“Gretchen está loca, pero quiero que esté aún más loca por mí.”
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“Gretchen está loca, pero quiero que esté aún más loca por mí.”
—Anónimo
Edrick no pudo evitar soltar una carcajada tras escuchar las palabras provenientes de la rubia. —Creo que tus amigos los espíritus deberían enseñarte buenos modales, ¿no lo crees? —Dijo de manera divertida sin apartar sus orbes de las ajenas y negó un par de veces con la cabeza, jamás se había topado con una joven que se comportará de tal forma. Posteriormente, relamió sus labios y se dispuso a hablar nuevamente. —¿Una carta a tu novio Satanás?, que interesante…pero no creo que le interese mucho lo que tú tengas que decir. —Bromeó y se concentró en abrir la envoltura del emparedado que tenía sobre su bandeja de comida, le dio un mordisco a este para después observar la libreta que le ofrecía la desconocida. —No esta mal pero considero que te faltó ponerle uno que otro “te amo” por allí.
—Si mis amigos los espíritus tuvieran la mínima idea acerca de modales, no serían mis amigos. —afirmó, encogiéndose de hombros al mismo tiempo que regresaba la vista a uno de sus libros. —Es más atento de lo que parece. —bromeó una vez que el rubio le entregó su cuaderno, echando un vistazo al mismo como si le hubiese dado un consejo real. —¿Tú qué haces? Digo, además de irrumpir en la zona de trabajo de los demás y aún peor, sentarte sobre sus amigos imaginarios. —trató de comenzar a hablar en serio y le preguntó, en referencia a su carrera. —Yo estudio filología clásica. —Comenzó a elaborar otra larga línea de letras, añadiendo más contenido a su trabajo únicamente intentando que el mismo aparentara ser profesional.
“Eres diabólica.” Fue lo que pudo salir de sus labios en el momento en el que observó las ocurrencias de la rubia, las cuales, por cierto, no se quedaban atrás con las que él mismo había estado realizando cuando fue descubierto. Así, la obedeció para sentarse frente a ella y tomar la botella de vino sagrada hasta que consiguió abrirla. “¿Crees que será bueno?” Cuestionó en referencia a la calidad del líquido, pues se podía esperar hasta que hubiese sido sacadas de esas cajas de vino de menos de un euro de los supermercados. A pesar de todo, se tomó la libertad de rellenar el cáliz y después dejó la botella de vidrio a un lado. “Me gustabas más cuando eras una princesa Disney.” Quiso bromear, aunque no tardó en sacar su paquete de cigarrillos y prender uno nuevo. “Sólo me queda este, pero podemos compartir.”
Se limitó a dedicarle una sonrisa como respuesta, pues ciertamente lo tomó como un cumplido, no era una forma de ver las cosas extraña en la rubia. Ante la pregunta del varón, llevó el cáliz directo a sus labios, tomando un sorbo del mencionado néctar que, efectivamente no era lo esperado. —Sólo puedo decirte que la adrenalina mejora el sabor. —informó cuando saboreó la mencionada, dejando la copa de nuevo sobre el altar. —No lo creo, ¿estarías dispuesto a beber dos litros de leche y galletitas conmigo? —se inclinó al contrario con curiosidad, ignorando el asunto del cigarrillo accidentalmente.
“Vamos, no te hagas ahora la dura conmigo.” Anotó, al tiempo que su mirada se posaba sobre el cuerpo femenino que parecía enmarcar la animosa actitud de la rubia. Tomó en sus manos sin dificultad la caja que ésta le tiró, provocando que la observara para identificarla. “Ni si quiera sé qué es esto.” Bromeó, aunque terminó por abrirla y tomar una de ellas en sus manos. Tenía una pinta horrible. “En cualquier lugar de esta iglesia, así será más divertido, ¿no crees?”
Era una cuestión gigantesca, pero había un sitio en particular que le pareció el correcto y se encargaba de volver la situación aún más emocionante: el altar. —Me gusta aquí. —se agarró de las orillas del mencionado y después de dar un saltito, quedó completamente arriba del mismo, hincándose totalmente concentrada por la apariencia de las cosas. Sacó el cáliz del sagrario y acomodó las velas que antes estorbaban, palpando el basto sitio frente a ella para indicarle a su compañero sentarse. —Tah-dah.
Salir de su última clase la hacía sentir liberada de alguna forma, esa hora que había transcurrido recién le había parecido extremadamente pesada, tal vez se debía a las platicas sobre la juventud de su profesor. No entendía porque algunas personas sentían la gran urgencia de mostrar lo buenos que eran al mundo, y no mostrarlo con hechos sino con pura palabrería. Presumir acerca de lo grandes que eran, de lo aplaudidos que habían sido en su juventud, todos los lugares que han llegado a visitar, lo exitosos que llegaron a ser y que lo seguían siendo. Puras estupideces. Eso era de lo que el profesor había hablado durante 60 minutos, tiempo en el que Ginevra únicamente había logrado mantenerse despierta gracias a un ruidito inquietante que se presentaba cerca del aula. Ahora se encontraba en los pastos de la universidad, en donde al parecer una gran cantidad de estudiantes había decidido ir. Miembros del equipo de fútbol americano jugaban a pasarse el ovalado balón, sin tener precaución alguna. Por suerte su hermano, Jordan, no estaba entre ellos, de otra forma la castaña hubiera ido a pedirle que dejara de comportarse como un imbécil; porque eso eran. Un golpe fue lo que desvió su mirada, se giró al lado de donde había provenido el sonido y se encontró con una chica en el suelo y los jugadores de fútbol riéndose de ella. Gin no dudo ni un instante y se acercó a la escena. “¡Son unos idiotas!” les reclamó y empujó uno para abrirse paso hacia la joven, a la cual le estiró la mano para ayudarle. “Te ayudo” Esa clase de actos era lo que despertaban a la amable y comprensiva Ginevra, muy rara vez que muy rara vez podía verse.
La voz de la fémina ofreciendo ayuda la arrastró hasta una frustrada melancolía, trayendo consigo recuerdos de la infancia y adolescencia. El dolor o la sangre que sostenía por todo el rostro no vendría siendo nada con los que alguna vez recibió por la mano de su progenitor, Gretchen esconde cicatrices que aún con el tiempo no se han desvanecido. Aquel golpe no le causaba nada más que indignación. —Ya, no se van a reír mucho cuando amanezcan sin los putos dientes. —escupió lo más fuerte que el dolor se lo permitió, y sin más, tomó la mano de la contraria para levantarse. Pensando en un millón de maneras de devolverle el golpe de una manera más accesible (es decir psicológicamente) se sacudió las prendas. Y aunque le dolían todas las extremidades del cuerpo, comenzó a andar; la idea de arrojarse al césped había sido imbécil sin lugar a dudas. —Debería ir a la enfermería. Si me acompañaras sería de gran ayuda, pero no tienes qué.
Observó el terrible accidente que había ocurrido frente a sus mismísimos ojos, casi por reflejo corrió hacía la chica. Se arrodilló a su lado y dio una rápida mirada a su alrededor para asegurarse que no estuviera sangrando-¿Te encuentras bien?-preguntó corriendo un pequeño mechón de cabello rubio-Travis suele ser un poco…áspero para jugar-rió con suavidad.
Soltó una risita forzada, levantándose despacio. El rostro no le dolía, ya le habían dado muchos golpes en exactamente ese sitio antes, únicamente se sentía atontada y por supuesto, molesta. —¡Ese Travis, siempre tan hijo de puta! —añadió con la misma falsedad de antes, y la misma risa disminuyó a un simple gesto que a decir verdad, relucía todo lo adolorida que se encontraba. —Me limitaré a mutilarlo cuando duerma, ahora mismo tengo que ir a la enfermería.
“Eh, yo no he sido la que ha lanzado eso volando.” aseguró con cierto tono defensivo, dejando sus libros en el suelo mientras observaba como la nariz de la contraria no dejaba de sangrar. “Acabo de ver como alguien te intentaba aplanar la cara y solamente vengo a echarte una mano, estudio enfermería.” le explicó dándole un suave golpecito en el brazo para que se incorporase. “Venga, luego ya planearemos su asesinato.”
—Antes de asesinarlos hay que torturarlos. —indicó en un murmuro mientras intentaba ponerse de pie, acomplejada por el agudo dolor en la espalda que la caída le había proporcionado. —Es que, ¡seguro que me dejaron con la nariz de Owen Wilson! —en un tono bastante alto, expresó con un breve momento de gesticulaciones exageradas.
Una “O” se tiñó sobre la superficie labial de la castaña, no puedo negar demasiado, pues ya se encontraba articulando pasos detrás de la rubia. “Eh, pero… bueno, que quede claro que te sigo porque me obligas y porque sí, me encantan las sorpresas” tartamudeó en un conjunto de parloteos.
Su idea era muy básica, ¿cómo se pondrían en las partes interesantes de un libro dónde se trataba dicho género? Ni la propia opinión o curiosidad la llevaron a estar dispuesta a caminar por la institución hasta llegar a la habitación de una de sus más degeneradas compañeras, le interesaba ser testigo de la cara que la morena lograría expresar. —¿Quieres que pasemos por algo de beber antes? —ofreció, esperando que escupiera la misma más tarde.
Alzó ambas cejas ante la sorpresa que le causó el inesperado plan de la rubia. Efectivamente, parecía que la noche acababa de mejorar considerablemente, había que estar loco para negarse a burlar los protocolos religiosos. Tras ello, siguió a Gretchen hasta la habitación en la que se encontraba el vino y se apoyó sobre el marco de la puerta. “Si alguna vez digo que no a eso, espero que me ahogues en la pila bautismal.” Enunció satírico, lo suficiente como para provocarle una sonrisa de inmoral diversión.
Una vez que intervino en la deseada bodega, logró divisar las bebida que se utilizaba en misa y por supuesto, la sagrada eucaristía. —No es como que planeara invitarte de nuevo. —farfulló antes de pasearse por la habitación y saquear los anaqueles con un jocoso baile de victoria. Cuando decidió que no necesitaba nada más, le arrojó una caja de obleas al muchacho mientras que ella se apoderaba de dos botellas de vino, intentando no dejar ningún rastro al salir. —Ya está, ¿dónde te gustaría transgredir las leyes de nuestro señor, Yev?
— ¿Por qué demonios no le has desfigurado el rostro?— pregunto con cierta confusión mientras tomaba asiento junto a ella, si a la oji azul le hubiese sucedido lo mismo que a la contraria el chico se encontraría en esos momentos veinte metros bajo tierra — No tengo servilletas pero… Ten— dijo entregándole una hoja en blanco de su cuaderno — Son mas resistentes que el papel higiénico—.
Tendida en el suelo, partió la recién adquirida hoja de papel en dos para enrollarlas y acto seguido, insertó los pedazos en sus fosas nasales. —Gracias, creo que debería ir a la enfermería. —inquirió con tono inseguro, aunque no sentía lo que era precisamente dolor, necesitaba detener la hemorragia. —Y en cuanto a esos de allá, me las pagarán cuando tenga una apariencia menos ridícula.
“Oh, Dios, ¿eso es sangre?” Cuestionó una vez que agachó la mirada con el objetivo de ayudar a la protagonista de la escena que había presenciado segundos atrás. “No he sido yo, pero no te preocupes, no estás sola en esto.” La animó al tiempo que sacaba un pañuelo de su bolsillo con pigmentos rojos y se señalaba después la nariz que estaba segura tendría restos de sangre. “Son el peor equipo del planeta.” Anunció y le tendió la mano para ayudarla a ponerse en pie.
—Y tampoco creo que les sume muchos puntos estrellar su balón en mi cara. —sin mucho cuidado por su herida, pasó el pañuelo sobre las áreas en las que más resaltaba el carmesí una vez que se puso de pie. Sin contar lo contenta que estaba de parecer una asesina serial por la sangre esparcida en sus prendas, la sorpresa logró asustarla. —¿Qué tal me veo, crees que necesite acomodarmela? Para ir de una vez a pedirles otro golpe.
Cuando cayó en cuenta de que la rubia bromeaba ante las ‘posibles golosinas ilícitas’ una sonrisa cruzó sus labios. “¿Drogas? ¿Tragos adulterados? Vamos… por quien me tomas” su entrecejo se unió y negó ligeramente, tratando de llevar aquella situación a lo que era por parte de la rubia; una broma. “¡Dulces legales! Por supuesto, de eso hablaba” buscó en los bolsillos de su chaqueta y sacó dos push-pop, uno de moras y otro de fresa. “Nadie hablaba de drogas, en todo momento me refería a este manjar de los dioses” claramente no era así, pero trataba de ocultar sus palabras debajo de una alfombra inexistente, por lo cual, evidentemente estaba fracasando. “Entonces ¿que dulce perfectamente legal… prefieres?” cuestionó, extendiendo las golosinas hacia su contraria.
—Pasa el de moras. —indicó, sacando una diminuta bolsa de malvaviscos de su mochila. Raro, pero normalmente la llevaba, su madre le enviaba un paquete cada mes y aunque no le encantara el sabor, siempre terminaba comiéndoselos todos.—Eh, mira ésto. —después de abrir la pequeña bolsa de plástico, sacó uno de los mini-bombones de la misma y los lanzó al aire para posteriormente, atraparlo con la boca.
“¿Es esa la imagen que tienes de mi? Esperaba un poco más de confianza por tu parte.” Se quejó, colocando un falso tono solemne tras haber sido dramáticamente ofendido por la rubia emisora. “Sólo me aburría.” Se le ocurrió decir, sin la intención de sonar convincente, aunque por lo menos había dado una respuesta. “¿Y tú? No sabía que eras de las que vienen a rezar a la Virgen María.”
—Así que quemas cosas cuando te aburres. —asintió, dispuesta a dejar el asunto de lado. —Yo no le rezo a ninguna virgen, pero sí que descubrí dónde esconden la llave de la sacristía, y como soy una cleptómana con problemas de alcoholismo vengo por el vino. —dijo en un desinteresado murmuro al mismo tiempo que marchaba hasta la mencionada habitación, y una vez que sacó la llave del típico escondite bajo la alfombra, le soltó en tono desafiante: —¿Te animas a pecar en la casa de Dios o eres gallina?
No solía pasearse por el campus, pero aquella vez era necesario pues intentaba evitar cruzarse con la pavorosa multitud que su horario de clases le obligaba a sustentar. Sin embargo, no goza de la buena suerte que pensaba: era la primera vez que no marchaba con paranoia de ser golpeada por algún deportista deficiente, e irónicamente, eso fue exactamente lo que sucedió. Ni siquiera fue capaz de sortear su suerte antes de que el ovalado objeto se estrellase contra su cara, y para cuando se enteró, ya había aterrizado en el suelo. —Sólo te aviso que tú me vas a pagar la nariz. —se atrevió a bromear antes de soltar un leve quejido por el daño que el puto OVNI había ocasionado en su rostro. Aún con el constante sangrado esparciéndose por todo su semblante, parecía muy relajada, ahí repantigada en el césped con la vista en el plomizo cielo. Lo cierto es que, sólo estaba meditando cómo herir al causante de su transitorio incidente.
Edrick se limitó a escuchar las palabras emitidas por la contraria, frunció los labios y una carcajada inmediata brotó de estos, por alguna extraña razón aquellas palabras le habían resultado un tanto simpáticas. —Lo lamento por tus amigos los espíritus pero definitivamente no pienso levantarme de aquí… —Le comentó con ese tono arrogante, burlón e irritante en su voz que solía emplear ocasionalmente. Era verdad…por lo general siempre se sentaba al lado de sus compañeros del “Club Noir” pero ahora no había tiempo para eso, tan solo quería comer algo y acudir a sus clases para librarse de todas esas obligaciones desgastantes que estaban cayendo sobre sus hombros, literalmente. —¿Qué es lo que haces? —Le preguntó con curiosidad mientras estudiaba los garabatos que hacía la chica sobre las hojas.
Sin referirse a las decisiones de su ahora compañero de mesa, liberó un suspiro que se derivaba de nada más que frustración. Llevaba un par de horas escribiendo un ensayo, un simple ensayo. La tarea en sí no era compleja, algo de la lingüística en la antigüedad, pero estaba algo corta de tiempo y eso lograba tenerla nerviosa. —Nada importante, sólo le escribo una carta a mi novio Satanás. —musitó con una entretenida sonrisa sarcástica, deslizando la libreta en dirección al varón. —¿Podrías leerla y asistirme con una bonita opinión? Ya sabes, si se ve apropiado y eso. —ya no le faltaba mucho para terminar, y ya que su proyecto estaba escrito en cristiano, era probable que el muchacho lograse entender lo que documentaba en su tarea.
Al escuchar una voz dirigiéndose a él, Ethan alzó la mirada y enfocó con sus ojos azules a la rubia frente a él, ladeando la cabeza fingiendo no entender de lo que hablaba. “¿Disculpa?” Cuestionó, no era el mejor actor pero vaya que le estaba saliendo bien hacerle al tonto con ella. “No se de que hablas, no he abierto la boca en un buen rato hasta ahora” Una sonrisa apareció en sus labios, inocente y falsa, con ciertos toques burlones. “Debes de estar alucinando”
—Oh, ya. —inquirió musitando. Encontró interesante su comportamiento, por lo que decidió seguirle el juego en un tono lo suficientemente obvio. —Disculpa, no he estado tomando mis pastillas. Es que, las voces en mi cabeza me piden que no lo haga. —dijo, dándose un leve golpecito con la ayuda de sus dedos índice y medio. Antes de que el ente masculino intentase por lo menos agregar algún comentario, se sentó en un movimiento súbito frente al mismo, permaneciendo en una modalidad a lo indio.
Al escuchar las palabras de la rubia sus cejas se elevaron con ligera sorpresa, y una tenue sonrisa cruzó sus labios. “Cuando mencioné los dulces lo hice de una manera más… inocente” comentó, posando la mirada por algunos segundos en la punta de sus zapatos. Relamió sus labios y volvió su mirada hacía su contraria. “Pero tampoco tengo ningún problema para conseguir e ingerir ese tipo de… caramelos, menos si es en buena compañía. ¿Te interesa?”
—Pfft. —soltó, realizando una mueca divertida. Aunque la fémina se hallaba levemente avergonzada por el propio humor tan pavoroso que sostenía, logró exponer una jovial risita. —¿Acabas de invitarme a ingerir drogas? Interesante, seguro que a la siguiente vamos por una copa de alcohol adulterado. —llevó una mano a sus rizos áureos, aún meditando si debía confesarle que era una broma. —No, mejor invítame unos de esos dulces legales de los que probablemente sabes tanto.