Si te pones a pensar la rivalidad que crea el mundo, podrías entender a la perfección como es que llegue a estar dentro de una. Asistir a una academia de baile es un poco común en donde vivo, cualquiera puede poner una academia, conseguir un título y enseñar sin saber nada. Eso, en mi ciudad es tan común.
Existían tantas academias de baile, existían tantas personas que ponían en sus perfiles “bailarines”, si… está bien cualquiera puede ser bailarín, pero pocos eran lo que no presumían de serlo, cualquiera podía tener una academia, pocos tenían una verdadera historia en ella. Y lo que asistíamos a estas academias sabíamos lo que realmente exigía formar parte de ellas.
La academia a la que asistía era la más antigua de mi ciudad y todo el norte del país, era una academia la cual pocos terminaban de cursar sus años, entraban 200 alumnos por ficha al comenzar el año, solo 25 eran lo que sobrevivían a la mitad, y 10 lo que terminaban de cruzar. Esta academia creaba bailarines reconocidos, creaba a amantes del baile y no a simples perfiles con descripciones falsas. Creaba a artistas y yo tenía el honor de asistir a ella. Para mí era un privilegio estar ahí. Para mí, era un honor ser hija del fundador de esta academia
La segunda academia real con historia en mi ciudad era dirigida por el amigo de mi padre, un profesor tradicionalista con las danzas y eso era lo que destacaba aquí. Sus presentaciones tradicionales, era el mejor en lo que hacía. Y siempre que él necesitaba ayuda de mi padre fusionábamos las academias, no había rivalidad entre nosotros, éramos todos buenos amigos y amantes del baile. Realmente éramos una enorme familia que se apoyaba.
El hijo del amigo de mi padre era el mejor bailarín tradicional que había conocido en mi carrera de bailarina, con sus 19 años demostraba lo que era tener pasión y amor por lo que hacía, era perfecto. Cualquier chica podía enamorarse de un chico como él, era simpático, atractivo, perfeccionista y lo mejor de todo, era bailarín.
Hace dos años cuando yo tenía 15 y él 17, nos dimos cuenta que habíamos cambiado, las miradas ya no eran las mismas, aquellos apretones de hombros que nos dábamos antes de subir al escenario ya no eran solo muestras de apoyo, tenían otro significado. De un día a otro esos apretones se convirtieron en caricias, aquellas muecas diciendo “suerte” antes de que se abra el telón comenzaron a decir otras palabras. Él comenzó a hacer otras cosas, las cual en ese momento no entendía que significaban. Solo era una niña de 15 años que siempre estaba protegida por los brazos del padre, la cual nunca había tenido contacto con ningún otro chico que no fueran los abrazos de los hermanos. Nunca nadie antes me había mirado como él lo hacía, todo era nuevo para mí. El tratar de entender sus abrazos furtivos me tomo días, y esos días se convirtieron en semanas, no podía entender que significaban sus abrazos cuando yo estaba de espaladas, cuando me susurraba “suerte” tras mi oído y depositaba un suave beso en mi hombro, no podía entender y eso es lo que le molesto.
Me dijo que tenía que empezar a madurar, que tenía que empezar a actuar como una chica de mi edad, no podía seguir comportándome como una niña que colecciona bailarinas musicales. Le di la razón, le pedí que me enseñara, le dije que me demostrara lo que una chica de mi edad haría. Y cómo la niña estúpida que era le explique que no entendía él porque de su comportamiento, quería saber si él estaba bien, si necesitaba algo. Se rio de mí, en el buen sentido, y me aprisiono contra lo que él supuso sería una pared, pero tal sorpresa se llevó cuando al apoyarnos la bambalina se fue con nosotros al suelo. Ese día no pasó nada más, solo un abrazo y una petición de silencio. Y lo agradecí, agradecí que el tomara el tiempo conmigo, agradecí que me entendiera y esperara.
Cada espectáculo que nos tocaba compartir como bailarines, ahí estábamos apoyándonos mutuamente, a cada espera de un baile él estaba junto a mí, tomando mi mano o mi cintura, besando mi hombro o mi mejilla. Esas simples presentaciones, él las convertía en la mayor travesura de mi vida. Esos furtivos besos hacían que su baile fuera el mejor de todos. Mis padres sospechaban, los de él también, pero no nos importó, a mi realmente no me importaba, su madre me conocía desde siempre y lo mismo pasaba con él. Éramos muy unidos desde pequeños, parecía que era de esperarse que termináramos juntos.
El error fue cuando sus abrazos comenzaron a mover algo dentro de mí, cuando me gustaba que sus manos tomaran las mías mientras bailábamos, cuando aquellas caricias en mi hombro no eran suficientes.
Recuerdo que en la competencia de finalización de año habíamos quedado en vernos, él decía tenerme una sorpresa y que lo buscara cuando terminara de bailar ya que mi academia era la encargada de abrir aquella competencia. Me sentía vacía al bailar y no haber recibido su típico abrazo antes de subir al escenario pero lo mismo lo hice, repitiendo en mi cabeza que bailar era lo que más amaba en el mundo, tratando de concentrarme en no fallarle a mis compañeros y mucho menos manchar el nombre de la academia.
Al terminar la presentación lo busqué por todos lados hasta que lo vi de espaldas a mí, había sido yo quien se acercó a él por detrás, abrazo su cintura y apoyo su mejilla en su hombro, me había parado en puntas para poder hacerlo ya que era más bajita que él. Sus dedos envolvieron lo míos mientras sentía su espalda vibrar con su risa. Pero… esa risa no era la que esperaba escuchar, esa risa no era de adoración o sorpresa, fue una risa nerviosa, una risa forzada y mal actuada. Fue ahí cuando me separe y vi que estaba hablando con una chica, una chica la cual sabía que odiaba, una chica de la academia que odiaba la suya y a la mía. Pero estaba ahí, y el no hacer nada para detenerme cuando comencé a retroceder fue lo que me indico que ya era la hora de terminar algo que nunca había empezado. Era la hora de dejarlo, y recuerdo que con un nudo en la garganta me despedí de los dos sin decir nada, él no me detuvo y ella se rio.
Ese día mi academia había sacado el primer puesto en todos los rubros, hasta le habíamos quitado el premio de tradicionalista a su academia. Su academia se llevó el segundo lugar en algunos rubros y la academia de la chica la cual odiaba habían sacado el tercer y cuarto premio.
Pasados los meses ya lo había olvidado por completo, sinceramente ya no me importaba, lo había tomado como una enseñanza, y todo lo que él me enseño lo ponía en práctica, las sonrisas que algunos chicos me daban ya sabía leerlas y las miradas de otros ya podía comprenderlas. A pesar de que había pasado poco tiempo ya no era una niña de 15 años, había cambiado gracias a él. No hubo rencor con el chico de la academia amiga, cuando nos veíamos siempre nos saludábamos y antes de bailar si nos tocaba compartir estar tras bambalinas hablábamos de diferentes temas, podíamos hablar sin ataduras. Volvíamos a ser los amigos de antes.
Pero había algo… había algo que me molestaba, tras bambalinas sentía que alguien me miraba. Siempre busque al responsable, pero me resultaba imposible ya que había decenas de personas esperando su turno para subir, pero de algo estaba segura, cuando se juntaban más de tres academias podía sentirla, podía sentir como alguien clavaba sus ojos en mí. Busque aquellos ojos, pero nunca los encontré.
Pero sabia algo, estaban ahí…