The swift road to ruin
La cena de aquella noche sería todo un evento. Eleanor estaba emocionada. Aquella noche finalmente conocería al prometido de su hermana.
—Ajustalo un poco más, Lucy —le pidió a la dama de compañía a la par que sonreía. La chica intentó ajustar el corsé corto un poco más.
—¿Qué vestido crees que deba usar hoy? Estaba pensando en el amarillo, ¡con perlas en el cabello! O quizás flores… Sí, mejor flores. Puedo ponerme los aretes de perl-
La puerta se abrió de golpe, haciendo que Eleanor diera un respingo y que la joven criada ahogara un grito.
—¡Desgraciada! ¡Infame! —gritó la Condesa Fortescue, irrumpiendo en la habitación y tomando del brazo a su hija.
—¿Madr-
—¡Cierra la boca, niña insolente! —la zamarreó la mujer. Eleanor soltó un quejido de dolor y miró a su madre con los ojos bien abiertos, confundida, asustada. La había visto enojada antes pero nunca así—. ¡Estás desgraciada! ¡Qué escándalo! ¡Y justo ahora!
Lucy no quería dejar a Eleanor sola con su madre en ese momento, pero sabía que su trabajo peligraba si osaba presenciar un momento tan íntimo. Bajo la mirada furiosa de la Condesa, se escabulló y cerró la puerta detrás de ella.
—Madre, no sé de lo que habl-
—¡Claro que lo sabes! —La Condesa apretó el brazo de su hija—. ¡Fuiste a ese hotel! ¡A ver a ese hombre!
Eleanor miró a su madre entre el cabello revuelto que le caía sobre el rostro. No sabía cómo su madre podía haberse enterado, pero más le preocupaba que su madre creyera que ella era… ese tipo de persona. Las cosas no habían sido como ella se imaginaba.
—Eso… Eso no es cierto —intentó defenderse, pero no pudo evitar que su rostro enrojeciera. La Condesa le propinó una cachetada que la tomó por sorpresa. Podía ser una madre estricta, pero jamás la había castigado de ese modo.
—¡No me mientas! —su madre espetó, venenosa, mientras la tomaba del rostro—. No te crié para que te convirtieras en una libertina —amenazó a la par que las lágrimas se agalopaban en los ojos de su hija.
—Siempre supe que serías la que se descarrilaría, aunque le rogaba a Dios estar equivocada —continuó la mujer, fulminando a Eleanor con sus ojos grises. Eleanor, por su parte, no podía emitir palabra alguna. No sólo por la sorpresa, por la vergüenza, por la ira que se gestaba en su interior, si no porque su madre le estaba apretando tan fuerte la cara que no podía mover los labios.
—Madre —la pelirroja logró balbucear —, no es lo que usted cre-
La Condesa la soltó bruscamente, haciendo que se tambaleara.
—Si quieres ser una libertina, ¡lo harás fuera de mi casa! ¡Te quiero fuera! ¡No dejaré que corrompas a tus hermanas! ¡No dejaré que manches el nombre de los Fortescue!
—¡Madre! ¡Madre, no! Déjeme explicarle — Eleanor rogó, aferrándose a la traicionera mano de su madre.
—No necesito oír explicaciones, ya sé lo suficiente —respondió la mujer mayor, quitándose de encima las manos de su hija como si le escocieran—. ¡Y no quiero volver a oír del tema! ¡Estás muerta para mí, Eleanor! ¡Muerta como tu honor!
Ahora las lágrimas se derramaban, incesantes, por el rostro de la joven. Resonaban pasos y voces alarmadas en el pasillo. Inmediatamente Ellie supo que sus hermanos intentaban escuchar lo que estaba sucediendo. No debía de serles muy difícil, a la Condesa poco parecía importarle armar un escándalo.
—¡No! ¡No ha sucedido nada! —Eleanor rebatió, alzando el mentón. No iba a aceptar que su madre la rebajará de esa manera, ¡ella no se había dejado seducir por el pianista! ¡Él ni siquiera había intentado seducirla! Su madre no lo conocía, no iba a permitirle que hablara así de él. Ya poco le importaba lo que pudiera creer de ella.
—¡Ya te dije que no me mientas! —La Condesa volvió a aferrarla del brazo y esta vez comenzó a arrastrarla hacia la puerta. Eleanor intentó resistirse, pero su madre era mucho más fuerte.
—¡Madre! ¡No estoy vestid-
—¡Así que ahora te preocupa el decoro! —La Condesa soltó una carcajada agria que hubiera helado la sangre de hasta el caballero más valiente—. ¡Ojalá hubieras tenido la sensatez de pensar en tu reputación antes de poner pie en ese mugroso hotel! ¡La hija de un Conde! ¡Visitando a un artista de cuarta! ¡Sola! ¡En la habitación de un hombre! ¡Haciendo Dios sabe qué cosas!
—¡Jamás subí a su habit-
—¡Es como si lo hubieras hecho! —escupió su madre, que poco creía ya en sus palabras—. Ya no importa, Eleanor. ¡Así como me he enterado yo, pronto se enterará todo Londres! ¡Mi hija, una libertina! ¡Estamos arruinados!
—¡No! —Eleanor cayó al suelo cuando su madre aflojó el agarre sobre su antebrazo. ¡Pero si no había hecho nada! ¡No podía ser cierto! Todo tenía que ser un mal sueño. Se pellizco, para ver si lograba despertarse. Pero nada pasó. No era un figmento de su imaginación era la triste realidad que había creado con sus acciones infantiles e irresponsables. Se cubrió el rostro, intentando acallar sus sollozos.
—No vendrás a las cena de hoy —La Condesa de Fortescue volvió a hablar, esta vez mucho más tranquila pero con la misma violencia en su voz. Como si hubiera hecho falta aclararlo —. No saldrás de esta habitación. No hasta que haya arreglado este desastre en el que te has metido, ¡si es que tiene arreglo! ¡Niña infame! ¡Mancillada!
Era inútil discutir con la Condesa en ese instante. Hacía tan solo segundos le había dicho que la quería fuera de su hogar y ahora le decía que no podía salir de él. Eleanor levantó la vista, desesperada, pero nada pudo hacer para evitar que su madre partiera y la encerrara en su cuarto. Bajo llave.
Una conmoción se oyó desde el otro lado de la puerta, una conmoción a la que la Condesa puso fin con un grito. Entonces el silencio se hizo. Y Eleanor sintió el peso de la soledad como nunca antes lo había sentido.
¿Hacía cuánto tiempo que estaba en el suelo? No podía decirlo… Le dolía el cuerpo, le dolían la garganta y los ojos de tanto llorar, pero más le dolía el alma… Eleanor deseaba, en esos instantes, haber hecho aquello de lo que su madre la acusaba. Lo deseaba con todo su corazón. Porque, así, el castigo habría sido merecido. Porque entonces la sensación de estar sucia, rota, habría sido justificada.
La muchacha se puso de pie. Lento. Y se acercó a la puerta, temerosa, temblando, esperanzada. Intentó girar el picaporte, pero no se sorprendió cuando este no cedió a sus deseos. Estaba cerrada. Tiró, en vano, pero nada sucedió. Se llevó una mano a la boca, intentando detener la angustia que subía por su garganta, y se apoyó contra la madera de la puerta, su corazón desbocado. ¿Qué iba a suceder ahora? ¿Habría su madre escrito a su padre ya? ¿Ya habría corrido el rumor de su desgracia? ¿Y Nikolaj? ¡Nikolaj! El corazón de Ellie se aceleró. ¡Que egoísta! ¡Que estúpida! Ella estaba allí, preocupándose por ella misma, cuando él también estaba en riesgo. ¡Su carrera! Eleanor se imaginó lo que su madre podía llegar a hacerle al señor Frederiksen en venganza, pensó en cómo los simples rumores podían dañar su trayectoria… ¡No! ¡Debía avisarle! ¡Quizás aún no fuera demasiado tarde! Tal vez sí lo era para ella, pero no tenía porqué serlo para él, ¡quizás todavía pudiera salvarlo!
Eleanor se acercó a su baúl y tomó el primer vestido que encontró, se lo colocó por encima de la cabeza, torpemente. Entonces se acercó a la ventana. Jamás se sintió tan libre como cuando logró deslizar hacia arriba aquella ventana. Se quedó durante un momento escuchando, a ver si alguien había oído el golpe que había provocado en su frenesí. Nadie pareció percatarse. Su madre y sus hermanos en aquellos instantes seguro estaban en la cena del Duque de Exeter, sonriendo como si nada hubiera sucedido. La sola imagen que se formó en la mente de la muchacha bastó para impulsarla a seguir.
Eleanor tomó aire. Y tomó fuerzas. Entonces se asomó al aire fresco de la noche y, sin mirar atrás, subió al alféizar. Estaba en un primer piso, no era una distancia demasiado peligrosa… Y, aunque lo hubiera sido, no le habría importado.
Se aferró del marco y se dio la vuelta. Colocó sus manos en el borde de la ventana y poco a poco sacó su cuerpo hacia afuera, intentando mantener el temblor bajo control. Pasó lo que le pareció una eternidad antes de que se dejara caer. Cuando lo hizo, una punzada de dolor la devolvió al presente. Y el aire dejando sus pulmones con la fuerza de un tornado.
Se apoyó contra la pared, consciente de que estaba haciendo mucho ruido, pero tan perdida en su agonía que no podía evitarlo. En cuanto sintió que las piernas no iban a flaquearle, atravesó el corto trecho que la separaba de la calle y, desarreglada como estaba, se aventuró por las apenas iluminadas calles de Londres.
—Señor Frederiksen —Eleanor llamó a la puerta de la habitación con algo de insistencia, pero con un susurro. No obtuvo respuesta alguna. El corazón le latía desbocado en el pecho. Había logrado escabullirse hasta allí, pero no sabía cuándo alguien podría encontrarla en aquel pasillo. Y era la primera vez que osa a subir. Nunca antes había estado frente a aquella puerta. Solo sabía el número de habitación porque una vez lo había mencionado de casualidad el pianista. Eleanor jamás habría creído que algún día fuera a hallarse en aquella situación… Tocando la puerta de un hombre al que poco conocía, a medio vestir, en las penumbras de la noche.
—Señor Frederiksen, por favor —la joven volvió a llamar, pensando que quizás el no la había oído. A veces había notado como parecía perderse en su cabeza…
O quizás estaba durmiendo… O simplemente no estaba allí. El aire se le detuvo en los pulmones al pensar en esto último. No se le había ocurrido hasta ese momento. Pero tenía sentido… Era una noche en plena temporada… Nikolaj debía haber asistido a algún evento… Eleanor suspiró, sintiéndose la criatura más tonta del mundo. Sus pupilas se perdieron en la madera la opaca placa con el número 14 que adornaba la puerta. ¿Qué se suponía que hiciera ahora? No tenía manera de saber dónde él se hallaba… Y no podía dejar que nadie supiera que estaba allí. Con un miedo negro extendiéndose por sus extremidades, Eleanor se apoyó contra la puerta y dejó que su espalda resbalar a por ella hasta llegar al suelo. Como una niña pequeña, se abrazó a sus rodillas y sollozó lo más silenciosamente que podía.
No pasaron demasiados minutos antes de que, exhausta, tanto emocionalmente como físicamente, Eleanor se hundiera en los brazos de Morfeo.
@indiebadger
La temporada estaba en su mayor esplendor, cada noche había una casa a la cual atender. Ya sea fiesta o cena privada, el tutor del joven Frederiksen aceptaba la propuesta, y habiéndolo vestido y engalanado lo mandaba en el mejor coche que pudiera conseguir. Nikolaj daba lo mejor de sí en cada evento y todos los asistentes de la velada quedaban encantados con su habilidad para el piano. Los comentarios iban desde: "Tiene un don" y "Ha tocado para los reyes de Dinamarca" hasta: "Es un muchacho tan atractivo y amable, es una lástima que no tenga nada más que aportar que su destreza para el piano". Dejaba de escuchar las palabras de los otros en mitad de las conversaciones, y los rumores poco le importaban; de lo que había llegado hasta sus oídos, poco menos de la mitad era cierto. Su tutor alentaba aquellos rumores porque era bueno para el negocio. Y cada palabra que salía de las finas bocas de las señoras más importantes de Londres lo convertían cada vez más en un mito a aquel pianista angelado.
Aquella noche, como cualquier otra durante esos últimos meses, Nikolaj volvía de alguna casona con nombre distinguido. Ya no sabía bien a qué lugares iba y a cuales no, su atención era escasa en cuanto a esos detalles y tampoco los necesitaba: allí estaba su guardián para guiarlo y para regresar a casa, solo bastaba expresar su deseo de regresar como para que un coche lo devolviera al hotel. Se apeó del carruaje y, esquivando al grupo de gente que se congregaba en el bar, subió directo hacia el pasillo donde se encontraba su habitación. A diferencia de la planta baja, aquel espacio estaba desierto y apenas alumbrado por la escasa luz de las velas; por lo tanto, no advirtió el bulto acurrucado en el costado de su puerta hasta que estuvo prácticamente en sus pies.
—¿Qué..? —murmuró en su idioma materno mientras se quitaba la galera y enfocaba su vista en aquel...aquella persona. Se acuclilló y quitó los cabellos sueltos del rostro de la muchacha con su mano enguantada. —Miss... Miss...—.Susurró para despertarla. En cuanto notó que volvía a la vida se irguió, como si esperara nada más que un mordisco de un perro salvaje. Con su característica elegancia la sorteó por encima y se ocupó de abrir la puerta.
Unos segundos incómodos segundos pasaron donde ninguno de los dos sabía que hacer: Nikolaj al lado de su puerta abierta en una explícita muestra de bienvenida a su habitación... según su particular manera de ver las cosas y entendimiento del protocolo. Elevó una ceja mientas su cabeza se inclinaba levente hacia la izquierda, donde se encontraba la puerta; de no haber hablado anteriormente, el rubio podía tranquilamente ser confundido por mudo.














