendría que poder admirarlo de la misma manera que lo admiro yo ahora!
- Enseñar mi cuerpo...
- Eso es, pero por ahora solo enséñamelo a mí, o tendremos problemas.
No entendí a qué se podía referir con “tendremos problemas”, pero como me costaba mucho pensar, di por hecho que mi compañero debía de tener razón.
En el momento, Guille volvió a admirar mis glúteos con sus manos. Verdaderamente era una sensación diferente ahora que no existía ninguna capa de tela entre su piel y la mía. Los toques accidentales a mi agujero se fueron sucediendo cada vez más seguido, pero no le di mayor importancia. Podía confiar en mi compañero de piso. A veces esos toques eran con su propia nariz. ¡Eso sí que era extraño! cada vez que sucedía, no podía evitar volver a saltar. Era algo entre cosquillas y... ¿Placer?
- Sabes, Vitalis, tienes un cuerpo impresionante. No he visto ni tocado nunca un cuerpo como el tuyo. Jamás hubiese podido imaginar poder tocar y acariciar a alguien tan fuerte y musculoso como tú. Eres un sueño hecho realidad.
Mis mejillas enrojecieron por sus palabras. Parecían honestas y me llenaban de orgullo.
- Pero hay un músculo que todavía te queda por enseñarme, un músculo que solo he podido entrever a través de la tela de tus calzoncillos. ¿Sabes de qué te estoy hablando?
- ...
No sabía de qué me hablaba. Me costaba tanto pensar que por mucho que le diera vueltas no lograba dar con la respuesta.
- Técnicamente no es un músculo, es un órgano, pero para ti tiene que ser un músculo a trabajar como todos los demás. Un músculo que tienes que entrenar para que esté tan fuerte y tan duro como tus tríceps, tus pectorales, o tu deltoides.
- ...
¿Qué podía ser? Para mi mente todo sonaba a uno de esos acertijo complicados que te preguntan los abuelos cuando eres niño.
- Es un músculo alargado y rígido. Es un músculo que se pone duro cuando estamos contentos. Estoy hablando de tu pene, Vitalis. ¿Has trabajado tu pene como el resto de tu cuerpo? ¿Lo has cuidado, entrenado, y le has dedicado el esfuerzo y la atención que se merecen para estar al nivel del resto de tu cuerpo?
- ...! No... Lo sé... ¿Lo he hecho...?
Estaba confundido. Estaba convencido de haber entrenado cada uno de mis músculos de manera meticulosa e intensiva. Mis entrenadores se habían encargado de ello durante todos los años que he sido gimnasta. Pero nunca se me había ocurrido que tenía que entrenar también mi pene. Pero Guille tenía razón, el pene de un hombre venía a ser como un músculo, ¿no? Y si he desarrollado, entrenado, y cuidado todos los músculos de mi cuerpo hasta el día de hoy, ¿por qué no iba a hacer lo mismo con mi pene? Creció en mí la preocupación de que quizás no le había dedicado el tiempo necesario a mi pene. Quizás lo había estado dejando de lado todos estos años sin darle la importancia que se merece
- Cada vez que te has masturbado, cada vez que has tenido una erección, cada vez que has mantenido relaciones sexuales con alguien, todas esas veces has estado trabajando tu pene. ¿Has hecho esas cosas, Vitalis?
- Ssi...
- Pues entonces has trabajado tu pene igual que has trabajado el resto de tu cuerpo y, como el resto de tu cuerpo, necesitas que alguien lo admire. ¿No sientes esa necesidad, Vitalis? ¿La necesidad imperiosa de que alguien admire tu pene?
- Ssi...
Había puesto mucho esfuerzo en entrenar mi cuerpo, pero también lo había puesto en entrenar mi miembro. Así que, si mi cuerpo se merecía la adoración de los demás, mi pene también. Tenía que ser admirado. Quería que Guille lo admirase como el resto de mi cuerpo. Quería ver su cara de admiración
- Gírate, Vitalis, gírate para que pueda admirar ese pedazo de carne que tienes entre las piernas tal y como se merece.
Me di la vuelta. Mis 17cm de pene erecto se balancearon con el movimiento. Dejé los brazos colgando a los lados de mi cuerpo, mientras mi pene palpitaba tieso y mirando en dirección a la cara de mi compañero. Guille sonrió, se levantó y se sentó cómodamente en el sofá.
- ¡Tienes un pene maravilloso, Vitalis!
- Gracias... - Nunca un chico había dicho algo así sobre mi pene. Era una sensación agradable recibir cumplidos, sobre todo viniendo de otro hombre.
- Igual que has hecho con los otros músculos, con este también tendrás que “flexionarlo”.
- ¿...?
¿Flexionar? ¿Mi pene? ¿Cómo...?
- Veo en tu cara de confusión que no sabes cómo. Acércate y te enseño.
Obedecí, confundido. Me acerqué a Guille, y él se reclinó hacia adelante, acercando sus dos manos a mi miembro. Sin perderlo de vista, escupió en sus manos, y lo agarró, poniendo una mano en la base y la otra en el tronco. Su mano empezó a deslizarse arriba y abajo, y yo tuve que cogerme a sus hombros y ponerme de puntillas porque el placer que recorrió mi cuerpo me hacía perder las fuerzas.
- ¡Ooooh.... Sí....!
- ¿Ves? Así es como se ejercita un pene, cómo se demuestra su figura en su máximo esplendor. ¿Te gusta, Vitalis? ¿Te gusta que te ayude a flexionar y ejercitar tu pene?
-¡Ssiii...!
Estaba en el cielo. Todo mi cuerpo se encontraba en flexión, como haciendo fuerza para absorber todo el placer que me provocaban las manos de Guille. Éste comenzó a ir más y más rápido y yo no pude contener mis gemidos, los cuales me hacían sonar como un animal en celo.
- ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!
- Veo que te gusta. Te gusta que otro hombre muestre cuánto admira tu pene y tu cuerpo. Te encanta que otro hombre te dé placer. Te encanta que yo te dé placer.
- Ssi....!!!
Mis respuestas eran automáticas. En ese momento me podría haber preguntado si me gustaba comer fetos de bebé que hubiera dicho que sí sin rechistar. ¡Estaba en pleno éxtasis! Todo lo que me decía entraba directamente a mi cabeza sin que yo si quiera pudiera procesarlo.
- Así me gusta, buen chico, Vitalis. Vamos a probar con algo nuevo, sé que te va a encantar, ya verás.
Sin parar de menearme el pene, acercó mi cuerpo a su cara, sacó la lengua, y comenzó a lamer mis testículos. Todas mis terminaciones nerviosas se activaron, mandando un placer intenso que hizo erizar todo el vello de mi piel.
- Tienes unos testículos deliciosos.
Continuó así durante unos 5 minutos. Yo pensaba que me iba a correr de inmediato, pero Guille seguía insistiendo que aun no podía eyacular. Estaba en el paraíso y aun así, no poder correrme estaba siendo una tortura.
La lengua de mi compañero avanzó hacia arriba, sustituyendo su mano, y humedeciendo a su paso el área comprendida entre mis testículos y mi glande. En cuestión de segundos, mi pene había desaparecido en la cavidad de su boca, volviendo a aparecer momentos después. La sensación de calidez me hizo gemir aún más fuerte.
- ¡Oooh! ¡síii!
La cabeza de Guille subía y bajaba con la constancia de un metrónomo. Con cada movimiento me volvía a envíar más y más cerca del clímax final. Aun así, no importaba cuántas veces me acercase, nunca llegaba a correrme.
Frustrado, perdí el control de mis caderas, moviéndolas adelante y atrás, forzando mi pene dentro de la boca de Guille. Mi compañero tan solo se agarró de mis prietas nalgas para ayudarme en el movimiento.
Sentí que mi pene estaba desnudo cuando lo sacó de su boca para hablar de nuevo.
- Hay algo más que puedes hacer para ejercitar y flexionar no solo tu pene, sino todo tu cuerpo. Estoy seguro de que estás muy familiarizado con ello, aunque quizás no de la manera en la que sucederá hoy.
- ¿...?
No tenía tiempo para palabras. Necesitaba más acción. Ardía en deseos de volver a sentir ese placer inmenso que venía de su boca.
- Si te tocas y acaricias tus fuertes músculos y tu gruesa verga, te enseñaré cómo puedes obtener aun más placer y ejercitar todo tu cuerpo.
- ...
Sin pensarlo dos veces, empecé a recorrer mi cuerpo con mis manos. Mientras acariciaba mis fuertes pectorales, prestando especialmente atención a mis pezones, Guille se sacó las zapatillas, los calcetines, los pantalones y los calzoncillos. Mientras yo recorría con mis manos mi abdomen y polla, Guille levantaba sus dos piernas al aire, acariciando su ano con su dedo, el cual estaba húmedo de alguna sustancia que le había puesto.
- Así, es... No pares Vitalis... Tócate y te ayudaré a tener más placer... Es tan fácil seguir mis instrucciones... Te da tanto placer... Te puedo hacer sentir 100 veces más placer del que sientes ahora... Es tan fácil como seguir lo que te digo... ¿Seguirás lo que te digo, Vitalis?
- Ssíiii...
- Bien...
Con su respuesta, alcancé mi pene y empecé a masturbarme, sin perder de vista a Guille y su dedo húmedo, el cual entraba y salía del agujero de su culo de manera casi hipnótica.
- Para un chico débil y poco masculino como yo es fácil admirar a alguien grande y fuerte como tú. Eres un macho alfa, Vitalis, eres el grande y fuerte líder de la manada. Podrías subyugar mi cuerpo a tu voluntad si quisieras, forzarme a hacer lo que quisieras, porque tu eres el más fuerte de los dos.
- ...
- Te gusta sentir ese poder, esa dominancia. Eres una persona dominante, Vitalis. Quieres demostrar esa dominancia. Quieres que una persona más débil y poco masculina como yo te admire y se subyugue a tu voluntad. ¿No es así, Vitalis?
- Dominar...
- Eso es. Y la mejor manera de sentir el placer de dominar alguien como yo es a través de tu grande y poderosa verga. Tu verga es el icono de tu virilidad, y debes de utilizarla para subyugar a personas débiles y poco masculinas como yo.
- Debo usar... Mi verga...
No podía apartar mi mirada de los dedos de Guille, de cómo entraban y salían de su agujero. Primero uno, después dos, y a punto de llegar a tres. Mientras, no dejaba de acariciarme mi fuerte cuerpo y mi grande y poderosa verga.
- Eso es, Vitalis, usa esa verga para demostrarme quién es el más hombre de los dos. Demuéstrame quién manda aquí. Planta tu grande y poderosa verga en el agujero de mi culo como si se tratase de una vagina de hombre. Demuéstrame quién está al mando, ¡quién es el macho! ¡Sí! ¡Demuéstralo, Vitalis!
Como una fiera, como un hombre de las cavernas, sin control alguno, agarré a Guille por las piernas y de manera agresiva lo levanté hasta que mi polla entró en contacto con el agujero de su culo. Misteriosamente, mi polla se hizo camino en la cavidad, deslizándose sin problemas.
Sentí una fuerza interna que me llevaba a empujar con violencia mi rabo contra su culo, haciendo mover tanto mi cuerpo como el suyo, empotrando su ano contra mi pene, sintiendo su estrecha cavidad masturbar mi poderosa verga. ¡Yo estaba al mando! ¡Yo estaba al poder! ¡Yo era el macho aquí y el que tenía la fuerza! Hombres débiles como Guille tenían que subyugarse ante la fuerza de mi grande y poderosa verga.
La cara de Guille era de puro placer. El nenaza estaba disfrutando el mejor sexo de su vida. No creo que nadie le hubiese podido dar nunca lo que yo le estaba dando. Era carne 100% de macho. Con toda mi potencia.
- ¡Sí! ¡Vitalis! ¡Pierde el control! ¡Déjate llevar por tus instintos! ¡Empótrame como si no hubiese un mañana! ¡Oh sí! ¡Sí! ¡Eres una fiera! ¡Eres el más fuerte! ¡Oh! ¡Síiii!
Con mis fuertes brazos agarré y levanté el cuerpo de Guille, sacándolo del sofá y sentándolo en mi pene. Éste no puedo aguantar mi energía y rodeó mi ancho cuello con sus brazos, reposando sus manos en los grandes brazos que sostenían su cuerpo, gimiendo de placer en mi oído. Su excitación alimentaba mi ego de macho alfa. Le estaba dando una lección a esta nenaza de lo que era un hombre de verdad.
Con cada impulso de mis caderas, sentía cómo el pene erecto de Guille frotaba mi duro abdomen. Pronto, un líquido pegajoso hizo que éste pudiese deslizarse fácilmente a lo largo de mi barriga.
- ¡Oh! ¡Sí! ¡Sí! ¡No pares Vitalis! ¡No!
Aceleré el ritmo. El placer era intenso. Sus testículos se endurecieron.
Puso su cara en mi cuello, apretando fuertemente sus labios contra mi piel. Alzó la cabeza y me susurró.
- Ah... Solo cuando... me corra yo... ¡Ah! ¡Mmm...!! Solo cuando me corra yo... ¡Podrás correrte tú...! ¡Aaaaah....!!! ¡¡Ponme... A cuatro patas...!!
No sabía por qué tenía que ser así, pero tampoco me importaba lo más mínimo. Con mi fuerza, fue fácil ponerme de rodillas y colocarlo a cuatro patas como si fuese un perro. Volví a colocar rápidamente mi verga en su agujero y, agarrándole por las caderas, empujé mi verga como si no hubiese un mañana. Por su parte, Guille se empezó a machacar su pene mientras hacía lo que podía para sostenerse en el suelo con la otra mano. Mis empaladas eran tan fuertes que a penas se podía aguantar en pose.
Guille apretó sus nalgas y su recto se estrechó apretando mi verga. Su cuerpo se tensó y de su boca salió un grito fuerte y gutural seguido de una respiración rápida y espesa.
Reconocí la señal de inmediato y aceleré el ritmo sin ningún tipo de piedad. Segundos después, de mi pene brotaba la mayor corrida que he tenido nunca. Mis ojos se pusieron en blanco, mi cabeza se torció hacia atrás, y bocanadas de semen y más semen llenaron el culo de mi compañero de piso, el cual estaba agotado y sudoroso en el suelo de nuestro comedor. Sentía doble placer: por un lado, el placer de haber tenido el orgasmo más intenso de mi vida, y por otro, el placer de haber demostrado al nenaza de mi compañero lo que es ser un hombre de verdad.
- Oh... Vitalis... Ha sido... Ha sido increíble... - dijo entre gemidos y respiración entrecortada
- ...
- Ahora... Ahora... Cierra los ojos... Y concéntrate en mi voz... Estás tan cansado por el esfuerzo que solo puedes concentrarte en mi voz... Mi voz son tus pensamientos... Es fácil seguir lo que dice mi voz... Sigue mi voz... Cierra los ojos y sigue mi voz... Eso es...
Estaba agotado de todo el ejercicio. Sentí cómo una ola de sueño se apoderaba de todo mi ser. Con el pene aun dentro de Guille, cerré los ojos y me dejé llevar por su voz.
...... ... .. - ¡Buenos días grandullón!
- ¡Buenos! Días Guille!
Miré a mi alrededor. Me encontraba en la cocina, delante del fregadero, con las manos protegidas por unos guantes de goma amarillo, sosteniendo un plato en una mano y una esponja con jabón en la otra.
- ¿Cómo va la limpieza? - y a la vez que se acercó, dirijió una cachetada a mi nalga derecha. Al parecer, la única prenda de ropa que llevaba puestaera un pequeño delantal negro que cubría solo la parte frontal de mi cuerpo, dejando expuesto mi culo, mis piernas y mi espalda.
- Todo perfecto, limpio y en orden!
- ¡Así me gusta! La casa está mucho más limpia desde que compré ese ambientador y creé tus alter ego! Tengo que acordarme de pasar por esa tienda y agradecérselo personalmente al encargado.
En un rincón aislado y remoto de mi mente sentí que, de alguna manera, me tenía que alarmar por lo que acababa de decir. En lugar de eso, sonreí y seguí con mis tareas. ¡Esos platos no se iban a lavar solos!
- Estoy un poco estresado con los exámenes y creo que me vendría bien desahogar tensiones. Crees que me podrías ayudar, CHICO FUERTE?
Esas dos palabras que acababa de dexie resonaron en mi cabeza, despertando algo que ni sabía que estaba ahí. Dejé caer el plato. Una fuerza inusitada se apoderó de mí. Me arranqué el delantal, exponiendo mi cuerpo.Dirigí una mirada intensa a Guille, el cual sonrió con malicia, diciéndome cuatro palabras que no pude entender del todo, cegado por la lujuria.
Alimentado por sus palabras, lo empujé a la pared más cercana, le arranqué los pantalones y los calzoncillos mientras él se quitaba la camisa. Empecé a empujar mi pene contra su culo mientras agarraba fuertemente su cuerpo en mis brazos. Me sentía como una bestia salvaje.
- ¡Cómo me pone tu lado de macho dominante!
Silencié sus palabras de nenaza obligándole a gemir con cada sacudida de mi potente verga en su afeminado culo. El marica estaba disfrutando cada centímetro de mi pene como buen desviado que era.
Lo que pasó a continuación es lo mismo que pasó incontables veces durante los 2 años que vivimos juntos. Yo me encargaba de entrenar para llegar a lo más alto de mi carrera, pero por algún motivo, siempre encontraba tiempo para hacer las tareas del hogar en mi uniforme, tan solo un delantal que a penas cubría mi cuerpo. A diario, Guille me hacía sentir como una fiera, aun no sé cómo, y despertaba en mí una bestia sexual que ardía en deseos de sodomizarle y demostrsrle quién era el macho en ese piso. Cuando acabó mi estancia en ese país, continué mi carrera como gimnasta de élite, y de hecho conseguí llegar bien lejos. Además, me casé con mi prometida y tuvimos dos maravillosos hijos a los que quiero con locura. Por su parte, Guille se graduó y fue contratado por unos grandes laboratorios farmacológicos, ascendiendo rápidamente hasta conseguir un puesto de directivo.
De vez en cuando nos reencontramos y rememoramos lo viejos tiempo. A veces dice cosas que no entiendo, y se vuelve a despertar en mí la bestia que solo aparece en su presencia. La bestia que consigue que tenga el sexo más impresionante que jamás he tenido.
Algunas fotos de David Belyavskiy, el cual me sirvió de inspiración para personaje de Vitalis en el relato "Huele" (que podéis leer presionando aquí).
Más acción en el segundo capítulo de esta fantasía.
El compañero de Guille, Vitalis (David Belyavskiy), era una fantasía erótica hecha realidad. Fuerte, joven, masculino, y carismático, era difícil resistirse a sus encantos. ¡Si tan solo pudiera abandonar esa absoluta e insufrible tendencia al caos! Ropa sudada, comida pasada por todas partes, y la peste que todo desprendía: Mucho más de lo que Guille era capaz de soportar. Por suerte para Guille, las cosas estaban a punto de cambiar.
Descubre a qué huele esta historia presionando sobre Seguir Leyendo. Comentarios, sugerencias son totalmente bienvenidas, como siempre ;-)
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La cabeza me iba a mil, y solo quería comer algo ligero y dejar que mi mente desapareciera entre sueños. Era el resultado de pasar todo el día en la biblioteca.
Impaciente por descansar, saqué las llaves del bolsillo, escogí la única que encaja con nuestra cerradura, la adentré y giré. Con la pesadez de aquel que ha agotado toda su energía, abrí la puerta.
En las películas de los años 50, al hombre le recibía su bellísima esposa, sus obedientes hijos, o incluso un perro entrenado para traerle las zapatillas. Pero este no era mi caso ni de lejos. La única recepción con la que me encontré en ese mismo instante fue un paisaje post apocalíptico de la casa, la cual estaba llena de comida, ropa, y trastos por todas partes.
Me tapé la nariz con la mano de manera instintiva.
- ¡Joder Vitalis!
- ¡Qué pasa tío! ¿Qué tal con los libros?
- Los libros bien. La peste que pega el piso no tanto.
- Tío, lo siento, ya sabes que no lo hago a posta.
Antes de cruzar la puerta, conté hasta 3 y vencí los instintos que me advertían de los riesgos de entrar en un lugar que apestaba tanto. Si tan solo no tuviese el olfato tan sensible...
- Ya, ya, pero a ver, que sí, que no tienes la culpa de que te huela el sudor tan fuerte, pero... Eso no quita que puedes poner una lavadora con toda la ropa de entreno.
- ¡Demasiado complicado!
- Y dejar la ropa en tu habitación en lugar de esparcirla por toda la casa tampoco sería mala idea.
- ¡Es que así la encuentro antes!
- ¿Pero es necesario que la dejes en la cocina, en el comedor, en el lavadero...?
- ¿Puede que sí? Soy un chico inquieto.
- ¿Y qué hay de la basura? ¿Por qué hay basura por toda la casa? ¿A caso es tan difícil tirar lo que no te comes a la basura?
- ¡Pero es que así me como las sobras cuando las encuentro!
- Vitalis, eso es una cerdada.
- ¿Cerdada? No entiendo.
- Agh, Vitalis, ¡eres imposible! ¿Cómo no lo va a entender?
- Lo siento tío, aun me pierdo a veces con el idioma.
- Lo siento Vitalis, idioma o no, tienes que entenderlo: esta conducta no es de buen compañero. O cambias o así no podemos vivir.
- Vale, tío, no te preocupes, algo haré, que me sabe mal que te enfades.
- Joder, Vitalis, es que llevas diciendo lo mismo desde que te viniste a vivir.
- Lo siento, tío, mañana pongo una lavadora.
- Más te vale.
- ...
- ¿Qué?
- ¿Me podrías recordar cómo funciona la lavadora?
- ¡Vitalis!
No engaño a nadie, y creo que resulta hasta obvio: cuando escogí a Vitalis para alquilarle la habitación no lo hice porque me pareciera que tenía un buen trabajo, una buena nómina, o ni si quiera porque tuviésemos aficiones en común. De ser otro, le habría dicho que no, sin pensarlo, al instante. No. Vitalis fue un flechazo. Vitalis fue simple y llana atracción sexual. Fue ver esa cara entre tímida y pícara asomándose por la puerta el día de la entrevista, y partírseme el corazón. Por no hablar de la erección que tuve que esconder durante la media hora que le sometí a la más inescrutable secuencia de preguntas. Sonrisa a sonrisa, me conquistó.
Y es que el chico está tremendo. Su cuerpo es una escultura griega, moldeada a base de duro ejericio físico, día tras día, desde que era un chavalín. Alguien decidió que podría tener una mejor vida si pasaba las tardes en un gimnasio local que si las dedicaba a callejear con la fauna de su barrio de mala muerte. Y yo agradezco a ese alguien cada vez que miro a Vitalis, porque ¿qué chico gay de 19 años no querría compartir techo con un atractivo gimnasta profesional?
¡Oh! ¡Pero si tan solo le dedicase la misma energía a ser ordenado y limpio como la que le dedica a entrenar! Sería perfecto. No es que pueda verle mucho tampoco. Cuando no está entrenando, está encerrado en su habitación. Para más inri, nunca, ni una sola vez, le he visto con menos que su chándal. Una camiseta una vez, creo recordar. No es que haga mucho calor en esta ciudad, pero joder, ¡es tan frustrante! Ese cuerpazo de dios griego a pocas paredes de mi habitación, y yo a dos velas. Y esa peste. ¿Qué comerá este chico para que el sudor le huela tan fuerte? Demasiados problemas para tan poca satisfacciones. Al menos me quedaban los pocos momentos que podía disfrutar de esos ojos juguetones. Aunque no fuesen nunca a ser míos, porque Vitalis tiene su prometida en su país de origen y allí les enseñan que la homosexualidad viene a ser una depravación una enfermedad, nadie me quitaría el poder soñar.
Tardé bastante más en llegar a la cama de lo que tenía planeado. Mi cabeza a reventar de tantas horas prestando atención a los apuntes, a los libros, a todo el material de las asignaturas que tenía que aprobar, y encima teniendo que aguantar esa peste y a mi compañero.
Cuando me fui de casa la mañana del día siguiente, Vitalis aun dormía. Le dí un voto de confianza, pensando que quizás esta vez por fin asumiría sus responsabilidades como compañero de piso, y tiré hacia la facultad, concentrado en las materias que querías ultimar. El día pasó rápido entre libros y cafés, y pronto llegó la hora de volver a casa. ¿Habría ordenado algo Vitalis? El miedo de lo que iba a encontrar se iba extendiendo por mi mente. Estaba harto de esa peste, así que esperaba no tener que aguantarla de nuevo.
Una vez más, delante de la puerta, esta vez lleno de preocupación, escogí la única llave que encaja con nuestra cerradura, giré, y abrí. Y, ¡oh! ¡Sorpresa! Todo seguía igual de desastroso que la noche anterior y que por la mañana.
Ropa por todas partes, calcetines sucios, restos de comida... ¡Y una nota!. Mi buen compañero de piso había tenido la decencia de dejarme una nota en la mesa del comedor. Qué generoso de su parte.
““Lo siento tío! He tenido que salir rápido a entrenar! Mañana juro que me pongo a ello!
Vitalis””
¡No me lo podía creer! ¡Esto acababa aquí y ahora! ¿Echarlo? Bueno, era una opción, pero echaría de menos su presencia, ya me entendéis. Pensé en qué podía hacer mientras, inconscientemente, recogía todo el desastre. Realmente, el problema no era un poco de ropa por aquí, y un poco de comida por allá, ni que el piso pareciese haber sobrevivido a una explosión de basura. Somos jóvenes. Se entiende que no vamos a tener la casa como si se tratase de un palacio real. No. Lo más detestable era la peste. Un olor fuerte, indescriptible, como a gimnasio mezclado con vertedero, mezclado con agua sucia. Horrible. Todo el rato lo había pasado limpiando con guantes en las manos y un grueso y húmedo pañuelo que me tapaba nariz y boca, y aun así seguía colándose parte de ese olor nauseabundo.
Cuando todo estuvo más o menos decente, até las bolsas de basura y bajé con ellas al contenedor de delante de casa. Una vecina se apartó en cuanto le vino la peste a la nariz, pobre. Cargado, salí por el portal del edificio, crucé la calle, y giré a la derecha, donde se encontraban los containers. Aun pensaba qué podría hacer para solucionar esto sin tener que echar al bueno de Vitalis. De verdad que estaba perdido. Sería fácil echarlo, pero no sabía cómo podría reunir el valor de hacerlo, especialmente cuando me mirase con sus ojos de cordero degollado. Es una mirada muy potente la suya. Entre pensamientos, levanté la tapa del container, levanté las bolsas, y las dejé caer una tras otra. ¡Listo! ¡Por fin me había deshecho de la porquería de casa! Seguramente seguiría apestando unos días, pero eso me daría tiempo para pensar en algo.
Me giré para volver a casa, y nada más dar la vuelta mi mirada se topó de repente con un cartel enorme y brillante. Las letras relucían con un resplandor fucsia y carmesí. No había visto ese cartel nunca. Me acordaría de un cartel así. ¿Era un sitio nuevo? El cartel decía:
“PERFUMERÍA FÚCÓNG. LA PERFUMERÍA DE TUS SUEÑOS”
No se habían trabajado mucho el eslogan, pero el trabajo de escaparatismo era maravilloso. Perfumes por doquier, carteles brillantes y atractivos, y personas bellas usando perfumes de los que no había oído hablar nunca. ¿Y qué era ese fantástico y delicioso olor que invadía mi nariz? Un gran alivio, después de haberme pasado una hora bajo la peste más grande posible, eso es lo que era. ¡Si tan solo mi piso pudiera oler así de bien...!
“Ya lo tengo!” pensé “si el olor es el problema, un perfume puede ser la solución! Quizás tienen algún tipo de ambientador o algo”
No era la solución perfecta. La solución perfecta hubiese sido un cambio radical por parte de Vitalis, pero eso era cero realista.
Entré en la tienda, y el embriagador perfume me transportó hasta el mostrador. Detrás, un señor de unos cincuenta y algo años, muy bien arreglado, con una sonrisa de oreja a oreja, me saludó.
- Bienvenido a Fúcóng. ¿En qué le puedo ayudar?
En sus labios, la palabra Fúcóng sonó especialmente exótica, como oriental. No sé hasta qué punto sería capaz de pronunciarla como él.
- Hola, esto... Me preguntaba si no tendrían por casualidad algún tipo de ambientador para la casa.
- ¿Para la casa? ¿No para usted?
- Sí, verá, es que tengo un compañero de piso que es un desastre. Siempre está dejándolo todo por en medio, la ropa de deporte, la ropa normal, la comida... Todo. Y todo huele horrible, ¿sabe?
- Ah! Su compañero de piso es un poco guarrillo, ¿verdad? Quiere cambiar el olor de casa porque su compañero de piso no sabe comportarse, ¿verdad?
- Sí, sí, sabe mal decirlo, pero más o menos es así. Necesito algo que enmascare esos olores. El desorden no me importa mucho, pero tengo la nariz sensible y no puedo con la peste que hace todo.
- Entiendo. Entiendo. No soporta la peste. Tiene suerte, señor, justo acabamos de abrir y estamos en medio de la fase de expansión. Necesitamos clientes, si no la tienda cierra, ¿verdad? Nuestros ambientadores son los mejores del mercado. No encontrará nada mejor en ningún lado, no intente buscarlo en el supermercado, no lo encontrará. Perfumes hechos a medida, no se arrepentirá.
- A, ¿a medida?
- ¡Sí! Simple, sencillo, y ahora en promoción. Solo necesito algo suyo durante unos segundos y le garantizo que con eso podré hacer el perfume que mejor se ajusta a sus necesidades.
- ¿Cómo que algo mío? No lo entiendo.
- Usted me deja esos auriculares, por ejemplo, ¿verdad? Esos auriculares llevan el olor suyo, el olor de su sudor, el olor de su esencia, que es el olor al que está acostumbrado, ¿verdad?
- ¡Ah! ¡Ya entiendo! Hará que el perfume tenga algo que ver conmigo para que me huela aun mejor todo lo que haya en la casa, ¿es eso?
- ¡Eso es! No notará nada, ni peste, ni mal olor, solo un olor agradablemente neutral. Es eso lo que quiere, ¿verdad? ¿verdad?
- No estaría mal. ¿Es muy caro? - pregunté mientras le daba mis auriculares. Esperaba tener suficiente dinero. La vida de estudiante no permite muchos lujos.
- Por ser mi primer cliente, se lo dejo gratis.
- ¿¿Gratis??
- Sí. Queremos que lo pruebe y que si funciona nos recomiende a todos sus amigos. ¡Nuestros perfumes funcionan siempre! Así que me puede recomendar rápido, ¿verdad?
¿Gratis? No me fío de las cosas gratis. Pero tenía sentido. No era gratis del todo. Él esperaba algo a cambio, y eso era como un pago, supongo. Además, ¿qué era lo peor que podía pasar?
- Espere unos minutos, vuelvo en seguida. Puede sentarse si quiere.
El señor se fue por la puerta de atrás, y yo me senté a esperar en una cómoda butaca. Observe el interior de la tienda. Todo estaba limpio e inmaculado. Perfectamente en orden, y lleno de colores y carteles. Invitaba al consumo. Qué suerte había tenido de que abrieran un lugar tan fantástico justo delante de casa. Para alguien con mi olfato, esto era como un sueño hecho realidad. Podía distinguir fragancias entre las fragancias, cada cual más embriagadora.
Al cabo de unos minutos, el dependiente salió de la trastienda con un par de cosas en la mano.
- ¡Qué rápido!
- Es una fórmula sencilla pero efectiva. Aquí tiene.
- ¿Qué son estos aparatos?
- ¿Los vaporizadores? Evaporan el perfume en el aire de manera constante. Así puede disfrutar de la fragancia sin tener que prestarle atención, ¿verdad?
- ¡Ah! Como esos aparatos que venden en el súper.
- Sí, como los aparatos del súper, pero con una fragancia hecha exclusivamente para usted. Solo tiene que poner el vaporizador en un enchufe que tenga libre y cambiarlo por otro cada vez que se agote.
- Entiendo. ¿Y dice que todo esto me lo da gratis? Luego no se eche atrás, ¿eh?
- Sí, su felicidad es nuestra felicidad. Especialmente si acaba haciendo publicidad de nuestro producto, ¿verdad?
- Entiendo, ‘un hoy por ti, mañana por mí’ de los de toda la vida.
- Sí. Un intercambio de los de siempre, ¿verdad? ¿Se lo pongo en una bolsa?
- ¡Sí! ¡Gracias!
- Perfecto. Aquí tiene. Le pongo una tarjeta de la tienda. ¡Asegúrese de contarle a sus amigos lo bueno que es nuestro perfume!
- ¡Claro! ¡Si esto funciona será casi como si me huebira salvado la vida! ¡Buenas tardes! . - me despedí radiante.
- Buenas tardes.- Me respondió con una sonrisa de oreja a oreja.
Bolsas en mano, una con aparatos vaporizadores de esos, y otra con botellitas de perfume, me dispuse a salir de la tienda. ¡No me podía creer que me hubiese llevado todo eso gratis! Qué suerte la mía.
Coloqué las dos bolsas en mi mano izquierda, y con la derecha empujé la puerta. Inmediatamente, una bocanada de aire frío sopló en mi dirección. Cerré los ojos instintivamente. El aire era tan fuerte que a penas podía avanzar. Cuando por fin hubo descendido la intensidad, volví a abrir los ojos.
Cuál fue mi sorpresa cuando reconocí sin lugar a dudas el sitio donde me encontraba. No era en absoluto la calle por donde había entrado. ¡Era mi habitación! ¡Estaba de pie en mi cama! ¡En pijama!
“¿¿Pero cómo puede ser??” Pensé.
Acababa de recojer el piso, estaba seguro. Tan seguro como de que había bajado a la calle con las bolsas de basura, y luego había entrado en una tienda. Entonces ¿¿qué hacía en mi cama?? Es que todo había sido uno de esos sueños tan intensos? Pero no podía ser. Era muy real como para no serlo.
Miré alrededor, todo estaba como siempre. Mi armario, mi escritorio, mi cama... El reloj de la mesita de noche parpadeaba con la hora.
“¡Mierda! ¡Qué tarde!”
Salté de la cama. Cogí mi ropa, y justo al lado de ésta habían dos bolsas.
“No puede ser”
Pero sí era. Las bolsas con perfume y vaporizadores estaban justo ahí. Las mismas que acababa de comprar en lo que quizás seguramente no había sido un sueño. ¿O sí?
No lo podía entender. ¿Lo había soñado todo o no? No tenía tiempo para pensar, la verdad. Tenía que correr a la facultad a la reunión con mis profesores. Además, la peste insoportable a Vitalis volvía a amenazar con penetrar en mi nariz. Me vestí, agarré el contenido de las bolsas, puse las botellitas dentro de los vaporizadores o como se llamen, y coloqué un par en cada habitación. En cuestión de segundos noté como la peste a sudor rancio y comida pasada iba desapareciendo. No diría que oliese bien, diría más bien que no olía a nada, y eso era algo maravilloso.
“¡Esto está mejor!”
Y con estos pensamientos felices, y un nuevo aroma en mi piso, salí de casa, corriendo para no perder el tren, totalmente inconsciente de todas las cosas extrañas que pasarían a partir de aquel día.
Me apetecía escribir algo diferente, y pensé “qué hubiese escrito si hubiese habido internet en los 80″. La idea de Delta, vendedor de discos y cassettes de día, facilitador de experiencias alternativas de noche, me pareció muy atractiva, y así nació Música Para Tus Oídos.
Os dejo con algunas imágenes que me recuerdan a Yoel, objeto de deseo en esta historia.
Para leer la historia, presiona Seguir Leyendo. Gracias y espero que disfrutéis de esta primera entrega ;-)
No se dio cuenta que le seguía. Era ya muy tarde, las calles estaban desiertas y lo único que se podía oír era el zumbido eléctrico de las farolas. Si no hubiese ido con sus auriculares puestos posiblemente hubiese podido mis pasos, pero su concentración era máxima. Vosotros que me conocéis podéis suponer por qué. Sí, el muchacho era uno de mis clientes en Ventura Records, mi tienda de música. Uno de los afortunados de haber conseguido una copia gratis de la banda rock del momento. Muy afortunado de hecho, tanto que se ha llevado con su casete nuevo la posibilidad de ser inducido a un fantástico estado de trance. Interesante cómo se pueden esconder ondas subauditivas incluso en las canciones más agresivas. Establecer un estado hipnótico de relajación cuando hay un maníaco del grunge gritándote al oído. Y todo lo que puedes oír es "vacía tu mente" o "se hace difícil pensar" o el clásico "obedece mis órdenes". Por supuesto la persona jamás es consciente ni de estar siendo sometido a control, ni de que las acciones y decisiones que toma no son decisión suya. Al fin y al cabo, todos perdemos un poco el mundo de vista cuando escuchamos a nuestro grupo favorito.
El chico giró una esquina. Luego otra. Luego siguió recto hasta que salió del pueblo. No era casualidad que optase por un camino tan alejado al de su casa. Tampoco era casualidad que ese camino era el que llevaba a la carretera comarcal. ¿En plena noche? Por qué no. Le podría haber instruido para que se tirase por un acantilado,¿pero cuál hubiese sido la diversión en eso? Cuando llegó a la carretera, se metió por el primer sendero que encontró, dirección a la alameda que rodea el pueblo. Llegaba el momento en el que por fin me podría acercar sin levantar sospechas. Hasta ahora había mantenido las distancias por si algún casual algún vecino taciturno le daba por echar un ojo por la ventana mientras se levantaba a por un vaso de agua. Una vez en el bosque no habría miradas indiscretas que me pudieran interrumpir.
Unos veinte metros más adelante el chico se paró. Yo me acerqué y lo avancé hasta encararlo. Se llamaba Yoel. La expresión de su cara era en ese momento como la de alguien que necesita un par de tazas de café después de un duro día de trabajo, pero os aseguro que en situaciones más normales Yoel era todo dinamismo. Sus ojos marrón claro miraban al infinito como no pudiera distinguir mi figura de la del árbol que tenía yo detrás. Le pasé la mano por delante de la cara: ni un pestañeo. Totalmente ido. Perfecto.
Tenía que ser rápido, no podía perder tiempo mirando cómo su piel se veía ahora más pálida y apetecible por efecto de los rayos de la Luna, o cómo ese jersey de lana verde caqui se dejaba caer sobre su pecho, o en las siluetas que dibujaba la tela de sus pantalones de montañismo. Este chico no era para mí, desafortunadamente, era para un cliente.
Como ya sabéis, recibo encargos de personas muy influyentes, y de otras que no lo son tanto. Todo me parece bien siempre que la suma de dinero sea la apropiada. Aunque, bueno, negar que en gran parte disfruto con este trabajo extra sería muy difícil de creer supongo. Si tenéis un deseo imposible de completar, una necesidad imperativa, una fantasía que no os habéis atrevido nunca a manifestar, no es por publicitarme pero soy uno de los mejores en mi campo.
El reproductor de casete hizo el sonido de 'clic', mi señal para saber que el álbum y la programación habían llegado a su fin. Yoel se quitó los auriculares y echó la vista al frente.
- Estoy listo, jefe.
Sí, en mi programación incluyo el término 'jefe' para referirme a mí. 'Señor' o 'maestro' son términos obsoleto, más propios de la esclavitud americana o de la edad media que de los años 90. Además, uno podría decir que de alguna manera estas personas acaban trabajando para mí, si más no son la fuente principal de mis ingresos.
- Preparado para recibir instrucciones.
- Perfecto. Dime, Identifícate por favor - siempre pido esta información para comprobar que se corresponde a la ficha técnica que me ha sido facilitada. Ya me equivoqué de objetivo una vez y las consecuencias casi me cuestan el empleo.
- Me llamo Yoel García Llorente, tengo 19 años y hasta hoy trabajaba en el albergue de montaña de mi pueblo. Ahora trabajo para mi jefe, y obedezco todas sus órdenes como buen empleado. - Todo en orden.
Una vez comprobado, ahora venía el momento en preparar a mi empleado para su cliente. No todos piden requisitos específicos, a muchos les basta con un cierto tipo de chico. Pero no son pocos los que sus gustos hacen que tenga que esmerarme un poco más en la preparación. Para esta ocasión necesitaba echar manos de unas cuantas cosas que guardaba en mi maletín.
- Perfecto. Yoel, quítate la ropa ahora mismo, es momento de ponerte tu uniforme.
- Sí, jefe.
Era necesario, pero también parte de mi propina por ser tan bueno. Ya he dicho que tenía prisa, pero eso no quita que pueda deleitarme con las vistas. A fuera se fue el jersey y la camiseta térmica, y con ellos mis sospechas de que debajo de la lana y la tela se escondía el perfecto cuerpo de alguien que había crecido en la montaña. Fibrado, sin un atisbo de grasa, todo puro músculo liso conseguido con el esfuerzo constante de viajar entre montañas, haciendo de guía tanto de senderismo, como de piragüismo como de escalada. Los deportes de montaña son de los más exigentes, y este chico era un todo terreno en ese sentido. Alguna pequeña cicatriz aquí y allá en su piel pálida le daban un aspecto curtido a este cuerpo que empezaba a madurar. A su jersey le siguieron las deportivas, los calcetines, y los pantalones. Tragué saliva cuando me di cuenta del bulto que se encontraba en esos calzoncillos tipo brief. A penas podían contener lo que había dentro. Si así era en estado normal, no quiero pensar cómo debía de ser en situaciones más calientes. Se bajó la ropa interior y de ella escaparon un saco de testículos más bien normal, y uno de los penes más grandes que debo de haber visto nunca (y podéis creer que con este trabajo he vistos muchos). No lo medí, ¡pero eso debía de hacer unos 17cm en reposo!
Contuve la tentación de hacer una inspección extra de mi empleado y me dispuse a sacar lo necesario de mi maletín. En este caso:
· Uniforme de marinero
· Libro sagrado
· Peine y Fijador
· Espejo de mano
· Juguetes eróticos.
Una combinación bastante extraña si me preguntáis, pero como ya he dicho acepto todos los encargos sin juicios siempre que se me pague como es debido.
- Yoel, este es tu uniforme de hoy. Solo lo llevarás delante mío y de nuestro cliente. Solo te lo quitarás cuando te sea ordenado por cualquiera de nosotros dos, ¿entendido?
- Sí, jefe - su cuerpo tiritaba con el aire frío de la montaña, pero su voluntad por servir a su superior no flaqueó en ningún momento.
- Muy bien. Póntelo. Notarás como a cada pieza de ropa que te pongas un poco de tu persona se alejará de ti para ser substituido por el rol que tienes que seguir. Para nuestro cliente dejarás de ser Yoel el montañista para pasar a ser Yoel en su primera comunión. Seguirás teniendo 19 años, seguirás hablando como el adulto que eres, pero te sentirás puro e inocente como la primera vez que entraste en la iglesia. Nota como esta nueva personalidad se va apoderando de la vieja a medida que te vistes. Cómo el tejido satinado del traje suaviza tus días como alpinista, dando forma a este hombre inocente e ilusionado con comulgar la palabra de Dios.
Yoel se fue vistiendo sin dejar de escuchar en ningún momento mi palabra, soltando un "sí jefe" por aquí y por allá después de cada frase, e interiorizando mis palabras, haciéndolas suyas. Su expresión fue cambiando, es impresionante cómo la sugestión, algo psicológico, puede hacernos cambiar incluso el aspecto físico.
Pronto acabó de vestirse, no así mis instrucciones. Nos e trataba de un traje de marinero normal y moliente. Recordaba por su puesto a esos de los de la primera comunión, pero éste tenía además algunos añadidos secretos que mejorarían la experiencia de mi cliente. Un tallaje adulto más ajustado, resaltando caderas, entrepiernas y torso, y velcro aquí y allá para facilitar la apertura de zonas clave.
- Tu respeto por la palabra de Dios y la iglesia son incommensurables. Así mismo, la palabra de sus predicadores será la palabra de Dios, por lo que creerás y seguirás todo lo que te digan sus sagrados representantes.
Solo quedaba un toque final, un detalle solicitado por el cliente: Usar el fijador de pelo para deshacernos de último resquicio de montañista salvaje de Yoel. Un poco del espeso gel en su pelo negro y un par de pasadas con el peine para convertir esa mata de pelo desdeñado en un perfecto peinado liso con la ralla a un lado. Ya estaba. Yoel ahora estaba listo para recibir su ceremonia.
- Me encanta el resultado, Delta.
Me giré. Mi cliente acababa de llegar por sendero que nos había llevado hasta ahí.
- Sabes que me gusta el trabajo bien hecho.
Mis clientes firman un contrato de estricta confidencialidad, pero en este caso creo que haré una excepción. Esta noche teníamos el honor de contar con la presencia de nada más y nada menos que al Monseñor Colmenar, popularmente conocido por su virtud, su fe, e irónicamente también por sus mensajes contra la comunidad LGTB. Como todo lo mundano, su odio parecía esconder algo más de lo que se desprendía de sus palabras.
Primer capítulo de una historia a la que tengo especial cariño. Iba a ser algo corto, pero quedé tan prendado de la relación entre los protagonistas que no pude evitar seguir escribiendo.
Atención! En este capítulo todavía no hay contenido adulto, solo control mental. Espero que la disfrutéis ;-) Vuestros comentarios siempre son bienvenidos.
Sinopsis: Un ejecutivo de clase alta recibe una inspección sorpresa mientras espera a su hijo para cenar. Su aversión se convierte en cooperación con cada minuto que pasa. ¿Será gracias al don de la palabra del inspector? ¿Qué es ese pequeño pitido que el Sr. Gavarre oye de vez en cuando? Descúbrelo apretando en Seguir Leyendo
Eran las ocho de la tarde cuando sonó el timbre de la puerta. No esperaba a nadie, así que continué preparando la cena. Veinte segundos y volvieron a llamar. Ya se cansarían. Veinte segundos más y llamaron de nuevo. ¿Quién debía ser y por qué cojones no se iba a casa? Cabreado, dejé de amasar la carne de kobe, me mojé las manos rápidamente para quitarme los restos de comida, y me dirigí a la puerta. Eché un ojo por la mirilla. El cristal deformado me permitió ver la figura de un hombre trajeado. A primera vista no me resultó nada familiar. Debía de tratarse de un vendedor de algo. ¿Seguros? ¿Aspiradoras? Daba igual, el hombre estaba a punto de llamar al timbre por cuarta vez. Abrí la puerta justo cuando su dedo entró en contacto con el interruptor.
- ¿Qué pasa con tanto llamar al timbre? - dije enojado. Mi cara irada no pareció inmutar al hombre que delante de mí se encontraba. Tan solo sonrió y empezó a hablar en un tono monótono.
- Buenas tardes. Me envía la Agencia Estatal de la Vivienda para la inspección rutinaria. ¿Ha solicitado usted o su casero una inspección?
- ¿Qué? ¿De qué hablas? Es la primera vez que oigo nada de inspecciones rutinarias por parte de ninguna agencia estatal.
- Disculpe, entiendo entonces que ha sido su casero el que la ha solicitado. Mire, aquí tengo todos los documentos que certifican la petición legal de la inspección del inmueble, así como el convenio de derechos del inquilino.
De su maletín de cuero sacó una tableta digital. Hizo un par de clicks y cuando tuvo los documentos en pantalla me la acercó para que la viese.
- Mire, aquí viene especificado.
Debía de ser un modelo antiguo porque la pantalla se veía un tanto borrosa y las letras parecían moverse. Cada poco segundos la pantalla parpadeaba, seguramente por fallos en la batería, lo cual hacía muy pesado el leer todo ese texto. Ojalá el Estado invirtiera más en estas cosas.
- Léalo todo. No se deje avasallar por la complejidad de las palabras. Es importante que entienda sus derechos como inquilino.
En otras ocasiones, hubiese dejado de leer inmediatamente, pero estábamos hablando de mi piso y mis derechos como inquilino así que creí importante no dejarlo estar hasta que hubiese entendido todo.
Es curioso, pese a que era un texto muy largo, y que con tanto temblor y parpadeo de la pantalla la cosa se hacía algo pesada, en ningún momento me dio la impresión de haber estado mucho rato leyendo.
Una vez acabé de leerlo, volví a mirar al frente. El hombre del traje seguía justo delante mío. Lógico, por otra parte. A dónde podría haber ido si no.
- Disculpa, me acabo de dar cuenta que en todo este rato no te he invitado ni a sentarte.
- No es problema. Lo importante es que usted haya podido cerciorarse de que se trata una inspección legal y reglamentaria. Dígame ¿le queda alguna duda?
- Ninguna. Está claro que si el casero me hubiese avisado habríamos ahorrado tiempo, pero habiendo leído los documentos entiendo perfectamente que tan solo eres un funcionario del Estado que ha venido a hacer una inspección rutinaria.
- Así, ¿se compromete a colaborar en todo lo posible?
- Faltaría más. Bastante tienes con tener que trabajar a estas horas. El Gobierno no os debería de explotar de esta manera.
- No se preocupe. Todo trabajo tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Podría decirse que todos los que trabajamos para esta sección tenemos un poquito de vocación. No tomará mucho tiempo, se lo aseguro.
- Gracias. Lo cierto es que me has pillado un poco atareado y me vendría bien que acabáramos cuanto antes mejor.
- Totalmente comprensible. Así pues, si me dejase entrar…
- Oh, perdona, sí, pasa pasa.
En otras circunstancias, siendo que era ya tan tarde seguramente le hubiese pedido que volviera en otro momento, pero tratándose de un funcionario, un trabajador del estado, decidí darle todas las facilidades posibles para que pudiera hacer su trabajo libremente. Curiosamente, eso era algo que venía especificado en la documentación que acababa de leer, ¿verdad? “Los inquilinos deben facilitar las tareas de inspección de los funcionarios y jamás obstruir su trabajo”. Sí, creo que decía algo así.
- Un piso muy grande
- Gracias.
El inspector sacó un metro extensible y empezó a medir puertas, armarios, paredes, y todo lo que se encontraba en su camino. Cada vez que acababa de medir algo apuntaba los datos en su tableta. Un pitido sonaba cada vez que el inspector introducía un dato, resultando muy molesto y extrañamente distrayente. Me empezaba a doler un poco la cabeza. No sé si por el hambre, por haber leído un texto tan largo antes, o por los molestos pitidos, pero me empezaba a doler la cabeza. Justo cuando me disponía a ir a la cocina a por un vaso de agua el funcionario me paró con una pregunta.
- En el registro dice que usted se llama Luis Gavarre Larreta?
- Exactamente.
- Son unos apellidos muy poco comunes.
- Sí. Me lo dicen a menudo. Está mal que yo lo diga, pero mi familia se remonta a muchas generaciones.
- ¿Ah, sí? Qué interesante. ¿Son ustedes de la antigua nobleza?
- Se podría decir así, aunque los títulos nobiliarios ya no significan mucho tal y como están las cosas. La democracia acabó con todo sentido común. Antes sí que se sabía hacer las cosas: Mano firme y dejando claro quién manda. Ahora nuestro país va infestado de comunistas, sociatas y maricones.
- Veo que es usted un hombre de convicciones fuertes.
- Otra de las muchas herencias de mi familia.
Los pitidos del dichoso aparato no paraban de multiplicarse. La cabeza me iba a estallar. A ver si acababa ya y podía volver a la cocina a por una pastilla ni que fuese,
- Y dígame, ¿cuántos años tiene?
- 42.
- Tan joven y con un piso así de grande y bonito? Le debe de haber sonreído la vida.
- No me puedo quejar - no pude evitar sonreír. Era verdad, me había sonreído la vida. De familia bien y acaudalada, pude estudiar lo que más me apasionaba y hacer de ello la fuente de mis ingresos.
- ¿A qué se dedica?
- Soy asesor fiscal freelance. Trabajo con empresas internacionales y gente de poder de todo el mundo.
- Parece que su trabajo es de lo más interesante. Muy bien, si es tan amable de verificarme los siguiente datos, por favor: este piso consta de dos habitaciones, un comedor, una sala de estar, una cocina y un baño, verdad?
- En efecto.
- Si me permite la indiscreción ¿Dos habitaciones para un hombre soltero?
- En la otra habitación es el dormitorio de mi hijo.
- Ah, tiene un hijo. Dígame ¿cuántos años tiene?
- El mes pasado cumplió los 22.
- ¡En la flor de la vida! Seguro que tiene muchas novias. Dígame, ¿es por eso que no se encuentra en estos momentos en el hogar?
- No sé, puede.
- ¿No sabe? ¿Puede? A esta edad es mejor tenerlos bien vigilados. Uno no sabe con qué puede venir un muchacho de tan solo 22 años. Una oreja agujereada, un tatuaje, o peor aún, ¡un bombo!
- Supongo, no sé. - Me dolía la cabeza y este hombre no dejaba de decir sin sentidos que no tenían nada que ver con lo que yo entiendo que es una inspección.
- Dígame, ¿su hijo estudia?
- Sí, en la Universidad de Lafeurdette
- ¡Donde la élite!
- Se podría decir…
- Seguro que se mezcla con lo mejor de lo mejor. ¿Me equivoco? ¿practica algún deporte? ¿Es de alguna fraternidad? Tiene…
- ¡¡EH!! - Le paré en seco - No sé qué tiene que ver mi hijo con una inspección inmobiliaria. Me duele la cabeza con tus preguntas, tus pitidos y tu todo. Centrémonos en lo que hemos venido a hacer y acabemos ya, que se me está acabando la paciencia.
Quizás me salió un poco brusco, pero ya no podía más. No me gustaba ni un pelo ni el tono del funcionario, ni la expresión de su cara. A parte, ¿qué tenía que ver mi hijo en esta inspección si el del alquiler era yo? Me había comprometido a colaborar, pero este hombre me empezaba a sacar de quicio. ¿No habría funcionarios más profesionales?
Cuando volví a mirar, la expresión de la cara del funcionario había cambiado de alegre a roja de enfado. No creo que fuese para tanto, pero supongo que haberle cortado en medio de una frase con un grito no debió de ser de su agrado. Con tal comportamiento seguro que no era la primera vez. En unos segundos, volvió a cambiar la expresión, esta vez con una sonrisa forzada que no me inspiró demasiada confianza.
- Disculpe, a veces me excedo con las preguntas pero créame cuando le digo que todo forma parte del cuestionario de esta inspección oficial, y como tal es total y absolutamente obligatorio dar respuesta a todo lo que se le pregunte. ¿O es que a caso está pretende pasar por encima de la ley u obstruir mi trabajo como inspector? - Dijo, poniendo fin a su sonrisa.
Creo que con el enfado se olvidó de dejar de presionar algún botón de la tableta porque el aparato comenzó a emitir aquellos odiosos pitidos de manera incesante. Mi dolor de cabeza pareció crecer. Esta inspección debía de acabar ya, y para eso tenía que aguantar lo que fuese que me echase este funcionario.
- Yo soy inspector, usted inquilino. Los dos debemos de seguir la ley por el bien del orden público. Usted se ha comprometido a seguir todos los pasos de esta inspección, y a no obstruir el proceso de esta misma. Lo mejor que podemos hacer es ser honestos el uno con el otro, colaborar, no contradecir, y decir toda la verdad. Al fin y al cabo, represento un sagrado organismo gubernamental.
Pese al dolor de cabeza y al ligero mareo que había empezado a experimentar, tenía que reconocer que tenía razón en todo lo que decía. Ya no se trataba de deshacerse de acabar lo antes posible, sino de hacer lo que mandaba la ley por el bien del orden público.
- Tienes razón. Perdona mi tono de antes. No estoy acostumbrado a tanta pregunta, y quizás soy algo celoso de mi intimidad. No pretendía ofender, ni mucho menos faltar a mi compromiso con esta inspección.
- Disculpas aceptadas. Es comprensible que algunas preguntas le puedan parecer fuera de lugar pero le aseguro que todo tiene una razón de ser, y estoy convencido de que usted sabrá encontrarle sentido sin que yo necesite darle más explicaciones. Incluso a las cosas más inverosímiles. Al fin y al cabo, soy un trabajador del estado y mi única función aquí es la de seguir la ley, igual que la sigue usted.
Asentí con la cabeza. ¿Qué otra cosa podía hacer? Delante de mí se encontraba un trabajador del estado, al fin y al cabo. Llevarle la contraria implicaría no solo obstruir su inspección, también sería una manera de no seguir la ley. Me había comprometido a colaborar. Además, el dolor de cabeza se hacía cada vez más fuerte. Me costaba un poco prestar atención, pero entendía perfectamente que todo lo que se me preguntase tendría mucho sentido para esta inspección.
- Así, contestará a todo lo que le pregunte?
- Por su puesto.
- Por extraña que le parezca la pregunta?
- No quiero obstruir esta inspección, así que sin lugar a dudas. Además, todo lo que me preguntes tendrá sentido, como bien has dicho. Es lógico.
- Entonces, ¿si le preguntase por la última vez que tuvo diarrea en esta casa?
- Te diré que hace dos meses y ocho días. Mala digestión por comida china. Nunca pida en Dong’s. Es terrible.
- ¿Y si le pregunto por el nombre de la persona con la que se desvirgó? No le parecerá demasiado personal o que me meto donde no me llaman? Me gritará y me echará de su casa?
- ¡Por su puesto que no! Admito que en otras circunstancias ya le habría girado la cara de un puñetazo, pero siendo que esto es una inspección estatal y que tú eres un funcionario del estado, encuentro totalmente normal que me preguntes ese tipo de cosas. Tú solo estás haciendo tu trabajo, así ¿quién soy yo para enfadarme? ¿A caso estoy por encima de la ley? No, no. En absoluto. Mira, mi primera chica se llamaba Claudia. Era la hija del chófer de mis padres. Lo hicimos en los asientos traseros del Roll Royce. No fue mi mejor experiencia, pero tampoco recibí quejas.
- Perfecto. Maravilloso. De veras que le agradezco totalmente su sinceridad. Hace mucho más fácil mi trabajo.
- Estoy a tu total disposición.
Y era cierto. Sentía que podía responder a cualquiera de sus preguntas con total seguridad y honestidad. No entendía por qué me había enfadado hacía tan solo un momento. Me parecía algo tan absurdo. No pretendía obstruir de ninguna manera esta inspección. El funcionario volvió a las mediciones, mientras continuaba con las preguntas. El pitido de su tableta volvió a ser constante y mi dolor de cabeza pareció rebajarse un poco.
- Entonces, entiendo que es usted heterosexual, ¿verdad?
- ¿A caso no es obvio? Soy un hombre hecho y derecho.
- Así, ¿nunca ha fantaseado con hacérselo con otro hombre? ¿Ni cuando era un adolescente cargado de hormonas?
- Desde luego que no. Solo pensarlo me muero del asco.
- Por su reacción se diría que no le hacen mucha gracia los homosexuales.
- Gracia ninguna. Esos maricones deberían de pudrirse en el infierno. No es algo natural y nos harían un favor a todos si simplemente desaparecieran de la faz de la tierra.
- Entiendo.
Se hizo un pequeño silencio incómodo. Quizás lo que acababa de decir no era lo que todos querrían oír, pero era la verdad sobre lo que pensaba, y había que ser honesto cuando se trataba de responder ante la ley.
- Volviendo a su hijo…
- ¿Sí?
- Ahora que sabe que toda la información que recopile tiene fines absolutamente legales y de cara a favorecer la inspección ¿me podría decir dónde se encuentra ahora mismo?
- Ningún problema. Está en entreno.
- Un hijo deportista, me alegro por usted. Hay que aprovechar la juventud, ¿no es cierto?
- Supongo.
- ¿Y qué deportes practica su hijo?
- Es del equipo de natación de su universidad, y a parte practica ciclismo de montaña y escalada en sus ratos libres.
- Todo un atleta. Estará orgulloso.
- Qué padre no lo estaría.
- Cierto. ¿Practican algún deporte juntos?
- Sí, yo fui quien le inició en la escalada y el ciclismo. A veces vamos de fin de semana al monte con nuestras bicis.
- ¿De veras? Suena increíble. Con un hijo así, estoy seguro que que apenas puede reprimir las ganas de contarme más cosas sobre él, ¿verdad?
Era cierto. Aunque no acababa de entender el propósito de las preguntas, cualquier padre con un hijo como el mío no podría evitar presumir de él. Además, por la expresión de su cara podía ver como mis palabras inspiraban admiración por parte del inspector, lo cual no hacía más que darme más ganas de explicarle aún más cosas.
-Tenemos hasta una rutina de dieta y ejercicio conjunta. Ya sé que quizás pensarás que ya soy un poco mayor para estas cosas, pero creo que es bueno mantenerse en forma. Hay que llegar bien a los 40!
- Por supuesto, es importante cuidar el cuerpo.
Me dio la impresión de que me acababa de echar un repaso con la mirada, pero seguro que simplemente estaba inspeccionando alguna parte del piso que se encontraba detrás de mí, así que me aparté.
- Bueno, creo que tengo casi todos los datos. Solo me faltaría que se leyera la parte contractual del análisis del inmueble de las personas físicas para poder dar por terminada la primera fase de la inspección.
- ¿Primera?
- Sí. ¿Si fuese tan amable de leer el texto que aparece en la pantalla de mi tableta? Es importante que entienda todo su contenido antes de aceptarlo así que le ruego se concentre en la pantalla.
No me lo tuvo que decir dos veces. Por pesado que fuese fijar la mirada en esa pantalla defectuosa, entendía la importancia de seguir las instrucciones de la inspección. Aunque me dolía la cabeza aún más que antes. Aunque todo me empezaba a dar vueltas. No paré de mirar fijamente la pantalla hasta que hube leído todo el contenido. Curiosamente el texto era muy similar al que me había enseñado al principio de llegar. Solo cambiaban algunas cosas aquí y allá, pero en resumidas cuentas era un compromiso por parte del inquilino a colaborar de manera sumisa con lo que dictase el inspector, apelando a la responsabilidad ciudadana. Ningún problema con eso. Siempre me he considerado un ciudadano modelo.
Cuando terminé de leer, toqué con el dedo el botón de aceptar. Debo decir que lo logré al segundo o tercer intento porque para cuando terminé de leer tan extenso texto me encontraba unas diez veces más mareado.
No sé qué debía de haber estado haciendo el Sr. Inspector durante todo este rato que había tardado en acabar. Debería de haberle ofrecido un refresco o un asiento.
- Sr. Inspector, ya he terminado y estoy listo para la segunda fase de la inspección.
- No sabe cuánto me alegro.
Automáticamente y sin que me lo pidiera, seguí las instrucciones que recordaba haber leído en la pantalla. Separé las dos piernas y extendí los dos brazos hacia los lados.
- Como acaba de leer, la segunda fase consiste en la inspección del propio inquilino - dijo el Sr. Inspector mientras con una sonrisa se acercaba lentamente a mi cuerpo - todo siempre desde el respeto y siguiendo las leyes establecidas sobre bienes inmuebles, por su puesto.
- Lo entiendo perfectamente Sr. Inspector. Puede proceder con su trabajo. Tiene mi total consentimiento.
- Se lo agradezco. Le aseguro que no disfrutaré de este proceso ni lo más mínimo.
Cuando vives en medio de la nada y aun no te has podido sacar el carné de conducir no hay nada peor que perder el último bus de vuelta a casa. Pero ¡Ay! Los peligros de caminar solo por la carretera. ¡Quién sabe cuáles son las verdaderas motivaciones de aquellos que se paren!
Descubre qué le pasa a este pobre muchacho al cual el bus le ha dejado tirado en medio de la carretera. ¿Podrá llegar a casa? ¿Llegará entero a casa? La única manera de saberlo, oprimiendo en Seguir Leyendo. Espero que lo disfrutéis. Los comentarios son siempre bienvenidos ;-)
Vivir en un pueblo es una mierda. Especialmente si acabas de cumplir los 18 y no tienes ni coche, ni moto, ni nada y el pueblo más cercano está a 10km. Si quiero ir a cualquier lado dependo del único bus que pasa pocas veces al día. Y hoy, para variar, he vuelto a perder el único que me lleva de vuelta a casa.
Así que no me ha quedado más remedio que comenzar a caminar. No me fío de hacer dedo. Me gustaría decir que soy uno de esos tipos guays que no le temen al peligro, pero no. Por lo general soy bastante organizado y precavido. ¿Tattoos? Infecciones ¿Piercings? ¡Dolor! ¿Alcohol? Quiero acordarme de lo que hice la noche anterior, gracias. Así que mejor camino, aunque tarde mucho, mejor que exponerse a subirse al coche de cualquiera.
Una hora después, mis pies están molidos de tanto caminar. Debo acordarme de comprarme zapas mejores. Me siento un poco en la sombra de unos árboles. Estoy en medio de la nada, ¡pero se está tan bien! La brisa, el olor a campo, el zumbido de los insectos, el canto de los pájaros...
¡PIIIIP!
El sonido de un claxon me corta totalmente el rollo. Levanto la mirada, en busca del origen. Es un coche, totalmente nuevo, estiloso y brillante. Miro la zona del asiento del conductor y reconozco la persona al volante de inmediato.
¡PIIIP!
“¡Tío Lucas!”
“¿Qué pasa chaval? ¿Te has vuelto a quedar tirado?”
“¡Sí! ¡No sabes cómo me alegro de verte! ¡Wow! ¡Menudo coche! ¿Es nuevo?”
“Sí, obsequio de mi nueva empresa. Viene cargado de cachivaches y añadidos. Ya sabes lo que me gusta estar a la última de las tecnologías.”
“Te tocará ahorrar, o trabajar 50 horas a la semana como tu tío preferido”
“Ah, ¡paso! Me quedo con la vida de estudiante”
“Chico listo. Dime, ¿quieres que te enseñe una cosa muy interesante de este coche?”
“¡Sí! ¡Qué es capaz de hacer?”
“¿Ves esa bombilla justo encima de donde va el cinturón?”
“¡Sí! ¡Para qué sirve?”
“Será más fácil si te lo enseño que si te lo explico. Atento.”
“Oh...”
“¿Sorprendido?”
“La verdad es que... Es solo una luz roja, tío. Cualquiera puede poner una luz roja en su coche. Pensaba que sería algo más espectacular.”
“Ahora que lo dices, supongo que sí. No tiene mucho misterio. No sé por qué pensé que sería algo tan interesante. Pero le da un aspecto interesante al coche, así como retro.”
“¿Quieres decir de tu época?”
“Mira que te juegas volver a casa a pie.”
“¿Dejarías tirado en medio de camino al hijo de tu hermana? Qué irresponsable.”
“Touché. Ninguno de los dos queremos sufrir su furia. Tiemblo de pensarlo. Va, abróchate el cinturón y vámonos.”
“¿Eh?”
“Sin cinturón no vamos a ninguna parte. Es esencial”
“Ah, tienes razón. Perdona.”
¿En qué momento me he subido al coche? Bah, no importa. Al menos no tengo que caminar otro kilómetro a pie.
“Listo. ¿No apagas esa luz?”
“No. Creo que le da ambiente al coche. ¿No te parece?”
“Si tú lo dices...”
“¿Por cierto, cómo van las clases del carné de conducir? ¿Aprobaste la teórica ya, verdad? ¿Has comenzado con las prácticas?”
“¡Sí! Me costó lo mío, pero pasé la teórica. La semana que viene empiezo las prácticas.”
“¿Nervioso?”
“Un poco.”
“Si quieres podemos aprovechar el viaje para practicar”
“¿Sí?”
“¿Qué clase de tío sería si no ayudase en estas cosas? Pero no le digas nada a tu madre. Creo que me cortaría el cuello”
Mi tío tiene sus cosas pero en el fondo es buena gente.
“¿Nos bajamos para cambiar puestos?”
“¿Cambiar puestos? Quieres decir, ¿ponerte en el asiento del conductor? Oh, no no.”
“¿Pero entonces? ¿Cómo voy a practicar?”
“Es fácil. este coche es especial. No hace falta que estés en el asiento del conductor para conducir”
“¡Vaya! ¡Eso sí que es especial! ¿Y cómo funciona entonces?”
“Con un joystick”
“¡Entiendo! ¡Como si fuese un simulador de conducción! ¡Qué bueno!”
“Sí. Espera que lo saco”
Qué excitación. Voy a conducir un coche por primera vez. No soy un fanático de los automóviles, y conducir parece peligroso, pero tengo a mi tío de mentor así que supongo que no pasará nada.
Mi tío saca un joystick de sus pantalones. Bueno, lo que parece un joystick. Veo claramente que tiene una forma alargada con una base con botones, pero por algún motivo parece como desinflado. ¿Los joysticks se pueden desinflar? Mi tío parece detectar mi cara de extrañado y rápidamente me saca de dudas.
“¡Oh! Perdona. Tiene una forma un poco extraña, ¿verdad? Sí, yo también lo pensé cuando me lo dieron. Es un modelo nuevo. Vienen así, desinflados, para ocupar menos espacio. ¿No es ingenioso?”
“¡Sí! Nunca había oído algo así. ¿Cómo se infla entonces?”
“Pues como todos los hinchables. Acercando la boca e hinchando”
“¡Claro!” Qué tonto. Por supuesto. Tiene que ser como los flotadores de piscina.
“Como por ahora conduzco yo, ¿te importaría inflarlo tú?”
“Ningún problema”
“Tendrás que agacharte porque no lo puedo mover de aquí. Necesita estar cerca del volante para funcionar”
No acabo de entender por qué tiene que estar delante del volante para inflarlo. Podría cogerlo, inflarlo y luego devolverlo a su sitio, pero no iba a discutir con mi tío. Al fin y al cabo, había sido lo suficientemente buena gente como para ofrecerse a darme clases de conducir.
Agacho mi cabeza. Es una posición extraña. Tengo que poner mi cabeza justo debajo de sus brazos, que sujetan el volante, y entre sus dos piernas, que es donde está el Joystick. Cojo el joystick con las dos manos. Está blando y parece sudado. Podía ser última tecnología, pero podrían haberse esmerado en escoger mejores materiales.
Rápidamente veo el agujero por donde hay que soplar. Junto mis labios y aprieto con ellos sobre la superficie blanda de la punta del joystick. Nada. Soplo otra vez un poco más fuerte, pero otra vez nada.
“¿Lo estoy haciendo bien?”
“Más o menos. Creo que no tiene válvula y que por eso no se queda el aire. Prueba de meterte parte del joystick en la boca.”
"Ah, claro. Tiene sentido”
Pruebo lo que dice mi tío. La parte de arriba del joystick tiene una textura diferente a la de abajo. Mientras que la de arriba es más bien suave, la que le sigue es algo más rugosa y con protuberancias. Siento como el aparato se adapta a mi boca a medida que soplo. Poco a poco va creciendo, noto cómo se hace más grande dentro de mí, pero llega un punto en que deja de crecer.
“¿Y ahora qué? ¿Porque no se hincha ahora?”
“Lo estás haciendo muy bien, chaval, pero creo que con soplar no va a ser suficiente. Tendrás que chupar también.”
“¿Chupar?”
“sí, forma parte de este nuevo modelo. Por eso no lleva válvula”
“¡Aaaah! ¡Ya entiendo! ¿Osea que se infla un poco primero y luego el resto se tiene que hacer succionando?”
“Sí, veo que lo has entendido rápido”
“Claro. Ni que fuese tonto”
Tiene mucho más sentido así. Por eso ya no se inflaba más. Ya me lo podría haber dicho desde el principio. Acerco mi cabeza una vez más al joystick, sujetando con una mano su base y apoyándome con la otra en la pierna derecha de mi tío. Vuelvo a meter el aparato en mi boca, pero esta vez, en lugar de soplar, chupo. Y chupo. Y chupo. Y es verdad que el joystick se va haciendo más largo y más grueso a medida que chupo.
“¿Funciona?”
“Ah... Sí... Pero no pares o se volverá a desinflar.”
“Es verdad, perdona.”
Su voz suena un poco entrecortada, pero no tengo tiempo de pensar en eso. Tengo que mantener un ritmo estable o si no no se inflará nunca y no podré hacer mis prácticas.
Chupo. No puedo evitar sentir el gusto del joystick en mi boca. Nunca he probado de lamer piel antes, pero de veras que sabe algo extraño. ¡Y huele como a bacalao! Eso si que es inesperado. Mi cabeza sube y baja. Estoy poniendo todo mi empeño en que este maldito joystick se acabe de inflar del todo. Cada vez está más duro y más grande, y me cuesta más metérmelo en la boca, pero eso es señal de que lo estoy haciendo bien. A veces me dan algunas pequeñas arcadas, pero entonces mi tío me acaricia un poco la cabeza con la mano que tiene libre y se me pasa. Tengo suerte de tener un tío tan comprensivo.
“Ah... Lo estás haciendo muy bien, chaval... Tendrás que ir algo más rápido... Si no no tendremos... No tendremos tiempo...”
Miro hacia arriba aun con el joystick en la boca. Tiene razón. Tengo que darme prisa. Acelero el ritmo. El aparato está tan duro ahora que me debe de quedar poco ya. Pero sigo. Chupo. Más rápido. Con más potencia. Como cuando al flotador le quedan las últimas bocanadas de aire para ser inflado.
“¡Oooh, sí! Ya. Ya. Ya está inflado, chaval. Ya puedes parar”
Aliviado levanté la cabeza. Mi boca hizo un pequeño sonido, como a tapón de botella, cuando la saqué de la empuñadura.
“Menos mal! Ya me estaba quedando sin aire!”
“Lo has hecho muy bien. Mira qué grande está ahora el joystick graicias a ti”
Miro al aparato. ¡Tiene razón! ¡Es enorme! ¡Quién iba a pensar que algo tan pequeño y arrugado iba a poder crecer hasta ese tamaño!
“¡Es enorme!”
“Sí. Extra grande para mayor confort”
Mi tío está muy contento. Yo también. Me ha costado mucho trabajo pero por fin podría empezar a conducir.
“Muy bien hecho, chaval. Ya podemos empezar.”
“¡Por fin!”
“Con tu mano izquierda sujeta el joystick”
“¿Así?”
Mi mano izquierda sujeta el aparato por la base. Está aun húmedo de mi saliva, pero como es mía no me da asco.
“Perfecto. Usarás la mano derecha para los intermitentes. ¿Ves los dos botones en la base?
“¿Te refieres a estos?”
“¡Agh...! Con cuidado. Son delicados. Sí. Esos. El derecho es para avisar de que giras a la derecha...”
“...Y el izquierdo para avisar que giro a la izquierda. Creo que hasta ahí llega mi intelecto. ¿Podemos empezar ya?”
“Si tantas ganas tienes. Por mí ningún problema. Para acelerar tendrás que mover la mano arriba y abajo a lo largo del joystick. Ah.. Ah.. Así... Muy bien. Y para girar basta con que lo muevas a un lado o a otro”
“¡Parece sencillo!”
“Es... Tec-Tecnología punta, Mmmm....”
No me lo puedo creer: ¡Estoy conduciendo! ¡Y es mucho más simple de lo que pensaba! Mi mano se desliza fácilmente por el largo y grueso joystick gracias a mi saliva. Es una sensación extraña, de viscosidad, pero me voy acostumbrando. Mis ojos, centrados en la carretera. ¡Pensaba que tendría más miedo pero no! Supongo que saber que tengo a mi tío supervisando me da tranquilidad.
“¿Qué tal lo estoy haciendo?”
“B-biennnnn.....MMmmuy bieen.....”
“¿Te encuentras bien tío?”
“Ssí... Concéntrate... Ojos en la carretera. No queremos un... Un accidente, ¿verdad? Ah...”
“¡Sí ¡Sí! ¡Es verdad! ¡Perdona!”
No sé como me puedo haber distraído así. ¿Qué más da cómo hable mi tío? Si me despisto podemos acabar en el Hospital. Será mejor que no pierda el ritmo y que mantenga los ojos en la carretera.
Cada vez que giramos, aprieto uno de los dos botones para encender el intermitente. Les he llamado botones pero más que eso parecen pequeños sacos. Así, los pellizco más que apretarlos. Mi tío pega un pequeño bote cada vez que pongo un intermitente o lo quito. Supongo que le asustará un poco que no acabe de girar del todo bien y por eso se pone en alerta.
“Si... Si ves que el joystick... Ah... No se desliza biennn.... Vuelve a inflarlo... Con tu bboccaa...”
“¡Entendido!”
Suerte que me lo ha dicho porque comenzaba a costarme subir y bajar la mano. Vuelvo a poner mi boca en el joystick. Lo meto hasta lo más profundo, asegurándome que quede bien hinchado y húmedo para poder seguir conduciendo. Mi tío me toma el relevo mientras tanto. Tiene que estar muy cansado de trabajar porque no deja de suspirar.
El aparato vuelve a estar como nuevo, así que retomo la conducción. No tardo en conseguir recuperar el ritmo. Por algún motivo, los botones de los intermitentes parecen ahora más grandes y duros. Debo de haberlos inflado las últimas dos veces que he tenido que volver a poner el invento en mi boca.
“Tío Lucas, ¡si no dejas de mover las caderas no puedo conducir bien! ¿¿Que quieres que nos matemos??”
“Nn...No... Perdona... Ya me esssstoy quieto.”
Menos mal porque no sabéis lo difícil que es conducir cuando lo que sujeta tu volante no para arriba y abajo, arriba y abajo.
De repente, el joystick se pone más duro que nunca. No lo he vuelto a inflar en un rato, así que es extraño. ¿Lo habré roto? Lo suelto de inmediato no fuese que lo acabe de romper del todo.
“Tío Lucas, creo que he roto el joystick. Está muy duro. ¡No lo puedo mover!”
“Oh... No te preocupes. Solo tienes que volverlo a hinchar y ya está”
“¿Seguro?”
“Seguro. Pero date prisa”
“¡Sí!”
No sé por qué me tengo que dar prisa pero más vale no discutir. El joystick es suyo así que él sabrá.
Me vuelvo a llenar la boca con el artilugio. Mis boca está cansada. Ya lo he tenido que hacer unas cinco veces. Mi mano está cansada también. Creo que me quedo con el volante de toda la vida, esta tecnología no es para mí. Además, ahora parece como si tuviese un regustillo salado que antes no tenía. No le doy más vueltas y vuelvo a chupar. Voy lento y con cuidado por miedo a acabar de romperlo, pero en seguida noto la mano de mi tío Lucas que me agarra la cabeza y empuja hacia abajo.
“Mmmás rápido....Assì...”
Suerte de mi tío que me guía. No sé qué haría sin él. Seguramente habría roto el aparato este ya. Me cuesta un poco seguir el ritmo. Me duele la boca de tenerla abierta. Este joystick es demasiado grande para inflarlo de esta manera. Mi tío me ayuda a bajar la cabeza con un poco más de fuerza de la que necesitaría. De hecho, a veces siento cómo la punta del joystick choca contra lo más profundo de mi garganta. Es una sensación rara pero no me da ni dolor ni arcadas. Llevo tanto rato en esto que creo que mi propia garganta ha aprendido a relajarse. Al final va a resultar que he nacido para esto.
El sabor salado se intensifica. El aparato en lugar de hacerse más manejable se vuelve más duro. Cada vez dudo más de que esto vaya a solucionar el problema. Mi tío suelta mi cabeza, pero comienza a agitar sus caderas de nuevo, apretando el joystick contra mi boca. Yo no dejo de chupar en ningún momento, asegurándome que mi boca recorre todo el largo y ancho del manubrio. Lo que sea con tal de arreglarlo.
Llega un momento en que mi tío se queda quieto mientras yo sigo con lo mío. Mucho más fácil ahora que no se mueve tanto, pienso, pero para mi sorpresa:
“¡¡AH!!”
¡¡El joystick se rompe en mi boca!! Bueno, o eso creo. Un líquido espeso empieza a salir de él, a borbotones. ¿Ha estallado por dentro?
“¡Chúpalo todo...! ¡¡Qué no salga nada...!!”
Hago caso de mi tío e intento que nada se salga de mi boca. Es difícil y tengo que tragar mucho de esa cosa espesa y mocosa. No tiene mal gusto, pero no era lo que me esperaba que pasaría al intentar arreglar el cachivache.
Finalmente, el joystick deja de expulsar ese líquido. Noto como se desinfla poco a poco dentro de mi boca y entiendo que se ha roto del todo. Hasta aquí mis clases por hoy.
Saco mi boca. Miro hacia mi tío. Está exhausto. No me he dado cuenta de cuándo pero estamos aparcados en medio de la nada. No veo la carretera, ni ninguna casa. Solo bosque y campo. Me siento muy mal por lo que ha pasado. Mi tío parece realmente abatido.
“Tío Lucas... Lo siento mucho... Yo no quería romper tu aparato...”
Siento que parte del líquido ha quedado en la comisura de mis labios y saco la lengua para lamerlo.
“No te preocupes, no es culpa tuya. Debía de ser defectuoso, si no no se explica. Al menos has intentado arreglarlo. “
“Sí, pero ahora ya no funciona. Está todo desinflado de nuevo y no vuelve a levantar por más que lo chupe.”
El cachivache volvía a estar casi casi como al principio, si bien un poco más reluciente por toda la saliva y el líquido viscoso ese que ha sacado.
“Bueno. Quién sabe. Quizás de aquí a un rato vuelve a levantarse y a funcionar.”
“De verdad que lo siento”
“No le des más vueltas, chaval. No lo has hecho a posta. Y he de decir, pero que no se te suba a la cabeza, que para ser tu primera vez ¡no lo has hecho nada mal!” Enhorabuena”
Su sonrisa me tranquiliza. No solo no está enfadado por haberme cargado su aparato sino que además me felicita. Qué suerte he tenido.
“Deja que tu tío se tome su pastilla para el mareo y continuamos hasta casa.”
“Sí”
Mi tío se saca un bote de pastillas del lateral de la puerta. Son todas azules y con forma de rombo. No he visto nunca pastillas para el mareo con ese color, pero tampoco es que sea un experto.
Cuando giro la cabeza para mirar dónde estamos me doy cuenta de que ya no estoy dentro del coche. ¿Cuándo he salido del coche?
“Vaya. Parece que nos hemos quedado sin gasolina”
“¿Sí? ¡Qué mal!”
“Ni que lo digas. ¿Tendremos que llenar el depósito. Me ayudas?”
“¡Sí, claro!”
Paro un momento pensando en qué debo hacer. No me acuerdo. ¿Cómo se llenaba un depósito? Lo he visto miles de veces en mi vida. ¡Estoy seguro! Pero no me viene a la cabeza.
“¿Te vas a quedar ahí quieto? ¿No me ibas a ayudar?”
“Sí sí...”
“¿No te habrás olvidado de cómo se hace?”
“Esto... ¿Puede?”
¡Qué vergüenza! ¿Cómo podía no acordarme?
“¿Seguro que aprobaste la teórica? A ver, recuerda, ¿dónde está el depósito?”
“En....Uhm...” Lo tenía en la punta de la lengua. Casi lo podía ver... ¡Sí! ¡Ya lo tenía!”
“¡Ah! ¡Aquí!”
Digo señalando mi trasero, hundiendo mi dedo entre mis dos nalgas, apretando la tela para que mi tío tenga claro que estoy señalando el depósito y no mi culo.
“Exacto, ahí. Entonces. ¿Qué es lo primero que deberemos hacer si queremos llenar el depósito?”
“Eh... Bueno, siendo que el depósito está ahí... Supongo que los pantalones molestan un poco. Así que... Debería...¿Bajarme los pantalones?”
“Sí. ¿Pero solo los pantalones?”
“Mmm.... ¡Ah! ¡Y los calzoncillos! ¡Los pantalones y los calzoncillos!”
Tiene mucho sentido así. No hay manera posible de llegar al depósito de gasolina si llevo los pantalones y los calzoncillos puestos. ¡Eso era lo que me había hecho dudar!
Con la sonrisa del alumno que se ha librado del suspenso, chuto las zapas y los calcetines para facilitar el paso de mis pantalones y mis calzoncillos. Mi tío no pierde detalle. Es normal, quiere asegurarse de que sé lo que estoy haciendo. Bajo las dos prendas con la ayuda de mis manos, hasta que se quedan en el suelo. Doy un paso al lado y miro a mi tío Lucas, el cual está aun ocupado revisando el proceso.
“¡Listo!”
“¡Perfecto! Ahora, ¿dónde está el depósito?”
“Aquí” Digo dándole la espalda y señalando mi culo.
“Eso es la carcasa. ¿Dónde está realmente el depósito?”
Dudo por un momento, ¿Dónde estaba realmente el depósito?
“¡Ah! Vale, ya me acuerdo.”
“¿Seguro?”
“Sí, sí mira.”
Aun de espaldas, flexiono las rodillas y elevo el culo como si fuese un potro de gimnasia al que saltar. Con las dos manos aparto a lado y lado las nalgas de mi culo, y con un dedo señalo el agujero del depósito.
“Aquí”
“Exacto. Ese punto rosado es la entrada al depósito de gasolina”
Me volví a girar y le sonreí.
“Pero eso no es todo. ¿Qué más necesitamos?”
“Eh....”
“¿Sí?”
“Una...”
“¿Una...?”
“¡Una manguera! Sí! ¡La manguera!!”
“¡Bingo! ¿Y dónde está la manguera?”
¿Dónde estaba la manguera? ¡Pero si lo sabía! En el surtidor, ¿no? ¡Pero no veo ninguno! Qué extraño.
“Está en el surtidor, pero no veo surtidor alguno.”
“¿Cómo que no? ¿Y esto qué es?”
Mi tío se señala a si mismo y entonces lo entiendo todo. ¡Él es el surtidor! ¡Cómo me ha podido olvidar esto también!
“Perdona tío Lucas, estoy un poco despistado hoy. TÚ tienes la manguera. ¡Ya me lo podrías haber dicho desde el principio!”
“¿Pero entonces qué ayuda sería eso en tu test?”
Río ante su comentario. Siempre le gusta tomarme el pelo, pero sé que en el fondo lo hace para ayudar.
Él también sonríe mientras saca la manguera de su sitio. Ahora que ya lo había visto recordaba perfectamente que todos los surtidores tenían la manguera en el centro de las dos piernas. La manguera que tiene mi tío en sus manos es bastante larga y gruesa. Apunta hacia el cielo, lo cual es señal de que la manguera está prácticamente preparada para ser usada.
“Aquí está la manguera. Ahora, sé un buen chico y prepáralo todo para que pueda meterla en el depósito.”
No me gusta que me llamen ‘buen chico’, pero sonrío y me dirijo al coche. Ahora me acuerdo de todo. No tengo lugar a dudas. Si tenemos que llenar el depósito tiene que ser dentro del coche. Habiendo recordado los puntos básicos, el resto es fácil.
Me tumbo encima del asiento del conductor, la espalda de mi camiseta en contacto con la tapicería, y levanto las piernas para dejar lo más expuesta posible la entrada al depósito. Una pierna la apoyo tras el volante y la otra tras el respaldo del asiento. Con la ayuda del kit de repostaje, extiendo lubricante para coches por la entrada del depósito. Hay que lubricarlo bien para que la manguera entre sin problemas. Pensaba que los lubricantes para coche eran de color negro o gris, pero este no, este es transparente y parece que huele como a fruta. Extraño esto de ponerle olores a las cosas para coche, pero qué sé yo de mecánica.
La substancia está fría al contacto con la entrada al depósito, pero rápidamente me habitúo. En poco tiempo consigo introducir un dedo dentro, señal de que estoy a punto de tenerlo todo listo. Eso sí, la normativa dice que nada de repostar hasta que no se hayan metido como mínimo tres dedos.
Continúo lubricando la entrada al depósito. Como esperaba, mi tío no pierde detalle, en búsqueda de algún fallo que echarme en cara. Es un hombre muy competente, porque pese a estar concentrado en mí es capaz también de sacar brillo a la manguera, su mano arriba y a bajo, asegurándose que todo está en orden.
“Y... ¡Tres dedos! Depósito listo para ser llenado.”
“Perfecto. Espera que pongo el cabezal a la manguera para evitar accidentes”
"¿Ahora los hacen de goma?”
“Sí, ya hace un tiempo que la normativa establece que se debe de poner esta especie de globo de látex alrededor de la manguera para evitar problemas. ¿Pero eso ya lo sabías, verdad? Te salió en el teórico.”
“Es verdad” Eh, a veces hay que mentir un poquito en la vida. La verdad es que no me acuerdo de esa parte, pero si mi tío lo dice, será así.
Mi tío se acerca a la puerta del coche donde le espera el depósito de gasolina. Sin que me diga nada, aparto mi pene y mis testículos para que no molesten. Mi tío Lucas me mira directo a los ojos y yo le devuelvo la mirada, extrañado. ¿Por qué se para?
“Gracias por toda la ayuda, chaval.”
“No hay de qué. Para algo están los sobrinos”
“Siempre he querido hacer... Clases de conducir contigo, pero nunca supe cómo. No me atrevía tampoco. Tenía miedo de meterme en problemas”
“¡Ya! Estoy seguro que mamá estaría en contra. Se preocupa por cualquier cosa. Pero tiene que entender, que si estoy contigo estoy seguro. ¿Cómo nos va a pasar algo si estoy contigo supervisando?”
Mi tío sonríe. Entiendo que le preocupe haberme dado lecciones de conducir sin permiso de mi madre. Mi madre puede ser muy cabezota a veces y no la quieras ver enfadada.
“Gracias, chaval. Pero por si a caso, no le cuentes nada a tu madre, ¿entendido? No queremos cabrearla”
“Entendido. A mí tampoco me conviene. Creo que me dejaría un mes sin salir de mi habitación.”
“Entonces, ¿secreto de hombres?”
“Secreto de hombres”
Y con una sonrisa compartida, mi tío introduce la manguera dentro de la entrada del depósito. Lentamente. Poco a poco. Sin perder detalle de mi expresión.
De repente me invade una sensación extraña, como si algo no fuese bien.
“Uhn...”
Mi tío saca la manguera, y la vuelve a meter, esta vez un poco más adentro y retorna una sensación extraña.
“Ah...”
Mi tío acelera ligeramente los movimientos hasta establecer un ritmo. La sensación se hace más grande con cada golpe de manguera en el depósito. Mi cara debe de ser un poema porque mi tío para de inmediato de repostar y me mira de nuevo a los ojos.
“¿Todo bien? Tienes cara de preocupación...”
“Estoy... No sé... No lo sé explicar, pero parece que la manguera me está haciendo sentir como si quisiera... cagar. ¿Cómo puede ser? Si es un depósito... No debería de darme ganas de cagar a mí. Y... Además de eso... Siento... Siento... ¿Placer?.”
Aparto la mirada y la dirijo a cualquier sitio. A los pedales del coche mismo. Cualquier lado menos la cara de mi tío después de haber dicho lo que he dicho. Reconocer placer y ganas de cagar mientras mi tío se encarga de llenar el depósito de gasolina del coche. Es imposible que mi cara no esté completamente roja.
“Eh, eh. Mírame. No apartes la mirada chaval.”
No puedo evitar devolverle la mirada. Por suerte, su cara no es de cabreo sino de ternura.
“Está bien, ¿de acuerdo? Es normal. ¿No te lo enseñaron? Puede ser que pase. El placer y las ganas de... ¿Cagar has dicho?
“No te rías”
“No me río, de verdad chaval, que no me río. Es totalmente normal. Siempre pasa cuando se llena el depósito, así que, por raro que te resulte, más vale que te vayas acostumbrando si quieres llevar un coche.”
“¿De verdad que es normal?”
“Sí, ¿te iba a mentir yo? Relájate y si tienes que disfrutar, disfruta. No pasa nada.”
Después de las palabras de mi tío Lucas me siento mucho mejor. Más tranquilo y relajado. Tiene razón. ¿Y qué si siento ganas de cagar o placer al repostar? Lo importante ahora era llenar el depósito de gasolina.
“¿Puedo continuar?”
“Adelante”
Los dos sonreímos. Mi tío vuelve a introducir la manguera en el orifiicio del depósito. Ésta se desliza con total suavidad. Siento la sensación extraña de antes, pero ahora en lugar de rechazarla cierro los ojos y la acepto. La sensación no tarda en convertirse en algo más, en algo mejor, en placer. Las ganas de cagar se desvanecen, y no puedo evitar soltar un gemido intenso.
“OOOh....”
“Sí... Gime si hace falta. Así entrará más gasolina en el depósito.”
“Sí... Ah.....”
“Eso es, mueve tu cuerpo para que la manguera entre mejor. No pares”
“Tío Lucass..... Ah....Ah ah ah.....”
“Un poco más, chaval, ya casi tenemos el depósito lleno!”
“Nno... ¡No puedo más! Esta sensación... ¡Es demasiado!”
Es verdad. La sensación de placer recorre ahora todo mi cuerpo. Cada vez que mi tío mete la manguera y toca el fondo del depósito, un escalofrío recorre cada centímetro de mi piel. Nunca había sentido nada igual. No hubiese podido imaginar que llenar el depósito de un coche pudiera ser tan... Placentero.
Mi cuerpo se mueve por todo el asiento. Tengo que hacer equilibrios para no caerme a un lado. Algo especialmente difícil cuando el placer hace que tus fuerzas fallen repetidamente.
En ese mismo instante, mi tío agarra mis dos piernas, y da un último empujón con la manguera en el depósito, que de no ser porque me está agarrando fuerte me manda disparado al asiento del copiloto. Siento entonces una sensación caliente y reconozco inmediatamente esa señal como el indicador de que el depósito está lleno.
Acto seguido, mi cuerpo tiembla, se estira, reacciona. Arqueo mi espalda, aun con la manguera dentro, y de mi pene empiezan a salir rayos de semen. ¡Me estoy corriendo! ¡¡Me estoy corriendo delante de mi tío!!
“¡Aaaaaaaaaangh...! ¡Nnn...No......! Aaannngh...¡¡Delante de mi tío noooo.....!! ¡Annhhh!”
Desfallezco con el último chorro. El líquido empapa mi camiseta, la cual ha quedado arruinada. Con el depósito lleno, mi tío saca la manguera y le retira el cabezal protector. Miro por el rabillo del ojo, él también parece exhausto, pero eso no puede haber evitado que viera cómo me corría. ¡Qué vergüenza! Bajo las piernas y las saco fuera del coche. Con las manos tapo mi pene como si eso pudiese ayudar en algo. No quiero que vea el rastro de mi eyaculación. ¿Pero cómo esconderlo? ¡Está todo empapado!
Entonces, mi tío Lucas se acerca. Seguro, directo, sabiendo lo que hace, me agarra los brazos, me levanta y me da un abrazo. Uno de los abrazos más fuertes y cariñosos que me ha dado nadie nunca. Y con la manguera apollada sobre mi barriga, y mi barriga empapada de semen, mi tío me susurra meloso al oído”
“No te preocupes chaval. Todo está bien. Has hecho un buen trabajo. Ya puedes descansar. Descansa y olvida. Te hará bien.”
Le devuelvo el abrazo de manera instintiva. Cierro los ojos y me hundo profundamente en el espacio entre su hombro y su cuello. Nunca me he sentido tan relajado y a gusto.
Cuando abro los ojos, estamos los dos dentro del coche. Estamos parados. Yo estoy en el asiento del conductor, y mi tío Lucas en el asiento del copiloto.
“¡Muy bien chaval! ¡Buen trabajo! ¡Nos has llevado sanos y salvos hasta la entrada del pueblo!”
“¿Cómo?”
“Sí, yo tampoco estaba muy convencido, y ha habido un par de veces que he estado tentado a recuperar el volante, pero te has portado como un campeón.”
Algo no me cuadra. Recuerdo haber perdido el bus. Recuerdo haber caminado una eternidad. Recuerdo haber tenido la suerte de toparme con mi tío Lucas. Recuerdo subirme al coche y recuerdo su oferta de darme clases de conducir. ¿Pero todo lo demás hasta llegar aquí? ¿¿De verdad que he conducido yo solo hasta casa??
“Bueno, ahora es momento de que me devuelvas el volante. No querrás que tu madre se entere de que has estado conduciendo sin su permiso”
“¡Es verdad! ¡Mamá! Espero que no me haya visto nadie del pueblo.”
“Con un poco de suerte no. Pero hay que tomar riesgos en la vida, ¡que me lo digan a mí!”
Y con eso mi tío suelta una de sus carcajadas. No entiendo qué es tan gracioso, pero río con él para que no se quede solo.
Cambiamos de sitio. El recuerdo de mí mismo conduciendo me resulta borroso, pero empieza a formarse en mi cabeza, como si alguien me hubiese puesto un colirio que aclarase mi vista. En un instante, mi tío conduce hasta mi casa y aparca en nuestro jardín.
“Bueno, chaval, aquí estamos”
“¡Gracias, tío Lucas! ¡Ha sido increíble! Me ha encantado poder conducir. Eres un buen mentor.”
“A disponer, chaval. Avísame si algún día quieres practicar un poco más. Es un placer tener alumnos tan obedientes como tú”
“Qué paciencia que tienes conmigo tío.”
“Dale un abrazo a mi hermana de mi parte”
“¡Sí! ¡Y tú a la tía y a los primos cuando llegues a casa!”
“¡Descuida que así lo haré!”
Y después de la retahila de despedidas y recuerdos, cierro la puerta del coche y saludo a mi tío mientras se va con su coche. Subo los tres peldaños que llevan al porche de mi casa. Mi culo se siente raro, como si hubiese ido de vientre o montado a caballo, o las dos cosas.
“¡Mamá! ¡Ya estoy en casa!”
“¡Mira quién se ha dignado a aparecer! ¿Y qué son esas pintas? Llevas toda la camiseta manchada, Dios sabe de qué”
Miro mi camiseta. Está llena de lo que parecen mocos gigantes.
Por más que le pesase, era el momento de ejercer de padre, aunque ello implicase hacer de cobaya de su pequeño genio.
Dale a ‘seguir leyendo’ para saber en qué acabará este loco experimento y, si lo has disfrutado, deja un comentario o dale al like ;-)
"¿Tiene que ser ahora? Acabo de volver de un viaje muy largo. Dale a tu viejo padre un descanso.”
“Papá, si no es ahora, ¿cuándo? Llevas semanas dándome largas. Necesito acabar con este trabajo ¡Ya! O si no me suspenderán. ¿Es eso lo que quieres?”
Dios, me dolía la cabeza. 17 horas de vuelvo desde la otra punta del mundo, ¿y este es mi recibimiento? Solo quiero dormir. ¿Por qué decidiría tener hijos?
“¿Y bien? ¿Me vas a ayudar o te vas a quedar ahí tumbado?”
“Venga... ¿Qué tengo que hacer?”
No os equivoquéis, amo mi hijo, es un chico genial, pero a veces puede ser un poco... Intenso.
“¡Por fin! De acuerdo, empieza por leerte el procedimiento. Yo iré preparando lo demás”
Perfecto. Un montón de papeles por leer. ¿Cuándo podré descansar?
“¿Aquí pone que estás estudiando ondas cerebrales? ¿No es eso un poco peligroso como para tenerlo en casa?”
“Quizás. ¿Pero vas a ir tú al laboratorio a ayudarme?”
“No me convence, hijo. Suena peligroso.”
“papá, no te preocupes. Mi tutor, el Dr. Díaz, me ha dado permiso, así que no hay problema. De hecho, ha insistido en ayudarme con los preparativos. Me ha dejado todo tan al detalle que creo que podría hacerlo con los ojos cerrados.”
“Me quedo más tranquilo, hijo, siempre que realmente no lo hagas con los ojos cerrados.”
Mirando la documentación solo podía ver letras, letras, letras, palabras técnicas... No me lo pensaba leer. Si mi hijo creía que estaba todo en orden, y tenía el consentimiento de su tutor, para qué molestarme. Una firma aquí, y otra firma aquí.
“Listo.”
“¡Perfecto! Un segundo que acabo de conectarlo todo y... Ya está. Podemos empezar.”
“Cuando quieras”
“Muy bien, como ya has leído en los documentos que te he pasado, estoy haciendo un estudio sobre las ondas generadas por el cerebro. Verás la mayoría de estudios hasta la fecha giran alrededor de la emisión de ondas. Pero, ¿y si no solo fuésemos emisores sino también receptores?”
Bla bla bla... Es todo lo que podía oír. Mi adorable hijo es un adorable empollón. Mientras yo usé mis becas deportivas para atravesar de puntillas la carrera de empresariales, mi hijo prefirió ignorar los deportes y recluirse en su habitación estudiando biotecnología. Estoy muy orgulloso de él, pero a veces echo de menos alguien con quien hablar de fútbol, de coches o de básquet como el resto de padres.
“...Y es por eso que, si estos experimentos funcionan, podríamos estar revolucionando el concepto mismo de la interconectividad celular, que según... ¿Papá, me estás escuchando? Dios, no me lo puedo creer.”
“¿Eh? ¿Ah? Perdona. Me he quedado un poco...”
“Dormido. ¡Te estabas durmiendo mientras hablaba!”
“Lo siento, lo siento, muchas horas de viaje, estoy agotado, ¿podemos ir directos al grano?”
“Eres de lo peor, papá.”
“¡Au! Eso ha dolido.”
“Bueno, total, que vamos a probar este aparato que hemos diseñado junto al departamento de ingeniería biomecánica y a ver qué sale, ¿de acuerdo?”
“Sí. Empecemos ya que me quiero echar una siesta. ¿Qué tengo que hacer?”
“Estar ahí y responder preguntas. Yo iré ajustando la frecuencia de onda con estos botones de aquí. No hace falta ni que te muevas. Eso sí, puede que sientas un poco de dolor de cabeza, ”
“Perfecto. Más dolor de cabeza.”
“Para eso tienes aspirinas, el gran invento del siglo XX.”
“Qué remedio. ¿Y a ti no te afectará?”
“No, me he puesto una crema que me aísla de las ondas. Así no interfiero en las pruebas.”
“Estás en todo, hijo, no se te escapa una.”
“¿A que no? Aunque el mérito es de mi tutor. La preocupación era mía, así que me pasó esta crema que han utilizado en pruebas con ratas de laboratorio.”
“Y si ha funcionado en ratas de laboratorio, por qué no va a funcionar en mi adorable hijo, ¿verdad?”
“Ja-Ja. Ríete lo que quieras pero sin las ratas no hay ciencia.”
A veces se me olvida lo divertido que es tomarle el pelo a mi hijo.
“Y... Empezamos. Primer dial, frecuencia 108.″
“Uf...¿Tiene que hacer ese zumbido horrible?”
“Sí, sí, es normal, no te preocupes. ¿Cómo te encuentras?”
“Bien, con el mismo sueño que antes”
“¿Sensación de náuseas, mareos, dolor de cabeza?”
“¿Todo eso me arriesgo a sufrir?”
“Anotaré tu respuesta como un ‘No sientes ninguno de esos síntomas’.”
Dónde me había metido.
“Vale, bajamos a 94″
“¿Bajamos?”
“Sí, cuanto más bajas las frecuencias de onda que emite mi pequeño amigo metálico mayor probabilidad de complementar las ondas emitidas por la sinapsis neuronal. O eso es lo que aspira a comprobar mi experimento.”
“ No sé para qué pregunto. He entendido el 10% de lo que has dicho.”
“¿Aun sin síntomas?”
“Ahora que lo dices... Siento un pequeño cosquilleo en la nuca. ¿Eso cuenta?”
“En un principio no, pero lo anotaré de todas maneras.”
“¿Algo más?”
“Sueño”
“Bajamos entonces a 88″
Mi competente hijo hizo mover las ruedecillas y botones por tercera vez. Si seguíamos así me iba a quedar frito. Pero al menos esto nos permitía pasar cierto tiempo de calidad juntos.
“¿Síntomas?”
“...”
“¿Papá?”
“Ah, perdona, me he distraído. ¿Decías?”
“Síntomas, papá, ¿mareo? ¿nauseas? ¿algo?”
“...No, creo que no.”
“De acuerdo, anotado y, bajamos a 74″
Mi hijo volvió a maniobrar la máquina. Parecía complicado. La verdad es que no sabía si era por el sueño o por qué pero me estaba quedando dormido. O al menos me costaba un poco más concentrarme. Especialmente con ese rumor en mis oídos. Como cuando sales de una fiesta pero aun puedes oír el jaleo de gente de dentro. No podía recordar si tenía ese pitido de antes. Quizás sí, del viaje y del cansancio.
“¿Y bien?”
“Estoy bien, pero, creo que me cuesta un poco concentrarme. ¿Puede ser que me cueste un poco concentrarme? Hay un molesto ruido de fondo que no me deja concentrarme”
“Has dicho ‘concentrarme’ literalmente 3 veces, papá. Diría que sí, que te cuesta concentrarte. ¿Podrías describirme ese ruido del que hablas?”
“Sí... Es... Difícil de explicar... Es como si fuese un murmullo muy lejano, ¿sabes? Como un sonido constante pero que no puedo, cómo se dice, que no puedo desentrañar, ¿sabes?”
“De acuerdo, concentración y murmuro lejano. Apuntado. ¿Alguna cosa más?”
Mi hijo sonaba como un verdadero profesional. Qué orgulloso que estoy.
“¿No?”
“¿Eh? No no, nada más. Continúa, perdona.”
“De acuerdo, bajando frecuencia a 61.″
En cuanto mi hijo le dio al último botón en su maquinita noté un cambio instantáneo. Nada náuseas o mareos, ¡el murmuro se hizo notablemente más alto!
“Es... Es como el ruido de antes, pero mucho más alto y algo más claro. Parecen voces pero no logro distinguir qué dicen. Es como que cuando intento concentrarme en la voz, se escapa de mi mente.”
“Apuntando. ¿Alguna cosa más? ¿Alguna sensación?”
“A ver... Bueno, sigo teniendo sueño, pero eso ya lo sabes de antes. ¿Y soy yo o ha aumentado la temperatura de la sala?”
“Eres tú, papá. Eres tú. Pero lo anoto igualmente. Nunca se sabe. ¿Algo más?”
“Nada más”
“Muy bien, bajando frecuencias a 53″
Y como si de un viejo transistor se tratase, en el momento en que mi hijo apretó el último botón, el ruido volvió a hacerse más fuerte. Esta vez casi podía entender las voces.
“Hijo, me está dando miedo todo esto. ¡Estoy oyendo voces! ¡En mi cabeza! ¿Estás seguro de que esto es inofensivo?”
“Papá, estoy segurísimo. Ya se ha probado con otras personas antes, ¿recuerdas? ¿En la uni? Pero entiendo que te asuste, uno no está acostumbrado escuchar cosas en su cabeza.”
“Pero...”
“No te preocupes, te digo. No pasa nada. Va, cuéntame, ¿qué oyes ahora?.”
“Pues... El sonido se ha hecho más fuerte. Creo que son voces o una voz o algo, pero sigo sin poder distinguir qué dicen. Joder, hijo, de verdad que hace calor aquí. ¡Uf! ¿Es un requisito tener la camiseta puesta para seguir adelante con el experimento? Me estoy muriendo de calor”
“No hay nada en el protocolo que lo impida.”
“Pues no aguanto más. Si no me la quito me asfixio.”
Me ardía el cuerpo. No en plan fiebre sino en plan verano a 40º. Por suerte estábamos en casa y no había problema en perder algunas capas. Al fin y al cabo, solo estaba mi hijo delante, y él ya me había visto mil veces. Bueno, no tantas, quizás, que en casa nunca vamos con poca ropa, pero es igual, es mi hijo y seguro que no le importaba.
Así que entre sofocos agarré mi camiseta interior de Colin Klain y me la saqué de encima.
¡Uff! ¡Mucho mejor! Aun con calor pero al menos sentía algo de aire fresco acariciando mi piel, extendiéndose por mi abdomen, subiendo por mi pecho y refrescándome la cara.
“¡Ua, papá! ¡veo que te has tomado en serio lo de ir al gimnasio!”
“¿Tan sorprendente es?”
“Bueno, no sé, algo intuía por cómo te apretan las camisas y tal, pero creía que te estabas poniendo gordo, no grande a lo The Rock”
¿Así que se pensaba que su padre estaba engordando? ¿Para esto me mato a entrenar en los gimnasios de los hoteles? ¿Para que la gente piense que soy un hombre de mediana edad con sobrepeso? A ver si voy a tener que ir sin ropa por el mundo.
“Pues no. Tu padre no se está poniendo como una foca. La empresa entró en convenio con una cadena de gimnasios hace tiempo y comenzó un programa de esos para unir lazos entre trabajadores o no sé qué chorradas. No sé, pensé que sería una buena manera de matar el tiempo y quizás recuperar parte de mi figura o algo.”
“¿Tu figura? ¿Has tenido alguna vez eso?”
“Que sepas que tu padre, vejestorio aquí presente, era capitán del equipo de rugby.”
“Cualquiera lo diría. ¡Estos años parecías más bien capitán del equipo de cervecistas!”
“Muy divertido, hijo. ¿No hay más cosas que tengas que hacer con la máquina esa? Aprovecha ahora que con el aire fresco me he despertado un poco”
“Buena manera de evitar el tema de la barriga cervecera. 10 puntos para ti. Pero tienes razón. Sigamos. Bajando a frecuencia 41″
Fue darle al botón y cuando pestañeé me costó una barbaridad abrir los ojos de nuevo. Como si hubiese pestañeado a cámara lenta.
“¡...Papá! ¿Otra vez quedándote dormido? Pensaba que me habías dicho que te habías refrescado”
“¡ff! Perdona hijo. De verdad que necesito una siesta.”
“Despierta y dime ¿algún cambio?”
“Ahora que lo dices, ¿Puede ser que me esté acostumbrando a las voces o ruidos o lo que fuese que era eso que me venía a la cabeza? Porque a penas oigo un murmuro ahora”
“...Apenas un murmuro. Apuntado. ¿Alguna cosa más?”
“Se está muy bien en este sofá. ¡Dios, qué suave está la tela de este sofá!”
“Nada más pues. Bajamos pues a frecuencia 36″
Me estaba acostumbrando a esto. Estaba muy a gusto tumbado, relajado, con mi hijo cerca, haciendo actividades juntos, algo poco común.
“...Papá.."
Seguía teniendo sueño y muchas ganas de echarme una siesta, pero eso supondría no poder continuar hablando con mi hijo, y se le veía tan contento y concentrado...
“...Papá...!”
Quizás me debía de concentrar yo también más. Sí, eso debía de hacer, concentrarme más en ayudar a mi hijo con su pequeño experimento o con lo que fuese que me pidiera.
“¡...Papá! ¿Que me ignoras a posta? Por favor, tómate esto en serio, es importante para mí”
“¿Eh? ¡Ah! Perdona, perdona, me he vuelto a distraer. Será mejor que me mantenga alerta. No quiero que mi pequeño genio sufra.”
“¿Pequeño genio? Eso es nuevo”
“Pues vete acostumbrando, pequeño genio de papá porque a partir de ahora te llamaré así”
“¡Eh! ¡No juegues con mi pelo! Sabes que me cuesta mucho que se mantenga así”
Me reí de corazón. Estos eran buenos momentos.
“A parte de estar así de contento y de ponerme nombres ridículos, ¿algo más a destacar?”
“Diría que no.”
“Pues sigamos. Bajando a frecuencia 29″
Noté de inmediato un escalofrío recorriendo todo mi cuerpo. Cerré por impulso los ojos y los abrí lentamente. Empujé el sofá hacia abajo con mi cuerpo, y apreté un brazo contra el otro mientras emitía un pequeño gruñido. Extrañamente, fue como si me acabase de levantar de una buena siesta o como si me fuese a echar una.
Mientras mis manos y mis brazos recorrían mi piel (¡joder! ¡mi piel estaba MUY sensible!) algo llamó mi atención: Mi hijo. Su pelo, su piel, su cara, sus labios, parecía que acabasen de pasar por los filtros de un fotógrafo. Jamás había visto a mi hijo tan radiante. Me quedé absorto repasando a mi hijo de arriba a bajo con la curiosidad de aquel que pasa por delante de un escaparate por primera vez. Cada parte de él me parecía fascinante.
“Papá, ¿¿qué haces??”
Mi hijo interrumpió la diversión. No me había dado cuenta pero sus mejillas y la piel de su cuello estaban coloradas, rosáceas. ¿Se estaba poniendo rojo por mí? ¿Por que le estaba mirando? ¡Qué adorable!
“Oh, perdona. ¿Te has hecho algo en el pelo? ¿Has cambiado de champú? Te noto diferente.”
“Tú sí que estás diferente. No puedes ir mirándome así mientras te vas tocando y flexionando el cuerpo como un maníaco. ¡No está bien!”
“¿No está bien? ¿Y por qué no? No te estará dando vergüenza que tu viejo se estire un poco, ¿verdad? Porque eso sería ridículo.”
Entendía que no era costumbre en casa ir con poca ropa, pero no era nada que él no hubiese visto ya antes. Entonces, ¿por qué estaba tan rojo?
“No, no, no me da vergüenza. Puedes hacer lo que quieras, ¿vale?”
Mi hijo evitaba el contacto visual conmigo. Eso era nuevo y excitante. Tenía que explotarlo a ver qué pasaba. Flexioné mis brazos de manera casual, exhibiendo mis bíceps y mis tríceps a poco más de metro y medio de mi hijo.
“...”
Miraba de lado sin atreverse del todo. Qué mono. Algo me decía que tenía que conseguir que mirase mi cuerpo. Me incorporé un poco, puse mis brazos tras la cabeza y flexioné mis pectorales.
“¡...!”
Mi hijo no pudo evitar mirar un poco más.
“Vamos, hijo, no seas nenaza. ¿Qué más da? Si tienes curiosidad puedes mirar, no pasa nada. No son muchas las veces que pasamos un buen rato juntos.”
“...No sé... Yo...”
Acaricié con mis manos mis fuertes pectorales haciendo círculos con las llemas de los dedos. Cerré los ojos del placer y luego miré directamente a mi hijo. Mi mirada similar a la que le ponía cuando le pillaba haciendo algo malo. No estaba enfadado, solo me quería divertir un poco más a su costa.
“Me cabrearé si sigues apartando la mirada, hijo. Soy tu padre, no un extraño. ¿A caso eres de los que se mantienen cabizbajos en los vestuarios? ¿Es eso lo que haces? Porque si es así, todo el mundo va a pensar que eres un poco sarasa. ¿Es eso lo que quieres?”
“No. No soy ningún sarasa. Es solo que no me parece apropiado. Te estás tocando como si disfrutases con ello, papá. Es... Es muy raro”
“¿Qué tiene de raro? ¿A caso no soy tu padre? ¿A caso no hay confianza?”
“Sí, pero...”
“Sí, pero nada”
Y rápido, sin que tuviese tiempo a reaccionar, puse mis dos grandes manos a cada lado de su cara, obligándole a mirar en mi dirección. Sus ojos aumentaron de tamaño inmediatamente. Volví a mi sofá y él no apartó su mirada de mí. Sus mejillas y su cuello seguían sonrojados.
“¿Ves? ¿A caso era tan difícil?” Dije guiñándole un ojo.
“No...”
Lo había logrado. Toda la atención de mi hijo volcada en mí. Continué tocando mi cuerpo, flexionando mis músculos, acaparando su atención. No quería que dejase de mirarme. Era agradable tener los ojos de mi hijo escrutinando mi cuerpo. Me había costado mi trabajo conseguir un cuerpo así y era un desperdicio que nunca pudiese verlo. Con un poco de suerte le serviría de inspiración para apuntarse a un gimnasio o algo. Su cuerpo es adorable, no os equivoquéis, pero no le iría mal un poco de músculo en esos bracitos.
“¿Qué te parece el cuerpo de tu padre? ¿A que ha valido la pena que fuese al gimnasio?”
Estaba enmudecido. Perplejo ante el espectáculo que le estaba brindando su padre. Estaba orgulloso de mi cuerpo, y quizás si se lo enseñaba de esta manera, tan seguro de mí mismo, quizás conseguiría transmitirle un poco de esa seguridad.
“Oh, papá...”
Esbozó una sonrisa soñadora. Estaba funcionando. Sentí una valentía inusitada dentro de mi ser. Siempre me había dado la sensación de que mi hijo sentía cierta vergüenza hacia mí por no ser un padre intelectual, o el típico padre responsable y comedido. Siempre había habido esa distancia. Ese amor con fronteras. Esta vez, por primera vez, podía sentir la admiración de mi hijo sobre mí, recorriendo mi cuerpo con su mirada. A cada torsión, a cada caricia, sin perder detalle, respondiendo a cada uno de mis movimientos. Quería que esos ojos suyos brillasen con mayor intensidad al enorgullecerse de su padre.
“¿Te gusta lo que ves?”
“S-Si...No sé por qué... Pero no puedo apartar mi mirada de ti, papá. ¿Está bien? ¿Está bien que te mire?”
“Sí, hijo. Mira todo lo que tengas que mirar. Soy tu padre y hay confianza. Me alegra que admires mi cuerpo”
“Tienes un cuerpo fantástico, papá”
La verbalización de su adoración hacia mi cuerpo fue gasolina para mi motivación. Sonreí de oreja a oreja. Adoraba a este pequeño genio.
“Ah, sí? Pues aun no lo has visto todo...” Dije con cierta sorna. Mi voz había sonado un poco más juguetona de lo que tenía en mente, pero no importaba, solo podía pensar en exhibir mi cuerpo ante mi hijo, en recibir más de su adoración por mi cuerpo.
Agarré los pantalones cortos de mi pijama por las puntas y sinuosamente los bajé poco a poco hasta quedarme en solo calzoncillos. Mi hijo abrió la boca como el que descubre lo que le ha dejado Santa Claus bajo el árbol de Navidad. Su cara enrojeció aun más. Puse mis brazos por encima de mi cabeza para exhibir tanto mis tríceps como mis pectorales, y abrí las piernas para que mi hijo no perdiera detalle.
“¿Sin palabras?”
“Casi no puedo respirar”
Su comentario, de honesto, me hizo esbozar una vez más una sonrisa juguetona. Me divertía ver cómo algo tan inocente como mi cuerpo podía provocar semejante reacción en mi hijo.
Moví mi entrepierna arriba y a bajo. Empujando mi paquete hacia fuera en dirección a mi hijo. Mi hijo no le perdía el rastro.
“Y tú que no querías mirar, ¿eh? ¡Hijo, hay muchas cosas que debes aprender de tu padre! Tienes que hacerme más caso, confiar más en mí.”
BIP BIP!
Una alarma sonó de repente. Provenía del chisme de ondas de mi hijo. Paré mis movimientos al momento. ¿Se habría estropeado? Mi hijo sacudió la cabeza y dirigió la mirada al aparato.
“...”
“¿Qué ha sido ese sonido?”
“Un mecanismo de seguridad del emisor. Pita en caso de que pase demasiado tiempo desde la variación de ondas. Mi tutor de la tesis lo instaló para evitar incidentes.”
“Pensaba que era un cachivache inofensivo”
“Y lo es, pero siempre que se sigan las medidas de seguridad. Lo siento papá, me encantaría seguir admirando lo masculino y viril que es tu cuerpo, pero tendremos que continuar con el experimento”
Su cara parecía de real decepción. Nos lo estábamos pasando como nunca, y ahora teníamos que continuar. Pero si era por mi pequeño genio, estaba dispuesto a hacer lo que fuese.
“Nada en especial” Dije de buena fe pese que me encontraba en calzoncillos a poco más de metro y medio de mi hijo, algunas gotas de sudor recorriendo mi cuerpo por el ejercicio de flexionar y exhibir mis músculos.
“Si es así, continuemos bajando la frecuencia. Pasemos entonces a 14.”
Fue darle a la máquina y sentir que el ambiente se cargaba, como si todo pesase. Agradecí no llevar nada más que mis calzoncillos porque hasta éstos me pesaban una tonelada.
Miré en dirección a mi hijo. Volví a tener esa sensación de como si le viese por primera vez. Siempre me había parecido un chico normal, del montón. Sabe mal que yo lo diga, que soy su padre, pero es la realidad: no ha destacado nunca por su aspecto físico. Era así y así le aceptaba. Pero en ese mismo instante, era como si todo él emanase belleza. Había algo en la palidez de su piel, en el rojo de sus labios, en el rosado de sus mejillas, algo nuevo que no había visto ahí. Una delicadeza, una fragilidad, que lejos de ser masculina era totalmente magnética. Quizás por esa falta de virilidad en el físico nunca había considerado que pueda resultar atractivo para nadie. Siempre he pensado que los hombres que las mujeres quieren son grandes, viriles y musculosos. Mi hijo no era ninguna de esas cosas en absoluto, y aun así, en ese mismo instante iluminaba la sala con una belleza femenina, inocente, e intrigante. Me resultaba extrañamente atractivo. No podía apartar mis ojos de su ternura. Me moría de ganas de acariciar su piel de terciopelo, de envolver ese cuerpo minúsculo y delicado en mis grandes y fuertes brazos. Y me di cuenta, que mientras que yo no le quitaba ojo, recorriendo todo su cuerpo, él estaba haciendo lo mismo conmigo. No sabía qué leer de su mirada, pero era una mirada que nunca había visto en su cara, y nunca pensé que pudiera existir.
“Eres adorable, hijo.”
“Gracias, papá...” dijo apartando la mirada, rojo como un tomate.
“¡Te estrujaría a base de abrazos ahora mismo como cuando eras un renacuajo!”
“Papá... Que ya no tengo 9 años. Hace más de una década de eso. Además, no es como si realmente pudieses si no te dejo”
“¿Cómo que no?”
“Como que no.”
“¿Estoy oyendo un reto?”
“Papá...”
“Un reto pues”
Reí a carcajada mientras me acercaba a su cuerpo. Era mi oportunidad perfecta. Sentía como si hubiese forzado la situación, como si volviese a mis andadas de soltero de 20 años, siendo el terror de los padres de todas las chicas guapas de mi barrio. Sin pensarlo apreté mis grandes manos alrededor de su cintura de avispa. Él intentó zafarse, retorciéndose en mi agarre, pero yo le superaba ampliamente en fuerza, así que por mucho que lo intentase no podría quitárseme de encima.
“¡Papá! ¡Basta! ¡Apretas mucho!”
Su cuerpo caliente rozaba a través de su ropa con mi piel al desnudo. Mi pecho sentía el calor de su pecho. Mi cabeza se reclinaba encima de su hombro derecho. El movimiento de la lucha excitaba y alimentaba mis ganas de estrujarlo aun más. Más fuerte. Quería todo su cuerpo en mí. Era una sensación tan agradable que no quería que acabase. Sentía uninón y sentía cariño hacia mi hijo como nunca. ¿Cuánto debía de hacer desde que estuvimos así de cerca el uno del otro? Aproveché para hundir mi cara en su cuerpo. Olía a sudor y a desodorante juvenil.
Decidido, enérgico, lo levanté de su asiento como si se tratase de un saco de patatas, aun sin perder el agarre.
“Que no podría achucharte si no querías, ¿eh?”
“¡Vale! ¡Vale! ¡Me rindo! ¡Pero bájame!”
Le bajé, pero lejos de volver a mi sitio empecé a hacer algo que hacía muchísimo que no había podido hacer. Mi hijo rompió en una risa frenética en cuanto comencé.
“COSQUILLAS NO! Papá! NO!”
Su cuerpo se retorcía entre mis manos. Mis manos se perdían en los recovecos de su cuerpo. Un movimiento rápido de dedos en los costados, un movimiento rápido de dedos en la zona del cuello, un movimiento rápido de dedos en la barriga. Mi hijo se movía como si cientos de hormigas le recorriesen el cuerpo.
“¡Pero si no paras de reírte! ¡Eso es que te lo estás pasando bien!”
“¡Nooo!! ¡Basta! ¡NO!”
Su voz decía que no, pero de alguna manera siempre parecía conseguir agarrarse de mi más y más fuerte, hasta el punto que sus uñas llegaron a hundirse en la carne que cubría mi escápula. Mis manos, ágiles exploraron todo su cuerpo. No me había percatado nunca pero había cierta cantidad de músculo bajo esa ropa, podía notar como las fibras se tensaban y se contraían con cada espasmo de risa. Quizás había subestimado a mi hijo.
“¡YA! ¡YA! ¡Para!”
Era adorable ver como mi hijo agitaba el cuerpo, subía y bajaba la cabeza, estiraba las piernas y daba patadas. Una de las patadas acabó dándome de pleno en el lateral, en la cadera. El golpe hizo que mis calzoncillos bajasen hasta sacar mi pene de su jaula. Tarde un poco en darme cuenta y mi pene estuvo botando durante unos segundos, chocándose accidentalmente con algunas partes de la anatomía de mi hijo. En cuanto me di cuenta, paré de inmediato. Mi primer instinto fue subirme los calzoncillos de inmediato. ¿Quizás me había pasado con las cosquillas? ¿Quizás no debería de estar con tan poca ropa delante de mi propio hijo? En esos breves segundos de dubitación, mi hijo jadeaba exhausto, aun una sonrisa en sus labios.
“¡Jo, papá! ¡Nunca más! ¡Por favor! ¡Esto es algo que no echaba de menos para nada!”
Me encontraba con los calzoncillos a medio bajar, mi pene expuesto completamente, y mi mano derecha en el costado del tejido, agarrando para ser subido. Mi hijo se percató de mi dilema, su cara aun roja de las cosquillas, o de ver a su padre con tan poca ropa.
“Papá”
“Perdona hijo, con el rifi-rafe se me han bajado. No te preocupes, ahora me lo subo...”
“No te los subas, papá.”
“¿No?”
“No. Bueno, quiero decir. No hace calor?”
“Ahora que lo dices...”
“Y nunca te he visto lo que tienes ahí, papá. Creo que para mí sería importante poder ver qué tienes ahí debajo.
“Quieres decir... mi pene?”
“Sí...” Su cara roja, pero decidida “Quiero decir, en mi vida solo he podido ver el mío, y no tengo muy claro si es grande o pequeño, o gordo o delgado. Me iría bien una referencia, ¿no crees?”
Pensándolo en frío, es posible que su discurso no tenía mucho sentido, pero en ese momento los calzoncillos me pesaban como una tonelada, hacía calor, y me moría de ganas de que mi hijo pudiese admirar mi cuerpo. TODO mi cuerpo. Supongo que eso incluía mi pene también.
Sin darle más vueltas, con mi mano izquierda y mi mano derecha a cada lado del tejido, acabé de bajar mis calzoncillos, hasta que quedaron en el suelo. Los lancé bien lejos de una patada.
“¡Mucho mejor! ¡Qué libertad! Me he quitado un peso de encima. Debería de ir así siempre, ¿no crees?”
“...”
“Qué, ¿sorprendido del tamaño de tu padre?” Dije mientras balanceaba mi pene delante suyo “querías saber cómo era mi pene. Así es el pene de tu padre”
“Papá, no seas crío...” dijo, pero aun así no apartó su mirada de mi pene y mis pelotas. Ni siquiera cuando volví a tumbarme en el sofá apartó su tímida mirada .
“Uff! Ha sido agotador” dije mientras dejaba reposar mi pene y mis testículos de la manera más visible posible. Me debía a mi público, aunque mi público fuese mi hijo. Quería que viera a su padre en su máximo esplendor. No me importaba estar desnudo delante de mi hijo. Al fin y al cabo, esta fue la polla que le ayudó a ser creado. No me importaba que me mirase con cara de anhelo. Yo también lo haría si tuviese un padre tan atractivo como yo.
En sí me encontraba muy a gusto. Ahora mi piel podía rozar el tejido del sofá en su totalidad. Retocé en él intentando tocar el máximo de tela posible, cerrando los ojos y gimiendo un poco. Noté cómo mi pene se inflaba un poco. Empezaba a sentir una semi erección subiendo en dirección a mi abdomen. Mejor. Así mi hijo también podría verme erecto.
BIP BIP!
¿La máquina de nuevo? Mi hijo volvió a agitar la cabeza. Esta vez le costó algo más apartar la mirada de mí. Su cara llena de verdadera decepción, como si le hubiese castigado en su cuarto sin TV.
“No, no... ¿Otra vez? Maldita máquina...
“¿Maldita máquina? Pensaba que la necesitabas para tu estudio.
“¡Oh! ¡Es verdad! El estudio, ¡sí! ¡Qué tonto! ¿Cómo se me ha podido olvidar de esta manera?”
“Quizás esto te ha distraído un poco” dije subiendo y bajando mis caderas de tal manera que mi pene y mis testículos rebotaban en consonancia con mi cuerpo.
“¡Papá...!” se quejó, pero aun así sin apartar sus ojos de mi entrepierna.
“Para. Ya casi acabamos. Solo queda un último eslabón.”
“¿en serio? ¡Qué cerca estoy de mi siesta!”
Mi hijo sonrío
“¿Algún cambio que anotar?”
“Siento una erección en camino, pero puede ser que sea por toda la atención recibida”
“De acuerdo, apuntado. ¿Algo más?”
“Te quiero mucho” No pude evitar decirle. Mi hijo se volvió a poner como un tomate.
“Yo también te quiero papá...” respondió tímidamente.
Sonreí ante lo adorable que era mi hijo. Mi pene hizo un pequeño bote. Supongo que estaría tan contento como yo de tener un hijo tan adorable y atractivo. Había dicho que quería echarme una siesta, pero en realidad en lo único que podía pensar era en volver a jugar con el cuerpo de mi hijo. Podía sentir aun el calor y la presión de su cuerpo en las yemas de mis dedos. Ansiaba poder volver ahí.
“Todo listo pues. Última estación, frecuencia de onda 0. Allá vamos”
Por última vez mi pequeño genio hizo uso de su máquina. El cambio fue inmediato. Una sensación de calor recorrió todo mi cuerpo. De arriba a bajo, y de abajo a arriba. Rodeaba todas la zonas e mi cuerpo y las conquistaba a su paso. Pectorales, pezones, abdomen, hombros, espalda, brazos, manos... Hasta mi ano y mi glande se sentían infinitamente ardientes y activos. ¿Era eso normal? No sabía hasta qué punto, pero era placentero, tanto que na penas podía pensar. Sentí ganas de tocar esos puntos, de estimularlos para conseguir más de esa sensación, para hacerla más fuerte y ayudar a que es extendiera. Era extraño. Era como si alguien le hubiese dado a un interruptor en mi cuerpo y todas sus partes se hubiesen puesto a trabajar al 200%.
“¡Uhn...!” Gemí con la mezclar de placer y satisfacción al alcanzar mi pezón izquierdo con mi mano izquierda, y mi abdomen con la derecha. Estaba en el séptimo cielo.
“¡Uhn!” Gimió mi hijo.
Un momento. ¿Mi hijo acababa de gemir? Aparté mis dedos de mi cuerpo de manera instintiva.
“Ah... Uhn...” Repitió, su respiración entre cortada, profunda, jadeante. Me empezaba a preocupar. Mi cuerpo ardía por ser estimulado, pero mi hijo y su bienestar iban primero.
“Hijo, ¿te encuentras bien?”
Miré en su dirección. Mi pequeño genio tenía la cabeza hacia atrás, en dirección al techo, su boca entreabierta, jadeando ligeramente con una respiración profunda. Bajó lentamente la cabeza, hasta posar sus ojos en mí. En su mirada se leía una mezcla de confusión y agotamiento, como si acabase de correr 100 metros lisos. Una gota de sudor recorrió la distancia entre su sien y el cuello de su camiseta de manera sugerente. Fue en ese momento cuando me di cuenta de la presencia de dos pequeñas colinas en forma de pezón apretando contra el pecho de su camiseta.
“Me siento... Raro papá... Es como si... No pudiera pensar bien...Todo me... Todo me arde...”
Me acerqué de inmediato. Agarré con mis manos sus brazos. Sentía la temperatura de su cuerpo. Estaba ardiendo.
“¡Dios mío, hijo! ¡Estás ardiendo!”
“Uhn...”
Mi tierno y dulce pequeño genio. No podía soportar verle así, sufriendo. Debía de hacer lo posible por ayudarle. Como buen padre, reposé la palma de mi mano contra su frente. Con la otra mano cogí la suya para darle confort. Quería que supiera que estaba ahí para él. Mi piel seguía extremadamente sensible, y el contacto con la suya no hizo más que devolverme al paraíso carnal. Mi pene, ahora prácticamente completamente erecto, se endurecía con la calidez de mi hijo. Afortunadamente podría disimularlo mientras estuviese sentado. No tenía problema en que lo viese, pero debía de concentrarme en el bienestar de mi hijo.
“Sí, definitivamente tienes que tener fiebre. Esta temperatura no es normal”
Pobre, debía de haber estado disimulando todo este tiempo para poder acabar con el experimento. Si tan solo me hubiese dado cuenta antes.
“Esta temperatura no es normal. Te puede dar algo. Mejor voy a llamar al méd-”
“¡No...!”
Solo me dio tiempo a ponerme en pie. Mi hijo me agarró de la muñeca evitando que me apartase de su lado. Posé mi mirada sobre la suya. Tenía un aire a súplica, especialmente desde arriba. No le había visto poner esa cara desde que era muy pequeño y quería que le cogiese en brazos. Se le veía vulnerable y me partía el corazón a la vez que me llenaba de amor.
“No... No quiero que te vayas... Quédate”
“No me voy, hijo, solo quier-Qué..? Qué haces hijo.. Uhn...”
Sin darme cuenta, al estar de pie, mi pene erecto se había quedado justo a la altura de la cara de mi hijo. Éste aun sujetaba con una mano mi brazo, pero con la otra había empezado a apretar y estrujar mi pene.
“Esto no... Para... No...”
Esaba en la gloria, no mentiré. Si el tacto de mi piel con su piel ya me había mandado al cielo, ahora que una zona tan erógena como mi pene estaba siendo tan bien tratada, me estaba llevando al éxtasi más absoluto. Si no iba con cuidado iba a acabar haciendo algo de lo que me arrepentiría después.
“Sé... Sé que no debería... Soy tu hijo... No quiero... Pero lo deseo... Hay algo que me dice que esto es lo mejor para ti, papá... Y quiero que te quedes conmigo... Quiero ser el mejor hijo posible...”
Horrible, terrible, ¿qué clase de padre era? Una cosa era mostrar libremente mi cuerpo delante de mi hijo porque quiero ser un modelo para él, y otra cosa es esto. Esto sale de los límites. Esto est´en los libros de lo que un padre no debe de hacer con su hijo, subrayado y en mayúsculas. ¡Oh! ¡Dios! ¡La manera en la que me tocaba mi pequeño genio! No era en absoluto la manera en la que un hijo toca a su padre. Un hijo no debería agarrar la polla de su padre mientras acaricia su musculoso abdomen. Un hijo no debería de mirar de manera febril y lujuriosa a su padre. Pero el placer era inmenso, y el placer parecía mutuo. El placer nublaba mi juicio. Era como si en lugar de la suave mano de mi hijo me estuvieran lamiendo y acariciando el rabo unas 100 manos y lenguas.
“¡Uhn...! ¡Sí...! Digo... No.... Hijo... Por favor... Yo...”
“Ya lo sé...Yo tampoco... Pero no puedo pensar en otra cosa papá... Quiero darte placer... ¿Te estoy dando placer...?”
Escupió en su mano, y aumentó el ritmo.
“¡AH! Sí!”
“Desde que te has quitado la camiseta, papá... Que no he podido parar de tener pensamientos terribles sobre ti.”
“¡Ah...Ah... sí...!”
“No soy gay, me gustan las mujeres... Pero desde el momento en que he visto tu cuerpo musculado...
“Ah...!!”
“...Fuerte...”
“SSsi....”
“...Viril...”
“¡Ah...Ah..!”
“...Que no he podido dejar de pensar en que... Tengo que someterme a ti... Que tengo que darte placer... Que tengo que...”
*DILO*
Dijo una voz que no era ni mía ni de mi hijo. Había alguien más en la sala? No podía pensar en ese momento. No tenía tiempo. Quería solo disfrutar del placer que me daba mi hijo.
“Que tengo que ser tuyo... Papá”
¿Mío? La primera reacción fue de rechazo.
*ACÉPTALO*
Pero inmediatamente después mi pensamiento abrazó la idea. Mi hijo, se veía débil. Siempre había sido débil. Y yo, yo siempre había sido mucho más fuerte. Y su padre, sobre todo, yo era su padre. Eso me colocaba en un eslavón superior, ¿verdad? Sí, estaba convencido. No sabía porque había tenido hijos. O no lo recordaba. Pero ahora lo sabía. Mi hijo me tenía que servir. Había nacido para ser mío, para hacer lo que le pidiera, para satisfacerme. Mi adorable y atractivo hijo, todo mío.
“Sí... Hijo... Eres mío. Te debes a mí. No me había dado cuenta hasta ahora, pero supongo que es algo que siempre ha estado ahí. Yo... Yo soy tan fuerte y masculino..."
"Y yo tan débil... Soy tuyo papá... Yo tampoco me había dado cuenta hasta ahora... Pero tiene que ser así, me debo a ti. Me debo a tu placer. Todo tiene sentido."
Mi hijo sonrió ante la aceptación de su posición como sirviente sumiso.
“Dame... Dame más placer hijo. Sé mi sirviente.”
Las manos de mi hijo me estaban llevando al paraíso. En otros instantes, en cualquier momento de mi vida, hubiese sabido que eso estaba completamente mal. Pero no podía evitar el placer, no podía evitar el orgullo, no podía evitar la supremacía y, ante todo, no podía evitar el amor hacia mi hijo y todo lo que representaba.
“Lo estás... Disfrutando?”
“Sssí...”
“Sé que no es lo correcto papá.. Un buen hijo no le haría una paja a su padre... Por muy grande, y fuerte que sea su padre... Pero te quiero papá, y quiero lo mejor para ti...
“¡Uhn...!”
“...Sé que esto es lo mejor para ti....”
“Aaah...”
“...Me debo a ti y a tu placer...”
Miré hacia a bajo. La cara de mi hijo era de perfecta adoración. Sus mejillas sonrosadas le daban un aire virginal. Había creado a una criatura maravillosa, celestial. Nunca pensé que pudiera sentir tanto placer y que este placer vendría de la mano de mi hijo.
“¡...Dame más! ¡Hijo! ¡Sí!”
Mi hijo alzó su mano derecha en dirección a uno de mis tersos pezones.
“AH...”
“Veo que tienes la zona sensible. Deja que te mime, papá”
Disparos eléctricos de placer nacían de mi pezón y se dispersaban por todo mi pecho.
“No pares hijo...”
Pellizcó y acarició mis pectorales sin dejar nunca de atender mi pene. Cuando creí que no podía sentirme más excitado, mi pequeño genio soltó mis genitales y con una mirada de súplica acercó sus labios a mi glande.
“Deja... Deja que te dé un beso, papá”
No me lo podía creer. Ahí estaba mi hijo. Tan puro, tan inocente, besando de manera coqueta y juguetona la punta de mi pene con sus carnosos labios colorados. El calor de su lengua me hacía desear tener más de aquel placer. Me moría de ganas de introducir la totalidad de mi pene en su boca, de sentir cómo ese calor húmedo se extendía por lo largo de mi barra de carne. Pero siendo mi hijo, no podía forzarlo, ¿o sí?
“Tus labios... Son tan suaves hijo...”
Agarré sus cabellos por la nuca, inconscientemente guiando su cabeza más y más adentro. A cada beso dado, mi mano hacía que su boca se adentrase más y más en la profundidad de mis 17 centímetros de pene. Su ritmo era perfecto. Lento, delicado, como si realmente me besase. He tenido felaciones antes, muchas mujeres en diferentes ciudades. Viajar tanto tiene su parte positiva. Pero nunca, nunca nadie me había hecho una mamada con tanto cariño y devoción.
"Te quiero hijo..."
"Yo tambmn tqerp" dijo mi hijo con mi pene aun en su boca.
Adorable. Amaba a este chico. Con suavidad empujé mi entrepierna contra su boca. Mi pequeño genio tuvo unas pocas arcadas primero pero pronto se adaptó al ritmo. En sincronización, el placer se multiplicaba y yo perdía la cordura.
"Hijo.. ¡Sí! Así.... Voy a... Voy a....Sí..."
Aceleré el ritmo. Mis pelotas se endurecían, mi pene se ponía más duro que nunca, no había duda: Me iba a correr. ¡Me iba a correr en la boca de mi hijo!
"¡Me voy a correr hijo!
"¡¡Mmmm!!"
*NO EYACULARÁS HASTA QUE NO LE PENETRE ANALMENTE*
Pero seguí, y seguí, y aun estando en el borde de la eyaculación, no conseguía correrme.
*TE MUERES POR CORRERTE DENTRO DE TU HIJO. PERO SOLO PODRÁS HACERLO SI LE PENETRAS ANALMENTE*
¿Qué era esa voz? ¿Era mi pensamiento? Parecía mi pensamiento. Pero entonces, ¿por qué parecía que viniesen de fuera?
"Hijo, espera..."
Mi pequeño genio se resistió a dejar mi pene cuando lo saqué de su boca. El chico realmente tenía ganas de seguir mamando.
*PÍDELE QUE SE DESNUDE. QUIERES VER SU CUERPO. QUIERES ADORAR SU CUERPO*
"Se me ocurre algo que puede ser aun más divertido. Quítate toda esa ropa, hijo."
Mi hijo asintió y sonrió. Parece que a mi pequeño genio le gustaba la idea de desnudarse para su padre.
"Como tu digas, papá".
Se puso de pie. Agarró su camiseta por las puntas, me miró fíjamente a los ojos, sabiendo que yo esperaba con expectación a que se separase de las capas de tela. Subió lentamente su camiseta hasta llegar a sacarla por encima de su cabeza. Aun no teniendo un cuerpo esculpido en músculos como el mío, se podían entrever sus pectorales y un poco de sus abdominales. Ni un atisbo de pelo. Igual que su padre. No estaba gordo pero tampoco extremádamente delgado. Su piel era tan pálida o más que la de su tez, aportándole un toque de virginidad. Me moría por probar cómo de suave era esa piel.
"Aun tengo más por enseñar, papá..."
Y con una mirada coqueta, agarró sus chinos azul marino, se deshizo del cinturón de cuero, desabrochó los botones de la bragueta, y pasó las dos piernas por el agujero, mostrando unos calzoncillos simples y negros con motivos náuticos. Como era de esperar, sus piernas no eran muy fuertes, y a penas crecía pelo.
"¿te gusta, papá?" dijo haciendo poses, flexionando sus brazos como intentando enseñar músculo sin mucho éxito. Era totalmente adorable.
"Me fascina"
"Pues aun hay más"
Por supuesto que había más. Cómo olvidar que había más. Deseaba ver qué se escondía bajo ese pequeño bulto que destacaba en sus boxer.
*QUÍTALE LOS CALZONCILLOS*
Pero no podía dejar que se los quitase él. Las ganas eran tan grandes que me abalancé hacia su cuerpo. No le dio tiempo a reaccionar, pero en cuanto notó mis manos en el elástico de sus bóxers entendió mis intenciones. Mi cuerpo casi tocaba el suyo. Notaba el calor que emanaba de él. Le miré fijamente, viéndome reflejado en esos preciosos ojos marrones. Qué bello que es mi hijo. Miré hacia abajo y sin pensarlo más, le bajé los calzoncillos. Él me ayudó levantando una pierna primero, y la otra después, rodeando mi cuello con sus brazos.
Di un paso hacia atrás. Quería observar la maravilla que había creado. Mi obra de arte.
Era precioso. Ese brillo, esa palidez, esa pureza y esa falta de virilidad se me hacían inconmensurables. Me acerqué lentamente. Le agarré de la cintura y lo acerqué a mí. Mi pene, erecto, chocó contra su abdomen. Su pene, aun flácido, chocó contra mis testículos.
Subí mis manos y las coloqué a cada lado de su mandíbula y volví a mirar directamente a sus ojos. Nunca me había sentido tan a gusto. Él me devolvió la mirada. Solo estábamos él y yo. El resto del universo había desaparecido.
*TE MUERES POR BESARLE*
Era el momento perfecto. La oportunidad ideal. Nunca había sentido nada así por nadie. Por ninguna mujer, y mucho menos por mi propio hijo. Era inmoral. Era incorrecto. Pero no podía evitarlo. Me moría de ganas de besar a mi hijo. De probar a qué sabía su boca. Mis labios no tocaban su piel desde que era un renacuajo. Quería saber a qué sabía ahora que estaba hecho todo un hombre. Lento, disfrutando el momento, acerqué mi cara a la suya. Acerqué mis labios a los suyos hasta que quedaban escasos centímetros entre él y yo. Hasta que pude sentir su aliento. Hasta que su boca y la mía se hicieron una.
Mi hijo no solo recibió el beso de su padre sino que se entregó a su cometido de darme placer. Mientras los dos jugábamos con nuestros labios, entrelazando nuestras lenguas en una húmeda muestra de amor, su cuerpo empezó a moverse de tal manera que mi pene frotaba su abdomen. No tardé en seguirle el ritmo.
*EXPLORA SU CULO"
Solté su cara sin dejar de besarle apasionadamente, y bajó mis manos hacia su pequeño trasero. Con mis grandes manos acaricié sus nalgas. Estaban frías, suaves, como si fuesen de terciopelo. Las separaba y masajeaba como si se tratase de masa para pan. Un gemido escapó de su boca cuando accidentalmente di con el anillo de su ano.
"¿Te gusta?" Dije aprovechando la pausa de nuestros besos.
"Está... Bien..."
"¿Te había tocado alguien ahí a bajo alguna vez?
"No..."
*EXPLORA SU ANO CON TU DEDO*
Despertó en mí el deseo de explorar aquella zona virgen. Seguí masajeando su ano, haciendo pequeños círculos e intentando meter mi dedo. Sentía su cuerpo vibrar contra el mío con cada caricia, con cada intento. Sus manos contra mi fuerte pecho, jugueteando con el contorno de mis músculos, pellizcando de vez en cuando mis tersos pezones mientras yo me ocupaba de su trasero. Su agujero se resistía a mi mano. Por mucho que quisiera, estaba demasiado seco. Necesitaría algo más.
*ABRE LA TAPA DE LA MÁQUINA Y SACA EL BOTE DE LUBRICANTE QUE HAY EN ELLA*
Paré un instante. Una vez esa extraña sensación de que había escuchado una voz. Como si mis pensamientos y los de otra persona se entremezclasen en una conversación. No sé cómo lo sabía, pero había un bote de lubricante en la máquina de mi hijo. Un sitio un poco raro, pero quizás era necesaria para lubricar la máquina. Por el motivo que fuese, me venía perfecto para lo que quería hacer. Me aparté de mi hijo, agarré el aparato, apreté una combinación de botones y con un 'pop' se abrió un compartimiento en el lateral. Ahí estaba mi tesoro en forma de lubricante.
"¿Qué haces papá? ¡Oh! ¿Cómo sabías que eso estaba ahí? Ni yo sabía que eso estaba ahí”
"¿Intuición?"
"No sé, papá. Es mi máquina. Yo la he diseñado junto al resto del departamento. Yo no tenía ni idea de que mi máquina podía hacer eso, de que tenía un compartimento secreto. Si hasta has tenido que usar una combinación de botones para abrirlo. ¿Y si yo no lo sabía cómo lo podías saber tú?"
"..."
"¿Y bien?"
Sentí mi erección descender poco a poco. Estaba confundido. Tenía razón. ¿Cómo sabía yo que eso estaba ahí? ¿Y cómo sabía qué debía de hacer para conseguirlo? La respuesta retumbaba en mi mente, como queriendo salir a la luz, pero siendo rechazada de manera constante. La mirada insistente de mi hijo me dio la fuerza suficiente como para volver a articular palabra.
"Vas a pensar que estoy loco, hijo. Llevo un rato que me da la impresión de que siento una voz hablando conmigo. Más que una voz, parece mi pensamiento. ¿Pero cómo puede mi pensamiento darme instrucciones sobre cosas que no debería saber?"
"..."
"¿Me estoy volviendo loco? ¿Tan grave es que te quedas en silencio?"
"No creo que te estés volviendo loco, papá."
"¿No?" Respiré aliviado.
"No. De hecho, no creo que te estés volviendo loco precisamente porque yo también creo que he oído una voz en mi cabeza."
"¿Tú también?"
"Sí. Hasta ahora he pensado que eran mis propios pensamientos, pero esto es muy raro. Papá, míranos. No solo estamos desnudos el uno delante del otro sino que además... Lo que hemos hecho..."
Mi hijo se puso colorado y enseguida lo entendí. Tenía razón. ¿Qué estábamos haciendo? ¿Por qué estaba con una semi erección delante de mi hijo? No solo delante de él exponiendo mi pene, sino tocando y besando a mi hijo como si fuese una de mis amantes. Sentí repulsa hacia mi persona. Me agarré la barriga sintiendo retortijones.
"Papá... No te lo tomes a mal. Yo... Yo te quiero. No solo como padre sino como hombre. Eres tan viril, tan musculoso, eres todo lo que siempre he querido ser. Me gustas, papá. Es muy difícil de explicar, pero sé que me debo a ti, que debo servirte en todo lo que necesites, que me encanta cuando te doy placer... Pero esto es muy raro. Muy, muy raro. No había sentido este tipo de amor por ti nunca en la vida. Jamás. Estoy seguro que la simple insinuación de todo lo que acabo de decir me hubiese resultado repugnante. Y sin embargo, no es así. No es así en absoluto. Solo siento amor y deseo. ¿No es coincidencia? ¿No parece demasiada casualidad que ahora pueda aceptar todos estos sentimientos, hoy, el día en que hemos llevado a cabo este experimento con ondas cerebrales? ¿No encuentras que es un poco...?"
"Sospechoso."
Algo hizo clic en mi cabeza. Como si las piezas encajasen. Las palabras de mi hijo desmontaban y reconstruían todo mi pensamiento. No me lo quería creer, pero eran demasiadas casualidades como para seguir negándolo.
"Sí. Yo también siento un amor incomparable por ti hijo. Jamás pensé que podría sentirme atraído por un hombre, y mucho menos por mi propia descendencia. Deseo tocarte, deseo explorar todo tu cuerpo, me muero por penetrarte, hijo... Y esos deseos son genuinos. Los siento como míos, como parte de mi ser. Pero es verdad. Tienes razón. No suena como algo que hubiese podido admitir antes de hoy, antes de que comenzásemos este experimento. "
¿Qué estaba pasando? ¿Era cosa de esa máquina? Me costaba pensar. La presencia del cuerpo desnudo de mi hijo me distraía. Pero debía solucionar esto antes de seguir con lo que estábamos haciendo. No podía penetrar a mi hijo sin saber qué eran esas voces que nos asaltaban, por mucho que ardiese en deseos de hacerlo. Algo muy profundo me avisaba, casi gritando, de que algo no iba bien y de que debía de encontrar el origen de todo esto.
"Desconecta la máquina, hijo"
"¿Qué? Pero entonces... mi estudio..."
"No importa el estudio. Desconecta la máquina. Si todo esto ha pasado porque tenía que pasar, no habrá problema. Pero si resulta que es la máquina la que está detrás de todo... tendremos que hablar seriamente con tu departamento."
"Pero yo..."
"Hijo, hace un momento has dicho sientes el deseo de servirme en todo, ¿verdad? Yo también quiero seguir jugando contigo, créeme que sí, que me muero por continuar. Siento cómo cada centímetro de mi piel anhela el contacto con la tuya, cómo mis labios quieren volver a besar apasionadamente los tuyos, cómo mi pene se muere de ganas de penetrar tu precioso culo... Pero esto son palabras mayores para un padre, deseos que no deberían de existir, y que es probable que no tengan un origen natural. Quiero estar seguro de que lo que hago lo hago porque quiero, no como consecuencia de los designios de una máquina."
"..."
"No te lo pido, hijo, te lo lo ordeno."
Mi hijo dio un bote, como si la palabra 'ordeno' hubiese sido un jarro de agua fría. Inmediatamente se dirigió a la máquina y tocó unos cuantos botones. Su cara se mostró confundida. Volvió a tocar los mismos botones.
"¿Todo bien?"
"No... No la puedo apagar"
"¿Qué quieres decir que no la puedes apagar?"
"Quiere decir que no la puede apagar"
Una voz acababa de oirse por toda la habitación.
"¿Has oído eso?"
"¡Sí!"
"Hola muchachos. Espero no interrumpir la diversión."
Otra vez, oía la voz alto y claro. A diferencia de las otras veces, ahora podía oír las palabras como si las dijera alguien que se encuentra delante mío en lugar de oírlas dentro de mí. Comencé a temblar asustado.
"¿Quién eres? ¿Quién habla?"
"Pregúntale a tu pequeño genio. Él te sabrá responder"
"¿hijo?"
"¡No puede ser!
"¿Quién es esta persona, hijo?"
"Es... ¡Es mi tutor!"
"El mismo"
"¡Dr. Díaz! ¿Pero cómo...?"
"Oh, supongo que ahora que se ha destapado el pastel no puedo seguir ocultándolo. Lo admito. Todo es cosa mía. El calor, las ganas de exhibirte a tu hijo, las ganas de admirar a tu padre, el deseo por tocar su cuerpo, por besar sus labios..."
"¡Calla! ¡No sigas!"
Sentía asco y rabia a la vez. Ese pervertido había hecho que yo... Que mi hijo y yo... No podía ni ponerlo en palabras. Sentía náuseas solo de pensarlo.
"Oh, ¿ahora no quieres que siga? Hace un instante te morías por tirarte a tu hijo. ¡A tu propio hijo! ¡¡Hay que ser depravado!!”
"Maldito científico loco. ¡Tú nos has hecho esto! ¡Tu eres el depravado!"
Busqué por toda la sala desesperado por encontrar al cabrón que había jugado con nosotros.
"Puedes buscar todo lo que quieras, no me encontrarás. No estoy ahí. Es un gasto inútil de energía que podrías estar utilizando en disfrutar del cuerpo de tu hijo."
"¡Cabrón hijo de puta!" Amenacé al vacío, pues en la sala no había nadie realmente. "Destrozaré esta máquina y luego iré a denunciarte a la policía. Se te va a caer el pelo hijo de puta"
Arranqué la máquina de las manos de mi hijo. La alcé hasta casi tocar el techo y...
*NO PUEDES ROMPER LA MÁQUINA*
...Y en lugar de estrellarse contra el suelo se quedó pegada a mis manos. Volví a intentar lanzarla, estrujarla, torsionarla, pero no había manera. La máquina era indestructible.
"Es inútil. No podrás romperla si yo no quiero."
"Doctor... ¿Por qué? ¿Por qué nos hace esto?"
"¿Y por qué no? Los resultados estaban mostrándose favorables. Lo que parecía un sueño se estaba convirtiendo en realidad. Esta máquina es realmente capaz de interceptar las ondas cerebrales para generar nuevas conexiones a nivel microscópico y de manera casi imperceptible. ¡Siempre he soñado con algo así, siempre! Poder controlar los pensamientos y sentimientos de aquellos que me rodean, hacer de ellos mis marionetas, los personajes de mis más salvajes fantasías... En cuanto te vi me sentí atraído por tu sumisión. Siempre tan discreto, siempre tan educado. Pero no fue hasta que me hablaste de tu padre y vi su foto que supe que era momento de lanzarme a la piscina. ¡¡Tenía que haceros míos!!"
"Sucio asqueroso pervertido de mierda..." Dije entre dientes "¡¡Esto no va a quedar así!!"
"¡¡Papá!!"
*QUIETO*
Mi cuerpo se quedó congelado. No podía mover los brazos, no podía mover las piernas, no podía mover la cara... A penas podía respirar o mover los ojos.
"¡Papá! ¡No! ¡Dr. Díaz, por favor! Ya ha tenido su fantasía, ¡ahora pare con todo esto antes de que sea demasiado tarde! ¡Por favor!"
"No. No pienso parar. No es nada personal. Eres mi mejor alumno y eso lo respeto. De hecho, podría haberos obligado a hacer lo que hubiese querido desde el momento en que pusiste la frecuencia a 0, y sin embargo he preferido mantener vuestra esencia en lugar de convertiros en esclavos sin cerebro. Haceros hacer lo que yo hubiese querido, palabra por palabra."
"..." Es todo lo que pudo salir de mi boca. En su lugar, hubiese preferido decir que se metiese su falsa compasión por el culo, pero no podía mover los labios.
"Quería que pudierais ser vosotros mismos mientras todos disfrutamos, pero veo que no me queda más remedio que ser un poco menos sigiloso y un poco más intervencionista."
Inmediatamente la voz dejó de sonar en la habitación para trasladarse en mi cabeza. Por la expresión de mi hijo, entendí que él escuchaba lo mismo que yo.
*DEJAD DE ESTAR ENFADADOS. DEJAD DE SENTIR RABIA. DEJAD DE SENTIR ASCO. ESTA SITUACIÓN ES TOTALMENTE NATURAL Y AGRADABLE. NO OS IMPORTA QUE LO QUE SENTÍS O LO QUE HACÉIS SEA FRUTO DE LAS PALABRAS DE UN DOCTOR PERVERTIDO COMO LO SOY YO, EL DOCTOR DÍAZ. DE HECHO, ENCONTRÁIS QUE LO QUE ESTOY HACIENDO OS AYUDA A TENER UNA MEJOR RELACIÓN ENTRE VOSOTROS. SIEMPRE HABÉIS QUERIDO ESTO. SIEMPRE HABÉIS QUERIDO PODER SER LIBRES EL UNO CON EL OTRO Y AMAROS SIN ATADURAS. DESEAROS SIN MIEDO A LAS CONSECUENCIAS.*
Luchaba con todas mis fuerzas por rechazar todo lo que esa voz decía. No, no era una situación normal. No, no era algo que había deseado siempre. No, no quería desear a mi hijo ni quererlo de ninguna otra manera que no fuese la que había habido hasta ahora. Me repetía eso a mi mismo como un mantra. Pero cada vez las frases se torcían y retorcían solas, como una vela que poco a poco se derrite hasta convertirse en mero líquido.
*LEANDRO. QUIERES A TU HIJO POR ENCIMA DE TODAS LAS COSAS. NO SOLO LE QUIERES SINO QUE LE DESEAS. DESEAS SU CUERPO, SUS LABIOS, SU CULO... NO HAY NADA DE ÉL QUE NO TE PAREZCA SEXY, ADORABLE, Y ATRACTIVO.*
Mis mantras se perdían. Desaparecían ante la intensidad de las palabras del Dr. Díaz. ¿No quería a mi hijo? ¡Por supuesto que sí! ¡Yo quería a mi hijo! ¿No quería estar con él? ¡Claro que sí! ¡Quería estar tanto con él que quería que fuese solo mío! Deseaba la compañía de mi hijo. Deseaba su cuerpo, sus labios, su culo...
*TE EXCITAS SOLO DE VERLO. QUIERES PENETRARLE AQUÍ Y AHORA. QUIERES HACERLO TUYO. QUIERES SER EL PRIMERO EN CLAVAR TU POLLA DENTRO DE ESE CULO VIRGEN*
"No... Yo no..."
*REPITE, LEANDRO: QUIERO SER EL PRIMERO EN CLAVAR MI POLLA DENTRO DE ESE CULO VIRGEN"
"Quiero ser el primero en clavar mi polla polla dentro de ese culo virgen" dije como quien recita una tabla de multiplicar.
*UNA VEZ MÁS. ¡CON PASIÓN! SABES QUE ES CIERTO! SABES QUE TE MUERES POR METER TU POLLA DENTRO DEL CULO DE TU HIJO*
"¡Quiero ser el primero en clavar mi polla polla dentro de ese culo virgen!"
Esta vez lo dije con más fuerza. Comenzaba a sentir que todo lo que había dicho el Dr. Díaz era verdad. ¡Yo quería penetrar a mi hijo! Siempre había sido así. Él solo me había ayudado a darme cuenta.
*¡MÁS FUERTE! ¡SIENTE QUE ES ASÍ. ¿QUÉ ES LO QUE QUIERES?*
"¡¡Quiero ser el primero en clavar mi polla polla dentro de ese culo virgen!!"
*¡SÍ! PERFECTO! ¡AHORA HAZ REALIDAD TU SUEÑO! ¡ADUÉÑATE DE TU HIJO! ¡DEMUÉSTRALE QUIÉN MANDA!*
Recobré el control sobre mi cuerpo, pero en lugar de maldecir al Dr. Díaz, empleé mi energía para hacer realidad mi fantasía. Mi hijo debía de haber estado escuchando voces similares porque no opuso resistencia cuando lo agarré con mis brazos.
Sus palabras sumisas avivaron el fuego que había en mí. Dejé a mi hijo sobre el puf del sofá, su cuerpo mirando hacia el techo, sus piernas abiertas y en el aire, exponiéndome expectante su ano rosado. Tomé el bote de lubricante y extendí una buena cantidad por todo mi pene. Mi mano se sentía increíble contra mi dura polla. No podía esperar a sentir cómo sería cuando pusiera esa barra de carne dentro del agujero de mi pequeño genio.
Unté un poco de lubricante en el ano de mi pequeño genio. Uno de mis dedos desapareció accidentalmente dentro. Mi hijo cerró los ojos y gimió. Estaba poniendo de su parte para satisfacerme.
Sin más preámbulos, agarré a mi chico por los muslos de tal manera que su agujero estuviese alineado con mi pene.
"Prepárate hijo"
"¡Date prisa papá! ¡No puedo esperar para tenerte dentro!"
Apreté el glande contra los músculos de su ano. Tembló en un principio pero cedió rápidamente. Forcé mi entrada lentamente, disfrutando de cada centímetro ganado. El pene de mi hijo comenzó a hacerse más y más grande a medida que yo iba ganando terreno. Llegó un punto que pensé que llegaría a igualar al de su padre, pero creo que se quedó en unos 16 centímetros.
Pronto mi rabo estaba totalmente dentro de mi hijo. Su recto prieto, más prieto que cualquier vagina que me haya podido follar nunca. Me adentré del todo para volver a sacar mi polla. Repetí la dinámica de meter y sacar hasta que se convirtió en ritmo. Mi hijo movía su cuerpo adelante y hacia atrás mientras se masturbaba con las manos.
"¡Sí! ¡Papá! ¡Oh! ¡Se siente perfecto dentro de mi! ¡Es increíble!"
"¿Te gusta tener la polla de tu padre dentro, hijo?"
"¡Es lo mejor que he sentido nunca papá! ¡¡Gracias papá!!"
"¡Te voy a dar todo el amor y cariño que jamás te he podido dar, hijo!"
"¡Sí, papá! ¡Por favor! ¡No pares, papá! ¡Te quiero! ¡Te quiero todo dentro de mí! ¡Sí!"
*OBLIGALE A ADMITIR QUE QUIERE TU POLLA*
"Dime que quieres mi polla"
"¡Quiero tu polla, papá!"
"¡Más fuerte! ¿Quién manda aquí?"
"¡Papá! ¡Mandas tu! ¡Tu mandas en todo! ¡Eres el hombre más fuerte de los dos! ¡Quiero tu polla papá! ¡Tu grande y gorda polla!"
"¡Sí, hijo!"
*ARDES EN DESEOS DE CORRERTE DENTRO DE TU HIJO*
Estábamos los dos locos. Perdidos. En éxtasis. No me importaba si esto era algo real o no. Si era producto de la mente pervertida y retorcida de un desconocido o algo que había estado anhelando todo este tiempo. Ahora mismo en lo único que podía pensar era en lo precioso que era mi hijo, en lo prieta que era su culo, y en lo mucho que quería correrme dentro de él.
Seguí empujando como si no hubiese un mañana. Cada vez más rápido y cada vez más fuerte. Mi hijo se movía arriba y abajo como si fuese un muñeco. Mis músculos se contraían por la fuerza, y así lo hacían también los de mi hijo, haciéndose más visibles en esa piel tan clara.
*CUANDO CUENTE TRES TE CORRERÁS DENTRO DE TU HIJO Y SENTIRÁS QUE ES EL ORGASMO MÁS INTENSO Y PLACENTERO DE TU VIDA.*
No pasaron unos minutos que empecé a notar como mis pelotas volvían a ponerse duras como piedras, y a que mi espalda se arquease. No paré ni un instante. Tenía que correrme dentro de mi hijo.
"Hijo... estoy... estoy a punto..."
"¡Sí! ¡Papá! ¡Yo también! ¡Estoy... Estoy a punto!"
*JAMÁS HABRÁS SENTIDO NADA IGUAL*
"¡Oh, sí! ¡Hijo! ¡Sí! ¡Me voy, me voy!"
*AUMENTA LA VELOCIDAD. SIENTES CÓMO TU POLLA SE PONE MÁS DURA QUE NUNCA DENTRO DEL CULO DE TU HIJO*
"¡¡Oh, sí!!!"
*EN CUANTO EXPLOTE TU GEISER DE SEMEN SABRÁS QUE TODO LO QUE HA PASADO AQUÍ ES AUTÉNTICO, QUE TUS SENTIMIENTOS HACIA TU HIJO SON AUTÉNTICOS, Y NO LUCHARÁS NUNCA MÁS PARA CAMBIARLOS. QUIERES ESTA RELACIÓN CON TU HIJO. QUIERES PODER VOLVER A SENTIR ESTE PLACER Y SABES QUE SOLO LO PODRÁS ENCONTRAR TENIENDO SEXO CON TU HIJO*
"Solo con sexo con mi hijo, ¡¡ssssí!!"
*ESTÁIS PREPARADOS. ES HORA DE CORRERSE: UN, DOS, Y TRES!*
Y en cuanto oí ese número en mi cabeza, solté un gruñido animal y salvaje que retumbó por toda la habitación. Mi cuerpo se quedó rígido como una piedra, mis pies se arquearon, mi cabeza tiró hacia atrás, y di un fuerte empujón al culo de mi hijo. Simultáneamente, una explosión de calor salió disparada de mi pene, inundando cada recoveco de su delicioso culo, haciendo sonidos con cada empujón que pegaba dentro de ese orificio.
Cuando abrí los ojos, la preciosa y delicada tez de mi hijo se había vuelto más roja que nunca. Sus bellísimos ojos se encontraban cerrados y todo su cuerpo había sido cubierto por lo que supongo que se trataba su propio semen.
Di los últimos empujones al culo de mi hijo y cuando no tuve nada más que dar, saqué mi pene de su cuerpo, sintiendo como si mi polla se quedase desnuda a falta de su calor.
Me estiré exhausto en el sofá. Mi respiración profunda por todo el esfuerzo hacía que mi fuerte pecho y cada músculo de mi tronco se moviese rápidamente. Cerré los ojos. Estaba pletórico. Lleno de alegría. Me había tirado a mi hijo, y jamás hubiese podido pensar que me sentiría tan bien por ello.
No pasaron ni unos segundos que noté cómo un cuerpo que no era el mío se hacía sitio en el sofá. Mi tierno y adorable hijo se acurrucaba a mi cuerpo como si volviese a ser mi pequeño. No quería perder esta sensación nunca, nunca más. Le miré a los ojos y supe que lo que sentía por él era cierto, era auténtico, y que no lo cambiaría por nada en el mundo.
*RELAJAOS. OS LO MERECÉIS. A PARTIR DE AHORA, NO TENDRÉIS SEXO NI ATRACCIÓN POR NADIE QUE NO SEA UN HOMBRE DE VUESTRA FAMILIA. ESTO OS RESULTARÁ NORMAL Y NO LO CUESTIONARÉIS. TAMPOCO CUESTIONARÉIS QUE YO, EL DR. DÍAZ, OS VENGA A VISITAR CUANDO LO DESEE, ASÍ COMO TAMPOCO CUESTIONARÉIS MIS DECISIONES. SI OS PIDO ALGO LO CUMPLIRÉIS PENSANDO QUE SE TRATABA DE UN DESEO VUESTRO. ¿ENTENDIDO?*
"Entendido" Dijimos mi hijo y yo al unísono.
*OS QUERÉIS. OS AMÁIS. OS DESEÁIS. SEGUIRÉIS TENIENDO SEXO SIEMPRE QUE PODÁIS. GRABARÉIS VÍDEOS PARA QUE YO LOS PUEDA VER. BUSCARÉIS MANERAS NUEVAS DE DAROS PLACER. ¿ENTENDIDO?*
"Entendido" Volvimos a decir al unísono.
*POR ÚLTIMO. DANI, TÚ SERÁS EL HOMBRE SUMISO QUE SE MERECE TU PADRE. ESTARÁS DISPUESTO A HACER TODO POR ÉL. LEANDRO, TÚ SERÁS EL PADRE DOMINANTE QUE NECESITA TU HIJO. DEMUÉSTRALE CÓMO SE TIENE QUE COMPORTAR UN MACHO DE VERDAD PARA QUE ALGÚN DÍA LLEGUE A SER TODO UN HOMBRE. ¿ENTENDIDO?"
"Entendido" dijimos por última vez.
*CERRAD LOS OJOS, DORMID, Y CUANDO DESPERTÉIS COMENZARÉIS VUESTRA NUEVA VIDA*
Y entonces una enorme sensación de somnolencia invadió mi cuerpo. Mis párpados pesaban una tonelada, incluso seguir sujetando a mi hijo me resultaba difícil. Pero no le perdí de mi lado. Le miré una última vez antes de cerrar los ojos del todo. Dios, cómo amaba a mi pequeño genio.
Hola Anónimo. Huevos de Pascua fue un proyecto en común para intentar animar a posibles escritores hispánicos a unirse al género del CM. Aunque yo mismo disfrutaría con una continuación, la historia tiene demasiado tiempo ya y prefiero priorizar nuevas creaciones. Pero muchas gracias por mostrar tu interés! Es altamente motivador.
Un día normal, en un vestuario normal, con un protagonista normal... Si no fuese porque éste va armado con alta tecnología del control temporal.
¿Será capaz de darle un buen uso? ¿O acabará nuestro protagonista cayendo en la tentación? Descúbrelo en la siguiente historia.
“Eh, qué miras”
“Yo?”
“Sí, tú. Te he pillado mirándome”
“Ah...No, yo solo estaba intentado llegar a mi taquilla, está ahí detrás”
“Ya, claro. Y tu taquilla necesita que la repases de arriba a bajo?”
“Yo no...”
“¿Tú no qué? ¿Tú no qué? Ya me conozco a los cerdos como tú. Os apuntáis a gimnasios solo para echarle el ojo a gente en pelotas”
“Creo que te estás equivocando, yo no te he mirado ni soy nada de eso de lo que dices”
“Ya claro, como que te creo. ¡Eh! ¿Qué es eso que sacas? Ahora vas a sacar el teléfono? ¿Para que me puedas sacar una foto? ¿Tantas ganas tienes de que te parta la cara? ¿Qué haces apuntando hacia mí? Ni se te oc...”
Flash y listo.
Quieto.
Inmóvil.
Como una estatua.
Sí, el chico tenía razón. En lo de que le estaba mirando, no en todo lo demás. Vengo al gimnasio porque ya va siendo hora de adelgazar. El resto es un aliciente.
¿Que qué ha pasado? Bueno, juzgad vosotros mismos. Otro matón de tres al cuarto sobrepasado por un poco de intelecto y tecnología. Bueno, el intelecto más bien por haber usado el aparato a tiempo, no porque lo haya diseñado yo. La verdad es que no tengo ni idea de cómo funciona. Se lo dejó un inquilino en la habitación que alquilo y descubrí lo que era cuando por accidente congelé al gato en lugar de encender la tele. Sobra decir que entré en pánico al ver cae a mi gato redondo en medio de un salto. Por suerte parece que esto, sea lo que sea que es, solo evita el movimiento, no paraliza del todo. Vamos, que las personas y los animales siguen respirando, la sangre fluye, etcétera, etcétera.
Pero basta de cháchara. ¿Otra miradita a ese matón? Venga, sí, que el chico ha trabajado duro para conseguir esos músculos.
¡Pero qué brazos! ¡Si parecen piernas! ¡Y vaya pezones! Más grandes que una moneda. Carnosos diría que es la palabra que estoy buscando. Y menudos pectorales, me entran ganas de estrujarlos y poner mi cabeza entre ellos y resoplar como si fuesen las tetas de una cabaretistas.
Hablando de espectáculos. ¿Qué sorpresa debe de esconder debajo de esa toalla...? ¿Creéis que la tendrá grande? ¿Pequeña? Los que trabajan tanto su cuerpo se dice que es para compensar otras partes. ¿Quizás este es el caso? Solo hay una manera de comprobarlo. Bueno, hay más de una, pero ahora mismo voy a comprobarlo así. ¡Qué demonios! hago lo que me da la gana, que por algo tengo el mando este que congela.
¡Abajo el telón!
¡Madre mía! ¿Es eso real? ¿Es esa morcilla blanca una posibilidad? ¡Pero mirad qué grande y qué gorda la tiene! ¡Si tiene para alimentar un pueblo! Queda claro que este chaval de trabajar el cuerpo para compensar el tamaño, nada de nada. El chico podría tener sobrepeso que con ese pene se le caerían rendidas y abiertas de piernas todas las chavalas que quisiera.
Tentador. Muy tentador. ¿Cuándo fue la última vez que toqué una polla tan gorda? ¿Creo que la semana pasada? ¿La del mecánico tal vez? ¿O era la del tío del banco? ¡Oh! ¡Aquel sí que la tenía enorme! ¡Era monstruosa! Menuda sorpresa me llevé cuando le bajé los calzoncillos y esa manguera cayó en paralelo a sus piernas. Pero Don Te-he-pillado-mirándome aquí presente no le tiene mucho que envidiar. Bueno, quizás un poquito, ¡pero es que aquello era sobrenatural!
Supongo que no le importará si se la toco un poquito. ¿Creéis que le importará si se la toco un poquito?
“¿Qué dices chaval, te importa si te la toco un poquito? Sí? No? No dices nada? De cuerdo, entonces, si es que sí, mantente quiero como una estatua”
“...”
“Oh, ya sabía yo que ardías de ganas de que te la tocara un, ¿como me has llamado antes? Un “cerdo”, sí”
Qué gracioso que soy. Por supuesto que es un sí. Tampoco es un no. Como si pudiera responder. Más vale que me dé algo de acelero antes de que pasen los 10 minutos que tengo hasta que se descongele.
Tocando pene enorme en 3, 2. 1.
¡Oh! ¡Perfecto, estupendo! Creo que necesitaré las dos manos para abarcarlo entero. ¡Casi no puedo cerrar el puño! ¡Increíble! Me dan ganas de usarlo como uno de esos joystick retros, ¿sabéis cuales digo? Los de las recreativas y los bares, ¿sabéis? Bueno, los que nacisteis antes de los 80 como yo seguro que lo sabéis. Los demás: ¡Google!
Como sea. este caliente matón congelado es todo mío para los siguientes 7 minutos. Moríos de envidia porque pienso tocar toda la polla que me dé la gana durante el tiempo que me queda.
“¿Verdad que no te importa, cariño? Pues claro que no te importa, ¡si ya lo sabía yo!”
¡Ay! ¡Pero qué bien sienta estrujar estos pechos enormes de hombre!
Podría estrujar, y pellizcar y apresar estos pectorales para siempre y no me cansaría jamás. ¡Qué pezones más deliciosos! Saben a gloria. Voy a conectar los puntos de esas adorables pecas con mi húmeda lengua. Espero tener suficiente saliva.
Pondré mis manos debajo de sus axilas. Es algo que a todos los chicos a los que se lo he hecho les ha resultado extraño. ¡Me han puesto unas caras! Pero a este pivón no le importará.
“¿Verdad que no?”
¡Qué bien! Están calientes y algo húmedas de la ducha que se acaba de dar. El chico se debe de afeitar la zona porque apenas siento vello por aquí abajo. Ahora que lo pienso, también tiene arreglado el arbusto, ¿verdad?
Descenderé mis manos, acariciando cada centímetro hasta llegar a la cintura. ¡Qué gusto! No tiene unos abdominales marcados, pero está todo en su sitio.
“¡Estás bueno, chaval! No sé qué es, pero estás muy bueno”
Cuánto tiempo me queda... Cuánto tiempo me queda... ¿¿Cómo?? ¿4 minutos solo? ¡Pero si no me ha dado tiempo a casi nada! A ver, voy a echar un repaso a todo este cuerpo ¡Un buen repaso de arriba a abajo!
Cara de bueno con expresión de matón, cuello ancho, espalda amplia, grandes brazos, grandes pechos, grandes y marrones pezones, cintura estrecha, caderas marcadas, piernas musculadas, manos masculinas llenas de callos, y una grande, enorme, gorda y larga polla con un glande rosa asomando a través de su prepucio. ¡Hipnótico! No puedo apartar la mirada de esa monstruosidad. Gruesa entre mis manos, suave y rugosa, ligeramente blanda. La de coños que debe haber partido con esto. Me golpeo con ella la cara. Lástima que no lo pueda hacer él mismo, pero creo que es algo que nunca sucedería de libre albedrío. Deliciosa dentro de mi boca. Sabe un poco a champú, pero sigue siendo igual de carnosa.
Toda esta acción me está provocando un bulto enorme en mi pantalón. Creo que va siendo hora de que yo también libere mi propia bestia.
*¡zip!*
Así es, mucho mejor, todo fuera. Qué excitante poder tener mi polla expuesta en público, expuesta delante de este chaval que hace un momento parecía que me iba a meter una paliza por solo haberle mirado de refilón.
“Mi pene y yo te miramos ahora. Hace un momento me ibas a partir la cara por una miradita casi inocente y ahora te miramos los dos. Dime, ¿tienes algo que objetar? ¿Sí? ¿No? Tomaré tu cara congelada en el tiempo como un no”
Dios, su cuerpo increíble, cada músculo totalmente rígido, prado en el tiempo, incapaz de darse cuenta de que tiene un tío con el pene erecto apuntando directo a él, la excitación es enorme. No puedo evitarlo, tengo que usar estos últimos minutos para una paja rápida.
“¡Sí! ¡Dios! ¡Sí! ¡Oh!”
Mi mano se siente increíble en mi pene. Mis ojos danzan entre las diferentes partes de su cuerpo: Su cara con esa expresión de matón, sus gruesas piernas, sus redondos pectorales, y ese grande y voluptuoso pene.
“¡Ah! ¡Sí! ¡¡Me voy a correr, me voy a correr...!!”
Pierdo el control, cierro los ojos, mi cuerpo entero se tensa y hago lo posible por mantenerme de pie mientras de mi polla salen disparadas serpentinas de líquido blanco. Con cada una un gemido de placer que abandona mi cuerpo.
Abro los ojos, mi respiración profunda y sonora. Grandes manchas de semen recorren el cuerpo de mi compañero de gimnasio.
¡Qué sexy cubierto de mi semen! No he dejado zona libre.
*¡Bip! ¡Bip! ¡Bip!...*
¡Mierda! ¡La alarma del aparato! Eso quiere decir que me quedan menos de 30 segundos.
¡Rápido, rápido! Dónde está la toalla? ¡Dónde he puesto la toalla! ¡Aquí! ¡Bien! Estaba...¡Más o menos así! Sí! Y yo estaba por aquí. Mi pene no estaba fuera de la cremallera y...¡Listo!
*¡Bip bip bip! ¡Bip bip bip! ¡Biiiiiiiip!*
Mierda, no me he acordado de limpiarle las manchas de semen. ¡Mierda mierda mierda! Es igual, con un poco de suerte ni se dará cuenta.
“..urra sacarme una foto maricón de mierda!”
Joder, vaya lenguaje.
“¿De qué hablas? Perdona pero te equivocas. No tengo nada en la mano, ni he sacado ninguna foto ni nada. ¿Ves? Puedes mirarlo tú mismo. No llevo el móvil encima. Está en casa.”
Tss, que me registre, que solo encontrará este cacharro que parece más un mando de ridículamente pequeño que otra cosa.
“¿Satisfecho?”
De hecho, yo sí. Buscándome en los bolsillos solo ha encontrado el cacharro y las llaves de casa, y yo me he llevado un poco de sobeteo gratis. Espero que no me haya manchado con mi semen.
“... Te has librado por ahora. Pero como te vuelva a ver echándome el ojo te juro que no lo cuentas, ¿entendido?”
“No sé de qué me hablas.”
“¡Qué te pires ya de una vez!”
Y así, una tarde más de hacer amigos. Pero no me puedo quejar: he visto un cuerpazo, me he corrido en él y me llevo como obsequio unas maravillosas fotos de este matón de tres al cuarto. ¿Qué más puedo pedir?
“¿Qué coño...? ¿Qué es esta mierda que tengo por todo mi cuerpo?”
Fernando compra un aparato por internet, el “ Mind Control 2000“ que tiene todos los números para ser una estafa. Pero ya que lo tiene entre sus manos, no pierde nada en probarlo en su más reprimida fantasía.
¿Logrará éste reprimido hombre de mediana edad conseguir hacer realidad sus sueños? Descúbrelo leyendo a continuación ;-)
“Javi, ¿me oyes?”
“Sí...”
No me lo puedo creer. ¿Ha funcionado? Pensaba que ese aparato que compré en el mercado negro sería otra estafa más de internet. ‘Mind Control 2000′? ¡Si hasta el nombre suena a timo! Pero ahí lo tenía, Javi, el hijo de los vecinos de caravana, gamberro desde que puso pie en este camping, siempre en bici liándola por con sus amigos. Los años le habían sentado bien, muy bien, y habiendo cumplido 18 se había vuelto todo un yogurín. Y ahora estaba tan pacífico, tan callado, tan...
Un momento, un momento. Para el carro... Ya veo lo que está pasando. ¡Me la estaban jugando! Sí, sí, sí. Seguro que es una jugarreta. Vamos a reírnos del bueno de Fernando. Vamos a sacarnos unas risas con ese maricón. Como si lo viera. Pero que idiota soy. Sería muy propio de Javi y sus amigos idear algo así.
“Muy gracioso Javi, ¿crees que me lo voy a tragar?”
“¿...tragar...?”
“Venga, no te hagas el inocente, sabes de lo que te estoy hablando”
“No hacerme el inocente... saber de lo que hablas...Entendido...”
“Te digo que pares. ¡No tiene gracia!”
“...No tiene gracia. Debo parar...”
“Si crees que os podéis reír a mi costa lo lleváis claro. ¡Podéis salir de allá donde estéis, panda de idiotas!”
“...”
“¡Agh! ¡Debería de darme vergüenza! ¿Por qué? ¿Por qué no aprenderás Fernando? ¿Por qué?”
“...”
“¿Y tú, Javi? ¿es que no vas a decir nada?”
“...”
“Se ha acabado ya, Javi. Os he pillado. ¡Ya puedes parar! Ja-ja, ya nos hemos reído de Fernando. Ahora para ya para que podáis reíros de mí por todo el camping.”
“...”
“¿Javi?”
“¡...! !...¡”
Algo no va bien. A estas alturas ya tendrían que haber salido la pandilla al completo a darme un buen susto, y Javi tendría que haberse levantado a decirme de todo en mi cara con tono jocoso... O al menos es así como me lo imagino en la cabeza. Pero no. Javi sigue ahí, inmóvil, como un maniquí, rígido, a penas respirando, temblando y con la cara lila. Con la cara lila... ¡Oh no! ¡Oh, oh, NO!
“¡¡Javi respira!! ¡Respira joder!”
“¡Ah.............!”
El torso de Javi se vacía y se llena de aire rápida y profundamente. Tose un poco como el que acaba de ganar una competición de submarinismo sin bombona. Joder, no me lo podía creer. ¿Y si era verdad? ¿Y si no me la estaban jugando?
“Javi, ¿habías dejado de respirar?”
“Sí...”
“¿Sabes que si no respiras puedes morir asfixiado?”
“Sí...”
“Entonces, ¿por qué has dejado de respirar?”
“Porque me has dicho... Que parase... ”
“...”
¿En serio?
“¿Y si te digo que te tires de un puente? ¿También te tirarías?” Lo sé. Cliché. No me odiéis por recurrir a un clásico. Tengo una edad.
“Sí...”
“¿Aunque te vaya la vida en ello?”
“...”
“¿Javi? ¿Aunque te vaya la ida en ello te tirarías de un puente si te lo pido?”
“... Si me lo pides... No tendría otro remedio... Debo... Debo hacer lo que me pides...”
“Venga, ya, Javi ¿Esperas que me lo crea?”
“Sí...”
No sé que pensar. Es verdad que todo huele a gato encerrado, pero también es verdad que hace unos segundos Javi parecía estar entrando en algún tipo de shock por falta de oxígeno. Javi será todo lo gamberro que quieras, pero no me lo imagino llegando a estos extremos. Ante la duda... Supongo que tendré que seguirle el juego un rato a ver que pasa.
“De acuerdo, Javi. Me voy a creer que sí, que realmente estás a mi merced y que harás lo que te pida.” ¡Oh...! Eso sonaba excitante. “¿Por qué no empezamos con algo simple? Dime quién eres.”
“...Soy Javier Perea Almádena, tengo 18 años y soy de Vallecas.”
“Y dime, Javi, ¿eres gay?”
“...No.”
“¿Pero alguna vez has tenido alguna fantasía sexual con algún chico?”
“...No.”
“¿Así que nada de nada? ¿No has visto nunca el pene de un hombre, ni has fantaseado con tener alguno en tu boca?” Vale, quizás me estoy dejando llevar.
“...He visto penes.... He visto el pene de mi padre... el pene de mi hermano... el pene de Félix... de Juan... de Estevan... y el de algunos chicos de clase... pero nunca he fantaseado nada... Eso es de maricas... ”
“Así que de maricas, ¿Eh? ¿Has visto alguna vez el pene de Fernando, el hombre de la caravana de al lado?”
“...No.”
“¿Te gustaría verlo?”
“¡...No!” Uh, eso ha dolido. Era de esperar, pero ha dolido.
“¿Por qué no?”
“Porque es un tío... y porque da asco... Y porque no soy marica como él...”
“¿Y si te digo que en realidad te mueres de ganas de ver su pene?”
“...”
“De hecho, no te lo pregunto, lo afirmo. Te mueres de curiosidad de saber como es mi pene, el pene de tu vecino Fernando. El pene de este maricón. Sientes como se despierta la curiosidad dentro de ti. ¿Lo sientes?”
“Si...”
“Pues aquí estoy. Tu vecino, el maricón de al lado. El tío al que siempre tomas el pelo. Al que le tomas el pelo con tus amigos. Dime, ¿quieres ver mi pene?”
“...”
“Sí o no.”
“Sí...” ¡Pobre, estaba rojo como un tomate!
“Sí qué”
“Sí... Quiero ver tu pene”
“No solo quieres verlo sino que harías cualquier cosa por verlo”
“Haría cualquier cosa por ver tu pene...”
“Pídemelo”
“¿...Puedo...?”
“No te oigo”
“¿Puedo... Puedo ver tu pene?”
“Más alto”
“¡¿Puedo ver... Puedo ver tu pene?!”
¡Bingo! Si estaban gravando esto, ahora quedaría también registrado que quiere ver el pene de su vecino. ¡Ja! Humillante. Ya no podían usar el vídeo en mi contra. ¿Quién se ríe ahora, eh? ¿Quién se ríe ahora?
“Pues No. Rotundamente no. No puedes ver mi pene. No tienes permiso. Por mucho que insistas. La respuesta es NO.”
“Pero... Quiero verlo...Va... Porfa... Enséñame tu pene Fernando...”
Oh, Dios, Mío. ¡Qué tierno! Su mirada parecía la de un corderito. Me lo comía ahora mismo. Había visto esa mirada miles de veces en otras ocasiones, cuando su familia no le daba sus caprichos a la primera. Ponía esos ojos de niño bueno.
“De ninguna manera.”
“Venga, hombre, no seas así...”
Realmente tiene ganas de que se la enseñase. Madre mía. Pues si es así, vamos a jugar un poco. Quiero ver hasta dónde puede llegar su curiosidad.
“No te lo enseñaré. Es más, cuanto más me lo pidas, más ganas tendrás de que te enseñe mi grande y larga polla. No podrás pensar en otra cosa que no sea mi polla. Aun sabiendo que no eres gay. Aun sabiendo que yo SÍ que soy gay. Aun sabiendo que no normal. No podrás evitar que crezcan en ti las ganas de ver mi polla, en preguntarte cómo debe de ser, qué aspecto debe tener, cómo debe de oler...”
Me está poniendo a cien la cara de Javi. Es una mezcla entre frustración, deseo y fuerza de voluntad.
“No es justo. Solo quiero verla... Me muero de ganas...Y no me dejas. ¿Por qué...?”
“Porque no eres merecedor de ver mi asombrosa polla. De ninguna manera. De hecho, cada vez que te digo que no, tu propio pene se pone cada vez más y más tieso, cada vez más erecto. ¿Puedes sentir como se va poniendo erecto tu pene cada vez que te digo que NO vas a ver mi polla?”
“¡...! ¡Si...!”
Qué mono, todo rojo y reajustándose el paquete debajo de sus pantalones de chándal.
“Venga hombre, ¡no es justo! ¡Estás disfrutando de esto! Enséñamela ya para que podamos acabar y yo me pueda ir a la caravana...”
“No. No pienso enseñarte mi maravilloso pene”
El bulto se hace más grande bajo sus pantalones y Javi vuelve a intentar disimularlo poniéndolo de lado.
“Solo un poquito...”
“No”
Aparentemente Javi no puede luchar contra su pene. Sabía que algo grande se andaba entre esas piernas. Es tiempo viéndole en bañador por la piscina del camping, ¡pero no pensaba que sería así de grande!
“¡Fernando. No aguanto más, por favor te lo pido, enséñame tu polla! ¡Solo quiero verla, nada más! Bueno, y quizás olerla, o tocarla... ¿Pero qué digo? Va, es igual, ¡enséñamela ya!”
"Oh, pero esto es muy divertido, ¿no te estás divirtiendo, Javi? Tu pene parece indicar que sí, que te estás divirtiendo.”
“No, no es divertido. Y quiero irme. Enséñame tu pene ya de una vez”
“Ah, perdona, me he llevado la impresión de que sí era divertido, pero supongo que que tu pene se esté asomando por encima de la cinta elástica de tu pantalón no significa nada. ¿O si? ¿De verdad que no es divertido? Por cierto, vuelvo a decirte que no pienso enseñarte mi perfecto y hermoso pene”
“¡NO! No es divertido! Tú solo enséñamelo!”
“No, no, no”
Creo que llegado a este momento no mi sonrisa no puede ser más grande. He doblegado al gamberro de mi camping. Después de tantas batallas perdidas, después de tantas bromas sufridas, ahí tenía al muchacho a mi merced. Con una erección enorme que pulsionaba a través de la tela no solo de sus pantalones sino de su camiseta. ¿Y qué es eso? ¿Una pequeña mancha?
“Javi, contesta con honestidad: ¿Te has manchado tu camiseta de semen?”
“¡OH! ¡MIERDA! ¡Mierda mierda mierda! ¡Sí! Es lefa! ¡Agh! Es culpa tuya! ¡Por no enseñarme tu polla!”
Aunque era divertido verle tan enfadado por haber manchado su ropa de semen delante de su vecino el marica (Dios! Estaba teniendo una carcajada interna viéndole intentar limpiar su lefa, como lo llama él, de su camiseta), me daba miedo que pudiese hacer algo de tan furioso que parecía. No me la podía jugar.
“Javi, Javi...Tranquilo, está bien, no pasa nada. Relájate. Tienes semen en tu ropa, ¿y qué?” Mira la mancha antentamente. ¿Parece una amenaza?
“No...”
Menos mal que su respiración ha vuelto a la normalidad. Mucho más tranquilo y sereno. Mucho mejor.
“Perfecto. No te preocupes, hay confianza. Confías en mí, Javi, soy tu vecino, te conozco desde que eras un renacuajo. ¿Verdad que confías en mí, Javi?
“Sí. Confío en ti.”
“Pues si confías en mí, no hay nada de lo que preocuparse.”
“Tienes razón. Qué idiota que soy. No sé por qué me he puesto así, después de todo, hay confianza.”
“Exacto.”
Por divertido que sea hacerle sufrir, estoy seguro que las cosas me serán más fácil si está tranquilo y relajado. Es la primera vez que estoy ante una situación así y no quiero jugármela. Así que un Javi relajado es un buen Javi.
“De hecho, tenemos tanta confianza que no te importa enseñarme tu pene. ¿Verdad, Javi, que no te importa enseñarle a tu vecino Fernando tu pene?”
“No, para nada. Hay confianza. Nos conocemos desde siempre.”
Y con el tipo de sonrisa que le dedica a sus colegas sus manos rodean su camiseta, y queda al descubierto, oh momento de momentos, su grande, largo, y perfecto pene. Una pequeña gota de presemen aún en la punta de su glande.
Oh Dios. ¡Qué vista! ¡Podría haberme quedado mirando todo el día!
“Este es mi pene. ¿Quieres verlo de más cerca?”
Uau. Esto es hacer avances.
“Si insistes.”
Hasta el momento había guardado las distancias instintivamente. Él estaba sentado en el suelo de moqueta de mi caravana, y yo de pie a unos dos pasos por si las moscas. Parecía que era seguro acercarse. Nada en su cara despierta desconfianza. Es más, su expresión es de ‘¿vas a venir o no?’. ¡ Pues mejor no hacer esperar al chico!
Dos pasos y me siento a su lado. Su pene es sorprendentemente largo. Atraviesa la cinta elástica de su pantalón y choca contra su ombligo. El mío a penas llega a la cintura, así que no estoy acostumbrado a esta proporciones. Su glande brilla con la textura mocosa del semen que ha ido goteando. Es de un color púrpura suave. Lo cual me recuerda...
“Por cierto, ¿sigues queriendo ver mi pene?”
“¿Estás de broma? ¡Pues claro que sí! ¿Me lo vas a enseñar ya?”
“¿A ti? No. Para nada.”
Efectivamente, seguía respondiendo físicamente. Sí. Inmediatamente después de articular el no por mi boca, su pene pegó un salto hacia delante, como una de esas momias de las películas cuando se levantan de su eterno letargo. Adorable ver cómo él ya ni se daba cuenta, cuando hacía unos minutos se hubiese puesto rojo como un tomate porque su pene se ponía duro delante de su vecino.
“¡No es justo! ¡Yo te he enseñado el mío, tío! No me parece bien.”
Me encandila que siga insistiendo en lo injusto que es no poder ver mi pene como el que no le deja el mando de la play.
“Supongo que tienes razón. Tu me has dejado ver el tuyo, al fin y al cabo.”
“¿Sí? ¿de verdad? Jo, tío, ¡no sabes cuánto te lo agradezco!”
“Pero antes quiero pedirte algo. Si haces ese algo por mí te enseñaré mi pene. ¿Estarías dispuesto a hacer algo por mí si te enseño mi pene?”
“¡Claro! ¡Claro! ¡Lo que sea! ¿En qué te puedo ayudar?”
Su voz está llena de excitación. Sus ojos brillan de anticipación. ¡Y todo por ver mi pene! Increíble. Veamos hasta donde llega este entusiasmo. Le voy a poner en una situación de lo más peliaguda a ver hasta dónde aguanta.
“Verás, hace mucho mucho tiempo que no estoy con alguien... Ya sabes, de manera íntima... Hace tanto que ya casi se me ha olvidado cómo es el tacto de la piel de otra persona.”
“...”
Su cara va cambiando poco a poco de anticipación a cierta sorpresa e incomodidad. ¿Como cuando alguien te empieza a contar algo personal que no quieres oír? Bueno, supongo que eso es exactamente lo que él estaba pensando: ‘no quiero escuchar sus mariconadas’. Lo siento tío pero no te va a quedar otra.
“He pensado que a cambio de enseñarte mi pene, podrías, no sé, ¿dejarme acariciar tu cuerpo un poco?
“...” Su cara va empeorando, pero al menos no dice nada.
“...Dejar que meta mi mano por debajo de tu camiseta y sentir tu suave piel”
“...” Todo un poema.
“...Incluso pellizcar tus pequeños pezones. O grandes, realmente no sé cómo son, pero no me importaría descubrirlo.”
“...Tío...”
“¿Dime Javi, harías eso por mí?”
“¿¿Estás de guasa?? ¿En qué mundo vives, tío? Vale que sí, que nos conocemos de siempre y que nos tenemos confianza. Y vale, lo acepto, tengo una increíble curiosidad por ver en directo cómo es tu pene. ¡Dios, jamás he tenido tanta curiosidad por algo! ¡Es como si todos los pensamientos derivasen siempre a tu pene! ¡Es casi obsesivo!”
“¿Entoces?”
“¿Entonces? NO, tío, no. ¡Lo que me pides es asqueroso! ¡No solo me doblas la edad sino que además eres un TÍO! Me parece asqueroso que vayas mariconeando por ahí de normal, haciendo las guarradas que debes de hacer. Agh, no quiero ni imaginármelo. ¿Y hacerlas conmigo? ¡Ni por toda la pasta del mundo!”
Au. Aunque esperaba una reacción así, no hacía falta ser hiriente. No es lo mismo idearlo que escucharlo. Por suerte, soy yo el que corta el bacalao aquí.
“Así, es un no”
“Lo siento tío. Tiene que haber otra manera.”
“Pero no la hay. Y dentro de ti, muy dentro de ti, lo sabes. Sabes que la única manera de saciar tu curiosidad, de sentirte bien y cómodo será dejándome tocarte, dejándome acariciar cada centímetro de tu piel. Por muy gay que sea yo, por muy asqueroso que te parezca, es la única manera.”
“...”
Interpreto ese silencio como que su mente está procesando. El contacto físico por mi parte debe de ser una barrera muy grande para él. En su cabeza soy un monstruo pervertido que quiere aprovecharse de él. Aunque no anda muy desencaminado, no hace falta que él lo sepa.
“... Supongo que tienes razón. No me gusta. No me gusta ni un palo. Pero si es la única manera, adelante.”
¡Bingo! ¡Barrera superada!
“Sabía que acabarías aceptando”
“Ni se te ocurra pensarte lo que no es. Acepto solo porque quiero ver tu pene. Nada gay, ¿entedido? Y como me entere de que se lo has contado a alguien, será el último sonido que emitas, ¿queda claro?”
“Lo que tu digas, fierecilla.”
Me acerco un poco más a su cuerpo hasta estar casi cadera con cadera. Puedo sentir el calor que desprende. Con la sonrisa de un niño al que le invitan a caramelos, acerco mi mano al límite de su camiseta. Voy alternando mi mirada entre el cuerpo de Javi y su cara. Ha cerrado los ojos, supongo que para no ser testigo. Tiene esa expresión que pone la gente cuando le van a poner una inyección. Pobre.
Mi mano tiembla de la excitación y patosamente atina a meterse por debajo del tejido. El cuerpo tiembla ante la presencia intrusa de mi mano. Parte de lo que le acababa de decir a Javi era cierto. No tengo mucha oportunidad de tocar a otros hombres, mucho menos a chicos de la edad de Javi. Supongo que por eso no he podido evitar sacar un pequeño gemido de placer al entrar en contacto con algo paradójicamente tierno y duro a la vez. A tientas, pues no veo más que la silueta de mi mano bajo el tejido, exploro el cuerpo adolescente de mi gamberro favorito. Extiendo la amplitud de mi palma sobre sus pectorales, de su abdomen, de su cuello. Ni rastro de un cabello. Solo una sensación como de estar acariciando la piel tersa de un melocotón maduro. Uso la punta de los dedos para acariciar los pezones. Javi gruñe levemente. Supongo que quiere que debe de ser una zona sensible y no le apetece mucho que se la toquen. Pues lo siento Javi, pero hoy tu cuerpo es mío.
“¿Qué tal Javi?”
“Mal. ¿vas a estar así mucho más rato? Es insufrible.”
“De hecho, sí, voy a estar más rato”
“...”
“Es más, esta camiseta que llevas me molesta. No puedo ver lo que estoy tocando. Sé un buen chico y quítatela.”
“...”
Saco la mano de debajo de la tela, y sin mediar palabra Javi se incorpora levemente contra el cristal de la ventana. Creo que tiene claro que no quiere que le siga tocando, y que quitarse la camiseta solo va facilitarme las cosas. Cruza sus brazos agarrando su camiseta por lo extremos, y un ensayado movimiento de modelo de ropa interior su camiseta sale por encima de su cabeza. ¿Soy yo o alguien ha estado mirando tutoriales de youtube sobre cómo quitarse la camiseta de manera guay?
Javi lanza la camiseta lejos, se pasa las manos por el pelo para poner todo en su sitio, y vuelve a su cómoda posición. Lo que se presenta ante mí es un escultural cuerpo, brillante, bronceado, sinuoso, musculoso pero sin llegar a ser ridículamente grande. Como sospechaba, ni un solo pelo en todo su torso.
Sus pezones son pequeños y ligeramente rosados. Una pequeña vena se extiende a lo largo de su fuerte bíceps. Muy viril. Su abdomen marca una tableta de seis onzas, las cuales se mueven con cada movimiento de respiración. Creo que me voy a desmayar.
“¿Te vas a quedar pasmao ahí todo el día?”
Quiere acabar con esto ya, pero estoy en mi derecho de tomarme mi tiempo.
“¿Tantas ganas tienes de que te toque?”
“Agh! ¡No, tío! No te hagas ilusiones, pero cuanto antes empieces antes terminas.”
Sonreí ante su cara de mosqueo. Era adorable.
Puse mis manos de nuevo en su cuerpo. Esta vez sin titubeos. No pienso apartar mi mirada de su cara. Frunce el ceño cada vez que muevo mis manos, lo cual es constantemente. Apreto con fuerza sus pectorales y siento la resistencia de sus músculos.
“Estás fuerte, ¿eh?”
“...Supongo.”
“¿Supones?”
Apreto más fuerte sus pectorales y noto como si tuviese dos rocas entre mis manos.
“No lo supongas. Estás fuerte y lo sabes. ¿Trabajas tus músculos?”
“Hago algunos ejercicios de vez en cuando, pero qué puedo decir, estoy fuerte, de manera natural casi.”
Era agradable ver una sonrisa de confianza en lugar de una mueca de desagrado para variar. Javi tiene una sonrisa preciosa, con esos labios rojizos y carnosos. Quizás era momento de cambiar las tornas.
“Tienes una sonrisa preciosa, ¿te lo han dicho nunca?”
“¡...! Al..Alguna vez? De qué vas, tío, ¿me estás tirando los trastos?”
“De asco nada, Javi, no sientes nada de asco, ni desaprobación, ni rechazo. Estamos en confianza, ¿recuerdas? Aunque yo sea gay, y tu hetero, aunque tú estés medio desnudo y con una erección, y yo aun lleve toda mi ropa, no hay nada de lo que avergonzarse.
“...Tienes razón, tío, no hay nada de lo que avergonzarse...”
“Pues claro que no. Solo somos dos hombres explorando nuestra sexualidad. Tienes la mente abierta, o al menos ahora la tienes, a explorar nuevas sensaciones, ¿me equivoco Javi?”
“No, no, tienes toda la razón. No lo podría haber dicho mejor. Estoy totalmente abierto.”
“Entonces, ¿no te importará que pellizque aquí?”
“¡Ah!”
“Ni que agarre tu pene con mi mano, claro.”
“Uh...Es un poco raro. Pero estoy... Estoy ¿abierto? Sí, estoy abierto a nuevas sensaciones. ¿Sí? ¿Lo estoy?”
“Lo estás Javi, lo estás. ¿No te da placer? Seguro que sí. Que te esté mimando el pene de esta manera te tiene que estar dando placer por fuerza.”
“...Uh...Ah... Sí...No digo que no pero...”
“Pero nada, Javi, si te da placer, ¿para que resistirse? Déjate tocar. Déjate llevar por las expertas manos del marica de tu vecino.”
“Ahh....”
“Es cien veces mejor que cuando te tocas tú. Mil veces mejor que cuando te toca una chica, cualquier chica, por muy guapa que sea. Mi mano, masajeando tu polla es muchísimo mejor que cualquier otra mano en este mundo”
Parece que funciona. Ha pasado de detestar mi mano a amar mi mano con locura. Tanta locura que sus caderas han comenzado a cobrar vida. Todo su cuerpo inerte parece estar ardiendo con energía sexual. Su pelvis empuja y empuja contra mi mano para sentir el máximo de esta. Yo alterno mi saliva y su presemen para lubricar la zona.
“Eso es, Javi, déjate llevar. Tírate mi mano como si fuesa una vagina, la mejor de las vaginas.”
“¡Oh sí! ¡Ah!”
Javi aumenta la velocidad. Sincronizamos las subidas y bajadas, pero llega un punto en que me cuesta seguir su ritmo y dejo que sea él sólo el que se folle mi mano. El chico está enloqueciendo, y solo le he dado la mano.
“Oh! Fernando! Me voy...Agh... Me voy a correr...!”
“¿Sí?”
“¡Síiiii!”
“Pero no te puedes correr sin mi persmiso, Javi. Sabes que no.”
“¡Oh! ¡Ah! ¡Uhn! ¡Follarme a tu mano es ¡Ah! ¡Uhn! ¡Es mejor que follarme a cualquier tía!”
Era tan divertido verle agitar su cuerpo contra mi mano. Verle penetrar el agarre de mi mano como si no hubiera un mañana. Oírle pedir que le deje correrse! Javi! El macarra de la zona! El ser temido entre los campistas! Tenerlo en mis manos, literal y figuradamente, me daba una sensación inigualable de poder. Jamás me había sentido así. Era algo oscuro y excitante a la vez.
“Javi, te vas a correr en breves instantes, pero sola y únicamente cuando suceda una cosa”
“Lo que quieras ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! lo que tu me digas ¡Uhn! ¡Pero deja que me corra!”
“Te voy a dar un beso en la boca, y solamente si me respondes con pasión podrás correrte. ¿Entendido?
“¡Sí, Sí! ¡Un beso! ¡Con pasión!”
“Si no sientes la pasión, no te correrás, ¿queda claro?”
“Joder, tío ¡sí! ¡Bésame ya, joder!”
Nunca nadie me había pedido con tantas ganas que le besase. Había estado deseando este momento desde ni se sabe. Llamadme sentimental, pero en mi mente un beso lo es todo. Más que el sexo, más que correrse, un beso es mágico.
Sin dejar de sacudir mi mano en su pene, con la otra mano alcanzo parte de mandibula y de la oreja de Javi y acerco mi cara a la suya. Él, frénetico, gime a escasos centímetros de mi boca, su aliento cálido rebotando en mis labios. Como si fuese un reflejo, coloca su mano en mi nuca. Sonrío un segundo y saboreo el instante. Javi abre los ojos, su mirada suplicante. Quiere que le bese, anhela que le bese. Nunca le había visto tan frágil.
Mis labios entran en contacto con los suyos. Carnosos, suves. Abrimos la boca y exploramos con nuestras lenguas la cavidad del otro. La lengua de Javi me da pequeños toques aquí y allá, jugueteando con la mía. Jamás me habían besado con tanta pasión como me estaba besando Javi. Fueron minutos que parecieron apartarse del espacio-tiempo.
Javi aparta su mano de mi nuca y emite un gruñido suave. Yo me aparto y le doy su espacio. Es el momento.
“¡Ah! ¡Ah! ¡Aaaaaaagh... Síiiii!!”
Una fuerte sonrisa de placer mezclada con una mueca de esfuerzo se refleja en su cara. De la punta del pene de Javi brota semen en todas direcciones. La cara de Javi es de puro éxtassis. Su cuerpo se expande y se contrae con cada eyaculación. Su respiración se acelera y suaviza a cada segundo que pasa. Después de lo que parece una eternidad, su pene deja de emanar géisers. Ha sido todo un espectáculo.
Javi se desploma en su asiento. Inmóvil. Sus ojos cerrados y la mirada al suelo. Su pecho ascendiendo y descendiendo por la fuerte respiración. Manchas de semen en sus pectorales, en su abdomen, en costado... Íbamos a tener trabajajo limpiando.
“Javi, ¿me oyes?”
“...Sí...”
“¿Cómo te sientes?”
“Increíble....”
“¿Mejor que cualquier otra corrida que hayas tenido en tu vida?”
“Jo, tío, sí... Ha sido muy intenso...”
“Y... Aun quieres ver mi pene?”
Los ojos de Javi se abren inmediatamente ante la pregunta. Se nota cierto agotamiento en ellos, como si se acabase de levantar de una siesta.
“¿En serio tío? ¡Claro que sí!”
“Creo que ha llegado el momento”
“Oh, sí! Tío! Ya era hora!”
La verdad es que toda esta acción me había puesto MUY cachondo. Tengo paciencia, pero todo tiene un límite y ya era mi turno. Me pongo de pie para la ocasión.
“Si quieres verlo tendrás que venir a buscarlo”
“¿Quieres decir...?”
“Sí, ven y saca mi pene de mis pantalones. Lo estás deseando, Javi.”
Yo desde luego SÍ que lo estaba deseando, y segundos después de decírselo explícitamente, él también.
Sin levantarse del suelo, gatea a cuatro patas hasta llegar a mí. De rodillas, mira hacia arriba y me ofrece una sonrisa. Realmente lo está deseando.
“Libera mi polla.”
Es fácil de saber dónde está porque una gruesa línea se había formado en mis pantalones de tela. No es que tenga un pene enorme, al menos tan largo como el de Javi, pero me defiendo.
“Sí, eso es, baja la cremallera, deshaz el botón, y bájame los pantalones. Sí, buen chico. No hay nada de lo que preocuparse. Somos dos hombres explorando nuestra sexualidad, abriéndonos a nuestras sensaciones.”
“...Abriéndonos a nuevas sensaciones...”
“Eso es. Quieres abrirte a nuevas sensaciones, Javi. Es por eso que estás de rodillas delante de tu vecino Fernando, el maricón de Fernando. Por supuesto eso no te hace maricón. Solo tienes curiosidad.”
“...Solo tengo curiosidad...”
“Exacto. Ahora bájame los calzoncillos para que puedas recibir por fin tu regalo”
Con una mano en cada extremo de la cinta elástica de mis bóxers, Javi desliza la tela hasta que ésta llega al suelo. Mi pene está tan rígido, Javi está tan cerca, que al ser liberado le golpea en la cara. Me gusta la idea y mientras hablo voy dándole golpes con el miembro.
“¿Te, gus, ta, mi, pe, ne? Di que sí, te gusta.”
“Me gusta tu pene, Fernando. Es el mejor pene que he visto nunca.”
“Me alegro de que lo veas así, ¿y qué vas a hacer al respecto?”
“¿...Mirarlo?”
“Oh, ¡qué tierno! Mirarlo, dice. No, no, no. Vas a tocarlo. Vas a acariciarlo. Vas a devolverme el favor que te he hecho y vas a darme placer hasta que me corra.”
“Sí... Te debo un favor grande, al fin y al cabo. Deja que te haga una paja.”
Como si ya lo hubiese hecho otras veces, Javi escupe en sus mano derecha y coloca su mano en mi pene. Es más fácil cuando eres un hombre, supongo, aunque no hayas tocado nunca el pene de otro tienes experiencia en como comenzar con el tuyo.
“¡Oh, sí, Javi! ¡Uhn...!”
“¿te gusta?”
“¡Sí...! Me voy a tirar tu mano... Sigue así, rítmicamente, juega con el prepucio, así, sí...”
Su mirada alterna mi cara y mi pene. Está disfrutando con esta experiencia más de lo que esperaba.
“Juega con mis testículos. Sí, con la otra mano. ¡Oh! Sí, ¡mucho mejor aun!”
la palma de su mano recoje y masajea mis testículos como si se tratasen de duras bolas antiestrés. Me vuelve loco y empiezo a mover las caderas delante y atrás para conseguir el máximo recorrido de su mano.
“¡Oh! ¡Sí! ¡Javi! ¡Sí!”
Siento algo que crece en mí. Un líquido que quiere huír de mi cuerpo a toda velocidad. Me voy a correr, no me voy a frenar. Estoy en éxtasis. Me quiero correr y no hay nada que me lo impida.
“¡Ah! ¡Sí! ¡Ah!”
No aviso, eso sería demasiada cortesía. Mi cuerpo se arquea, el tiempo se detiene mientras la mano de Javi no para. Mi polla se pone dura como una roca y de ella empiezan a salir disparadas ráfagas de semen que golpean a Javi en la cara, en la frente, en el pelo, en el pecho...No sé si se aparta o no, estoy demasiado concentrado en mí placer como para fijarme. Emito un último gruñido y las últimas gotas salen de mí. Me aparto un poco, me pongo de rodillas, agotado. Javi delante mío sonríe, su cara llena de semen.
“Ah... Ha sido genial, Javi...”
“¿Sí? Era lo menos que podía hacer. Antes me has hecho correr como nunca me había corrido. ¿Qué menos por un colega?”
Colega. Qué bien suena en sus labios. Qué bien sienta sentirse así. Aunque haya sido todo provocado, orquestado, e ideado por mi pervertida mente, qué bien sienta poderse sentir aceptado.
“Javi, dame un beso.”
Y sin pensárselo dos veces, nos volvimos a sumir en un profundo y pasional beso.
El matón, el gamberro, el rebelde sin causa de todos mis veranos, convertido en mi sumiso amante fiel. Después de años de vejaciones, desprecios y risas a mi costa ahora podía llevar a cabo mi dulce venganza. Tan dulce que no me pensaba despegar de sus labios sabor a miel en los próximos 20 minutos.