El eco de la última vez:
Crucé el umbral de la puerta de mi departamento dejando atrás mi viaje, y el silencio de este me recibió como un frío golpe de realidad. Ahí estaba, esperando en el centro de todo, lo que evité durante días, pesando mucho más que el viaje mismo: mi valija. Nunca sentí tanto miedo de desempacar; lo retrasé cuanto pude, la dejé para lo último, odiando cada segundo que pasaba. Hasta que llegó la hora, por desgracia.
Empecé por mi ropa, pieza por pieza, tratando de no respirar demasiado, sabiendo que lo que no quería encontrar esperaba en el oscuro y frío fondo del acantilado. Minuciosamente, seguí sacando todo: el peine, las zapatillas, el cargador... y mi perfume. Ese que ahora no soporto, porque me recuerda a la ansiedad con la que me lo puse, desesperada por dejar mi rastro en él, por obligarlo a que recordase mi olor.
Hasta que me topé con lo inevitable. Esa muda que me arranqué de la piel al pisar mi casa, como quien intenta desvestirse de un fantasma; el último refugio textil de haberlo visto, de haber suspendido el tiempo entre sus brazos aquel día.
Me senté y me congelé. El aire se volvió veneno. No tuve el valor de hacer otra cosa más que mirar esa masa intocable de tela; un trapo sucio, no por mugre, sino porque escondía algo que yo no quería recordar. Todo mi naufragio estaba ahí adentro. La miré y la miré, con un dolor que me subía por la garganta. Comprendiendo, con terror, que esa ropa arrugada era el último lugar físico en todo el universo donde todavía existíamos los dos juntos. No podía... Hasta que, en piloto automático, la agarré.
No hizo falta acercarme para sentir la bofetada del aroma; su aroma. Un olor a ceniza y a traición que invadió mi habitación. Esa forma tan suya de asfixiarme, como si sus manos todavía estuvieran en mi cuello. Me llevé la mano a la boca para no gritar. Se me escapó un sollozo seco, un grito mudo de puro horror. Nunca un olor había tenido tanto poder destructivo.
Me asusté. La solté, la tiré lejos. Como si se tratase de lava viva deshaciendo mi carne; me quemaba, me ardía. Pero no eran mis manos las que ardían, era mi dignidad, mi cordura, era mi corazón pudriéndose en vida.
Y ahora no sé cómo volver a cerrar los ojos sin sentir el peso de esa valija abriéndose de nuevo. O de la ropa. O de mí misma. Quién sabe...
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