El Señor del Tapiz (Parte III)
Estaba desbordado de felicidad. Tenía, a lo mucho, apenas 23; quizá mucho menos, no mucho más.
Su novia (el amor de su vida) le había dicho que tendía un hijo suyo. Él no ganaba demasiado dinero; de hecho, el padre de la muchacha no lo quería.
El Señor del Tapiz tenía un problema con el alcohol desde entonces, aunque no tan grave como lo es ahora. Si estaba feliz, había que celebrar. Tendría un hijo con el amor de su vida; no cabía dentro de sí... tampoco puedo culparlo ahí.
Pero había un muy grave problema. Como el padre de su novia lo detestaba, tenía que ser extremadamente discreto. De hecho, ya estaba pactado que debían irse, huir de la ciudad. Ella misma lo había propuesto.
Y se lo advirtió: "tendré a tu hijo, me casaré contigo; nos iremos lejos, pero hay una condición: no puedes decirle a nadie. Si lo haces, no volverás a verme ni a saber de mí".
Entendí que la familia de ella tenía un cierto estatus particular en la ciudad (en aquéllos entonces). El Señor del Tapiz estaba en un bar, rodeado de las personas de siempre. Él estaba feliz; era demasiado tentador hablar.
Y lo hizo. No terminó de decir el último fragmento de la promesa de silencio que pedía de sus interlocutores, cuando llegó un auto — o una camioneta, o varias — y comenzó a perseguirlo a mano armada.
Huyó, se escondió; sobrevivió, pero lo perdió todo.
Le pregunté por qué no la buscó, por qué no le rogó y le pidió perdón; por qué no intentó de mil maneras explicarle la situación, implorarle una oportunidad más; hacerla entender que cometió un error, que las cervezas y el amor le habían soltado la lengua, y el pecho, y la boca, y las defensas.
Su cara. Entendí perfecto.
Él dijo "ella es una mujer de una sola palabra". No pudo darmé más explicación, pero sabía exactamente a lo que se refería. Ese tipo de personas definitivas; seres probablemente extraterrestres que tienen una voluntad sólida, férrea, que no temen ni se detienen ante nada para establecer su voluntad, y jamás soltarla.
Ella — supo él después; y la encontró en un perfil, de hecho — tuvo a su hija. La crió, le dió a un buen hombre como figura de padre. La formó como una mujer feliz que ahora tiene una familia funcional, ejemplar.
Intenté nuevamente preguntar: si tiene su perfil, ¿por qué no la contacta? — tal vez su madre no, pero ella es su hija. ¿Qué tal si ella le recibiría?, ¿qué tal si lo buscaría si supiera que lo encontraría?
También esto lo negó. El dijo preferir que no se perturbara, que la veía contenta, que la veía bien; que nunca le faltó un padre, tal vez uno mejor de lo que él mismo pudo haber sido. Que ya no tenía caso.
Que ahora bebe diario; que gasta trescientos pesos diarios en cigarros y en cerveza; que no siempre tiene para comer, que no siempre le importa. Que mientras no le falten los cigarros, nada más le falta.
Que no bebe agua; que toma cerveza o ninguna otra cosa. Que no tiene un horario, que no tiene un empleo como tal; que trabaja a la hora que quiere; que no guarda dinero para sí, que todo lo regala a otra gente.
Que su madre, de niño, le dijo que él había venido a esta Tierra a servir a los demás. Que él no se queda con nada.
Que reparte lo que gana; que ayuda, que no necesita que se lo pidan.
Pero él no tiene nada. No come, no se alimenta correctamente. No duerme, no descansa.
El asco me embriagó mucho más que las cervezas que tomaba. Prometí volver, que sólo iría y regresaría rápido, que iba a la casa; pero no regresé.
Le había dado mi número; él me llamó, pero no contesté. Y sé que entendió. También me dijo que esa era la dinámica: que él servía, que lo usaban; y que cuando dejaban de tener necesidad, lo olvidaban.
No podía con mi alma. Me encerré en mi cuarto; desde la ventana lo escuché irse.
No paraba de pensar: podría terminar como él. Nada me impide terminar como él.











