“Todos sueñan con volver algún día, pero dicen que no pueden tener dos heridas, la de haber dejado a su pueblo cuando eran jóvenes y la de dejar esta tierra que los abordó y en las que se quedaron por tanto tiempo".
Luego de toda una travesía, consecuencia de una promesa, tome algunas semanas para empezar a redactar este texto, es muy complejo por el hecho de que trata de sentimientos encontrados, la historia de una joven que dejó su pueblo natal por diferentes situaciones, no fue su culpa nacer en ese lugar tan vulnerable de una patria llamada Colombia.
De pequeño, siempre tenía curiosidad de saber la razón de ser diferente, era simplemente un niño que se cuestionaba su color de piel y su peculiar acento, una mezcla entre el costeño y lo que queda de aquellos sonidos de la llanura colombiana. En mi búsqueda de respuestas a estos interrogantes, escucho decir que mi abuela es “llanera” y por mi mente pasó una vez más: “¿Qué es ser llanero?” justo en ese preciso momento la curiosidad se convirtió en interés cultural.
Los Llanos Orientales, también conocidos como la Región de la Orinoquía de Colombia, conformados por cuatro departamentos, Arauca, Casanare, Meta y Vichada, en su momento eran para mi otro mundo o para explicarlo de forma más sencilla, otro país, pero créanme, la diversidad cultural de Colombia es verdaderamente impresionante.
He escuchado la historia de mi abuela un sin número de veces, de hecho, soy yo quién siempre la pregunta, pues no me canso de admirarla, navego en un mar de aventuras cuando la escucho contar como a sus quince años de vida, dejó su pueblo, el fascinante municipio de Tame, en el departamento de Arauca, y con su miedo a los aviones, hizo paradas en diferentes puntos al interior del país, hasta llegar a la Costa Caribe Colombiana. Considero que esa es la principal razón de nombrar este texto así, de los Llanos a la Costa.
Retomando mis ideas, me gustaría contarles que desde la niñez, hasta la fecha, y ahora más que nunca me atrevo a decir, ese interés cultural se ha mantenido intacto en mi, se ha refrescado con música llanera, esa colección de sonidos con influencias españolas e indígenas, hechos por el canto campesino, un cuatro, maracas y arpa, que escuchábamos en la radio y un día inspirado en varios de esos versos, decidí tomar su historia como mi historia, sin embargo, sentía que debía hacer algo más, habían impulsos dentro de mi, no lo entendía muy bien, hasta que descubrí que lo quería era regresar, se lo prometí a ella y me lo prometí a mi mismo.
Empezar aquella aventura, no fue sencillo del todo, muchas personas consideraban que yo estaba loco y que habían altas probabilidades de no volver con vida, la obra de los medios de comunicación en este país. Sin embargo, cada vez que por algún factor interno o externo, había una razón para cancelar esta aventura, había otra más para retomarla y luego de algunas cuantas horas de viaje, ya estaba ahí, ¡No lo podía creer! Con lagrimas en los ojos, estaba en la terminal de mi tierra ancestral preparado para empezar nuevas andanzas, la conexión era mágica, sentía que había estado ahí, sentía que pertenecía ahí.
Los días iban pasando, me encontraba ante lugares nuevos cada día, encontraba a personas que debían estar ahí, justo en ese momento, disfrute de la gastronomía como nunca, celebré las fiestas del pueblo, y pude conocer a Walter Silva, mi cantante favorito de música llanera, en parte una de sus canciones fue la que alimentó el deseo de querer estar ahí algún día.
No dejaba de pensar en lo criollo, caballos, sombreros y alpargatas, pero más que nada no dejaba de tener esa sensación de estar satisfecho, de cumplir con una promesa. Luego de todo eso y de escuchar historias de familia, nunca me había sentido tan orgulloso por mis raíces llaneras, pensaba en mi abuela, en que a lo mejor estaba pisando los mismos lugares que ella pisó, como escuche en una canción “herede su alma llanera y por eso soy feliz” y lo que se hereda, no se hurta. Estar todo ese tiempo perdido en la llanura, es sin duda uno de los mejores acontecimientos de mi vida, fue una toda una re-conexión con lo que soy y con lo que me formó. Debo confesar que para mi ahora el llano también significa humildad, y fue una de las cosas que más me tomo trabajo de aprender.
Valió la pena cada momento de deseo, cada noche de desvelo por la ansiedad de estar ahí, en Tame, de ir al caño Gualabao, donde mi abuela aprendió a lavar ropa. Sin duda alguna, fue mejor de lo que esperaba, los Llanos Orientales es una de las regiones más culturales de Colombia, la cual espero que puedas llegar a conocer, no es como los medios la muestran, tienes que verla con tus propias ojos.
Me costó demasiado volver, casi que no lo quería hacer, pero al llegar solo quería hablar con mi emigrante favorita, quien hoy en día casi que desconoce su pueblo por completo, ahora hay más carreteras y menos campos, más motos, menos caballos, las personas visten de forma diferente, en ella y en mi queda esa nostalgia de que pertenecemos a otro lugar. Aunque suene a cliché, soy toda una nueva persona.
Con amor para Otilia Alvarado,
mi abuela materna.