Una vez alguien estuvo convencido de que “estamos en Casa Amish” quería decir “estamos en este bar por Caballito”. Pero no. Casa Amish es el nombre que Y, probablemente con sus amigas, le dieron a nuestra casa actual.
No puedo quejarme de la ubicación, de su proximidad a muchas avenidas, de lo cerca que me queda de la facultad, de la tranquilidad que me da caminar por acá de noche.
Sin embargo, la casa en sí es casi una pesadilla. Más allá de ser diminuta, contar con poca ventilación, con los muebles de la cocina torcidos y mal distribuidos, de tener una claraboya que da al pulmón del edificio y que hace las veces que invernadero en el living, concentrando todo el calor del universo, esta casa está fuera del rango de las comunicaciones.
No tenemos internet, la única compañía con la que podemos contar ya se mandó una de las suyas e Y. cortó el servicio hace tiempo. Pero la gran cuestión es que no es posible agarrar red de celulares, no se envían ni llegan los mensajes y hay que olvidarse de querer hacer una llamada.
Por eso, cada vez que queremos hablar por teléfono, nos despedimos por un rato, marchamos llave en mano hacia la puerta y recorremos dos cuadras hasta que más o menos salimos del agujero negro y nos da el tiempo para hacer la llamada mientras damos la vuelta manzana de retorno a casa.
Tenemos que acostumbrarnos a hacer planes con tiempo, a ver que nos cancelaron algo cuando ya estamos tomando el colectivo, a respetar el “a tal hora en tal lugar”, a la inutilidad del delivery.
Y de todas formas, en esta casa siempre alguna está leyendo un libro, escribiendo algo o pintándose las uñas. Y la gente viene y nos visita y se queda a dormir en el espacio reducido.