Fuiste intenso, crudo, agotador.
De esos que no se presumen, pero se recuerdan toda la vida.
Me rompí en silencio muchas veces.
Aprendí a sostenerme cuando no había nadie más.
Cargué responsabilidades nuevas, miedos que no conocía, decisiones que no admitían pausa.
Hubo días en los que solo sobreviví.
Y otros —pocos, pero reales— en los que volví a sentirme viva.
No como antes, sino distinta.
Este año me enseñó que ser fuerte no siempre es gritarlo,
que amar también es soltar,
y que crecer duele, pero quedarse duele más.
Me voy de ti sin certezas absolutas,
pero con algo que antes no tenía:
No cierro este año con todo resuelto,
lo cierro con el corazón lleno de cicatrices que ya no sangran,
con sueños que siguen ahí, esperando su momento,
y con una versión de mí que, aunque rota en partes,
es más honesta que nunca.
Gracias por lo que me diste.
Gracias también por lo que me quitaste.
No te prometo perfección.
Pero sí verdad. Al menos, lo voy a intentar.