Último poema de Rilke

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@hadapatricia
Último poema de Rilke
Que lástima que el inglés sea el idioma Universal cuando en español sabemos la diferencia en amar y querer, anhelar, soñar, desear, necesitar. Ser y estar
@aranxa
Comparto esta reflexión de mi mayor vivencia ricotera y me gustaría recibir opiniones, y también, si les parece, compartirla:
El “pogo más grande del mundo”, o el mayor orgasmo del rock
Hay canciones que se escuchan. Hay canciones que se cantan. Y hay canciones que se introducen físicamente, como si en lugar de entrar por el oído entraran por el sistema nervioso. “Ji ji ji” pertenece a esa última especie. No es solamente un clásico de nuestro rock, ni el momento culminante de un recital del Indio o de Los Redondos en la memoria popular. Es otra cosa: una máquina de acumulación y descarga. Un mecanismo de tensión corporal que encuentra en el pogo su forma visible, y en el orgasmo su analogía más precisa.
Decirlo así puede sonar excesivo, provocador o directamente irreverente. Pero es que no encuentro comparación más justa. Porque lo que ocurre cuando suena “Ji ji ji” no responde solo a una lógica musical o cultural. Responde también a una lógica biológica. La canción avanza como avanzan ciertos procesos del cuerpo: con un crecimiento sordo, una promesa de desborde, una intensidad que no se libera de inmediato, sino que se dosifica, se demora, se prepara. Lo central no es el estallido. Lo central es la espera del estallido. Ahí radica su potencia.
El mito del llamado “mayor pogo del mundo” suele contarse en términos de cantidad: miles y miles de cuerpos saltando, chocando, empujándose, convertidos en una masa vibrante. Pero tal vez la grandeza del pogo no consista tanto en su tamaño como en su sincronización. No es solo mucha gente moviéndose. Es mucha gente sabiendo que algo va a pasar al mismo tiempo. Y esa conciencia compartida transforma un recital en un ritual.
Con “Ji ji ji” ocurre exactamente eso. La canción no irrumpe como un golpe aislado: prepara. Va construyendo una zona de inminencia. La banda golpea los acordes con una insistencia que no descarga, sino que aprieta. El pulso no alivia: comprime. Cada repetición no resuelve nada, apenas empuja un poco más hacia el borde.
Yo lo viví en persona en una de las “misas” más multitudinarias. Como músico medí en ese corte de instrumentos a mitad de la canción, (la transición desde una redonda hasta las corcheas furiosas del borde del climax) como la antesala del orgasmo. El público, aunque no teoriza esa subdivisión del tiempo, conoce el recorrido, entra entonces en un estado muy particular: no se abandona del todo, todavía no. Se contiene. Se junta. Se afirma en la anticipación. Como si miles de cuerpos respiraran con un mismo tórax.
En ese punto la analogía con el orgasmo deja de ser un capricho verbal y empieza a volverse casi exacta. Porque el orgasmo no es simplemente un pico de placer: es una curva. Hay un ascenso, una acumulación, una preparación muscular y nerviosa. El cuerpo sabe antes que la conciencia. Algo se ordena hacia el clímax. Algo se concentra.
El deseo no explota de entrada; necesita una arquitectura de la demora. Y “Ji ji ji” trabaja de ese modo: no entrega, administra la tensión; no resuelve, no satisface: promete.
Lo extraordinario de esa dinámica es que, mientras en el terreno íntimo suele ser individual o de a dos, en el recital se vuelve colectiva. De pronto el estadio entero entra en una lógica de excitación compartida. La masa no es caótica: está organizada por el deseo de llegar junta a un mismo lugar. Banda y público quedan enlazados en una forma de conocimiento mutuo. Los músicos saben lo que están provocando. La gente sabe lo que está por recibir. Nadie ignora el pacto. Nadie está ahí por sorpresa. La comunión no se produce a pesar de la previsibilidad, sino gracias a ella.
Eso vuelve a “Ji ji ji” una experiencia rara dentro del rock: no solo convoca euforia, sino que organiza una espera sensual de la euforia. Todo en la canción parece orientado a ese momento en que el tiempo se comprime. La banda acelera la percepción, estrecha el espacio entre golpe y golpe, densifica la respiración del tema. El oído empieza a recibir menos aire. El cuerpo, también. El corazón se adapta. Las piernas se preparan. El campo entero entra en una fase previa al descontrol, pero todavía no se entrega. Y justamente por eso la entrega posterior será más brutal.
Cuando finalmente llega el estallido, el pogo ya no parece un baile ni una reacción. Parece una descarga. Como si la canción hubiera trabajado durante minutos para producir una sola cosa: la abolición momentánea de la frontera entre los cuerpos. Ahí reside la dimensión orgásmica del fenómeno. No en una metáfora superficial de placer, sino en una coincidencia estructural: tensión, incremento, aceleración, clímax, desborde. El estadio entero alcanza un punto máximo de intensidad y se libera de golpe. Ya no hay “ricoteros” saltando, sino una convulsión colectiva. Un temblor. Una pérdida de forma.
Por eso el pogo de “Ji ji ji” es mucho más que una postal de nuestro rock. Es una escena donde puede leerse algo profundo sobre los cuerpos en comunidad. Durante unos minutos, cientos de miles de personas aceptan entrar en una misma frecuencia, someterse a una misma progresión, dejarse llevar hacia un mismo pico. En una época marcada por la fragmentación, por el individualismo y la distancia, esa imagen conserva una fuerza casi primitiva: la de una multitud que no solo escucha la misma canción, sino que culmina junta.
Y tal vez ahí esté la explicación más fértil de su permanencia. No recordamos solamente el tema. Recordamos lo que el tema hace. La memoria de “Ji ji ji” no es puramente melódica: es muscular. Está en las piernas, en el pecho, en la garganta, en la manera en que el aire parecía faltar y sobrar al mismo tiempo. Está en ese segundo previo al estallido en que cada uno sabía que iba a perder algo de sí para mezclarse con los demás. El verdadero mito no es el volumen del pogo, sino esa posibilidad —cada vez más rara— de una entrega colectiva total.
Llamarlo “el mayor orgasmo del rock” no sería, entonces, una provocación fácil. Sería una descripción bastante precisa. Porque lo que ahí ocurre no es solo entusiasmo ni fervor ni descontrol. Es una forma de clímax compartido, de descarga sincronizada, de placer llevado hasta el límite de la resistencia física. El rock, en su versión más alta, siempre tuvo algo de eso: una promesa de desborde, una ceremonia de la intensidad, una salida momentánea de la forma civilizada del cuerpo. Pero pocas veces esa promesa encontró una traducción tan perfecta como en “Ji ji ji”.
Hay canciones que representan una época. Otras, una estética. Esta representa un mecanismo más profundo: el instante en que una multitud deja de ser multitud para convertirse en una sola criatura temblando. Un solo animal excitado. Un solo cuerpo a punto de romperse de felicidad, de placer, de violencia, de música.
Y cuando al fin se rompe, lo que estalla no es solo el estadio. Estalla una verdad del cuerpo. Estalla una verdad del rock. Estalla, durante unos segundos, la ilusión imposible de que miles de personas pueden tocar el mismo cielo al mismo tiempo.
Alejando Alejandro Dinamarca
Última carta del Indio
"Cuando ya abandone mi nombre
A merced de miserables, ¡ay, ay!
Tal será mi vergüenza
Que enviaré mi fantasma a librarme de ellos
Con pinturas de guerra
Volveré a dar batalla
Si la adversidad triunfa
Dolerá porque fui feliz
Fuimos tan graciosos
Y también tan valientes, que aún reímos..."
Gracias eternas, Indio. ❤️
Gracias por siempre Indio
"Soy flaco y más bien feo. En cuanto a mi salud, ni un boticario hijo de médico y casado con partera la tiene peor. Tengo un lote de enfermedades, pero creo que con una me bastará al fin. No las combato porque no sé cuál es la que necesitaré mi último día, día que espero será muy concurrido y en el cual todo el mundo descubrirá, con un talento que siempre disimularon, que yo era buena persona (como lo proclamaba en vano)".
Macedonio Fernández
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(Continuación de la nada, frag.)
Tenía mil cosas para decirle, pero me las tragué... no sé si porque no se merece que se las diga o porque no se merece que yo las sienta".
José Luis Borges
Para escribir tengo que instalarme en el vacío
Clarice Lispector
"Los grandes nos parecen grandes porque estamos de rodillas. Levantémonos".
Dos días antes de la toma de la Bastilla, 1789.
Jan Saudek.
VERANO (NATSU)
Soy huérfano.
Parezco una luciérnaga
que no da luz.
Kobayashi Issa (1763-1827)
“The high luxury of not having to explain…”
— Virginia Woolf, from a diary entry (via liebesfraulein)
Seamos fuego en el cielo
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Zucchero