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Doscientas palabras para amarte º º º Quiero, voy, espera, tiempo, luego, sí, pasa, toma, dame, vamos, no, mira, decide, pregunta, calla, olvida, perdona, cede, da, ama, pide, exige, concede, tolera, acepta, admite, aventura, traspasa, limita, comunica, capitula, flaquea, desiste, pacta, doblega, ofrece, recibe, presta, quita, insinúa, seduce, entrega, mitiga, proyecta, termina, vente, observa, estipula, ajusta, trata, exime, compadece, juega, retoza, enreda, manipula, arrulla, coquetea, divierte, corre, duerme, abraza, cohabita, besa, compromete, resuelve, disipa, malgasta, pierde, gana, convida, sirve, impulsa, influye, soporta, apremia, persigue, excita, rechaza, calma, revuelve, incita, revoluciona, vivifica, involucra, relega, advierte, condiciona, aparta, viaja, desvía, aporta, desecha, crea, inventa, disimula, amenaza, prescinde, posterga, conforta, refuerza, estimula, gana, pierde, aprovecha, genera, construye, incendia, enfría, desalienta, arde, cruza, evita, pelea, concilia, inspira, señala, impresiona, impacta, percibe, cuida, responde, intenta, sugiere, aconseja, calla, ordena, sobrecoge, coge, perturba, inquieta, trastorna, estabiliza, compensa, afianza, asegura, apuntala, renuncia, sacrifica, nivela, prueba, deleita, enloquece, admira, ensucia, reconoce, vence, domina, descontrola, evita, molesta, altera, logra, consigue, especula, beneficia, envuelve, cobija, apapacha, honra, celebra, atrae, cosecha, disfruta, elimina, enaltece, dignifica, realza, comparte, considera, respeta, aprecia, atiende, descarta, busca, encuentra, engrandece, agranda, promueve, crece, desarrolla, aplaude, intuye, adivina, adelanta, conoce, ignora, acaricia, toca, roza, suaviza, mima, halaga, palpa, camina, canta, baila y ama… ama. º º º
Jugamos º º º ¿Quieres que juguemos de nuevo a las preguntas con las que examinas mi conciencia -preguntó- o nos dejamos ir en la turbulencia de la tele, las noticias, la violencia y la impunidad? Como tú quieras… porque finalmente, ¿crees que habrá un día en el que mis fragmentos se junten y no me sienta flotando en un mundo donde nuestras orillas apenas si se toquen? ¿Piensas que llegará por fin el momento de despertar a esta realidad apabullante que nos mantiene en aparente quietud, desfallecidos y en apatía? ¿Podremos alcanzar con vigor esa alma nuestra que por pereza se nos escapó hace tiempo y mantiene nuestros cuerpos danzantes y vacíos? En definitiva estaba dormido; cuando se dio cuenta ya había entrado en el juego. º º º
4 Años! Gracias por acompañarnos!
Venía corriendo º º º Soy como Octavio Paz…, más bien diría: “somos Octavio Paz” y como él “difícilmente, avanzando milímetros por año, me hago un camino entre la roca. Desde hace milenios mis dientes se gastan y mis uñas se rompen para llegar allá, al otro lado, a la luz y el aire libre. Y ahora que mis manos sangran y mis dientes tiemblan, inseguros, en una cavidad rajada por la sed y el polvo, me detengo y contemplo mi obra: he pasado la segunda parte de mi vida rompiendo las piedras, perforando las murallas, taladrando las puertas y apartando los obstáculos que interpuse entre la luz y yo, durante la primera parte de mi vida”. Si, en definitiva creo que todos somos Paz. º º º
Pasión en color º º º Cada vez que él evocaba sus sentimientos más íntimos e irresistibles, ella pensaba en rojo. º º º
Me enamoraste a base de mentiras º º º Conseguí al fin salir de mi agujero; sólo ahí me sentía inequívoca e invisible, pero una esquina de su boca cambió mi lugar en el mundo y me atreví a abandonar mi venerado encierro. A veces me faltaba el aliento mientras gustoso él lo buscaba en nuevos aires. Entre temerosa y expectante, cuando sabía que no me veía, preguntaba sigilosa a quien pasaba enfrente: - Disculpe ¿sabe usted dónde queda la vida? Debo confesar que las respuestas me desanimaban; casi siempre eran las mismas: -Lamento no poder ayudarle, no soy de aquí. Me parecía tan increíble no encontrar soluciones sensatas a lo que suponía sencillo, que empecé a jugar a la vida enseñándole a contar mentiras, hasta que un día, sin darnos cuenta, olvidamos cuál era nuestra verdad… Sólo sabíamos que nos queríamos tanto a ratos, que dolía todo el tiempo y de amarnos así, nos convertimos en la tortuga y el caracol condenados a dormir en casas separadas. Para mitigar un poco el sufrimiento lo invité a imaginar una nueva mentira: –Mira, vamos a plantearlo de este modo: yo reconoceré que quiero que te quedes, y tú fingirás que siempre vas a estar. º º º
Libros, libros y más libros º º º Sentía llevar a cuestas Cien años de soledad, cubierta tan sólo por La sombra del viento. Ángeles y demonios se apoderaban de mí y La guerra y la paz que experimentaba no me hacían experimentar Grandes esperanzas. Escondida en El laberinto de la soledad jugaba en mi Casa de muñecas, poniéndome El perfume que sólo mi abuelo y yo conocíamos. Él se lo había regalado a mi abuela movido por su gran devoción, aunque estaba cierto de que lo que ella padecía no era más que la Crónica de una muerte anunciada. Desde que habían tenido que abandonar La casa de los espíritus, como ellos llamaban amorosamente a su hogar, ambos se decían Los Miserables, pues el tiempo les había arrancado su amado Tambor de hojalata y no pudieron despedirse tampoco de su Planta de naranja lima. Con orgullo y prejucio, mis abuelos Fausto y Lolita, no se atrevían a confesarse uno al otro La insoportable levedad del ser; vivían en una Tregua continua con la Vida, viendo desde su ventana a las Mujeres que corren con lobos, pero esperando ya sin fe La consagración de la primavera. Su vida entera se había convertido en un Crimen y castigo, viviendo ambos como un Lobo estepario y sólo permitiendo la visita poco frecuente de La tía Julia y el escribidor con quienes se atrevían la diversión de jugar Rayuela y eso únicamente porque los dos, después de su gran Rebelión en la granja, habían sufrido tal Metamorfosis, que de ser Los grandes pilares de la Tierra se percibían con desprecio y sólo se dejaban ver ocasionalmente por El señor de las moscas a quien consideraban despreciable y poco amenazante. Un día como tantos otros recibieron la visita inesperada y poco grata de Madame Bovary que con aires de grandeza les regaló su libro más preciado. Había tenido el miramiento de esconder el título tras un forro viejo de papel para que no le rechazaran su obsequio, pues estaba segura que no lo querrían leer de conocer el autor. Sin muchas palabras entre ellos dejó el desgastado libro bajo la lámpara de la sala y salió corriendo sin dar explicación. Cuando por la noche se sentaron a leer, él se encargó de arrancar el trozo de papel que ocultaba el autor y sorprendido dijo en voz alta: El día que Nietzsche lloró. Los dos se levantaron a abrazarse y con el llanto que los unió en ese momento se dieron cuenta que jamás habían llorado la dolorosa muerte de su Principito. Ese día, el regalo de Madame Bovary se convirtió en su Divina Comedia. º º º
Bóveda Celeste º º º La cabeza me explotó; todo empezó a dar vueltas aparentemente sin sentido y cada vez que lograba detenerme para no caer al suelo, una mancha celeste envolvía mis ojos y se apoderaba totalmente de mi vista. Me sentí confundida; no sabía si me mente se empeñaba en hacerme creer que lo que veía era real o si provenía de ese espacio interior que se proyectaba fuera, en el afán de poder ser captado por mis ojos. Me detenía de lo cercano, pues de no hacerlo, la certeza de caer al suelo me hacía entrar en pánico. Pero, ¿cómo detener aquello que al mismo tiempo me inundaba de gozo? Después de varios intentos, encontré la manera de contener mi angustia y pude sentarme en el piso hasta lograr soltar mi cuerpo boca arriba y entregar mi peso en la alfombra que de pronto me cobijó, convirtiéndose en el gran contenedor que me sostenía y me permitía, ya sin dificultad, abrir completamente los ojos y gozar del espectáculo que ocurría ante mi propio asombro. Las formas, en un principio celestes, cobraron vida y tomando prestados los colores del arcoiris se transformaron en manchones policromados, que se matizaban de acuerdo a mis emociones. De pronto el miedo era verde, cuando mi mente rígida intentaba obligarme a pintarlo de negro; el rojo, asociado siempre con la rabia o la pasión, me envolvía de tristeza al tiempo que el blanco despertaba sensaciones eróticas desconocidas que me hacían desear que todo a mi alrededor permaneciera pintado de ese candoroso matiz que embelesaba mis sentidos. Al presentarse el amarillo, mi reflejo instantáneo fue de protegerme de la muerte, mientras que la gama de los rosas me generaba indignación y desconfianza. Todo el espectro de pigmentos y tinturas me fue envolviendo de divinidad y lo sagrado, expresado en mi cuerpo, se conectó con la bóveda celeste hasta transmutarme cubierta en una envoltura magenta. Alguien etéreo me dio una pátina tornasolada, y pidiéndome al oído un permiso sutil, “me llevó” a recorrer el universo en el que estuve cierta de que todo lo que vi, era la realidad provocada por la conexión de mi mente, mi cuerpo y mi espíritu. Mis Maestros finalmente se habían hecho presentes. º º º
Aromas de aquí y de allá
º º º
Él tenía especial inclinación por los lugares pequeños, en donde el café se tiñe más del aroma de lo humano, que del grano mismo de la cafeína y el caracolillo. Las multitudes le agobiaban y el bullicio de voces, todas hablando al mismo tiempo, lo ponían fuera de sí. ¿Cómo se las ingeniaba para dar con aquellos lugares perdidos en las calles, en los que apenas cabíamos los dos? No lo sé, pero ciertamente para mí también era un gran placer sentir el roce de sus rodillas en mi cuerpo, ya estuviera de pie o sentada frente a él saboreando nuestro expresso doble aderezado con las silenciosas palabras que intercambiábamos entre sorbo y sorbo.
Era nuestra complicidad matinal. Salíamos de casa con el tiempo exacto para encontrarnos en la puerta de Los Arcos a las 8 en punto y cincuenta minutos después con un beso fortuito sellábamos el pacto de repetir el ritual de encontrarnos al día siguiente.
Después, ambos partíamos a nuestros quehaceres, con la certeza y el anhelo de nuestro próximo encuentro. Olorosos a café íbamos dejando por las calles ese rastro que se cuela hasta las entrañas y evoca desde los sentimientos más caseros, hasta las emociones más excitantes y llenas de imágenes.
Durante el día, esas huellas iban desapareciendo para dar cabida a las actividades cotidianas; desde el olor del toner de la impresora, el tufo de la comida chatarra compartida en la oficina, los humores de los compañeros, el exceso de perfume de la secretaria intentando seducir al encargado de las copias, hasta las fragancias vomitivas y penetrantes de las inevitables visitas al baño. Cada una de esas esencias hacían más deseable el regreso a casa.
Era un deleite escapar al encierro profesional; tomar calle arriba y sentir la fragancia del rocío que se empezaba a apoderar de la caída de la tarde. Sentir a veces en el rostro el viento helado que presagiaba un buen chubasco o bien, dejarse empapar por los resquicios de la lluvia que estaba llegando a su fin. Un mundo de emociones y sensaciones que hacían de un día cualquiera, la explosión mágica de una gran variedad de alucinaciones y sobresaltos.
El silencio de la noche siempre estaba en casa; ni un solo ruido, la tele apagada, las cortinas impidiendo el contacto con el exterior y él, para variar, siempre dormido.
Yo con la música casi inaudible y mi libro en turno, esperaba que el sueño me venciera y en la mañana muy temprano hacía lo propio para salir de casa a modo de estar en los Arcos a las 8 en punto.
Ese jueves algo sucedió para que esa cotidianidad se viniera abajo y después de años y años de repetir esa litúrgica impecable de nuestro ritual, decidí llevarle su café a la cama y ahí se rozaron de nuevo nuestras rodillas como todos los días.
º º º
Hablar conmigo º º º Si se ofende el mundo entero, no me importa; todos han desaparecido y yo sigo viva. Me pesan un tanto las calles desiertas porque quiero platicar y no tengo con quien. Intenté escaleras arriba y todo estaba desierto. No había anuncios ni espacio para números, ni letras. Ninguna imagen gozaba de algún lugar privilegiado. Parecía un mundo sin estrenar; todo limpio, nuevo, en su sitio, pero la vida aún no llegaba a ocupar su territorio. En uno de mis recorridos sin rumbo intentando tropezar con alguien, me topé con un gabinete de grandes cristales que ni mandado a hacer para lo que yo necesitaba. Tomé medidas, me cercioré que pudiera recorrer los cristales sin dificultad y al llegar a casa dediqué un buen tiempo a confeccionar el anuncio con el que al día siguiente cubriría el estante de manera que por ambos lados, quien pasara por ahí, pudiera leer mi petición. Estaba cierta de que no tardaría en tener respuesta… “Solicito que te comuniques conmigo, sólo quiero platicar” Para mi sorpresa pasaron los días, uno tras otro; eternos, porque el silencio me perseguía por todas partes, pero no había ni el más mínimo acuse de recibo. Intenté cambiar de estrategia una y otra vez, pero nada. Mis expectativas aumentaban y mi ánimo decaía. Mantas iban y venía y todas permanecían intactas; ni siquiera eran tocadas por una mirada. “De seguro, la aurora de tus palabras será nuestra travesía” Tampoco hubo interesados. Pensé entonces en suicidarme tirándome al vacío que sentía por dentro y desesperada escribí al aventón un lienzo desabrido y mal hecho que decía: “Si necesitas hablar con alguien, comunícate conmigo, estaré libre todo el día” La ciudad cobró vida, de todos lados salían personas que necesitaban comunicarse. Ese día el timbre de mi casa no dejó de sonar y la gente se arremolinaba fuera esperando ser escuchado. º º º
Muy a mi pesar º º º Muy a mi pesar, me enamoré de tu vacío; de esa parte estéril, rigurosa y lacónica de la que juré apartarme. Confieso que me di por vencida y acepto que mi indiferencia doblegó mi aparente voluntad. ¿Qué tiene tu aspereza que logra pulir mis limitaciones? ¿Qué entrañable magnetismo posee tu desabrida distancia para que me provoque acercarme cada vez más a tu corazón huraño? No entiendo por qué mi sedienta necesidad es tan laxa que se conforma con las sobras de tu supuesto despilfarro. Tu lucimiento marchito encaja con el aroma de tu desprotección; sólo basta ver cómo te resguardas para saber de tus heridas e intuir el daño infringido cuando buscas refugio previniendo el consabido agravio. No te son suficientes ni las palabras, ni las caricias; no entiendes de promesas. Estás hecho de miedo, de aprensión y desconfianza. Tu constante sobresalto te arrebata la paz que por segundos te brindan mis brazos llenos de buenas intenciones y deseos, pero es tan débil tu fuerza, que tu energía no alcanza para reclamos. Al igual que yo te diste por vencido; con la diferencia de que yo me dejé vencer para quererte y tú te dejaste querer sin darte por vencido. Así de parecidos somos los humanos a ti, tierno cachorro malherido. º º º
Prueba de amor º º º No sabía si lo había soñado, o si en mis delirios febriles aparecía aquella imagen que con forma de todo y de nada me aceleraba el corazón haciéndolo estallar en minúsculas partículas sin poder hacer el mínimo intento de contener mi temible revolución interna. Me movía por el cuarto intentando ponerme en paz, pero no había postura ni actividad que disiparan mi desazón. Si me sentaba, empezaba a recriminarme por dejar pasar el tiempo recordando obsesivamente que la “ociosidad es la madre de todos los vicios”. Acostada, mi cuerpo lograba un poco de tranquilidad pero mi mente desaforada se lanzaba en mi contra, evocando frases de antaño como que “el tiempo perdido hasta los santos lo lloran”. Caminando, ni se diga; me sentía fuera de lugar, pues en un espacio tan pequeño, más allá de ponerme en paz, parecía león enjaulado dando vueltas a lo loco alrededor de una mesa de centro. No había salida. No me preocupaba que estuviera por llegar la policía por la certeza de que no encontrarían el arma homicida; los celos no dejan rastro. Él se había marchado porque desde el fondo de mi alma le grité que para quererlo, antes tenía que enamorarme de mi misma; pero no lo comprendió. Fue evidente su molestia. Más allá del contenido de mis palabras, podía sentir que su rabia provenía de sus celos irracionales. Me juzgó de egoísta, de no tener otra cosa en qué pensar; jamás se detuvo a ver que lo que le dije era producto de una reflexión en la que sin negar que lo amaba, mi necesidad insondable era amarme profundamente para poder darle con creces lo que él se merecía, pero sus celos lo cegaban… ¡Cómo se me ocurría amarme a mí antes que a él! Era increíble ver la naturaleza de sus celos; no había manera de contenerlos. Al aparecer la policía, ni siquiera sabían qué buscar, alguien de los alrededores había hecho la llamada de auxilio al escuchar mi grito desgarrador y de seguro alarmados viéndolo correr desencajado y sin rumbo fijo. Lo cierto es que no había delito que perseguir. La única prevaricación era la desmesura de nuestro amor. ¿Qué quieren que les diga? -le argumenté al comandante- Él fue lo mejor de mi juventud y ahora, ambos se han ido. Lo que ven en medio del cuarto es una máquina que descubrimos para detener el tiempo y la activamos por accidente al juntar nuestros labios. Al despegarlos él me pidió una prueba de amor y yo entonces, lo dejé libre. º º º
De que vuelan, vuelan ° ° ° Los montones de flores secas dentro del sepulcro, aparecían una y otra vez, sin explicación alguna. Cuando se lo conté a mi queridísima Dorotea, me dijo: yo no creo en las brujas, pero de que vuelan, vuelan, me aseguró. Nos carcajeamos un largo rato, hablamos al respecto sin ton ni son y al colgar el teléfono, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo; mi piel entera se puso de gallina y experimenté un sentimiento de pánico que no podía explicar. Cuando intenté caminar hacia mi cuarto, un montón de flores secas, igualitas a las que aparecían en la fosa del panteón, me impedían el paso. Me sentí confundida y asustada, pues no alcanzaba a comprender de dónde provenía semejante bastimento. Mi única certeza era estar sola en casa; no había nadie que las pudiera colocar ahí. Mi cabeza daba vueltas sin descanso intentando buscar una respuesta lógica a semejante aparición. Obviamente no había respuestas. Lógica, menos. Intenté calmar la angustia que por segundos parecía desbordarse, recogiendo los vestigios de lo que alguna vez fueron flores; las fui metiendo en grandes bolsas de basura mientras recordaba la ocasión en la que él, ese hombre que nunca quiso revelar su nombre, me regaló una flor sin pétalos, para que nunca supiera si le quería o no. De nuevo el escalofrío recorrió mi cuerpo porque de entre mis recuerdos surgió inesperadamente su intensa mirada, haciéndome sentir que la herida, a pesar de los años, aún no cerraba. Hasta entonces comprendí que la sutura estaba hecha de puntos suspensivos. Recordé que éramos tal para cual, pero que nos faltó tiempo para darnos cuenta. Evoqué por supuesto que me gustaba para hacer el amor, pero un amor que durara toda la vida. Pero no fue así, un día al despertar, había partido; supe que lo había hecho en definitiva porque todas las flores de la casa comenzaron a secarse. Al desenterrar ese recuerdo aparentemente olvidado, intuí de inmediato que él había vuelto; que las flores desparramadas en el camino hacia mi cuarto, las había traído él. Cuando por fin decidió olvidarme, me buscaba a diario para decírmelo a la cara. Bebía para olvidar a la mujer que amaba, y yo amaba para olvidar al hombre que bebía. Ambos en nuestro delirio sabíamos que las brujas no existen, pero de que vuelan, vuelan… ° ° °
Macario Lara ° ° ° Macario Lara, mi abuelo, murió el 3 de marzo de 1963 a las 3:33 de la mañana. Pa´acabarla de amolar como gran coincidencia había nacido 60 años antes, el mismo día, del mismo mes. La hora ya no constaba en la mente de sus allegados, ni en su desteñida constancia de nacimiento, pero de que era hedonista, no dejó el menor rastro de duda. Los letrados en aquello de la Numerología, como mi padre, aseguran que el 3 es el número regido por Dionisos, el hombre más próximo a las mujeres y que además era hijo del gran Zeus, como Don Augusto mi bisabuelo digno representante del número 8, dios del cielo, la voluntad y el poder. Por si fuera poco su madre, mi bisabuela, le decía mi Niño Divino, desconociendo por supuesto que el nombre de Dionisos tenía quizás el mismo origen de deidad. Papá como todo un erudito, nos tenía boquiabiertos a la hora de dormir y durante las comidas, pues en vez de cuentos, nos relataba historias de mi abuelo a quien calificaba de voluptuoso, juerguista y gozador. Creo que ni siquiera se daba cuenta que en esos entonces, mis hermanos y yo, escuincles imberbes no alcanzábamos a entender el significado de las palabras con las que tanto nos embobaba. Creo que eso mismo formaba parte del encanto. Cada vez que Don Maca, como le decían, se metía en un lío, regresaba a casa como el hijo pródigo, muy quitado de la pena, y entonces mi abuela se encargaba de curarlo, enseñarle rituales de purificación y dejarlo como nuevo. Pero ella, de lo que más satisfecha se sentía, era haber logrado infundirle el gran amor que profesaba por la Madre Naturaleza, convirtiéndolo durante su sagrado matrimonio –como siempre lo refería- en el hombre dulce y tierno que aprendió a rescatar y restaurar el alma femenina. Al nacer Macarena mi hermana, su primera nieta y deseadísima por todos, le mandó hacer con sus ahorros de muchos años, una minúscula tiara con chispitas de brillantes, grabándole el sobre nombre de Maca como él quería que todos la llamaran, ufanándose de que así la habían bautizado en su honor, aunque distara mucho de ser verdad. A los pocos días en los que la pequeña no logró aferrarse a la vida y murió en sus brazos, destrozado arrojó la corona al cielo y mi padre nos contaba cómo cada una de sus lágrimas ascendían junto con las piedras preciosas hasta el universo y así se iban formando las estrellas. Nos relataba con amargura, que mi abuelo enloqueció un poco con esta dolorosa muerte pues era un hombre destinado a tener una vida donde se mezclaba lo humano y lo divino y sabía o intuía desde pequeño que en algún momento de su vida, daría inicio su “viaje espiritual”, lo que le hacía difícil adaptarse a una vida ordinaria. Macarena su gran amor de escasos tres días, también partió un miércoles 3, y él… entre iluminado y deshecho, inició ese día su camino de regreso. ° ° °
Florecita panteonera º º º Sentía un placer inexplicable al recorrer el panteón; no iba mucho en realidad, pero cuando lo hacía, miles de sentimientos y emociones se agolpaban en todo mi cuerpo tratando de decirme algo que difícilmente alcanzaba a comprender. Cuando menos lo esperaba, las lágrimas me caían por sorpresa y a borbotones mojaban mi cara sin poder hacer el mínimo esfuerzo por detener aquel río caudaloso, a veces dulce y otras tantas muy amargo. A los cuantos pasos las compuertas se cerraban y las ganas irrefrenables de bailar daban paso a sofisticados movimientos que elevaban mis brazos al cielo como queriendo atrapar cachitos de nube y honrar a los muertos con borlas de algodón que alegraran un poco el final de su existencia. Exhausta por el baile, me embelesaba deteniéndome en cada tumba, pues hasta sus flores me incitaban a echar a andar mi imaginación y ponerme a vivir de a poquitos, la vida de quien ocupaba aquellos lúgubres y humildes espacios. Hasta el fuerte olor a podrido del agua puerca de los floreros olvidados, evocaban sensaciones que por raro que parezca, despertaban partes desconocidas que excitaban mis sentidos. Me fascinaban los epitafios escritos a mano; unos por su gracia e ingenio y otros por la sobriedad de sus palabras. Fantaseaba quién y cómo los había escrito…”Disculpe que no me levante, señora”, “No es que yo fuera superior. Es que los demás eran inferiores”. O como el difunto que seguro se la vivió a dieta y suspirando logró dictar sus últimas palabras: “Por fin me quedé en los huesos”, o imagino a la pobre mujer frustrada que como desquite escribió: “Aquí yace mi marido, al fin rígido”. Caminaba y se me iban las horas dilucidando cuál sería la leyenda sobre mi lápida y si la alcanzaría a pensar yo misma o alguien más escribiría en el último momento lo primero que viniera a su mente; o si tal vez todo se reduciría simplemente a la inscripción de mi nombre y a los años alusivos a mi nacimiento y mi muerte. Me parecía tan absurda mi preocupación, que la única manera que encontraba de quitármela de encima era correr con el sepulturero y solicitarle que fuera esculpiendo en piedra las ideas que fluían obsesivamente por mi cabeza. Él me miraba incrédulo y me decía: pero mi niña, qué se fija en esas cosas, a su edad usté debería estar pensando con quién arrejuntarse, y no en tonterías como su epitafio; eso déjelo para un anciano como yo, que ya tiene una pata en el otro mundo. Vaya usté y diviértase en vez de sentirse “florecita panteonera”. Al escuchar la sabiduría con que me habló aquel hombre, algo finalmente se acomodó en mi corazón; cesaron mis ganas de reír a carcajadas, de bailar como una loca y de llorar desconsolada. Salí corriendo del panteón con esa libertad que siempre había anhelado y a unos cuantos pasos mi destino me estaba esperando. Don Benigno alcanzó a escuchar mi grito ahogado y entre el rechinido de las llantas y sus lágrimas empezó a tallar la piedra: 1999-2014. º º º
Volveremos a vernos º º º Sabía que me tenía que ir de ahí…el tiempo y el deterioro habían hecho de las suyas. Mi infancia en aquella vecindad me llenaba el corazón de nostalgias y recuerdos; el patio repleto de escuincles molones, que no hacíamos otra cosa que exprimirle hasta la última gota a la vida; señoras chismorreando en los lavaderos de la azotea y tendiendo la ropa en largos mecates que se deshilachaban frecuentemente por la humedad; viejitas medio dormidas al sol o sobándose las piernas entumidas por el frío o por la dolorosa inclemencia de la enfermedad y los años; hombres que llegaban dizque del trabajo dando tumbos por las escaleras y dejando a su paso el tufo inconfundible del alcohol barato; parejitas de adolescentes que sólo sabían amarse como niños, pero que no les quedaba otra que crecer y que hacían tanto ruido al quererse, que despertaban los miedos de las viejas mojigatas que con morbo espiaban con envidia disimulada por cuanta rendija alcanzaran a dar rienda suelta a su frustrada imaginación. La vida pasaba y yo crecía con ella. Ahí lo conocí, se llamaba Aroldo y supe desde el inicio que me tomaría más de una vida olvidarlo. Sus manos conocieron mi cuerpo centímetro a centímetro y un día mientras lo abrazaba pensé: “esto va a acabar mal”, pero no por ello lo solté ni dejé de besarlo. Por el contrario corrí a mi ventana y con un “Te amo”, troquelé el cristal central, para que el mundo entero supiera cuánto lo adoraba. Fui escribiendo nuestra historia en la ventana de mi cuarto, pero esa otra parte, era sólo mía; ni siquiera él sabía que existía, pues cuando nos amábamos en ese lugar, yo cerraba las cortinas y el jamás supo que todas esas letras guardadas en un cristal se organizaran como rompecabezas para decirle una y mil veces que “sí”. Nuestro amor adolescente, dejó de serlo. Decidimos olvidarnos, pero lo hicimos tan profundamente que cada mañana que nos veíamos nos volvíamos a enamorar a primera vista y de noche al cerrar nuestras puertas, nuestros corazones quedaban en resguardo hasta el nuevo día. ¿Cómo decirle a las mariposas de nuestros estómagos que ya no nos amamos más? ¿Cómo explicarle a nuestro corazón que todo se había salido de nuestras manos y que ahora la mente lo controlaba todo? No había escapatoria; sólo la escalera del balcón del tercer piso que no llevaba a ninguna parte, me llevó a la libertad. Mientras escalaba me pregunté: ¿Tú crees que volvamos a vernos algún día…? Vernos sí. Mirarnos, lo dudo. º º º